Capítulo 2 - Refugiada mecánica
Refugiada mecánica
Cuando Carlos dijo
La grúa pasó de largo. Los cinco seguimos su recorrido con la cabeza .
—No es esa —dijo Gabriel.
—Gracias, Gabriel —murmuré.
—De nada.
Marc se echó a reír. Yo contemplé cómo las luces amarillas desaparecían carretera abajo y sentí que algo dentro de mí moría con ellas. Probablemente la esperanza. O las ganas de vivir.
—¿Quieres la cerveza ya? —preguntó Marc.
Lo miré. Seguía teniendo una en la mano.
—Sí.
—¿Y si viene la grúa?
—Acabo de ver marcharse mi salvación hacia el horizonte. Dame la puta cerveza.
Me la tendió.
—Esa es la actitud.
Abrí la lata. Carlos me miró.
—¿No tenías que conducir?
—Hace diez minutos tú mismo has determinado que eso parece improbable.
—Yo no he dicho eso.
—Lo has pensado con la cara.
—Otra vez mi cara.
—Deberías revisártela.
Adrián soltó una carcajada. Bebí. Fría. Joder, qué bien entraba.
—Como dentro de cinco minutos aparezca la grúa de verdad, me voy a cagar en todos vosotros.
—Nosotros no te hemos obligado a beber —dijo Carlos.
—Pero habéis creado un entorno facilitador.
Marc levantó su lata.
—Me declaro culpable.
Choqué la mía contra la suya.
—Lo sabía.
La espera continuó. Y fue extrañamente fácil.
Eso fue lo que más me llamó la atención.
No tenía la sensación de estar intentando caerles bien.
Tampoco de que ellos estuvieran haciendo un esfuerzo especial por incluirme.
Simplemente hablaban y, cuando tenía algo que decir, lo decía.
Que solía ser bastante a menudo. Descubrí que llevaban años siendo amigos cuando Adrián contó una historia sobre Marc intentando saltar desde el tejado de un garaje a una piscina cuando tenían veintipocos.
—Llegaba —insistió Marc.
—No llegabas —dijo Gabriel.
—Calculé mal.
—No calculaste nada.
—Visualicé la trayectoria.
Gabriel lo miró.
—Eso no es calcular.
—Para mí sí.
—¿Llegaste? —pregunté.
Marc bebió.
—No es relevante.
Me giré hacia Adrián.
—¿Llegó?
—Cayó en un seto.
Me atraganté con la cerveza. Carlos empezó a reírse.
—Pero ¿cómo coño confundes una piscina con un seto?
—No los confundí.
—Entonces es peor.
—Había bebido.
—Muchísimo —añadió Gabriel.
Marc me señaló.
—No acepto juicios de una mujer cuyo hotel es un Renault Clio.
Se me borró la sonrisa. No porque me hubiese molestado. Porque acababa de recordar un detalle. Un pequeño detalle. Un minúsculo detalle de aproximadamente cuatro metros de largo. Miré mi coche.
—Mierda.
Carlos me observó.
—¿Qué?
—Nada.
Marc abrió mucho los ojos.
—Oh, no. Ya utiliza «nada».
—Cállate.
Saqué el móvil. Entré en la aplicación del seguro y busqué las condiciones de asistencia mientras intentaba recordar qué ocurría exactamente cuando una grúa se llevaba tu coche.
Evidentemente, se llevaba tu coche. Hasta ahí llegaba.
El problema era que mi alojamiento para aquella noche estaba incluido dentro del vehículo.
—Jenn —dijo Carlos.
—Un momento.
Deslicé el dedo por la pantalla. Asistencia. Traslado. Taller. Vehículo de sustitución sujeto a...
—Hostia puta.
—Eso parece un diagnóstico —dijo Adrián.
Levanté la cabeza. Los cuatro me miraban.
—Tengo un pequeño problema.
Marc señaló el Clio.
—¿Aparte de ese?
—Ese es también el pequeño problema.
—No estoy entendiendo nada —dijo Adrián.
Suspiré.
—Mi plan era dormir en el coche.
Silencio. No uno normal. Uno precioso. Completo. Cuatro hombres adultos procesando simultáneamente la información. Gabriel fue el primero en reaccionar.
—¿Aquí?
—¡No!
Marc se dobló de risa.
—¡Joder!
—En Benialmar, imbécil.
—Es que por un momento he pensado que tu planificación era todavía mejor.
—Que te den.
Carlos no se reía. Me estaba mirando con una expresión difícil de interpretar.
—¿Ibas a dormir sola dentro del coche?
—Sí.
—En el festival.
—Cerca del festival.
—¿Dónde?
—Donde pudiera aparcar.
Su expresión empeoró.
—Eso no es un plan.
—Claro que es un plan.
—No.
—Tiene todos los elementos de un plan.
Marc empezó a enumerar con los dedos.
—Coche.
—Gracias.
—Dormir.
—Gracias, Marc.
—Fin.
—No te necesito en esta conversación.
Adrián se estaba riendo. Carlos seguía sin encontrarle ninguna gracia.
—¿Y si no encontrabas dónde aparcar?
—Buscaba otro sitio.
—¿Y para ducharte?
Abrí la boca. La cerré.
—Toallitas.
Marc emitió un ruido extraño.
—¿Qué?
—Nada.
—No. Dilo.
—Estoy intentando imaginar el segundo día de festival.
Le lancé una mirada asesina.
—Hay gente que sobrevive tres días en festivales sin ducharse.
—Sí —dijo Gabriel—. Normalmente se puede identificar a distancia.
Me giré hacia él.
—Tú eras el sensato.
—Lo soy.
—Pues deja de colaborar.
Se encogió de hombros.
—Los datos son los datos.
Carlos se pasó una mano por la mandíbula.
—¿No tienes hotel?
—Si tuviese hotel no estaría teniendo esta conversación.
—¿Camping?
—No.
—¿Nada?
—Mi Clio.
Todos miramos el Clio. El Clio, consciente de que estaba siendo juzgado, permaneció muerto. Bebí otro trago.
—Bueno. Igual lo arreglan.
Nadie dijo nada.
—¿Qué?
Gabriel guardó el móvil en el bolsillo.
—Depende de lo que tenga.
—Exacto. Puede ser una tontería.
—Puede —concedió.
—¿Veis?
Marc miró a Gabriel.
—Esa pausa ha sido muy cabrona.
—No he hecho ninguna pausa.
—La has hecho.
—Respiraba.
—Respiras con pesimismo.
Me reí. No quería preocuparme todavía. No tenía sentido.
Primero tenía que llegar la grúa real. Después alguien que supiera qué coño miraba tenía que decirme qué le pasaba al coche.
Después ya podría entrar en pánico. Un problema cada vez.
Era una filosofía nueva. La anterior consistía en imaginar diecisiete problemas futuros simultáneamente y sufrirlos todos por adelantado. No la recomendaba.
Esta vez el ruido de un motor llegó desde nuestra dirección. No me ilusioné. Me negaba. Vi aparecer otro vehículo con luces amarillas y crucé los brazos.
—No pienso creer que es la grúa hasta que el señor diga mi nombre.
—Puede ser una señora —dijo Marc.
—Hasta que el ser humano diga mi nombre.
—Puede ser una inteligencia artificial.
—Marc.
—Ya paro.
El vehículo redujo. Puso el intermitente. Se detuvo detrás del Clio. Miré a Marc.
—No significa nada.
El conductor bajó. Un hombre de unos cincuenta años, chaleco reflectante y expresión de haber visto demasiados coches hacer demasiadas estupideces. Miró una tablet.
—¿Jennifer?
Levanté ambos brazos.
—¡Sí!
Marc aplaudió.
—Enhorabuena.
—Cállate.
El hombre nos miró a los cinco. Después miró la furgoneta. Después otra vez a nosotros. No preguntó. Probablemente también había visto demasiadas personas hacer demasiadas estupideces. Me acerqué.
—Ha empezado a perder fuerza y se ha encendido el testigo de temperatura.
—¿Has parado enseguida?
La pregunta que ningún propietario de un coche quería escuchar.
—Más o menos.
Me miró.
—¿Cuánto es más o menos?
¿Por qué todos querían cifras?
—Un poco.
Marc tosió detrás de mí. Sonó sospechosamente parecido a una risa. No me giré.
—Vamos a verlo.
El conductor abrió el capó. Carlos se acercó. Gabriel también. Marc hizo ademán de ir. Lo agarré de la camiseta.
—Tú te quedas.
—¿Por qué?
—Porque te estás riendo.
—Puedo reírme cerca del motor.
—No.
—Esto es discriminación.
—Sobrevivirás.
Adrián se quedó a mi lado.
—Has aprendido rápido.
—Es sencillo.
—Sí.
—¿Siempre es así?
Adrián miró a Marc, que acababa de ignorarme y se dirigía igualmente hacia el coche.
—No.
Esperé.
—A veces es peor.
—Ah.
—Mucho peor.
Marc se giró.
—¡Os oigo!
—¡Era la intención! —respondió Adrián.
Sonreí. El mecánico estuvo unos minutos mirando cosas que para mí seguían perteneciendo a la categoría general de motor. Carlos le hizo un par de preguntas. Gabriel otra. Yo intenté interpretar sus caras. No funcionó. Finalmente el hombre se incorporó. Y no tenía cara de buenas noticias.
—Vale —dije—. Antes de que hables, quiero decir que te juzgaré personalmente por lo que digas.
Sonrió ligeramente.
—Pues me temo que no te va a gustar.
—Joder.
—Hay una fuga importante de refrigerante. No puedo decirte de dónde exactamente sin revisarlo bien. Y no me gusta cómo suena la bomba.
—¿La bomba?
—De agua.
—Ah.
Como si eso aclarase algo.
—¿Puedes arreglarlo aquí?
Negó con la cabeza.
—No.
Mi Clio-hotel acababa de perder oficialmente su primera estrella.
—¿Y llevarlo a un taller?
—Eso sí.
—¿Hoy?
El hombre miró la hora. Después me miró a mí.
—Dejarlo, sí. Que te lo miren hoy...
No terminó. No hacía falta. Principios de julio. Al anochecer. Viernes. Perfecto. Simplemente perfecto. Miré el coche.
—¿Y mañana?
—Tendrás que hablar con el taller. Dependerá de lo que tenga y de las piezas.
Asentí lentamente. Vale. Bien. No pasaba nada. Pasaban bastantes cosas. Pero ninguna mortal.
—¿A qué taller lo llevas?
Me explicó cuál era. Estaba en Benialmar. Eso, al menos, era una buena noticia. Podía ir con él. Llegar al pueblo. Buscar alojamiento. Problema solucionado. Saqué el móvil.
—Perfecto.
Carlos me observaba.
—¿Qué haces?
—Buscar hotel.
—Ahora.
—No, para Navidad.
Marc soltó una risa.
—¿Quieres dejar de animarla? —le dijo Carlos.
—No puedo. Me sale solo.
Busqué. Benialmar. Una noche. Una persona. Buscar. La pantalla cargó. Y entonces comprendí que quizá no era la única persona que había tenido la brillante idea de dormir en Benialmar durante el Mediterrània Rock Fest.
—Ah.
Marc apareció a mi lado.
—¿Qué?
Aparté el móvil.
—Nada.
Intentó mirar.
—Eso es un montón de rojo.
—No mires.
—¿Está todo lleno?
—No.
—¿Entonces?
—Está... bastante lleno.
Adrián sacó su teléfono.
—Es RockFest. Lleva meses casi todo pillado.
—Gracias por la información que habría sido maravillosa hace tres semanas.
—Pensábamos que tenías alojamiento.
—Tenía.
Señalé el Clio. El conductor de la grúa nos miró.
—¿Dormías ahí?
Cerré los ojos.
—Sí.
Marc empezó a reírse otra vez.
—Como sigas, duermes tú dentro.
—El mío funciona.
—No me tientes a arreglar eso.
Seguí buscando. Hotel. Hostal. Apartamento. Nada. Uno apareció disponible. Abrí. Vi el precio. Lo cerré. Carlos extendió la mano.
—Déjame ver.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no.
—Jenn.
—Carlos.
—¿Cuánto?
—No voy a pagar eso.
—¿Cuánto?
Le enseñé la pantalla. Silbó.
—Sí. Es una barbaridad.
—Gracias.