La ley del rock Capítulo 1 - Una idea cojonuda #3
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Capítulo 1 - Una idea cojonuda #3

Y ahí quedó. Nada especial. Marc era divertido. Un poco idiota. Bastante fácil de picar. Carlos seguía gustándome más. Mucho más.

La conversación se dispersó mientras esperábamos. Descubrí que Gabriel era ingeniero industrial porque, en algún momento, Carlos le preguntó si quería echar un vistazo al motor y Gabriel respondió que ser ingeniero industrial no significaba que pudiera reparar cualquier objeto que contuviese metal.

—Pero sabes de máquinas —protestó Marc.

—Tú sabes tocar el bajo. ¿Puedes arreglar un piano?

—Sí.

Gabriel levantó la vista.

—No.

—Bueno, puedo intentarlo.

—Ese es exactamente el problema.

Adrián era luthier. Aquello sí consiguió toda mi atención.

—Espera. ¿Luthier de verdad?

—No, de mentira. Tengo una tienda llena de guitarras de cartón.

—Cállate.

Me separé del coche.

—¿Haces guitarras?

—Hago, reparo, ajusto...

—Hostia.

—¿Tocas?

Hice una mueca.

—«Tocar» es una palabra generosa.

—¿Cuánto llevas?

—Dos semanas.

Marc soltó un silbido.

—Tenemos a Hendrix.

Levanté el dedo corazón.

—Sé dos riffs.

—¿Cuáles?

—No te lo voy a decir ahora.

—¿Por qué?

—Porque te vas a reír.

—Eso no depende de cuáles sean.

—¿Ves? Por eso.

Adrián sonreía.

—¿Qué guitarra tienes?

Y entonces recordé a Raven.

—¡Hostia!

Los cuatro me miraron. Me giré hacia el maletero.

—Mi guitarra.

Carlos frunció el ceño.

—¿Qué pasa?

—Está ahí dentro.

Abrí el maletero de golpe. La funda seguía exactamente donde la había colocado.

—Vale.

Solté el aire.

—¿Pensabas que había desaparecido? —preguntó Marc.

—Pensaba que igual el calor podía joderla.

Adrián se acercó inmediatamente.

—¿Está en funda?

—Sí.

—¿Mucho rato al sol?

—No sé. Desde que salí de casa.

—No debería pasarle nada por unas horas, pero mejor que no se cueza ahí dentro.

—¿La saco?

—Sí.

Cogí la funda con cuidado. Adrián hizo ademán de ayudarme, pero ya la tenía fuera. La apoyé de pie contra mí. Marc miró la funda.

—¿Te llevas una guitarra al festival después de dos semanas tocando?

—Sí.

—¿Por qué?

Abrí la boca. La cerré.

—Porque me apetecía.

Marc asintió.

—Argumento impecable.

—Gracias.

—¿Cómo se llama?

Lo miré.

—¿Cómo sabes que tiene nombre?

—Porque llevas dos semanas tocando y te la has traído a un festival. Tiene nombre.

Punto para el gremlin.

—Raven.

Marc ladeó la cabeza.

—Raven.

—Sí.

—Muy...

Esperé.

—Como digas «intenso», te pego con ella.

—...bonito.

—Mentiroso.

—Un poco.

Adrián se rio.

—¿Puedo verla?

Ahí sí dudé. No porque no quisiera. Porque Raven era nueva. Muy nueva. Y ridículamente importante para mí. No por lo que costaba. Ni porque supiera tocarla. Precisamente porque no sabía.

La había comprado cuando todavía estaba aprendiendo a hacer cosas sin consultar con nadie. La había elegido yo. El color. El modelo. Todo. Una pequeña decisión inútil que era completamente mía.

Abrí la cremallera.

—Con cuidado.

Adrián puso una mano sobre el pecho.

—Me ofendes.

—No te conozco.

—Buen punto.

Abrí la funda lo suficiente. Adrián bajó la mirada y sonrió.

—Hostia. Bonita elección.

Eso me produjo un orgullo completamente desproporcionado.

—¿Sí?

—Sí.

Marc se acercó por detrás.

—¿Qué es?

Adrián apartó un poco la funda. Marc miró dentro y se quedó quieto.

—No me jodas.

Lo miré.

—¿Qué?

Volvió a mirar la guitarra. Después a mí.

—¿Es una Classic Vibe cincuenta?

Parpadeé.

—Sí.

—¿Stratocaster?

—Sí.

—¿Diapasón de arce?

—Marc —dijo Carlos—, la estás viendo.

—Cállate.

Marc volvió a mirarme.

—¿Black?

Bajé la vista hacia Raven.

—A menos que me hayan estafado muchísimo con el concepto de negro.

Marc sonrió. No la sonrisa de antes. Esta era distinta. Más grande. Casi infantil.

—Tengo la misma.

—¿Qué?

—La misma guitarra.

Lo miré.

—No.

—Sí.

—¿Negra?

—Fiesta Red.

—Entonces no es la misma.

—Es exactamente el mismo modelo.

—Pero roja.

—Eso es el acabado.

—Por tanto, diferente.

—No funciona así.

—Claro que funciona así.

Marc miró a Adrián buscando apoyo.

—Explícaselo.

Adrián levantó ambas manos.

—Yo no me meto.

—Eres luthier.

—Precisamente.

Marc volvió hacia mí.

—Tenemos la misma guitarra.

—Tenemos guitarras parecidas.

—La misma.

—Parecidas.

—Jenn.

—Marc.

—Es la misma puta guitarra.

—La tuya es roja.

—Me estás poniendo nervioso.

Sonreí.

—Qué pena.

Detrás de él, Gabriel dejó escapar una risa. Una de verdad esta vez. Marc se giró.

—¿Tú también?

—La tuya es roja.

—Que os den por culo.

Carlos estaba apoyado contra la furgoneta observándonos. Cuando nuestras miradas se cruzaron, negó lentamente con la cabeza.

—Te has integrado demasiado rápido.

—¿Eso es malo?

—Todavía estoy decidiéndolo.

—Pues date prisa, arquitecto.

Sonrió.

Y ahí volvió esa pequeña corriente. Mucho más interesante que discutir con Marc sobre guitarras. Definitivamente.

A lo lejos apareció un destello amarillo. Gabriel fue el primero en verlo.

—Creo que esa es tu grúa.

Me giré. Un vehículo de asistencia se acercaba por la carretera.

Sentí alivio. Y, curiosamente, algo parecido a pena. Muy pequeña. La suficiente para sorprenderme. Había pasado la última hora con cuatro desconocidos en un arcén. Y me lo estaba pasando bien.

—Por fin —dije.

Carlos dejó la lata vacía dentro de la furgoneta.

—A ver qué te dicen.

Asentí. Guardé a Raven otra vez y cerré la funda. La grúa redujo la velocidad al acercarse.

Yo todavía no sabía que mi plan para aquella noche estaba a punto de irse completamente a la mierda.

Otra vez.