La ley del rock Capítulo 1 - Una idea cojonuda #2
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Capítulo 1 - Una idea cojonuda #2

—Sé lo suficiente para no tocar lo que no debo.

—Esa frase sirve para bastantes ámbitos de la vida.

Hubo una pausa mínima. Su mirada se quedó en la mía. No más de un segundo. Pero lo noté. Y él también.

Ah. Ah. Vale.

Interesante. No importante. No trascendental. Interesante.

Aparté la mirada hacia el Clio.

—Bueno. Mi paciente.

—Carlos.

Volví a mirarlo.

—¿Qué?

—Mi nombre. Carlos.

—Ah.

Asentí.

—Jenn.

—¿Jennifer?

—Solo si estoy haciendo trámites o alguien está enfadado conmigo.

—Jenn entonces.

No sé por qué me gustó cómo sonó. Probablemente porque llevaba tres meses soltera y Carlos tenía una cara que podía hacer que gustara hasta una notificación de Hacienda.

Me aparté del coche.

—Adelante, arquitecto.

—Carlos.

—Todavía no has demostrado merecer el nombre.

—¿Y qué tengo que hacer?

—Conseguir que vuelva a arrancar.

—Eso parece más trabajo de mecánico.

—Pues haber elegido mejor la profesión.

Negó con la cabeza mientras se acercaba al capó. Entonces se abrió otra puerta de la furgoneta.

—¡Carlos!

Una voz masculina. Carlos se giró.

—¿Qué?

—¿Nos instalamos aquí o qué?

—Tiene que esperar a la grúa.

—¿Cuánto?

—Una hora. Quizá más.

Se produjo un silencio. Después:

—Hostia puta.

Me asomé ligeramente para ver quién hablaba. Había un hombre apoyado en la puerta abierta de la furgoneta. Pelo largo recogido. Tatuajes visibles en los brazos. Nos miraba alternativamente a Carlos y a mí. Al verme, levantó una mano.

—Hola.

—Hola.

—¿Estás bien?

—Sí. Mi dignidad peor que yo, pero sobrevivirá.

Sonrió.

—Eso tiene arreglo.

—El coche no está tan claro —añadió Carlos.

—Gracias por la confianza.

—De nada.

El de la furgoneta bajó.

—Adrián.

—Jenn.

—Encantado.

Se acercó mientras Carlos comprobaba que el motor ya no estuviera demasiado caliente.

—¿Vas al festival?

Miré mi camiseta. Después a él.

—¿Tan evidente es?

—Podrías ir a misa.

—Con Guns N' Roses.

—No sería la cosa más rara que ha hecho Axl.

—Touché.

Adrián sonrió.

—Nosotros también vamos.

—¿Sí?

Señaló la furgoneta con el pulgar.

—Los cuatro.

Cuatro. Miré hacia allí. A través del parabrisas distinguí movimiento dentro. Genial. Había conseguido averiarme justo delante de una excursión masculina.

Carlos levantó el capó.

—No lo abras de golpe —dijo Adrián.

Carlos se quedó inmóvil.

—Gracias, mamá.

—De nada, cariño.

Los miré.

—¿Lleváis mucho casados?

Adrián respondió inmediatamente.

—Doce años. Pero está perdiendo la chispa.

—Porque no te arreglas para mí —dijo Carlos sin mirarlo.

Me salió una carcajada.

—Vale. Sois idiotas.

—Espera a conocer a los otros dos —dijo Adrián.

Como si lo hubiese invocado, se abrió la puerta lateral de la furgoneta. Bajó otro hombre. Este era mayor que los otros dos. O eso me pareció. No mucho. Tenía esa tranquilidad extraña de algunas personas que parecen haber nacido sabiendo que casi nada merece la pena correr.

Miró la escena. El coche. Carlos. Adrián. A mí.

—¿Grúa?

—Una hora —respondió Carlos.

El hombre asintió.

—Pues esperamos.

Así. Sin preguntar.

Lo miré.

—No hace falta.

Él me miró a mí.

—Ya.

Esperé algo más. No llegó.

Adrián señaló al recién llegado.

—Gabriel. No te preocupes si parece que le cobran por palabra.

—Jenn.

Gabriel hizo un pequeño gesto con la cabeza.

—Hola, Jenn.

Y entonces una voz llegó desde dentro de la furgoneta.

—¿De verdad vamos a quedarnos una puta hora aquí?

No veía a quien hablaba. Carlos ni siquiera levantó la cabeza.

—Puedes ir andando.

—Perfecto. ¿A cuántos kilómetros está Benialmar?

—Treinta y ocho —dijo Gabriel.

Silencio.

—Me quedo.

Adrián se rio. Yo también.

—Ese es Marc —me explicó.

Miré hacia la furgoneta. No bajó.

—Encantador.

—No sabes cuánto —dijo Carlos.

Y volvió a mirar el motor. Yo también. Marc dejó de interesarme aproximadamente dos segundos después. Carlos, en cambio, no.

—¿Ves algo? —pregunté.

Seguía inclinado sobre el motor.

—Veo muchas cosas.

—Qué alivio.

—No he dicho que sepa qué les pasa.

—Retiro el alivio.

Adrián se asomó por encima de su hombro.

—¿Tiene refrigerante?

—Eso estoy mirando.

—¿Y?

—¿Quieres meter tú la cabeza?

—No especialmente.

—Pues déjame.

Me crucé de brazos.

—Me tranquiliza muchísimo el nivel técnico del equipo de rescate.

Gabriel se había apartado hacia el arcén con el móvil en la mano. Levantó la vista.

—Yo habría esperado a la grúa.

Carlos giró la cabeza.

—Gracias por decirlo ahora.

—No me habías preguntado.

—¿Siempre es así? —pregunté.

Adrián asintió con absoluta seriedad.

—Siempre.

Gabriel volvió al móvil.

—Y aun así seguís preguntándome cosas.

Me reí. Carlos terminó incorporándose.

—No veo nada que podamos solucionar aquí.

—¿Eso es bueno o malo?

—Es prudente.

—Eso suena a «no tengo ni puta idea» dicho por alguien con estudios.

Adrián soltó una carcajada. Carlos me miró despacio.

—Empiezo a arrepentirme de haber parado.

—Todavía puedes irte.

—Podría.

—Pues mira qué fácil.

No se movió. Yo tampoco. Una pequeña sonrisa apareció en una esquina de su boca.

Vale.

Definitivamente había algo ahí. No algo de película. No campanas. No violines. No una voz interior anunciándome que acababa de conocer al amor de mi vida porque, además de que aquello habría sido bastante preocupante, yo no quería conocer al amor de mi vida.

Quería ir a un festival. Beber. Escuchar música. Quizá mirar culos. Si la noche se ponía especialmente generosa, permitir que algún culo viniese acompañado de conversación. Mis aspiraciones románticas estaban en mínimos históricos y me parecía estupendo.

Carlos cerró el capó.

—Pues toca esperar.

—Eso parece.

Adrián miró alrededor.

—¿Tenemos cerveza?

—Sí —contestó una voz desde la furgoneta.

Marc. Otra vez.

Adrián se giró.

—¿Y piensas compartirla o vas a seguir ahí dentro como un puto gremlin?

—Estoy muy bien aquí.

—Hace cuarenta grados.

—Tengo aire.

Carlos empezó a caminar hacia la furgoneta.

—Apaga el aire, imbécil. Estamos parados.

Hubo un breve silencio. El motor de la furgoneta se apagó. Sonreí.

—¿Eso significa que ahora saldrá?

—Dale treinta segundos —dijo Gabriel.

No hicieron falta.

La puerta lateral volvió a abrirse y esta vez Marc bajó. Primero vi unas botas. Después unos vaqueros negros. Camiseta de Metallica. Brazos. Barba. Y pelo. Muchísimo pelo. Largo, suelto, cayéndole por los hombros y parte de la espalda.

Mi primer pensamiento fue que tenía que estar pasando un calor de cojones. El segundo fue que tenía pinta de haber dormido poco. El tercero no llegó a ser especialmente interesante. Era atractivo. Sí. Pero al lado de Carlos... No. Carlos.

Marc bajó con cuatro latas de cerveza sujetas contra el pecho y otra en una mano. Miró a sus amigos. Luego a mí. Se detuvo.

—Ah.

Levanté una ceja.

—¿Ah?

—Eres una persona.

Miré a Adrián.

—¿Qué esperaba?

—No preguntes.

—Pensaba que era un tío —dijo Marc.

—¿Por qué?

—Carlos ha bajado del coche voluntariamente.

Carlos le quitó una cerveza.

—Cállate.

Marc sonrió.

—Ahora lo entiendo.

Ahí estaba. La clase de persona que llevaba treinta segundos delante de ti y ya te apetecía empujarla ligeramente. No por un barranco. De momento.

Me tendió una lata.

—¿Cerveza?

La miré. Después lo miré a él.

—Tengo que conducir.

Señaló mi Clio.

—Ahora mismo eso parece bastante optimista.

Se me escapó la risa.

—Capullo.

—Marc.

—Ya me habían avisado.

—¿Bien o mal?

—Solo han dicho tu nombre. El resto lo has hecho tú.

Adrián hizo un sonido satisfecho.

—Me cae bien.

—A ti te cae bien todo el mundo —dijo Carlos.

—No es verdad.

—Te hiciste amigo del tío que intentó venderte una aspiradora en un parking.

—Era majísimo.

Gabriel intervino sin apartar la vista del móvil.

—Le compraste la aspiradora.

—Funcionaba.

—Dos días.

—Fueron dos días estupendos.

Me reí. Marc seguía ofreciéndome la cerveza.

—Puedes guardarla para cuando venga la grúa.

—Eso sí.

La cogí. Estaba fría. Muy fría.

—Hostia, gracias.

—De nada.

—Ahora me caes un poco menos mal.

—Dame tiempo.

—Eso mismo ha dicho Carlos.

Marc giró inmediatamente hacia él.

—¿Ya estás usando frases?

—¿Qué frases?

—Tus frases.

—No tengo frases.

—Sí tienes.

Carlos bebió un trago.

—Marc.

—Carlos.

Se quedaron mirando. No entendí absolutamente nada. Adrián sí, porque empezó a reírse. Gabriel también parecía entenderlo, aunque en su caso la única señal fue una mínima contracción en la comisura de la boca.

—¿Qué? —pregunté.

—Nada —dijo Carlos.

—Todo —dijo Marc al mismo tiempo.

—Perfecto.

Me apoyé contra el Clio.

—Ya veo cómo funciona esto.

—No llevas ni cinco minutos —dijo Adrián.

—Soy rápida.

—Eso puede ser peligroso —dijo Carlos.

Lo miré. Él sostuvo la mirada. Otra vez. Esta vez duró un poco más.

Y sí.

Aquello estaba pasando. Pequeño. Sencillo. Pero estaba pasando.

Marc miró a Carlos. Después me miró a mí. Después otra vez a Carlos.

—Ah.

—¿Otra vez «ah»? —pregunté.

—Nada.

—¿Qué coño os pasa con «nada»?

—Es una palabra muy versátil.

Carlos le dio un golpe en el hombro al pasar.

—Ve a por agua.

—Tengo cerveza.

—Agua.

—¿Por qué?

—Porque llevas desde Valdara bebiendo cerveza.

Me quedé quieta.

—¿Valdara?

Los cuatro me miraron.

—Sí —dijo Adrián—. ¿Por?

—Yo soy de Valdara.

Hubo un silencio. Marc frunció el ceño.

—No.

—Sí.

—¿De Valdara Valdara?

—No, del otro Valdara que tenemos al lado para despistar.

Adrián soltó una carcajada.

—Definitivamente me cae bien.

Marc ignoró el comentario.

—¿Y no te hemos visto nunca?

—Valdara tiene más de siete habitantes.

—Ya, pero...

—Marc cree que conoce a todo el mundo —explicó Gabriel.

—Conozco a mucha gente.

—No la conoces a ella.

—Evidentemente.

—Entonces no conoces a todo el mundo.

Marc miró a Gabriel.

—Gracias, Barrio Sésamo.

Gabriel levantó su cerveza a modo de brindis.

—De nada.

Sonreí.

—¿Vivís todos allí?

—Sí —respondió Adrián—. Bueno, cada uno en su casa. No somos una secta.

—Habla por ti —dijo Marc.

Carlos negó con la cabeza.

—No le hagas caso.

—Me está costando.

—Oye.

—¿Qué?

—Estoy aquí.

—Lo sé. Haces bastante ruido.

Adrián volvió a reírse. Marc me señaló con un dedo.

—Tú y yo vamos a tener problemas.

—Sobreviviré.

—Eso dicen todas.

—¿Todas quiénes?

Se quedó un segundo en blanco.

—No sé. Sonaba bien.

Me tapé la boca con la mano para no escupir la risa.

—Qué gilipollas.

—Gracias.