La ley del rock Capítulo 1 - Una idea cojonuda
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La ley del rock

La ley del rock

Por J Navarre

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Capítulo 1 - Una idea cojonuda

Una idea cojonuda

La primera vez que decidí hacer algo sola porque me salía de los cojones, mi coche se averió. No sé si aquello era una señal del universo. Principalmente porque no creo que el universo mande señales. Pero, de hacerlo, tenía un sentido del humor bastante hijo de puta.

—No. No, no, no, no...

El Renault Clio perdió fuerza mientras yo pisaba el acelerador con esa esperanza irracional que tenemos los seres humanos de que, si insistimos muchísimo sobre algo que claramente no funciona, quizá se arregle por vergüenza. No se arregló.

—Venga, cariño. Venga...

Nada.

—No me hagas esto.

El coche respondió encendiendo otro piloto en el salpicadero.

—¡Ese no! ¡Apaga ese!

Sorprendentemente, tampoco me hizo caso.

Puse el intermitente y conseguí apartarme hacia un lateral de la carretera antes de que terminara de morir del todo.

El motor hizo un ruido que no me gustó una mierda.

Clac. Clac-clac. Pffff. Silencio. Me quedé con las dos manos agarradas al volante.

Parpadeé. Una vez. Dos. Miré el salpicadero.

—¿Ya?

Silencio.

—¿Has terminado?

Nada.

—Perfecto.

Apoyé la frente contra el volante. Había salido de Valdara bastante más tarde de lo que pretendía porque, al parecer, prepararse para pasar un fin de semana sola requería llevar cosas suficientes para sobrevivir a una guerra civil.

Había revisado tres veces que llevaba la entrada.

Dos que llevaba el cargador. Había vuelto a subir al piso porque no recordaba haber cerrado una ventana.

Sí la había cerrado. Después había bajado otra vez.

Había colocado la mochila en el maletero intentando que no golpeara a Raven, que viajaba allí dentro metida en su funda como si llevar una guitarra eléctrica a un festival fuese una decisión completamente lógica.

No lo era. Pero Raven llevaba conmigo dos semanas y yo estaba en esa fase de enamoramiento en la que quería tenerla cerca aunque mi repertorio musical consistiera básicamente en dos riffs que cualquier adolescente con cinco minutos libres podría tocar mejor que yo.

Me daba igual. Era mía. La había comprado porque sí.

Porque quería. Porque durante seis años había habido demasiadas cosas que hacía pensando en dos.

Dos entradas. Dos cenas. Dos opiniones. Dos planes.

Dos. Hasta que un día descubrí que, para ciertas cosas, él había preferido ser tres.

Muy eficiente. Tres meses después todavía estaba aprendiendo a volver al singular.

Y el singular, por lo visto, incluía quedarse tirada en una carretera camino de Benialmar.

Levanté la cabeza y miré por el parabrisas.

El sol ya estaba bajando y el cielo empezaba a perder ese blanco insoportable de las tardes de julio.

A ambos lados de la carretera había campos, algún árbol desperdigado y absolutamente nada que pudiera arreglar un motor.

Saqué el móvil del soporte. Tenía cobertura.

—Bien. Una alegría.

Busqué el teléfono de asistencia del seguro. Después miré otra vez el salpicadero. Después el capó. Otra vez el móvil. El capó.

—Ni puta idea, ¿eh?

El Clio mantuvo un silencio bastante digno para alguien que acababa de abandonarme. Abrí la puerta. El calor acumulado del exterior entró de golpe.

—Hostia.

Salí y cerré. Llevaba una camiseta negra de Guns N' Roses, unos vaqueros cortos y zapatillas. El pelo, que había salido de casa razonablemente decente, había pasado la última hora pegándose a mi nuca por culpa del calor. Me lo recogí como pude y rodeé el coche.

No abrí el capó. No porque supiera que no debía hacerlo.

Porque abrirlo habría sido puro teatro. ¿Qué iba a hacer después?

¿Mirar el motor fijamente hasta identificar al culpable?

Ajá. El tubito. Podía distinguir aproximadamente cuatro partes de un coche: volante, ruedas, motor y sitio donde se echa el líquido azul. Mis conocimientos terminaban ahí.

Volví a mirar el móvil. La asistencia estaba llamando.

—Vamos...

Un tono. Dos. Tres. Mientras esperaba, miré la carretera.

Un coche pasó en dirección contraria. Luego otro.

Ninguno redujo. No me molestó. Yo probablemente tampoco habría parado si hubiese visto a alguien junto a un coche con el móvil en la mano.

Era bastante evidente que no estaba desangrándome. Todavía.

—Buenas tardes, asistencia en carretera...

—Hola. Sí. Mi coche ha decidido morirse.

Silencio. Cerré los ojos.

—Perdón. Se me ha averiado.

Di mis datos. Matrícula. Modelo. Ubicación aproximada. No tenía ni idea del punto kilométrico. Tuve que caminar hasta encontrar una señal mientras la mujer esperaba pacientemente al otro lado.

—Vale. Sí. Estoy... aquí.

Magnífica aportación. Miré la señal. Le di el número.

—¿Y cuánto tardará?

La respuesta no fue maravillosa.

—¿Una hora?

Pausa.

—Sí, sí. No. Claro. Entiendo.

Colgué. Me quedé mirando la pantalla. Entre una hora y hora y media. Giré despacio hacia el Clio.

—Te odio.

No era verdad. Me acerqué y apoyé una mano sobre el techo.

—Pero ahora mismo bastante.

La entrada para el RockFest llevaba semanas guardada en mi correo.

La había comprado una madrugada. Impulsivamente.

Como se toman las mejores decisiones y algunas de las peores.

Había visto el cartel varias veces. Había pensado en ir.

Después había pensado que no tenía con quién.

Después me había cabreado conmigo misma por pensar que necesitaba a alguien.

Mis amigos estaban repartidos a tomar por culo.

Tenían trabajos. Parejas. Planes. Vidas.

Y yo me había cansado de aplazar cosas hasta que los horarios de los demás encajaran con el mío.

Así que una noche abrí la web del festival.

Seleccioné una entrada. 1. Me quedé mirando el número durante un rato.

Uno. Parecía una gilipollez. También parecía enorme.

Pulsé comprar antes de poder echarme atrás. Mi plan posterior había sido todavía mejor. Conducir hasta Benialmar. Pasar el día en el festival. Y dormir dentro del coche. No era glamuroso, pero era barato y, en mi cabeza, perfectamente viable. Mi cabeza a veces era un lugar excesivamente optimista.

Miré el Clio.

—Ahora no puedes morirte porque eres también mi hotel.

Nada.

—Tengo una reserva.

Ni caso. Suspiré y abrí la puerta trasera para coger la botella de agua. Bebí apoyada contra el coche mientras miraba cómo terminaba de caer la tarde.

Y entonces me entró la risa. No una carcajada.

Una risa pequeña y completamente idiota.

Porque aquello era muy típico. Tres meses reconstruyendo mi vida.

Tres meses intentando averiguar quién coño era yo después de haber pasado prácticamente toda mi vida adulta con la misma persona.

Y el día que decidía hacer algo que me daba miedo... Pum. Arcén.

Me tapé los ojos con una mano.

—Es que tiene cojones.

Me reí otra vez. Y me dejé hacerlo. Porque estaba cabreada. Y acalorada. Y seguramente llegaría tarde. Pero estaba allí. Había salido de casa. Sola. No había llamado a nadie para que viniera conmigo. No había vendido la entrada. No me había inventado una excusa. Había cogido el coche y había ido.

Bueno. Había ido hasta allí. Técnicamente faltaba bastante. Pero los detalles administrativos no debían arruinar una victoria.

Bebí otro trago. A lo lejos apareció una furgoneta. No le presté demasiada atención. Habían pasado varios vehículos desde que estaba allí. La vi acercarse mientras desenroscaba el tapón de la botella. Pasó junto a mí. Seguí bebiendo.

Entonces se encendieron las luces de freno.

Bajé lentamente la botella.

—Oh.

La furgoneta redujo la velocidad y terminó deteniéndose unos metros más adelante.

—Oh, no.

Mi cerebro, que cinco minutos antes consideraba bastante feo que nadie se interesara por mi desgracia, decidió ahora que ser ignorada por toda la humanidad había sido una opción estupenda. Miré el móvil. Tenía batería. Tenía cobertura. La asistencia sabía dónde estaba. Bien.

Una puerta de la furgoneta se abrió. Salió un hombre. Alto. Camiseta clara. Pantalones oscuros. Ropa sencilla, pero de esa que inexplicablemente parece cara aunque no tenga un puto logo del tamaño de una paella. Cerró la puerta y miró hacia mí.

No avanzó inmediatamente. Eso me gustó.

—¿Necesitas ayuda?

La voz llegó clara desde varios metros. Levanté un poco el móvil.

—Viene la grúa.

—Vale.

Y ya. No se acercó. No hizo la típica maniobra de tranquila, mujer sola, soy un desconocido perfectamente fiable que necesita convencerte urgentemente de que es fiable. Se quedó donde estaba.

Lo observé mejor. Moreno. Atractivo. No atractivo de bueno, objetivamente supongo que... No. Atractivo de hostia. Mi cerebro hizo un pequeño inventario sin solicitar permiso. Hombros. Brazos. Cara. Manos. Otra vez cara. Bueno. Tres meses soltera no me habían dejado ciega. Qué alivio.

—¿Cuánto tardan? —preguntó.

—Entre una hora y hora y media.

Hizo una mueca.

—Joder.

—Sí. Ese ha sido aproximadamente mi diagnóstico.

Sonrió. Ah. Vale. También tenía una sonrisa bonita. Fantástico.

—¿Qué ha hecho? —preguntó, señalando el Clio.

—Morirse.

—Eso lo veo.

—Pues ya sabes lo mismo que yo.

La sonrisa se amplió ligeramente.

—¿Se ha calentado?

Miré hacia el coche.

—Ha empezado a perder fuerza. Luego se ha encendido una cosa.

—¿Una cosa?

—Una luz.

—Eso ayuda muchísimo.

—Era roja.

—Ayuda menos.

Entrecerré los ojos.

—Si vas a juzgar mis conocimientos de mecánica, puedes volver a la furgoneta.

—No te estoy juzgando.

—Lo estás haciendo con la cara.

—Tengo esta cara siempre.

—Pues es bastante crítica.

Soltó una risa corta y empezó a acercarse. Despacio. Sin esa seguridad invasiva de quien da por hecho que puede entrar en tu espacio porque ha decidido ayudarte. Cuando estuvo más cerca, señaló el frontal.

—¿Puedo mirar?

Me encogí de hombros.

—Si sabes qué estás mirando, ya somos uno.

—Algo sé.

—¿Algo de verdad o algo de hombre que ha visto tres vídeos en YouTube?

Me miró.

—Arquitecto.

—Eso no responde a mi pregunta.

—No.

—De hecho, la empeora.

Se rio otra vez.