La ley del rock Capítulo 5 - Ninguna pregunta sobre después #4
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Capítulo 5 - Ninguna pregunta sobre después #4

—¿Por dónde?

—Aquí.

Puso una mano en mi cintura para moverme. Una mano. Otra vez. La puta mano.

—Carlos.

—¿Qué?

—Tiene antecedentes.

—¿Quién?

Miré hacia abajo.

—Ella.

—Solo te estoy dejando pasar.

—Sí.

—¿Quieres que te suelte?

Levanté la vista.

—Qué pesado eres con preguntar.

—Qué poco respondes.

—Porque sabes la respuesta.

—Prefiero escucharla.

Eso me gustó. Otra vez. Muchísimo. Puse una mano sobre su pecho.

—No.

—¿No qué?

—No quiero que me sueltes.

—Mucho mejor.

Y me besó. El agua caía entre nosotros. Sobre mi cara. Su hombro. Mi pelo. Tuve que apartarlo hacia atrás porque se me pegaba a la boca. Carlos se rio.

—Muy sexy.

—Cállate.

Volví a besarlo. Su mano seguía en mi cintura. La otra apareció en mi espalda. Y esta vez no había mar que pudiera servir de excusa para acercarnos. Lo hizo él. Me atrajo contra su cuerpo. Completamente. Oh. Hola.

Me separé un centímetro.

—Eso ha sido sospechoso.

—¿El qué?

—Sabes perfectamente qué.

—No tengo ni idea.

—Mentiroso.

—Mucho.

Me besó otra vez. Y ahí dejamos de ducharnos.

Durante un rato. Mis manos recorrieron su espalda.

Sus hombros. Volvieron a su nuca. Las suyas no hicieron nada que yo no quisiera.

Pero hicieron bastante de lo que sí. Cintura.

Espalda. Cadera. Otra vez cintura. Y cada vez que me atraía hacia él, mi cuerpo recibía información que complicaba considerablemente mantener una conversación inteligente.

—Carlos.

—¿Mm?

—Tú...

Me besó en la mandíbula. Perdí el resto de la frase.

—Eso es trampa.

—¿Qué?

—No me acuerdo de lo que iba a decir.

—Entonces no sería importante.

—Gilipollas.

Volví a buscar su boca. No había ninguna urgencia. Eso era quizá lo peor. Podíamos seguir. Y seguir. Y seguir. Besarnos bajo el agua hasta que alguien derribase la puerta o el Mediterrània Rock Fest terminase el lunes y tuviéramos que explicar por qué no habíamos salido de allí.

Su mano bajó por mi cintura. Un poco. Se detuvo. Me miró. No preguntó en voz alta. No hacía falta. Yo tampoco dije nada. Me acerqué. Eso bastó. Su mano siguió. Sin prisa. Y mi cerebro decidió abandonar cualquier proyecto serio para aquella tarde.

—Joder —murmuré.

Carlos sonrió contra mi cuello.

—¿Qué?

—Nada.

—Tu voz.

Le di un pequeño empujón.

—No empieces.

No se movió apenas. Qué irritante.

—No he dicho nada.

—Lo estabas pensando.

—Puede.

—Te odio.

—Eso me dices mucho mientras me besas.

—Puedo hacer dos cosas a la vez.

—Multitarea.

—Exacto.

Volví a besarlo. Y entonces Carlos me agarró de la cintura con ambas manos y me atrajo otra vez. Más fuerte. Sin ninguna posibilidad de fingir que aquello era accidental. Me quedé quieta un segundo. Lo miré.

—Ah.

—¿Qué?

—Nada.

—Jenn.

Sonreí.

—Estabas contento de verme.

Carlos cerró los ojos.

—Dios.

Me eché a reír.

—Tenía que decirlo.

—No.

—Sí.

—No tenías ninguna necesidad.

—Muchísima.

Apoyó la frente contra la mía. También estaba riéndose.

—Eres imposible.

—Y tú estás...

Me tapó la boca con la mano. Abrí mucho los ojos.

—No.

Intenté hablar.

—Mfff.

—No vas a terminar esa frase.

Le lamí la palma. Retiró la mano inmediatamente.

—¡Joder!

Me doblé de risa.

—¡CERDO! —protesté.

—¡ME HAS LAMIDO TÚ!

—¡TU MANO ESTABA EN MI BOCA!

—¡PODÍAS HABERTE CALLADO!

—¡NO!

Carlos empezó a reírse. Y ahí estábamos. Desnudos. Pegados. Calientes por razones que tenían bastante poco que ver con la temperatura del agua. Discutiendo porque le había lamido una mano. Perfecto. Exactamente mi clase de erotismo.

—Ven aquí —dijo.

—No.

Me agarró por la cintura.

—Carlos.

Me acercó.

—No veo resistencia.

—Es psicológica.

—Ah.

—Muy intensa.

Me besó.

—Así no puedo mantenerla.

—Problema tuyo.

Y volvió a besarme. Esta vez tardamos bastante más en separarnos. Cuando lo hicimos, respiré. Lo miré. Después miré la ducha. Después otra vez a él.

—Tenemos un problema.

—¿Cuál?

—Que esto iba a ser una ducha.

—Lo es.

—No nos estamos duchando.

—Estamos debajo del agua.

—Técnicamente.

—Entonces.

—Y tengo que dormir.

—También.

—Y arreglarme.

—Sí.

—Y vamos al festival a las nueve y media.

—Correcto.

—¿Qué hora es?

Carlos miró hacia ninguna parte.

—No tengo reloj.

—Mierda.

Nos quedamos callados.

—Como sigamos así, no llegamos al festival.

Carlos me miró.

—No veo el problema.

Me eché a reír.

—Sabía que ibas a decir eso.

—Entonces ¿por qué preguntas?

—Para confirmar que eres una mala influencia.

—Tú me has metido en la ducha.

—Eso es verdad.

Me separé. Esta vez de verdad.

—Se acabó.

Carlos levantó las manos.

—Vale.

Cogí el champú.

—Tenemos que ducharnos.

—Sí.

—Ducharnos de verdad.

—Perfecto.

—Sin tocar.

—Eso no estaba incluido.

Lo miré.

—Carlos.

—Jenn.

—Cinco minutos.

Sonrió.

—Esa frase ya nos salió mal una vez.

—Cállate.

Tardamos más de cinco minutos. Obviamente. Pero conseguimos salir. Milagrosamente vestidos con toallas y sin haber convertido aquel fin de semana en algo que ninguno de los dos había planeado.

Me recogí el neceser. Carlos estaba secándose el pelo. Lo miré.

—Tenemos que salir de aquí.

—Eso has dicho.

—Y lo mantengo.

—Muy coherente.

—Gracias.

Abrí la puerta.

—Aunque...

Me detuve. Carlos levantó las cejas.

—¿Aunque?

Lo miré.

—La próxima vez necesito dormir antes.

Su sonrisa apareció despacio.

—¿La próxima vez?

Ah. Cabrón.

—No te emociones.

—No he dicho nada.

—Tu cara.

—Mi cara está perfectamente.

—Tu cara acaba de celebrar algo.

—Puede.

—Presumido.

—Incendiaria.

Le señalé.

—No abuses.

Salí. Di dos pasos.

—Jenn.

Me giré. Carlos estaba apoyado en el marco.

—¿Qué?

Levantó algo con una mano. Mi ropa. Toda. En el baño. Cerré los ojos.

—Joder.

Volví. La recogí. Carlos intentaba no reírse.

—Ni una palabra.

—No he dicho nada.

—Tu cara.

—Mi cara está perfectamente.

—Te odio.

—Hasta la próxima ducha.

Me detuve en la puerta. Lo miré. Hijo de puta.

—Buenas tardes, Carlos.

—Buenas tardes, Jenn.

Salí otra vez. Esta vez con ropa. Llegué a mi habitación. Entré. Cerré la puerta. Y me apoyé contra ella. Otra vez.

—Hijo de puta.

Sonreía. Otra vez.

Dormí una hora. Cuando desperté, estaba nueva. Más o menos. Me arreglé sin demasiada prisa. Shorts negros. Camiseta de Guns N' Roses. Botas. Un poco de maquillaje. Pelo suelto. Me miré. Festival. Segunda noche. Sonreí.

Había salido de Valdara pensando que iba a pasar aquel fin de semana sola.

Y ahora tenía cuatro tíos esperándome abajo.

Uno de ellos besaba peligrosamente bien.

Otro acababa de prometerme indirectamente que algún día me enseñaría guitarra.

Otro tenía una capacidad sorprendente para hacerme sentir incluida sin hacer ningún esfuerzo aparente.

Y el cuarto podía sentarse conmigo en silencio sin que pareciese que faltaba nada.

No sabía qué iba a quedar de aquello el lunes. Quizá nada. Quizá números de teléfono. Alguna anécdota. Una historia absurda sobre un coche roto. Me daba igual. Todavía era sábado. Y yo no había venido a preocuparme por el lunes.

Cogí el móvil. Bajé.

Marc fue el primero en verme. Estaba sentado en el sofá atándose una bota. Levantó la cabeza. Miró mi camiseta.

—Bien.

—¿Qué?

Señaló a Axl con la barbilla.

—Coherente.

—No empieces.

—No he dicho nada.

—Tu cara.

Sonrió.

—Se te está pegando.

Gabriel apareció con las llaves. Adrián detrás.

—¿Estamos?

—Falta Carlos —dijo Marc.

Como si lo hubieran invocado, apareció por las escaleras. Camiseta negra. Vaqueros. Pelo de nuevo un poco húmedo. Nuestras miradas se encontraron. Sonrió. Yo también.

Marc miró a Carlos. Después a mí. Otra vez a Carlos. Frunció el ceño.

—¿Por qué habéis tardado tanto en ducharos esta tarde?

Silencio. Carlos cerró los ojos. Yo miré a Marc.

—¿Cómo sabes cuánto hemos tardado?

—Porque quería entrar al baño de Carlos y estaba ocupado.

Ah.

—Problemas de presión —dije.

Marc miró hacia arriba.

—¿Durante cuarenta minutos?

Adrián se giró lentamente hacia nosotros. Gabriel cogió las llaves con más fuerza. Probablemente para no reírse. Carlos bajó el último escalón.

—Había poca presión.

Marc señaló hacia el piso de arriba.

—¡TU DUCHA TIENE UNA PRESIÓN DE LA HOSTIA!

Me tapé la boca. Carlos me miró.

—No.

Ya era tarde. Me salió la risa. Marc abrió los ojos.

—¡HOSTIA!

—No —dije.

—¡OS HABÉIS DUCHADO JUNTOS!

—Yo no he dicho eso.

—¡TU CARA!

—¡QUE TE JODAN!

Adrián empezó a reírse. Marc se puso de pie.

—¡NO PUEDO CREER QUE HAYÁIS...!

Carlos le puso una mano en la cara y lo empujó hacia la puerta.

—Al coche.

—¡PERO...!

—Al coche.

—¡CARLOS!

—Fuera.

—¡QUIERO INFORMACIÓN!

—No.

—¡JENN!

Cogí mi bolso.

—No sé de qué hablas.

—¡TRAIDORA!

Gabriel abrió la puerta.

—Marc.

—¿Qué?

—Fuera.

—Aquí nadie respeta el periodismo.

Salió. Adrián detrás. Gabriel negó con la cabeza y los siguió.

Yo fui hacia la puerta. Carlos pasó a mi lado. Su mano encontró mi cintura. Solo un segundo. Me atrajo contra él. Lo suficiente para que mi espalda chocara suavemente con su pecho.

—Poca presión —murmuró junto a mi oído.

Me mordí la sonrisa.

—Era lo primero que se me ha ocurrido.

Su mano apretó apenas mi cintura. Sospechosamente.

—Se te da fatal mentir.

Giré la cabeza.

—Y a ti ducharte.

Carlos sonrió. Me soltó. Sin beso. Sin más. Salió de la casa.

Yo me quedé quieta medio segundo. Solo medio. Después fui detrás. Marc estaba esperando junto al coche. Me vio. Señaló mi cara.

—¡ESA! ¡ESA ES LA CARA!

—¡SUBE AL PUTO COCHE!

Y mientras los otros tres empezaban a reírse, pensé que quizá debería empezar a preocuparme por la facilidad con la que aquellos cuatro estaban aprendiendo a leerme. Pero no aquella noche. Aquella noche todavía quedaba demasiado ruido por hacer.