DESPUÉS #6
—Pues muy bien —repuso con una voz cargada de humedad.
Las espaldas le temblaban. Hacía acopio de valor para que no se le quebrara la voz—.
Vamos al oeste. ¿Te parece bien? Tengo asuntos pendientes en una aldea de los Mil.
—Le había prometido su propio cuello a una mujer—. Cuento con llegar en unos pocos días.
Estaba dispuesto a cumplir su promesa.
En cuanto vi al Pavo Real a mi puerta, de rodillas ante mí, ofreciéndome su cabeza, como había hecho en mis sueños, mi mano no vaciló... saqué el cuchillo del cajón donde lo había estado esperando.
—Creo que llevo comida suficiente para los dos —dijo Jun.
—¿Qué son esos asuntos que tienes ahí? —preguntó Keema—. En ese pueblo...
Jun no respondió.
—Preferiría no decírtelo.
Me dijo que hiciera lo que quisiese, como quisiese. Le respondí que me gustaría ver un cadáver de Pavo Real. Bajé los ojos hacia el cuchillo. Vi en su hoja el juramento que había hecho a las personas que había perdido. Vi el final de mis noches sin sueño.
—Me evitas la mirada —dijo Keema. Sonrió, con el corazón partido—. Es extraño, ¿verdad?, que hayamos regresado de entre los muertos y no quieras mirarme.
Jun se volvió hacia otro lado.
—¿Por qué me has seguido? —preguntó.
Le dije al Pavo Real que rezara su última plegaria. Que pensara en algo hermoso. Y cerró los ojos y acerqué el cuchillo a su garganta y me preparé para abrírsela. Cómo encajaba la empuñadura en mi mano... Era como si me hubieran hecho la mano tan solo para ese propósito.
Y entonces me detuve.
Al ver la gota de sangre de color rojo brillante como las fresas que brotó del cuello del muchacho, me detuve. El cuchillo se me cayó de las manos y rebotó por el suelo; el metal rebotó a la luz de la luna. No podía hacerlo.
Keema se acercó a su amigo perdido, y entonces Jun hizo gesto de apartarse, como para dar un paso atrás, pero no se movió del lugar donde estaba. Keema alargó la mano y tocó el borde de la máscara de Jun, y la levantó, y descubrió unos ojos anegados en lágrimas.
Cualesquiera que fuesen las pesadillas que me atormentaban, aquel joven que estaba arrodillado frente a mí no se contaba entre ellas. No sabía quién era. Con manos temblorosas, me di la vuelta, y le dije que tenía un día atareado.
«¿Eso es todo?», preguntó él, casi defraudado.
«Eso es todo», le respondí.
Le dije que me daba por satisfecha.
Keema le tocó la mejilla a Jun... la tinta roja, permanente e inmarcesible de su tatuaje, que el mar Durmiente no había lavado. Y aunque Jun se encogiera bajo su roce, no se movió, y mientras lloraba le preguntó a Keema por qué habían regresado.
—Pensé que la había encontrado —gritó—. Una buena muerte. Una muerte más gloriosa de la que merecía. No lo entiendo... ¿Cómo es que todavía estoy aquí? ¿Cómo es que conservo mi fealdad? —Hablaba con voz rota, casi indescifrable—. ¿Qué recompensa es esta? ¿Qué castigo?
—Yo no sé si esto es una recompensa —repuso Keema—. Ni si es un castigo. Pero tal vez no sea lo uno ni lo otro.
Apretó su frente contra la de Jun.
El calor era inmenso.
Vivo.
—Quizá sea que estás aquí, sin más.
Y aquí se encontraron el uno al otro.
En el bosque oscuro empapado de lluvia, lejos de las antorchas, la bebida y el baile de las gentes de la costa este.
La mente agitada de la tierra y el cielo estaba en calma.
Las voces, silenciosas, se oían en la espesura y entre los árboles centenarios, donde más ruidosos eran los insectos nocturnos, y donde se filtraban por el follaje mantos de luz de luna sobre las rocas musgosas y la hierba mullida.
En un claro despejado y luminoso, dos cuerpos se abrazaban.
El mundo estaba en silencio.
No oían ya el Ritmo en el suelo. El aliento de los árboles se había atenuado hasta el sopor.
El latido de las rocas que se hallaban bajo sus pies estaba casi muerto.
Ni Keema ni Jun tenían por qué decirlo en voz alta, porque ambos sabían lo que había ocurrido.
El Agua se la había arrebatado y volvían a ser ellos mismos.
No volverían a sentir con la misma plenitud el palpitar de otra vida, y sus pensamientos serían solo suyos.
Jamás ninguno de los dos volvería a saber lo que pensaba el otro.
Pero, así como el Octavo Emperador o Sus hijos podrían haber recibido con terror semejante revelación, la pérdida de una tal capacidad de control, de dominio, el corazón de aquellos guerreros no albergaba temor ni ira, pues al mirarse el uno al otro a la luz de la luna llena que brillaba aquella noche, advirtieron que no necesitaban el poder de un dios para comprender cuán profundo era su deseo.
Keema dio un paso hacia Jun,
y le tocó. Su brazo, su pómulo prominente, sus labios, y Jun recibió su roce como habría recibido el agua de una cascada, con los ojos cerrados y la cabeza vuelta hacia arriba.
—Eres como el sol —dijo Jun.
Las manos de ambos descubrieron en el otro las cicatrices de la guerra, como otras tantas quebradas y montañas, como el terreno accidentado de la batalla, y una de las escasas lluvias que habían experimentado a lo largo de su vida se llevó por delante, poco a poco, todos los años de sangre en los que se habían bañado. Apuraron aquel beso hasta el fondo.
—¿Por qué te ríes? —preguntó Keema, que se había divertido con la súbita risilla de Jun.
Su amigo negó con la cabeza.
—He recordado que hay un teatro en algún lugar de las tierras del mar Durmiente donde se representa nuestra historia. —Reposó la cabeza sobre el hombro de Keema. Besó su cálida piel—. ¿Tú crees que nos estarán viendo ahora? ¿Representarán este momento sobre el escenario?
—No lo sé —respondió Keema, como desde una lejanía, mientras abrazaba a Jun por la cintura—. Si así fuera, ¿ibas a parar?
—No —respondió Jun con firmeza—. Ya han visto mi vida. Han visto los momentos que me causan mayor vergüenza. —El dolor de sus ojos se desvaneció en seguida al mirar a Keema—. ¿Por qué les iba a negar uno de los más bellos?