DESPUÉS #5
—Me ha contado una historia increíble, y estoy segura de que comprenderás que no puedo fiarme de sus palabras, siendo quien es. Necesito que me cuentes tu historia, para así poder compararla con la suya y separar la verdad de la fantasía.
—¿Está a salvo?
—Sí —respondió Shan, sin llegar a pronunciar las palabras «por ahora». Alzó una mano, a modo de señal para que empezase—. Si quieres contármelo...
Y se lo contó.
Le llevó un tiempo. Le sirvieron comida y agua.
Shan llegó a prepararle una infusión, triturando hierbas dulces como había hecho su madre...
una técnica que le había descrito en una de sus muchas cartas.
Cuando Keema explicó el ataque contra la Puerta del Tigre y el sacrificio de Araya, Shan se quedó mirando a su taza en silencio, y en contadas ocasiones le pidió que le aclarara algún punto de su relato.
Sí, su madre había sido traicionada por uno de sus propios centinelas.
No, Keema no estaba seguro de que el sueño fuese real...
ni si Araya había transitado por el Último Camino.
En aquella estancia no había ventanas. Al fin, tras describir cómo los había envuelto la ola, no supo ya cuánto tiempo había pasado, ni qué momento del día sería, tan solo que estaba exhausto.
—Me imagino —añadió Keema— que Jun debió de explicarte las cosas de esta misma manera.
Shan se puso en pie y, tras decirle que volvería en seguida, salió de la estancia.
Al oír el chasquido de la puerta, Keema se levantó y agarró el pestillo de madera, pero, tal como ya se había imaginado, la puerta no se abrió.
Maldijo y le arreó una patada, sintiéndose como si le hubieran engañado.
No se le ocurrió otra cosa que esperar, a ver qué rumbo tomaría su vida.
Debía de haber pasado una hora cuando Shan regresó por fin, tal como había prometido. Cuando la puerta se abrió, Keema reprimió el impulso de arremeter contra ella.
—Explícate rápido, hija de Araya —dijo.
—Me disculpo por segunda vez, por haber cerrado la puerta —respondió Shan, tensa—. Lo he hecho tan solo porque él me lo había pedido.
—¿Quién?
—El Pavo Real conocido como Jun Ossa —contestó Shan—.
El hijo favorito del alto príncipe y Primer Terror, y cuya familia es culpable de crímenes que ningún escrito alcanzaría a consignar.
Es él quien me ha pedido que te cerrara la puerta.
Tan solo al cabo de insistirle mucho me ha dado permiso para decirte por qué.
—Keema, con ojos entrecerrados, le dio tiempo para explicarse; pero no mucho , le estaba diciendo con su expresión sombría.
Shan asintió—. Ambos habéis hecho un gran servicio a nuestro pueblo.
Sin vosotros, el pueblo ya no existiría.
Pero la identidad del Pavo Real sigue ahí, y ahora que entramos en esta nueva era, tras liberarnos del Trono de la Luna y de su influencia, él y yo hemos estado de acuerdo en que lo mejor que puede hacer es, en esencia, desaparecer.
Más palabras que no se pronunciaron: sin ti.
—¿Dónde está? —preguntó Keema susurrando.
—Es libre —respondió Shan—. Le hemos dado una nueva máscara para que se cubra el tatuaje de la cara y un fardo con vituallas que lo mantendrán durante unas semanas en el camino, mientras se dirige a donde él quiera ir.
Keema sentía que la cabeza le daba vueltas.
—No lo entiendo. ¿Por qué no ha... por qué...?
Y en ese punto, la expresión distanciada de Shan se quebró en algo parecido a la compasión, porque vio el dolor en el rostro del joven. Conocía ese dolor, esa sensación de rechazo. Siempre había sido demasiado vieja para su edad.
—Ha sido un gesto de bondad, en mi opinión —apuntó—.
Por lo menos pienso que esa era su intención.
Es el último de los Pavos Reales Rojos. El símbolo perdurable de un gobierno que el pueblo y la tierra han llegado a odiar, o que con el tiempo odiarán.
Probablemente el camino que le aguarda es corto.
Un cuchillo en la penumbra. Una piedra arrojada desde una ventana.
Justicia, por alguna maldad que cometió en los días en que se dedicaba a derramar sangre.
Una vida que jamás encontrará asiento. Que siempre irá de un lugar para otro.
Una vida que, según me dijo él mismo, es la que merece.
Al despertar, se dio cuenta de que existía la posibilidad de que quisieras acompañarlo en ese viaje, y me dijo textualmente que ya había causado suficiente dolor en el mundo y que no quería añadir tu nombre a la lista.
Shan contempló a Keema, que no apartaba la mirada de su propio regazo, hundido.
—Él tenía razón —dijo la joven, tras pensarlo un momento—. Si la falta de ese brazo sirve como pista, tu vida no ha sido fácil. Si me permites la osadía, te diré que quizá te hayas ganado una recompensa y un descanso.
—¿Por eso me has cerrado la puerta? ¿Para darle tiempo de marcharse?
—Una vez más, por petición suya, pero sí, así es.
Entonces Keema miró a la puerta, que aún estaba abierta hasta la mitad. Al otro lado había un corredor oscuro. Shan siguió su mirada.
—Me imagino que puedes elegir —le dijo con voz afable—.
Podrías ir tras él, aunque ya estará lejos, y tal vez, en el improbable caso de que lo encuentres, no acepte tu compañía.
Y aunque acepte tu compañía, tal vez no acepte tu amor.
—Los ojos de Keema se volvieron de pronto hacia ella, y Shan se encogió de hombros, como si lo que acababa de decir fuera una obviedad—.
Y, aunque aceptara ese amor, el camino que seguirás durante el tiempo que dure será difícil.
Sería un camino en el que no tendrías sosiego, no podrías detenerte jamás, porque, ¿sabes?
, él tiene razón... son muchas las personas, y muchas las cosas, que se cobrarían venganza en ese miembro superviviente de la familia real, igual que se la van a cobrar en los lealistas que están sacando a rastras de la Ciudad Divina.
—Suspiró—. Pero si te quedas, que es lo que él querría, y sería un honor para mí, entonces puedo prometerte la riqueza de...
espera —dijo, sorprendida de que Keema se levantara y caminase hacia la puerta—, si ni siquiera te he contado...
Pero calló, al ver que no tenía sentido describirle el honor y la gloria que recaerían sobre él por las hazañas que había realizado. Shan apenas si había sonreído durante aquellas dos semanas. Entonces sintió una sonrisa en su propio rostro y aquello la alivió como la frescura de la lluvia.
—Así pues, has tomado tu decisión.
—Gracias por habernos encontrado —respondió Keema, y le hizo una reverencia— y por haber cuidado de nosotros, Shan Araya. Pero si me queda alguna esperanza de dar alcance a mi amigo, tengo que ponerme en marcha ahora mismo.
—Muy bien —respondió Shan, e inclinó la cabeza—.
Entonces me imagino que ya no tiene ningún sentido que te oculte que la última vez que he visto al Pavo Real ha sido cuando abandonaba el camino principal, justo después de atravesar las puertas, en dirección suroeste.
—Shan abrió la puerta de golpe. El guardia del pasillo dio un respingo, sobresaltado—.
Entrégame tu arma —le dijo la muchacha, y el guardia vaciló, pero terminó por darle su lanza a Shan...
una lanza robusta, pero común y corriente, y luego ella se la dio a Keema, que en un primer momento se quedó sin palabras.
—¿Por qué haces esto? —preguntó.
La muchacha lo miró como habría podido mirar a un loco.
—Se te acaba el tiempo, hombre de Daware.
Fuera, las nubes se abrieron.
Al cabo de catorce días, los cielos se habían despejado por fin.
La noche se vertió en el mundo como la leche se vierte en un cuenco.
Las gentes que Keema dejaba atrás al correr estaban atónitas y silenciosas, porque miraban hacia lo alto y constataban que la Quemadura había sanado, que había una nueva Luna cosida en su lugar en el cielo de negro lienzo.
Al volver la cabeza, Keema la vio. La nueva divinidad de la noche, como una baya blanca e inmadura, que colgaba de la rama de los cielos, y en el mismo instante presentó sus respetos para luego retomar su camino, siguiendo la hierba removida que esperaba que marcara el camino del Pavo Real.
Tras salir del cuartel general provisional que la Familia había instalado entre las ruinas de la Ciudad Divina, Shan anduvo con prevención por la calle llena de luz, y por un momento pensó que había tropezado con algún reino astral, con un mundo más elevado que el suyo, hasta que cinco niños pasaron corriendo por su lado, riéndose, y sus pisadas arrojaron tierra al aire, y los guardias que andaban a su lado se detuvieron y quedaron boquiabiertos ante el límpido e imponente resplandor prendido en el cielo cual pendiente sin mácula.
El mundo había recobrado su propio peso, y Shan sabía que aquello era real.
Aquella iluminación blanca como un hueso, que tal vez se derramaba desde el lugar a donde habían ido su madre, e Induun, y el hombre sin nombre de Rocalegre...
en ese sueño que viene después de la muerte, en el que se entrecruzan tantas hebras.
En las fugaces espumas que coronan las olas.
Y como tantos otros durante aquella noche, sintió como si hubiera podido elevarse del suelo, y su espíritu se elevó.
Flotó hacia la luz de la luna mientras Keema corría por cerros y campos en busca de él.
Ese necio.
Al crujir una ramilla, el viajero enmascarado se detuvo con su fardo al hombro en la negrura que reinaba entre los árboles.
No se molestó en volverse.
—Me pareció que sería mejor si me marchaba sin volver a verte —dijo, de nuevo con voz amortiguada. Y lo único que añadió después fue—: ¿Estás seguro?
—Sí —respondió Keema— Estoy seguro.
El joven sorbió por la nariz. Se enjugó los ojos bajo la máscara antes de girarse hacia Keema. La máscara era de pálido color blanco, y lisa, con ranuras oscuras para unos ojos que se habían entrecerrado al reír.