La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) DESPUÉS #4
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DESPUÉS #4

La insistencia de tu lola te ha acompañado desde el principio, y dices esas palabras en voz baja, encogiéndote de hombros, como para dar a entender a los artistas que está bien, que tampoco tiene tanta importancia este pensamiento: que tal vez la definición de historia de amor podría ampliarse para que incluyera todo lo que ha sucedido hasta ahora.

Lo dices como si fuera una disculpa. Como si esto fuera algo por lo que tienes que disculparte.

Un niño fugitivo, que corre entre los estantes cargados de piezas de porcelana: pensé que esto sería una historia de amor.

Quería que fuera una historia de amor. Lo dices con vergüenza, azorado por haberlo dicho, y querrías poder retractarte.

Lo dices, preocupado por haber delatado una parte secreta de ti que no quiere salir a la luz...

un viejo duendecillo que mora en ti, enfermo y anhelante.

Lo dices con esperanza. Tímida y sin convicción. La esperanza de alguien que sabe que está a punto de despertar de un sueño a una realidad que no comprende. La taberna te espera, igual que te espera tu cama vacía.

Yo pensaba que esto sería una historia de amor.

Te lamentas por haberlo dicho. Como si supieras que esto disminuirá la calidad del relato. Que lo privará de su humo y su sombra.

Pero, de todos modos, lo dices.

Y este cuerpo iluminado por la luna sonríe.

Y entre bambalinas cobra fuerza poco a poco el redoble de los tambores y el telón se eleva tras los bailarines.

Porque tienes razón, te dice este cuerpo iluminado por la luna.

Esto es, en efecto, una historia de amor.

Lo es hasta el hueso mellado por la cuchilla.

Y este cuerpo pregunta a su progenitora, el Agua, si hay alguna oportunidad...

si, en lo profundo de sus olas, aún persiste alguna misericordia que se pueda extraer, y en algún sitio tu lola enciende un cigarrillo en tu honor, aspira el humo hasta el fondo, sus pulmones se vuelven como globos aerostáticos que se elevan hacia un cielo encapotado, mientras los tambores cobran más y más fuerza,

y suenan a tus oídos como lluvia.

Era el decimocuarto día de agua. Dos semanas desde la caída de la ola.

Una quincena en que las gentes no habían visto el cielo, oculto tras los nubarrones grisáceos que se cernían en lo alto.

Agua tan fresca como la propia reserva del emperador repiqueteaba en los aleros de madera y en el fondo de los cubos.

Por las ventanas abiertas se asomaban manos ahuecadas.

Los perros bebían de charcos oscuros. Por primera vez en muchos años, no había nadie en el país que pasara sed.

Fueron muchas las casas que se derrumbaron bajo el peso del agua, casas cuyos techos se habían construido sin tener en cuenta que pudiera caer algo del cielo.

Escobas y cubos sacaban la inundación por la puerta.

Un niño reía y gritaba, porque su figurita de madera se alejaba hacia la plaza del pueblo en un arroyo desbordado, mientras que, a sus espaldas, sus padres y vecinos sostenían una viga desprendida que amenazaba con llevarse por delante toda la fachada frontal del edificio.

Uno de los hombres, al tiempo que sostenía el peso del madero, abrió la boca y se llenó con agua del cielo.

Fue al mediodía del día decimocuarto cuando Shan lo oyó.

Estaba sentada en un salón de paredes abiertas y observaba la cortina de lluvia, mientras su pulgar recorría los surcos y el filo de la lanza de sus padres.

Generales y Hombres de las Familias se sentaban a sus espaldas y hablaban sobre cuestiones de seguridad, sobre la facción en el Cuenco de la que se tendrían que encargar, y otras cuestiones de Estado.

Se sobreentendía que Shan tenía que prestar atención, pero su cabeza estaba en otro lugar, presente tan solo en el susurro de la tela sobre madera, porque estaba puliendo la lanza y se perdía en la sedosa textura de la obra.

El frescor de la lluvia que entraba por el muro abierto le acariciaba de manera agradable la mejilla.

Y fue entonces cuando lo sintió: la lanza, cual varilla de zahorí, apuntaba al oeste.

Se puso en pie.

—¡Primera Protectora! —gritó uno de los hombres—. ¿A dónde vas? —mientras la puerta se cerraba tras ella.

Una criada corrió en pos de Shan, al tiempo que abría una sombrilla lo bastante grande para ambas.

La Primera Protectora no le dio las gracias, pero tampoco la apartó, y la criada no le preguntó a dónde iban, aunque anduvieran el tiempo suficiente como para que la sombrilla hubiera quedado prácticamente inservible al llegar.

La lanza las condujo al corazón de un bosquecillo, donde había un claro entre los árboles, y en ese claro se encontraban los cuerpos acurrucados de los guerreros que habían salvado al país.

—¿Están muertos? —preguntó la criada.

Shan sintió el aliento de Keema en la mano. Suspiró, mirando a los dos cuerpos, y se preguntó cómo se los iba a llevar.

—Tendría que haber venido con más hombres.

Durante dos semanas, habían estado ausentes.

Cuando la ola se dividió y el Agua cayó sobre ellos, las formas conscientes que eran Keema y Jun se vieron transportadas al corazón del líquido elemento, igual que una espiral de humo habría entrado en una nariz que la inhalaba.

Se vieron transportados a un lugar más allá de la conciencia y del dolor.

Fueron, por un tiempo, el Agua misma. Y luego regresaron.

Fue durante las largas lluvias cuando el Agua, a petición de este cuerpo iluminado por la luna, les devolvió los cuerpos que eran suyos.

Su carne se recompuso en la callada y verde primavera de aquel puñado de árboles, donde durmieron sobre musgo, hierba y hojas cual dos criaturas del bosque, despreocupados e inconscientes, y sin despertar, hasta que en el último día de las lluvias los encontraron.

Se los llevaron.

Keema despertó en una habitación que no conocía, en un cuerpo que le resultaba extraño, con una muchacha cuyo nombre no sabía sentada junto a su colchón, machacando hierbas para hacerle una cataplasma.

Al ver que había abierto los ojos, la joven se levantó sin decir palabra y salió de la estancia.

Keema sentía demasiada tensión en la garganta como para llamarla. Lo notó al incorporarse: el cambio.

Sostuvo la mano en alto y agitó los dedos en el aire.

Tenía sensaciones apagadas y vagas. Así como antes había sentido las corrientes diminutas, el palpitar de la vida en objetos que en otro tiempo había creído inanimados, y cada vez que inspiraba había sentido embriaguez de vida y sabor, y la luz lo había deslumbrado con su fulgor, y las huellas de otros mundos se habían hecho visibles al ojo mortal, en aquel instante no había nada.

Ninguna visión de lo divino. Tan solo el roce de madera de la puerta al abrirse y entrar la hija de Araya.

Keema sintió inmediata liberación al no verse bombardeado por los pensamientos de la joven, por su yo interior, y se lamentó por haber perdido aquella abrumadora conexión.

—Debería haber muerto —le dijo a Shan.

—Pues parece que el mundo tenía otros planes para ti.

—La joven cerró la puerta después de entrar y se sentó a su lado.

Le contó todo el tiempo que llevaba desaparecido y dónde había dado con él—.

Me alivia que hayas regresado con nosotros.

No llegué a agradecerte como era debido lo que hiciste...

el caos de ese día nos separó antes de tiempo.

—Una imagen apareció en la mente de Keema, una cabeza de lobo que atravesaba una pared, y el muchacho se perdió en sus pensamientos, hasta el punto de sobresaltarse cuando por fin se dio cuenta de que Shan se prosternaba ante él, hasta tocar el suelo con la frente—. Gracias por salvarnos, Keema.

Halagado e incómodo, esperó a que se incorporara para preguntarle por su amigo.

—El Pavo Real está bien —respondió Shan en tono reservado—. Ya he hablado con él.

El alivio corrió por las venas de Keema como agua fría. Exhaló pesadamente. Pero había algo en el tono de voz de Shan que no le permitió relajarse del todo. Aunque acabara de regresar de entre los muertos, Keema sabía reconocer las aguas agitadas bajo la superficie en calma.

—¿Dónde está? —preguntó.

Trató de levantarse, pero la mano de la joven le invitó a no moverse.

—Por favor, Keema —dijo Shan, con una voz que delataba una profunda fatiga—. Por favor, vuelve a sentarte.

Se sentó. Se quedó muy quieto, como un animalillo nervioso, a la espera de que la joven se explicara. Esta, con semblante ceñudo, tenía los ojos puestos en el brazo izquierdo de Keema, o más bien en la ausencia de este. En la cicatriz que ocupaba su lugar al final del hombro.

—Oí que ambos habíais quedado aplastados bajo la ola.

Pero cuando os he hallado en ese bosquecillo, estabais sanos y salvos los dos, y entonces me he dado cuenta de que os habían...

salvado... como si poderes que están más allá de mi comprensión os hubieran recosido al tejido de nuestro mundo.

—La muchacha ladeó la cabeza—. Salvo por ese brazo.

Y ahora no puedo evitar el preguntarme por qué no te rehicieron por completo.

—Estoy completo —respondió él rotundamente—. ¿Por qué me tenéis aquí?

Shan bajó la cabeza.

—Pido disculpas por esta ofensa. De verdad.

Y si te tienen aquí es por las necesidades de esta extraña situación.

Para obtener información. Tú y el Pavo Real os encontráis en una posición sin igual para llenar ciertos vacíos en nuestro conocimiento de lo que ocurrió durante la semana de Su Santo Peregrinaje.

Y así, solo te pido que compartas conmigo tu historia, que me cuentes cómo vino a tus manos la lanza de mi madre, y todo lo que ha sucedido desde entonces hasta ahora.

Si pudiera hacerme un cuadro más detallado de los acontecimientos, me resultaría mucho más fácil lidiar con el desastre que esta semana ha dejado tras de sí.

—¿Ya le has preguntado lo mismo a Jun?

Shan asintió.