DESPUÉS #3
Al ejército que venía del norte le resultó fácil adueñarse del país.
Organizados e implacables, atravesaron las provincias sin apenas esfuerzo.
Dejaron exangües a las Familias. Pegaron fuego a las plantaciones de té y saquearon las canteras, y los descendientes de los Panjet y los Waag —la unión se había disuelto mucho antes— fueron descuartizados en público, a modo de ejemplo para el resto de la población.
Los cañones destrozaban las paredes de arcilla y los techos de terracota de las mansiones.
La familia Yinn, al ver los ejércitos a las puertas de sus arrozales, pidió refuerzos a los Induun, pero los Induun no respondieron a la llamada, porque no querían correr el riesgo de padecer un ataque ellos mismos, y así fue como los descendientes de los Yinn, igual que los de los Panjet y los Waag, fueron barridos en no más de un puñado de días.
Tan solo por el hecho de que el ejército invasor era de tierra y carecía de experiencia en el viaje por las aguas, la familia Induun, que se guarecía en el corazón del Cuenco Celestial, pudo ganar tiempo suficiente para planificar su propia salvación.
Ofrecieron la lanza en espíritu de amistad al general del ejército, de quien se sabía que sentía afición por las armas interesantes y singulares.
Tras recibir la lanza y la oferta de matrimonio con la hermana del hijo mayor, el general accedió a permitir que los Induun vivieran y conservaran su nombre, y continuaran la producción de sus finas telas bajo las directrices de su nuevo liderazgo.
Y así fue como la lanza quedó a cargo de tu tataratatarabuelo.
Aquel hombre brutal lideró tan solo la primera de las fuerzas de ocupación.
No pasó mucho tiempo hasta que se difundió la noticia de las riquezas sin explotar que ofrecía aquella tierra.
Tras la provechosa ocupación a la que su ejército la sometió durante varios años, otros cinco países, deseosos de tierras fértiles, se expandieron por aquellos valles y montañas a lo largo de las décadas.
Después de que sus mansiones sufrieran una invasión, tu antepasado el general huyó con su familia a un pueblo lejano, donde cambió de nombre, y durante aquellos años difíciles y de escasez, él y su familia se sustentaron gracias al poder mítico de la lanza y a los colores de sus tapices.
Cuando murió de consunción, arrugado y maloliente sobre una cama de hospicio, su esposa, abrumada por la súbita libertad de tomar sus propias decisiones al cabo de una vida entera de servidumbre a las necesidades del marido, optó por seguirlo al mar Durmiente y se arrojó desde la ventana de un tercer piso.
Anudamos esta hebra.
La lanza fue a parar a las manos temblorosas de la hija mayor, y entonces, en un momento de resolución que iba a determinar su comportamiento para el resto de su vida, sus manos agarraron con fuerza la lanza, como para asfixiarla.
Sin compadecerse de que su madre hubiera puesto fin a su propia vida, la hija, que hasta entonces se había considerado a sí misma una mezcla extraña de las sensibilidades de sus progenitores, en la línea que separaba la dureza de la blandura, decantó por fin el péndulo hacia la disciplina y la firmeza del estilo de vida ascético de su padre.
Lanza en mano, crio a sus hermanos al ritmo del segundero del reloj.
No se permitió rabietas ni momentos de introspección.
Trabajó como aprendiz para un mercader que comerciaba con tejidos en ultramar.
El mercader la hacía trabajar hasta derrengarse, pero ella le fue útil, porque su familia conocía el oficio, y al cabo de un tiempo el hombre la ayudó a montar su propio negocio.
Sus hermanos y hermanas dependían de ella para su sustento económico.
La temían, porque no le importaba pegar a quien hablara cuando no le correspondía, o a cualquiera que se interpusiese en su camino, aunque se tratara de su sobrino nieto favorito.
Los gestos de mayor ternura de su vida los reservó para el muchacho que, con el tiempo, llegaría a ser tu granjo.
Le contó con orgullo la historia de las conquistas y los crímenes de guerra de su padre.
Y fue a él a quien cedió el negocio familiar y su amada lanza, antes de que las olas del mar Durmiente se la llevaran también a ella con la fría marea de un coágulo de sangre.
Anudamos esta hebra.
En muchos sentidos, tu granjo era un duplicado de aquella mujer, para gran decepción de sus propios padres.
Hasta iba con la barbilla alta igual que ella y miraba de arriba abajo incluso a los que sobrepasaban su menuda estatura.
Su familia trató de influir en su vida y en el negocio, pero de nada sirvió que le suplicaran que no estableciera su empresa en el Continente Unificado, a la vista de las numerosas firmas que habían fracasado en imprudentes intentos de expansión como aquel.
Con su esposa y su hija, y tres criados cuyos nombres confundía a menudo, zarpó hacia el Nuevo Mundo, donde implantó su negocio en aquella localidad portuaria donde tú llegarías un día a este mundo.
Tuvo que luchar por establecerse allí, porque no era el único rey del comercio que trasladaba su sede, pero con el tiempo se labró un nombre y prosperó, mientras que su hija, cuyo interés se despertaba tan solo cuando él o su madre le contaban los relatos más fantásticos sobre el País Antiguo, fue creciendo y llegó el día en el que asumió responsabilidades.
La esposa de tu granjo falleció a los ochenta años, pero él seguía con vida de manera casi sobrenatural.
Un día se sentó en su silla y no se volvió a levantar.
En cierto momento, se dio por sentado que tu lola había heredado la lanza.
Anudamos esta hebra.
Y allí colgaba la lanza, sujeta con ganchos de hierro sobre la repisa de la chimenea, en una de las mayores mansiones de la ciudad portuaria, mientras que debajo de ella tu lola te contaba los relatos que eran una de sus únicas conexiones con el mundo que se encontraba más allá de su ventana.
Y allí colgaba mientras tu padre, en sus momentos de furor, andaba por la casa con pies como los clavos de hierro que se hunden en las vías; tu padre, que un día desapareció en plena noche, de camino a la guerra, y tú fuiste el único testigo de su desesperado esfuerzo por hallarse a sí mismo, al coste de perderlo todo.
Y allí colgaba cuando tu tío te pidió prestado el dinero que quedaba y que no te devolvió, y cuando tus hermanos se marcharon cada uno por su lado y fueron a la guerra, o huyeron a tierras agrestes, o murieron en accidentes de borrachera en callejones que bien pocos frecuentaban, o peor aún, vivieron sus vidas en el éxito y la opulencia, con las que te comparabas a diario.
Mientras tú y tu granjo viváis en esa casa ahora abandonada, eres el único guardián del hombre que no se muere.
Es una vida solitaria que, sin embargo, estás desesperado por conservar, porque quién sabe qué deparará el mañana.
O por lo menos eso es lo que te dices a ti mismo.
Al fin y al cabo, tú no podías predecir que ahora estarías aquí, sentado en este Teatro Inverso.
La lanza familiar que habías regalado ya no era tanto una lanza como una aguja de coser, que unía dos puntos alejados en el tiempo en un abrazo eterno.
Al entregarle la lanza a Keema, te preguntaste por qué te habían elegido a ti como representante de todos los descendientes.
Por qué tú, que tenías una conexión con el País Antiguo tenue y variable en el mejor de los casos...
y en algún plano esencial, emponzoñada, si tenemos en cuenta cuál es tu herencia.
Pero quizá ahora comprenderás que no eres representante de nada.
Que buena parte de esta danza, al igual que el viaje de la lanza a través del tiempo, está dictada por el azar.
Simplemente, crucialmente, no eres más que tú mismo, igual que cualquier otra persona es ella misma.
Meros administradores, que una y otra vez, a través de la separación del tiempo, hacéis don de esta lanza, de este recuerdo, a las gentes y al lugar de donde vinieron, quienes a su vez os hacen don de vuestros extraños, tristes y estupefactos futuros.
Anudamos esta hebra.
Y queda una hebra tan solo.
Después de que abatieran la gran ola,
después de que las gentes danzaran y de que las alabardas del norte cayeran sobre sus cervices, y de que Induun se transformara en el grande y único, y después en el único y olvidado, y las gentes y sus relatos se estiraran y tensaran hasta que se rompieron y volaron las semillas, y una semilla echara raíces en una localidad portuaria de un océano muy alejado de la tierra de donde provenía, el hijo de un comerciante se vio arrastrado a un sueño sobre el Teatro Inverso y le contaron un relato que bien pocos tenían el privilegio de oír, y sin embargo, al llegar al final, cuando la mayoría de las hebras del relato estuvieron anudadas, se quedaron insatisfechos.
El cuerpo iluminado por la luna se yergue sobre este escenario roto y te mira.
Junto con todos los bailarines y el público, te mira a ti.
A ti, solo a ti.
Aguarda tu respuesta.
Toses. De puro nerviosismo. Insistes en que una parte de ti sí está satisfecha...
al menos la parte que compartes con tu granjo, que habría apreciado la lista de viñetas de historia familiar que acaban de ofrecerte.
Pero eres uno que se compone de muchos. Y aunque se haya atendido a un anhelo, otro muy distinto brota del asfalto que te recubre.
«Yo pensaba que esto sería una historia de amor», dices.