DESPUÉS #2
Así empezó el largo viaje de la lanza. Quedó bajo la custodia del sobrino que había asesinado a Shan, pero no la conservó durante mucho tiempo.
El final de sus días llegó un año después del envenenamiento...
lo destriparon durante la Rebelión de las Flores, en la que los granjeros de las haciendas de Tran y de Syta, descontentos con el sistema de arriendos y con las deudas cada vez más onerosas que este les imponía, emboscaron su lujosa caravana con las afiladas herramientas de su oficio, y poco después la lanza recayó en uno de los muchísimos hijos de Shan.
La lanza viajó por un mundo convulso. Una joven mujer que escribía la crónica del estado del país tras el desmantelamiento de la red de tortugas llevó consigo la lanza para su propia protección por los largos caminos de Arriba y de Abajo.
Con el arma en bandolera, pasó frente a los cadáveres deshidratados y eviscerados de un gran número de tortugas, mientras visitaba las aldeas que habían albergado a aquellas criaturas en sus torres de vigilancia, así como los puestos de control que aún funcionaban.
Entrevistó a los heraldos que iban de aldea en aldea difundiendo noticias por los largos caminos, y a los guardias que habían estado en comunicación directa con las criaturas antes de abandonar sus puestos.
Descubrió que las tortugas, tras la muerte de su divinidad, habían dejado de estar conectadas, y ya no eran útiles para quienes en otro tiempo se habían valido de ellas.
A muchas las habían matado como represalia por haber servido al Trono, por todos los seres queridos que habían enviado a Rocalegre.
Les arrancaban la cabeza de cuajo, les cortaban el cuello, o simplemente las dejaban morir a las puertas de la aldea, o en el exterior de los puestos de control desmantelados, de hambre, o devoradas por animales.
Al hacer sus entrevistas, se enteró de que las tortugas se habían marchado hacia el este, a un destino desconocido.
No todas murieron. La joven cronista halló a una de las tortugas fugitivas en una cabaña, a las afueras de una aldea ribereña.
Una amable familia la había escondido allí, para que no sufriera ningún daño, y por la noche la llevaba al río para que disfrutara de las vistas y de los sonidos nocturnos.
La cronista preguntó a la criatura a dónde se dirigían ella y todas las de su especie, y por qué, y la criatura bajó la cabeza a tierra en señal de duelo, y le contó la visión de libertad que les había comunicado una de sus hermanas, una imagen de un río y de un insecto atrapado en sus fauces, tan potente, tan embriagadora, que se había adueñado de ellas la sensación de que tenían que seguirla y verlo todo ellas mismas.
—Esta va a viajar por los Mil durante todo el tiempo que viva —dijo la criatura—, y dará con ese río. —Cerró los ojos—. Y, por fin, esta hallará la paz.
Al haber desaparecido las tortugas, las noticias circulaban de nuevo con lentitud.
Cada una de las Cinco Familias tenía sus propios heraldos, que mandaban a los pueblos de las afueras para que difundieran su propia versión sobre el estado del país.
Las gentes oían informaciones tan contradictorias sobre quién era dueño de qué y quién gobernaba, que ya no sabían lo que tenían que creer.
Una devota secta de penitentes llegaba al extremo de conservar la esperanza de que el emperador siguiera con vida, puesto que, al no haber visto Su cuerpo —después de todo, apenas si quedaba nada de Él que se pudiera ver—, resultaba fácil presentar teorías alternativas a la verdad.
A los lealistas que aún persistían, les resultaba fácil creer que Él no había muerto, sino que se había escondido en algún sitio y estaba reuniendo Sus fuerzas, a la espera de atacar a quienes ellos consideraban blasfemos.
La violencia entre las gentes creció, porque luchaban por la supremacía sobre su propia realidad.
La joven cronista regresó a su hogar y dejó la lanza, con el alma llena de pesadumbre. El futuro la preocupaba.
Dos generaciones después, la lanza acabó entre muchas otras reliquias familiares en un depósito que había dentro de una de las embarcaciones de la casa Induun en el Cuenco.
Allí se quedó, desatendida, salvo por el turno mensual de sirvientes que desempolvaban aquellas posesiones olvidadas ante un guardia que se quedaba a la entrada para evitar robos, mientras que fuera el mundo continuaba con sus dolorosas transformaciones.
Al morir la Graciosa Luna, las trampas de roca lunar que antaño habían aturdido con tanta fiabilidad a los peces del río dejaron de funcionar; su magia se había vuelto ineficaz.
Los pescadores tuvieron que aprender de nuevo las antiguas formas de pescar, el sedal y el cebo, lo que les costó tiempo y esfuerzos, y causó muchas fricciones entre estos y quienes exigían que se les entregaran las mismas cuotas que antes, cuando no cantidades aún más grandes.
Fue la muerte de un niño del río lo que desencadenó una pequeña guerra entre los descendientes del señor Maada y los exhaustos pescadores.
Después de la batalla del Afluente de las Cigarras de Latón, en la que los pescadores triunfaron a costa de grandes pérdidas, estos dieron muerte a los descendientes del señor Maada y arrojaron los restos descuartizados de la familia a un río menor que desembocaba en el corazón de los Mil, y las Reuniones vivieron un breve período de prosperidad.
Llegaron al punto de establecer vínculos y tratados con las Familias restantes, y amenazaban con transformarse en un poder equivalente a estas.
Pero la unión familiar Induun-Yinn, inquieta ante el precedente que había sentado aquella exitosa revolución, así como ante la proximidad y los tratos de los rebeldes con el Cuenco, donde se encontraba la base del poder de los Induun, llegó a la conclusión de que era peligrosa para su futuro y había que terminar con ella.
Tuvo lugar otra batalla. La batalla de las Esclusas del Sur.
En vísperas de la masacre, un descendiente de Shan buscó por el depósito familiar, hasta encontrar la lanza sobre la que le habían contado tan grandes historias.
Sin que se enteraran su madre ni su padre, que querían para él una vida apacible y sin peligros como comerciante de tapices, trazó planes para ir con el contingente de soldados que atacaría a los pescadores.
—Voy a ser un héroe —le dijo aquella noche a su amante. Empuñó la lanza y le tocó la barbilla con la punta—. Besa la lanza del héroe.
Su amante era mucho mayor que él y se divertía a menudo con su rudeza juvenil.
Puesta de rodillas, le sonrió con sorna y le hizo sentir como un mito.
Durante la batalla que tuvo lugar al día siguiente, se escondió bajo un bote volcado, presa del terror, mientras el agua que lo rodeaba se teñía de tonalidades rojas cada vez más oscuras.
Se atragantó con el agua ensangrentada y la escupió entre los labios, al tiempo que trataba de mantener la cabeza por encima de la ondulante superficie.
Se quedó allí debajo durante varias horas, hasta que por fin se aventuró a pasar entre los cuerpos desmembrados de soldados con los que había cenado pocas horas antes, hasta llegar a la orilla, donde una pescadora se agazapaba sobre uno de sus compañeros caídos.
El muchacho vio la oportunidad y corrió sobre la arena.
La mujer se volvió justo a tiempo para ver la expresión de pánico con que el joven le hundía la lanza en el pecho.
Kaara/Tak-Lina, abatida por un simple niño, conservaba la fuerza necesaria para meterle una fina daga bajo la barbilla, y mientras el muchacho se arañaba frenéticamente la herida sangrante, la mujer se acercó al agua y cayó de rodillas.
Sonrió, al tiempo que acariciaba con la mano el asta estriada de la lanza, y susurró:
—Me alegro de volver a verte.
Y entonces se le escapó el último aliento y se disolvió en un chapoteo del agua.
Y así fue como los Mil cayeron también bajo el dominio de Induun-Yinn.
Con el paso de los años, las revueltas cobraron mayor intensidad en cada una de las provincias, las Familias se mostraron reacias a abandonar su poder, e hicieron frente a cada una de las rebeliones con respuestas que eran cada vez más sanguinarias.
Estaban pendientes de las revueltas con una atención tan absoluta, tan inflexible, que apenas si prestaron atención al peligro que se acercaba desde más allá de sus fronteras.
La lanza reanudó su espera en el depósito familiar de los Induun, después de que la localizaran a orillas del río.
Acumuló polvo entre armaduras claveteadas y cofres enjoyados, hasta que llegó el día en que la volvieron a necesitar...
muchos muchos años más tarde, cuando un descendiente de Shan, al final de sus días, buscó por el depósito un regalo que pudiera ofrecer al general de un ejército invasor.
Anudamos esta hebra.