DESPUÉS
Las voces se han extinguido.
El teatro queda de nuevo en silencio, mientras las huellas de los muertos y los ancianos, satisfechos de que se haya compartido su destino, regresan a la trama del tejido.
Te habías acostumbrado tanto a sus susurros que el silencio que sigue a su ausencia es casi escalofriante, y tú, y la sombra alta, y todos los otros miembros del público os revolvéis en los asientos, a la espera de que este cuerpo iluminado por la luna actúe de nuevo.
Este cuerpo, que estaba agazapado, se incorpora y os mira a todos vosotros.
El desenlace ha llegado y se ha ido. El relato, en su mayor parte, ha terminado...
pero nadie se levanta de su asiento, porque todavía queda una hebra suelta que se escapa del final del relato, cautiva en la punta de una lanza roja como la sangre.
En el telón de fondo que se halla detrás de este cuerpo, las sombras entretejidas del tiempo y la circunstancia siguen dando vueltas.
Esto es lo que sucedió después.
Después de que la gran ola cayera.
Una vez que el Tercer y Último Terror hubo muerto, el mundo entero echó el telón sobre el final del linaje Ossa y terminó los últimos días del Verano del Emperador con dos semanas de lluvia incesante.
Fue bajo esas nubes, negras, agrietadas, benditas, donde Shan Araya descubrió de nuevo la lanza de su familia, que sobresalía cual asta de bandera entre las ruinas de la medio destruida Ciudad Divina.
Los días que se sucedieron después del final no le resultaron fáciles.
Llevaba la lanza consigo, como apoyo, y la usaba a veces como palanca cuando ayudaba a despejar los escombros que el Tercer Terror había dejado tras de sí y liberaba a los civiles atrapados bajo las rocas y maderos caídos.
El tiempo era limitado y tenían que recurrir a todos los medios necesarios para sacar a la gente de allí antes de que las inacabables lluvias llenasen las pequeñas madrigueras y los ahogaran.
En algunas ocasiones llegaban demasiado tarde.
Un recuerdo que perseguiría a Shan en lo que le quedaba de vida fue el de una madre y su hijo que encontraron bajo una pared derruida del palacio de justicia, llenos de moretones, pero vivos, en aquel pequeño hoyo.
Por un pequeño agujero, Shan tocó la mano del pequeñito y le dijo que él y su madre no tardarían en salir de allí.
Y lo intentaron. Con manos ensangrentadas y uñas rotas, lo intentaron.
Pero la piedra era demasiado pesada, y parecía que por cada viga de madera que levantaban encontraran otra debajo. Y no paraba de llover.
La lluvia terminó por llevárselos a los dos.
En cuanto hubieron sacado los cadáveres ahogados de entre los escombros, un Hombre de las Familias que se encontraba detrás de Shan murmuró que daba lo mismo, que aquellos lealistas habían tenido lo que se merecían, y Shan se volvió, y el Hombre de las Familias, un chico de no más de trece años, reclutado en quién sabe qué aldea, se estremeció como si la muchacha hubiera estado a punto de pegarle y, en medio del sobresalto, Shan vio a otro niño que se ahogaba.
Shan tenía quince años, pero aquel día habría podido tener cuarenta.
—Vete —le dijo—. Aguza el oído por si encuentras a otros.
La lanza fue su compañera durante aquellas dos semanas de lluvia, y su única fuente de estabilidad y consuelo, mientras catalogaba todo lo que se había perdido.
La sostuvo cuando afrontaba la noticia de la muerte de Induun y sus propios y complejos sentimientos para con aquel hombre, y estaba allí, apoyada contra la esquina de la habitación, mientras Shan atendía al hombre sin nombre que había sacado del laberinto.
Este murió al cabo de siete días de tempestad, que contempló con gran deleite desde la estera que Shan había tendido para él junto a la entrada abierta de la tienda.
Contaba con un physiker que velaba día y noche por él.
Hizo que lo limpiara y lo alimentara. Y sintió una profunda emoción cuando el hombre pidió que lo llevaran bajo la lluvia, y profirió unos extraños chillidos llenos de deleite mientras Shan lo sostenía bajo el aguacero.
¿Por qué no? , pensó. ¿Por qué no decir simplemente que es mi padre?
Su tristeza fue inevitable cuando un día se quedó agarrotado sobre la estera, en silencio, como en los estertores de una pesadilla, y luego se quedó yerto.
Murió en menos de un minuto. El physiker le dijo que ya era un pequeño regalo de la misericordia el que el hombre salido de las entrañas de Rocalegre hubiera vivido tanto tiempo. Le dijo que era una lástima que no hubieran llegado a saber cómo se llamaba.
«Misericordia» era una palabra que se oía mucho aquellos días.
Los Mendigos del Cielo, con sus cuencos de madera hinchada en los que se oía chapotear el agua, la cantaban por todo el país, al tiempo que cantaban que el Verano del Emperador había terminado.
Por misericordia de los dioses, había terminado.
Pero a Shan le costaba ver semejante misericordia en el mundo, mientras los muertos se amontonaban a sus pies.
Lanza en mano, buscó a los dos jóvenes que la habían salvado de Rocalegre, y que —si los rumores eran ciertos— también habían detenido la mortífera ola.
Habló con quienes contaban que habían estado allí aquel día, de pie al borde del acantilado, y habían presenciado el último combate en el lecho marino que había quedado al descubierto.
Estos le describieron, embelleciéndolo con detalles añadidos, el duelo entre el guerrero manco y el hombre lobo.
Y como en realidad el duelo había sido muy breve y no se prestaba a trenzar un relato que mereciera la pena narrar, se alargó cada vez más en el recuerdo, hasta transformarse en un interminable ballet de golpes, en el que hasta los barcos del emperador habían servido como artillería psíquica entre dos luchadores que parecían dioses.
—Pero eso no es lo más sorprendente —le decía entonces el narrador.
Tras la muerte del Terror —aniquilado de todo tipo de maneras, según quién contara el relato—, los dos guerreros ejecutaron una danza que detuvo la ola y la cortó en dos.
Parecía una danza a la antigua manera, de los tiempos en los que las gentes aún estaban en comunión con la magia del mundo, no solo la dinastía real con su sangre envenenada.
Surgió una callada disputa sobre la relación que había existido entre ambos jóvenes.
Había quien decía que la ejecución de la danza había sido demasiado íntima, demasiado sincronizada, demasiado seductora, como para haber sido el producto de una mera fraternidad platónica.
Uno de los testigos de aquel día juró que los había visto besarse antes de que el agua se los llevara, pero en aquellos días no eran extraños tales gestos entre hombres en los momentos de gran exaltación.
—A mí me parece que no eran más que hermanos de armas —le dijo un peregrino—. Camaradas guerreros que lucharon hasta el fin para proteger su amada tierra.
Shan oyó numerosas variaciones del relato durante aquellas dos semanas, pero le pareció que nadie sabía nada que pudiera resultarle útil.
Cada vez más muertos.
Se apoyó en la lanza, fatigada.
Cuando las lluvias cesaron y el mundo prosiguió con sus majestuosas revoluciones, Shan Araya pasó a presidir la familia Induun y, al consolidarse el equilibrio de fuerzas entre las varias noblezas no ligadas a la estirpe regia, ayudó durante una década a dirigir su provincia durante un difícil período de transición e inestabilidad.
Desde todos los puntos de vista, fue una digna líder de su familia y se ganó un modesto respeto, pero, como jamás hizo alarde de sus logros, rara vez se habló de su legado, salvo en los términos más superficiales.
Los historiadores más benévolos hablaron sobre la situación casi imposible que había heredado de su predecesor.
Presionada por la junta directiva de la familia Induun, se casó con el hijo mayor del señor Yinn, a fin de concentrar poder.
En las tierras de ultramar, la exportación de arroz producía tanta riqueza como la de productos textiles, y ambas familias estaban sedientas de ganancias.
El hijo del señor Yinn era un hombre altivo que, a modo de reacción frente al carácter afable y obsequioso de su padre, no perdía tiempo con imbéciles y, en general, se le veía como a un bichejo desagradable y amargado.
Pero sorprendió a todo el mundo, incluida la propia Shan, porque durante el primer año de matrimonio se enamoró perdidamente de ella.
Era tan bajo como alta era ella, y la contemplaba como si hubiera sido Su Sonriente Sol y Su Graciosa Luna.
Había días en los que Shan también lo amaba.
En los que parecía que la unión entre ambos era algo bueno.
Pero como la habían obligado a ello —y no había nada que a Shan le gustara menos que verse obligada a hacer algo—, a la muchacha le resultaba difícil entregarse por completo a él.
Había días más fáciles que otros. Había días en que el joven Yinn la contemplaba desde el otro extremo de la sala con tanta seriedad que la llenaba de deseo de darle lo que anhelaba, y pasaban juntos una tarde de felicidad bajo las sábanas, para gran sonrojo de los mojigatos sirvientes que estaban apostados a la puerta.
Había días en que era así.
Fue un sobrino quien terminó por matarla.
Una lucha por el poder y una caída que Shan había visto venir desde mucho antes, porque el sobrino había manifestado durante un gran número de años que estaba descontento con su liderazgo.
Veneno en una taza de té. Así lo hizo. El último pensamiento de Shan fue una risilla, porque pensó que al menos su asesino había tenido la cortesía de endulzarle la bebida con miel antes de servirle su fin.
Anudamos esta hebra.