La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) DÍA QUINTO. en el que ofrecemos nuestra mejor danza #17
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DÍA QUINTO. en el que ofrecemos nuestra mejor danza #17

Se quitó las sandalias. Presionó el limo con los dedos de los pies.

Sintió el mundo entero en las plantas: los peces que yacían inmóviles, el latido cada vez más lento del Terror.

El turbulento temblor de la gran ola que avanzaba por el fondo del océano con salvaje aflicción.

Le pregunté a Jun a través de nuestro enlace si lo percibía.

Los sonidos. El Ritmo que nos conectaba a la ola.

Y me dijo que sí. Y me di cuenta de que si estábamos juntos lo conseguiríamos. Así que le tendí la mano.

Y le pregunté a Jun si quería danzar conmigo.

En cuanto Jun le tomó de la mano, Keema se quiso reír, porque a lo largo de toda su vida había buscado el valor necesario para hacer aquella pregunta, y al final había sido muy fácil.

El encuentro de sus manos pareció casi inevitable.

Jun le acompañó en unos pasos de danza que no tenían nombre, por lo menos aún no lo tenían, porque el relato aún se estaba escribiendo.

Algún día, en el interminable bucle de la historia, en las corrientes circulares de sus aguas, donde no había futuro ni pasado, aquellos pasos se inscribirían en el astil de una antigua arma de madera, y contarían el relato de aquellos dos guerreros.

—Yo querría sostener la lanza con las manos —te dice tu lola— y preguntarme por el significado de aquellas marcas. Palabras y significados que se han perdido para la historia... pero en sus surcos, mis manos sentirían un propósito, un calor.

Tu lola sonríe, sentada con el resto de tu familia, y apaga su cigarrillo.

—Me sentiría como si estuviera en mi hogar.

Tan solo más tarde, cuando las gentes contaran lo que había ocurrido, o lo que oyeron que había ocurrido, se decidirían por ponerle un título a lo que ambos guerreros habían hecho aquel día.

Era un título que, como el de otras danzas del país, se describiría con sus propios movimientos, por la manera como los dos hombres saltarían en sincronía y aterrizarían sobre pies firmes, y se sostendrían el uno al otro ante el inminente final.

Y pensamos juntos los movimientos, y expresamos con nuestros cuerpos el mismo pensamiento.

Ya no éramos cada uno él mismo, sino que cada uno era el otro, y hablábamos con nuestros cuerpos a una tierra herida y afligida. Y lo que dijimos fue esto:

El cuerpo sujeta al cuerpo.

Los brazos sujetan la lanza.

Y la lanza atraviesa el agua.

El agua se detuvo, como helada... como si las energías que componían la ola se hubieran detenido para escuchar el susurro del cielo. Y entonces se dividió por la mitad, como una raya en el pelo, como una grieta en la cáscara de un tajeline.

Como dos alas que se desplegaran.

Las gentes que se reunían en el acantilado contemplaron con asombro cómo la ola se abría por la mitad como una cremallera.

Se transformó en dos brazos de agua, se extendió a ambos lados de sí misma, y luego se volvió hacia dentro, convergió hacia el Terror, los huesos de la emperatriz, y los dos jóvenes que estaban en pie, de cara al final del mundo.

Al fin, ambos fueron presa de un súbito temor.

Una reacción del cuerpo frente a los muros de agua que se abatían sobre ellos, dispuestos a aplastarlos.

Jun corrió hacia Keema y lo abrazó, y Keema tomó la nuca de Jun con la mano, sintió los pelos cortos y ásperos de su cabeza rapada.

Sus corazones se aceleraron cual ala de pájaro.

Ambos se dejaron caer el uno contra el otro, hombro contra pecho, como dos rocas en equilibrio sobre un abismo inmenso, en un acto de confianza que parece imposible y antiguo a un tiempo, y entonces aquella ola inimaginable los arrastró.

Tiró de ellos y los empujó en mil direcciones, hasta que Keema tuvo bien claro que iba a destrozarle el cuerpo; un puño de agua le presionó los oídos, y la nariz, y la boca, hasta que sintió que salía de él —Ella, expulsada de su cuerpo—, y creyó haber visto la imagen de Ella impresa en el Agua, y que Su débil sonrisa burbujeaba hasta transformarse en nada, salvo oscuras espumas, porque Ella había vuelto a su amor más grande, y Keema se alegró de haber tenido aquellos momentos de paz antes de que llegara el fin, antes de que el Agua siguiera metiéndose dentro de él y le hinchara los pulmones, y su cuerpo empezara a dar vuelcos violentos y extáticos, y se agitara en convulsiones privado de aire, y su mente se llenó de calor y se embotó, mientras se preguntaba si era esto lo que se sentía, lo que se sentía en un abrazo, y se entristeció por haberlo descubierto así, y se alegró porque todo había terminado.

Al mar Durmiente iría, para unirse a las energías de quienes habían muerto antes que él, y se habían vuelto una vez más sinónimos del mundo.

Tal vez regresaría como los ojos de un pez, o el corazón palpitante de una criatura de las profundidades que rara vez despierta, tan solo cuando llega el tiempo apropiado para ello, y se yergue y lleva consigo hasta la superficie una perla imponente del tamaño de la Luna, que podría arrojar al cielo para que las gentes volvieran a tener un satélite sagrado que les iluminaría el camino hacia sus encuentros de amor en la noche, más allá de las puertas de la aldea.

En esto podría transformarse, aquellos eran los últimos fuegos artificiales de sus pensamientos, que brotaban de su cerebro mientras el Agua le llenaba...

o tal vez fuera todo aún más simple. Tal vez podría ir hacia arriba, y no abajo.

Quizá lo arrastraría hasta el cielo. A un lugar más alto incluso que la montaña de la que podría haber venido su familia.

Que el lugar que podían haber reclamado como suyo los guerreros de Daware.

Viviría dentro de una nube oscura, por encima del país, que hincharía y atronaría antes de la tempestad.

Tal vez se transformaría en el sonido mismo de los tambores.

Tal vez en la lluvia.

Y entonces, por primera vez en mucho tiempo, llovió.

El cielo se abrió y la hierba se alimentó con algo más que rocío y los árboles relucieron en su verdor al nutrirse con el agua que les empapaba las raíces.

Y las gentes fueron con sus baldes, y sus sábanas de tela, y sus bocas abiertas, y trataron de apresar toda la que pudieron.

Tratamos de llenarnos el vientre. Tratamos de saciarnos.

Pero había un límite a lo que podían hacer en tan poco tiempo.

Lo único que consiguieron fue beber en abundancia del repentino y sorprendente regalo.

Shan, de pie en los llanos junto con sus guerreros, tendió ambas manos hacia el agua que caía.

El vendedor de bagatelas recogió lo que aún se podía salvar de su carro reventado, junto con el cochero con el que se había vuelto a encontrar, mientras se preguntaba qué habría sido de los jóvenes dioses a los que había tratado de aferrarse como amuleto.

Llovía sobre el palacio en la montaña. Sobre las ruinas de la Puerta del Tigre.

Sobre las terrazas de arrozales, y las desembocaduras de los Mil Ríos, y las casas de los pescadores.

Sobre los canales, y las vías de agua, y el Cuenco Celestial, y los cañones que se encontraban más allá.

Los últimos supervivientes de las castas de simios, que gesticulaban al cielo para darle las gracias.

Las aguas de los ríos subieron y se desbordaron, las venas se hincharon de nuevo, mientras la tierra volvía a respirar bajo la cortina de lluvia, bajo sus torrentes.

Las hojas de los árboles repiqueteaban como piel de tambor.

La sed de las gentes por fin se aplacó. Miramos arriba, mientras se desparramaba sobre nuestras cabezas con ecuánime fervor.

Miramos arriba y abrimos los labios y saboreamos un mismo sabor.

Igual que hizo el niño del labio leporino, sentado sobre una repisa en una pequeña aldea entre las Agujas, donde lo habían acogido personas que se preocupaban por él, junto con otros niños abandonados del país...

extendió la lengua bajo el cielo encapotado de nubes de tempestad.

Y supimos que aquello era nada menos que el fruto del paraíso.