DÍA QUINTO. en el que ofrecemos nuestra mejor danza #16
Mientras el cielo azul se oscurecía tras la ola, Keema y Jun bajaron flotando y se llevaron el uno al otro hasta el fondo del océano.
Sus pies tocaron el limo uno tras otro, y se hundieron en la tierra blanda y esponjosa.
Millares de peces yacían muertos a su alrededor, pero lo más impactante eran los gigantescos juncos volcados que los rodeaban.
Aquellos juncos eran titanes formidables.
Podrían haber transportado a cientos de guerreros en sus literas.
Keema y Jun contemplaron aquellos vestigios del Trono Lunar.
Sus velas colgaban de los mástiles como piel muerta de huesos rotos, sus cascos estaban cubiertos de boquetes, partidos como tajelines.
Un escenario tan apropiado como cualquiera para poner fin a una dinastía real.
—M-MADRE...
El Tercer Terror no había caído con la misma suavidad que ellos.
Se retorcía sobre la arena. Ya no tenía las mismas dimensiones colosales, pero de todos modos era grande y se debatía sin cesar.
Keema y Jun se le acercaron con prevención.
Tan solo teníamos que asegurarnos de que siguiese allá hasta que llegara la ola.
Parecía que la caída hubiera cortocircuitado alguno de sus componentes esenciales, porque sufría espasmos y sus miembros se iban transformando en una gran variedad de formas gigantescas y espantosas.
Unas alas de cartílago negro brotaron de sus espaldas convulsas y luego se deshicieron cual carbón desmenuzado.
Su pierna derecha se alargaba en tentáculos, mientras que la izquierda se quebraba para adoptar la forma de una articulación inversa como las de una pantera o un león, y sus dedos se doblaban para transformarse en zarpas, en garras de buitres.
Tenía los brazos erizados de plumas purpúreas que se desprendían de él en grandes penachos y alfombraban el limo a sus pies.
Sintieron las oleadas de dolor que brotaban de su cuerpo: dolor, y miedo, porque miraba más allá de los barcos, a la ola gigantesca que en cualquier instante iba a llegar.
En medio de sus espasmos, se volvió hacia la pared del acantilado.
Estaba a punto de echar a correr.
La convulsa criatura se tensó como un perro a punto de atacar; sus patas extrañamente articuladas se hundieron en el suelo húmedo, levantaron nubes de arena en su veloz carrera hacia el acantilado.
Keema se metió de un salto en medio de su camino y extendió la mano.
Un sencillo golpe lo mandó por los aires y se estrelló contra el casco empapado del Jorro .
Jun pegó un salto y enarboló la hachuela para usarla contra el miembro colgante del Terror, y entonces un tentáculo se enroscó en torno a sus espaldas y lo aferró por el cuello.
El apéndice se transformó en una mano de nudillos blancos que llevó a Jun hasta las fauces lobunas del Terror.
Este ya no pensaba en escapar; su ojo restante estaba desorbitado y furioso, pues vio en Jun el rostro de su hermano, que se había empapado del amor de su padre hasta no dejarle nada, y vio el rostro de su rival, que se había regodeado en todo el amor de Keema, y el rostro del malnacido que le había arrebatado todo el amor de su madre, que en aquel mismo instante moraba en su cuerpo y le daba Su poder.
Y al niño rabioso le pareció que sus problemas iban a desaparecer si estrujaba con suficiente fuerza aquel menudo cuerpo.
Y eso fue lo que hizo, y las venas del cuello de Jun se hincharon, se puso rojo, y luego se amorató.
Boqueaba tratando de hablar, pero no tenía ánimo para ello.
La fuerza con que lo estrujó fue tan grande que tú mismo la sientes ahora.
Las astillas vuelan por el teatro y el escenario se parte por la mitad, el público se estremece, porque las altas paredes se han puesto a temblar. Este cuerpo iluminado por la luna levanta los ojos hacia este edificio que se viene abajo, y entonces sopla un viento y los braseros se apagan.
Jun está inconsciente.
Jun está a punto de reventar.
«¡Espera! ¡Un duelo!»
Los braseros se encienden de nuevo, cuando el Terror relaja la fuerza con que apretaba la garganta del muchacho. La cabeza de lobo se vuelve para ver como Keema viene cojeando desde el casco destruido del Jorro , con la mano tendida, suplicándole al niño que se detenga.
—Un duelo. —Tosió lastimeramente. Tenía sangre en el labio, en el mentón—. Yo... —tragó sangre— te reto a un duelo.
En algún lugar, hacía mucho tiempo, un muchacho joven había arañado las ventanas porque quería jugar con sus hermanos.
Lloriqueaba por que le aceptaran.
Y en aquel momento, ante la inesperada invitación del hombre de Daware, no pudo hacer otra cosa que jadear de alegría.
—Sí —añadió Keema, extrañamente conmovido por la reacción de la criatura, aunque el mundo entero estuviera en juego—. Un duelo. Tan solo tú y yo. Si gano, pararás. Sin más... pararás. Si ganas tú... pues bien... habrás ganado tú.
El cuerpo de Jun escapó de entre los dedos del niño, que se habían relajado, y se derrumbó sobre el cieno.
Keema se resistió al impulso de correr hacia él y no apartó la vista del chiquillo, que se había puesto a su misma altura, aunque su estatura fuese mayor; estaba a cuatro patas, sentado como un perro que aguarda a que le tiren algún objeto para ir a recogerlo.
Le faltaba el ojo derecho, tenía el pelaje apelmazado de sangre, pero no parecía que le importase.
Era la hora de jugar.
El cielo se ensombreció.
Las gentes que había a lo largo del acantilado estaban sentadas en el borde, con los pies colgando en el vacío, y contemplaban las dos pequeñas figuras que mucho más abajo se encaraban entre los restos de los barcos hundidos de Su Sonriente Sol.
Como apenas teníamos nada a lo que aferrarnos, contemplábamos el enfrentamiento entre el hombre de mala fortuna y el Demonio de Rocalegre.
No tardaríamos en morir, pero pensábamos que por lo menos veríamos un duelo más antes de que nos llegara nuestro prematuro fin.
Algunos hasta empezaron a lanzar vítores, mientras los dos combatientes se disponían a luchar.
El agua rugía a las espaldas de ambos.
Habían delimitado el terreno de juego.
Keema trazó el círculo sobre el cieno con un trozo de madera de una de las embarcaciones.
Lo trazó con rapidez mediante su Don: la madera se movió por sí sola, de acuerdo con sus deseos, mientras el propio Keema se quedaba de pie a un lado y se aferraba con las manos la dolorosa herida del costado. Sonrió sin alegría.
Yo creía que era un dios.
¿Cómo era posible que aún sangrara?
Con la cabeza dándole vueltas, le preguntó al niño si estaba a punto, el cual, a modo de respuesta, entró en el área, dio saltos de un lado para otro, corrió hasta su extremo del círculo.
—Bien —dijo Keema, con la mano sobre la herida.
Inspiró.
—¡En posición! —gritó, e hizo una mueca de dolor al adoptar la postura.
Pie derecho delante, mano derecha extendida.
Se le escapó una risa al ver que el Terror adoptaba una postura sorprendentemente profesional, que su cuerpo desnudo y musculoso estaba en tensión, listo para hacerle pedazos.
Con el hocico húmedo y sus numerosos dientes desnudos.
Los dos muchachos, que en otro tiempo habían querido tan solo alguien con quien luchar, se encararon el uno con el otro.
—¡Empezamos!
Contra el telón de fondo de la ola que se levantaba y de los barcos muertos, empezó el combate.
No pasaría a la historia como la mejor de las peleas.
De hecho, casi terminó en el mismo instante de empezar, pues la verdad era que Keema estaba herido y débil, y el Terror era una criatura consagrada a la violencia, cuya vida había estado dedicada a cazar y matar presas.
Debemos reconocerle al Terror que obedeció las leyes del duelo.
No mordió ni arañó. Y Keema ofreció la mejor resistencia que pudiera haber ofrecido en su situación frente a un niño-dios.
Cuatro golpes, dos bloqueos. Una patada llegó a la mandíbula del Terror, y el Terror recibió el golpe como un padre habría podido recibir una bofetada en broma de su hijo.
El duelo terminó cuando el Terror derribó a Keema con una patada en la espinilla, y con su mano cubierta de músculos y venas le presionó la garganta contra el fondo del océano.
Aquello había terminado. Keema ya no tenía fuerzas para luchar.
Dio una palmada contra el suelo para anunciar que se rendía.
Ya estaba. Ya estaba.
Yo había perdido.
El lobo bajó la mirada hacia él. El hocico del niño presionaba contra su nariz, su cálido aliento de lobo le daba en la cara. Keema estaba convencido de que el Terror se lo iba a comer vivo. Hasta cerró los ojos, para prepararse ante el primer mordisco.
Pero no hubo mordisco. En cambio, la mano del niño le soltó el cuello, y Keema, que ya no estaba atrapado contra el suelo, se incorporó y miró mientras el chico retrocedía y luego se inclinaba, como había visto hacer a todos los demás al término de un duelo bien disputado.
Keema, vencido, se incorporó sobre sus pies tambaleantes y le devolvió la inclinación.
Y entonces el niño anduvo hasta el saco que contenían los huesos de su madre, se acurrucó y recostó la cabeza sobre ellos, pues al cabo de tantos años, de tanto tiempo, se sentía satisfecho.
Jun despertó y se encontró con la sonrisa de Keema.
—He tenido un sueño maravilloso —susurró Jun—, en el que perdías otro duelo.
Keema, con lágrimas en los ojos, se rio. Ayudó a Jun a ponerse en pie.
Se volvieron para enfrentarse a la ola. Se alzaba hasta tal altitud que era casi imposible hacerse una verdadera idea de lo que llegaba a ser.
—No se detiene —dijo Jun. Parecía exhausto. Agotado.
Estaba en lo cierto. La ola aún no los había percibido. No se encogía para ir a su encuentro. Keema llegó a dudar de que fuera consciente de su presencia. Pero no sentía ningún miedo. Sabía muy bien qué era lo que tenían que hacer.
—Tenemos que conseguir que nos vea.