La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) DÍA QUINTO. en el que ofrecemos nuestra mejor danza #15
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DÍA QUINTO. en el que ofrecemos nuestra mejor danza #15

Dio un respingo y se desplomó en el suelo, de espaldas, aferrando al hombre sin nombre.

El ojo de lobo se había abierto. Un profundo gemido escapó de su hocico mientras trataba de levantarse.

El ojo era tan grande que Shan se imaginó que entraría en él y pasaría a otro mundo.

Pero entonces vio la lanza clavada entre las tablas del suelo, no muy lejos de ahí, y le vino a la cabeza un sueño distinto sobre aquella arma.

Dejó al hombre en el suelo y empezó a gatear, y se detuvo cuando el Terror gimoteó con su voz retumbante:

—¿P-POR QUÉ, K-KEEMA...?

La luna se entrecerró, entristecida.

Shan se puso en pie y fue a por la lanza.

Sus manos aferraron el astil y trató de arrancar el arma del lugar donde se había clavado profundamente.

Torció la boca. Tiraba y tiraba, y las palmas de sus manos se despellejaron y estaban a punto de sangrar.

El ojo lunar se abrió poco a poco, al tiempo que la oreja de lobo trataba de captar el sonido de algo que estaba cerca.

Entonces, la silueta de Shan se reflejó en aquel ojo, bien abierto, penetrante, blanco. A la muchacha se le paró el corazón.

La lanza escapó de las tablas del suelo.

—¿KEEMA? —preguntó la bestia.

Shan no dijo nada. Ni una palabra sabia. Ni un sentimiento.

No hizo más que arrojar la lanza contra el blanco.

La luna explotó.

Y el Terror aulló.

—¡MADRE! ¡MADRE!

Keema había encontrado a Jun en el apartamento a donde este se había visto arrojado, cuando recobraba ya la consciencia, en el mismo instante en que el enorme cuerpo había empezado a revolverse.

Cuando golpeó la tierra con los puños, sentimos que el mundo temblaba.

Sentimos que todo se desmoronaba. El Terror agitó los brazos a derecha e izquierda, despejó el espacio a su alrededor, y luego se cubrió con las manos la herida sangrante que tenía en el rostro.

Keema y Jun salieron corriendo al balcón a tiempo de ver cómo se levantaba.

Su piel ahora era de un color enfermizo, como un revestimiento traslúcido que se volvía flácido, y volvía a estirarse, y parecía que quisiera desprenderse del hueso.

El ojo que le quedaba era una sustancia blanca y lechosa sin pupila, un furioso vacío.

Alargó la mano en el aire y agarró la nada.

Volvía a ser un niño. Olisqueó en el aire.

Su hocico se dirigió a ellos y al saco de huesos con el que cargaba Jun.

—¿MADRE? ¡MADRE!

Al dar otro paso, la rodilla le cedió, y perdió el equilibrio y volvió a caerse, y Keema sintió que se le agarrotaba el corazón al ver que aquel hombre rodaba hacia ellos, pero esta vez estaban preparados.

Con los dones que les había otorgado la divinidad, se apartaron el uno al otro del camino, mientras el manojo de miembros daba tumbos por la ciudad y se llevaba un edificio tras otro por delante.

Las esquirlas de coral rojo brillante volaban en todas las direcciones.

— ¡Joder! —gritó Jun, y Keema se hizo eco de ese sentimiento, mientras se levantaban mutuamente por el aire y perseguían a aquella convulsa figura de destrucción.

Volaron por entre casas transformadas en cráteres, torres destrozadas y gentes que aún no habían huido, algunas aplastadas por aquel cuerpo y otras que miraban aturdidas en derredor, mientras salían a trompicones de entre los escombros.

Vimos los dos demonios que pasaron corriendo entre nosotros y nos alegramos de que persiguieran a otro.

El Terror había descendido hasta el penúltimo distrito.

Había entrado a medias en un amplio salón, un edificio magisterial donde se archivaban formularios y se ponía la firma a negociaciones comerciales.

La mayoría de quienes habían estado escondidos en aquel edificio se habían dado a la fuga, pero algunos se habían quedado a luchar, y clavaban cualquier cosa que tuvieran a su alcance en las plantas de los pies de la criatura, o en su mano, mientras esta se incorporaba.

Las lanzas y espadas quedaban presas en su carne, pero no se acercaban siquiera a ningún punto vital, ni vulnerable.

El gigante echó un mordisco a un puñado de personas.

Las piernas se retorcieron entre sus fauces prietas.

Lo último que vi fue el paladar, antes de que su lengua me aplastara contra él.

El Terror se levantó sin percatarse del pequeño ejército que le atacaba las plantas de los pies, sin dejar de cubrirse la herida del ojo, y volvió a inhalar por sus húmedas narices, con tanta fuerza que al sorber el aire hizo que los tejados retemblaran.

Poco a poco se volvió hacia Keema y Jun, que habían logrado descender a un edificio cercano.

Le dije a Jun que teníamos que atraerlo hacia nosotros.

A lo que yo le respondí a Keema que era un buen plan, aunque imposible, y le pregunté si tenía algún destino en mente.

Señalé hacia la pared del acantilado. Yo pensaba que podíamos hacerlo caer al océano desde allí.

Era el único plan que tenían.

—¡Tu madre está aquí! —gritó Jun. Entonces fue él quien sostuvo el saco en alto.

El gigante se incorporó. Keema y Jun gritaron a la gente que se apartara — no tuvieron que decírnoslo dos veces — mientras saltaban de tejado en tejado, hacia la muralla del sur, y guiaban en la misma dirección el hocico de la bestia, que no paraba de olisquear.

Las gentes se dispersaron por las calles.

A donde fuera. Aquello era demasiado. Se estaban produciendo cinco fines del mundo a la vez y se te escapabas de uno te metías en otro.

Saltaron por encima de la muralla y momentos después el coloso atravesó la mampostería; la ancha puerta de jaxita se soltó de sus goznes, se salió de sus jambas y rodó cual moneda gigantesca sobre los vestigios de la acampada de los peregrinos, a tumbos sobre carros abandonados que se destrozaban bajo su peso y se transformaban en nubes de astillas.

Las bandas libres ya no luchaban y tampoco los guardias de honor.

Huían con la gente, salvo por unos pocos valientes que ayudaron a otros a salir de los escombros y gritaron instrucciones para llegar a la salida de la ciudad.

Los dos guerreros recorrieron a saltos los restos del campamento.

Iban sacando del paso a todo el mundo con suaves movimientos de mano, con los que elevaban por los aires a los transeúntes que gritaban sin cesar — por un instante, antes del final, volé, y pensé que era el final, que había muerto —, y los bajaban sin ceremonia alguna sobre la hierba aplastada, más allá del campo de batalla.

Una vez en las afueras, Keema y Jun miraron atrás, y se dieron cuenta de que el gigante ya no los seguía.

Se había detenido justo después de atravesar las murallas de la ciudad y contemplaba con su único ojo bueno la ola que se acercaba desde la lejanía.

Estaba aturdido. Estaba asustado.

El niño dio un paso atrás. Un soldado quedó aplastado bajo su talón. Retrocedió hasta el boquete en la muralla por donde salían todos los civiles, sin otro deseo que regresar al laberinto, a la seguridad de un lugar conocido.

—¡Está aquí! —chilló Jun, con el saco en la mano, pero el Terror tan solo tenía ojos para la ola que se acercaba.

Dio otro paso hacia atrás.

Y otro.

Una sombra oscura y luminosa se cernió sobre el río de multitudes que se desbordaba por los campos.

El talón descendía sobre ellos.

Un hombre sostenía a su niña contra el pecho.

Si tenía que sostener una última cosa en este mundo, que fuera ella.

Y entonces una llamarada de color explotó bajo la sombra.

Un chisporroteo de azul jerín y rojo sangre.

Púas de verde neón y bordes dentados de púrpura real.

Los colores estallaron con mayor vigor todavía.

Se abrieron flores blancas. Constelaciones de rojo y naranja.

Los fuegos artificiales se elevaron por los aires y explotaron en un arcoíris de furioso color, mientras el vendedor de bagatelas se reía con desesperación, tras prender fuego a su carro, su única fuente de sustento.

Las serpentinas giraban en lo alto. La fuerte crepitación en el aire llegó a oídos del lobo.

El Terror se volvió. Un aliento de dragón hecho color le estalló en la cara y aulló.

La luz le cegó temporalmente el ojo. Se encogió ante los fuegos artificiales, ante las gentes, y se marchó por los campos, vacíos en aquel momento, que había al sur de la ciudad, en pos de lo único que le quedaba en el mundo: el aroma de los huesos de su madre.

La llamaba.

—¡MADRE!

Y el rastro de aroma que esta dejaba, como polvo de estrellas, lo guiaba por la oscuridad que cobraba cuerpo. Subió por un cerro cada vez más empinado. Pero no preguntó a dónde iban. En su ciego tanteo, en su búsqueda, sus sentidos de lobo se fiaron por completo del olor de Ella, sin cuestionarlo.

Arriba, hasta el acantilado desde donde se divisaba el mar.

Keema y Jun se erguían sobre el borde de aquella roca afilada, como daga dentada, que sobresalía del acantilado.

En cuanto vieron al gigante que trepaba hacia ellos, hundiendo los dedos en la tierra al tiempo que trataba de aferrarlos, y se oyeron cual cántico en el aire los bramidos y desesperadas voces con que llamaba a su madre, Jun miró a Keema, y Keema miró a Jun.

—Yo habría vencido —dijo Keema— si nos hubiéramos enfrentado en un duelo como tiene que ser. Tras descansar como es debido. Yo habría vencido.

Jun sonrió.

—Vete a tomar por culo —respondió, y a oídos de Keema aquello tuvo la misma melodía que «te quiero».

Y entonces llegó el Terror, dispuesto a caer en brazos de su madre, y los dos guerreros, oprimiendo la tierra con las manos, mandaron una vibración a través del suelo y separaron la roca del continente.

Se deslizaron juntos al abismo.