La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) DÍA QUINTO. en el que ofrecemos nuestra mejor danza #14
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DÍA QUINTO. en el que ofrecemos nuestra mejor danza #14

Algunos que tenían espíritu emprendedor, provistos de herramientas adecuadas a este tipo de asuntos, midieron la distancia que iba desde la ola hasta la tierra, y tras efectuar un rápido cálculo moviendo un dedo en el aire, llegaron a la conclusión de que les quedaba poco más de una hora de vida.

No era mucho tiempo. Hubo quien lo pasó solo, otros en compañía.

Nos pusimos a follar ahí mismo al aire libre.

Las gentes miraban cómo le metía los dedos en la boca a ese tío, pero nos daba igual.

Lo único que queríamos era disfrutar. Y mientras aquel subconjunto de población contemplaba la constante e inexorable causa de su propia muerte, la lucha continuaba dentro y fuera de la ciudad.

Los guardias de honor pegaban gritos mientras les llovían las hachuelas.

Dos bandas libres habían sido exterminadas por completo, sus cadáveres eran pisoteados una y otra vez, mientras los grupos restantes peleaban por la supremacía, ¿sobre qué?

, ni ellos mismos estaban seguros ya... quizá al principio de todo la batalla había tenido algún propósito, pero ese propósito se había evaporado desde hacía un buen rato.

Una flecha rabiosa se clavó en el talón de una mujer, antes de que la mujer pudiera hundir su espada en la espalda de otra.

La sangre bajaba por las empinadas calles de la Ciudad Divina y manchaba los campos de las afueras.

Un guerrero se erguía sobre un caballo muerto y mantenía a raya a los Monos Plateados con su hacha de hoja ancha.

La ola se alzaba, y el tiempo que le quedaba al mundo era poco, y parecía que nadie supiera muy bien qué hacer con él.

Keema, y Jun, y Shan, salieron corriendo de la Residencia de Verano, y entonces Keema contempló la vista siempre pasmosa de la costa, y sus ojos se abrieron de par en par al ver a lo lejos la extensión azul de la ola, que se alzaba por encima de los acantilados, de las murallas, por encima incluso del punto más alto de la espléndida ciudad, y recordó que este cuerpo iluminado por la luna les había dicho que cuando fuera demasiado tarde, sería demasiado tarde.

Terminad lo que queríais terminar, antes de que nos condenéis a todos los demás.

¿Y si llegaban demasiado tarde?

Jun le leyó el pensamiento.

Le dije que no podíamos pensar así. Teníamos que seguir adelante. Y Keema sabía que tenía razón.

—¿Qué es esto? —gritó Shan, cuando el suelo se puso a temblar.

El instinto les hizo mirar hacia atrás.

La Residencia de Verano se alzaba a la media luz, alta y silenciosa.

—Pienso que... —empezó a decir Jun.

Y entonces una mano gigantesca irrumpió a través de las puertas principales.

Las altas puertas de madera negra se hicieron pedazos como si hubieran sido de papel.

El edificio de piedra y coral se hinchó y explotó.

Dagas de roca de cantera refinada, y de antiguas criaturas marinas compactadas, perforaron los estandartes donde se habían escrito palabras de felicitación.

No vieron más que las yemas de los dedos gigantescos que se acercaban a ellos, como en una pesadilla, y entonces Jun agarró a Shan — y yo pensé para Keema: ¡Retrocedamos!

—, y él y Keema se impulsaron mutuamente hacia atrás, cruzaron el paseo que se llenaba de grietas, esquivaron por poco la gigantesca mano que golpeaba la escalinata de entrada de palacio y sacudía los fundamentos de este.

El ama de llaves levantó un brazo para saludarlo mientras él la aplastaba.

No tardó en emerger el resto de su cuerpo. Observaron desde una azotea cercana cómo la mano seguía tanteando, destruía las estatuas de emperadores pasados, y por fin sus dedos se hundían en el suelo y tiraban del resto del cuerpo para sacarlo del edificio que se venía abajo.

Un hombre, desnudo, viscoso y palpitante como un recién nacido, y tan alto como el propio palacio.

Había por su piel plumas de color purpúreo, grandes y relucientes, que se erizaban al ritmo de su respiración.

Sus piernas eran grotescas de puro musculadas, su pene flácido goteaba entre ellas.

Sus ojos todavía eran blancos e insondables, los de un lobo jadeante, pero en vez de pelaje, eran plumas purpúreas lo que adornaba su prominente hocico. Keema supo de algún modo que sonreía.

—MADRE —dijo el Terror, y su voz retumbó como el cuerno de guerra.

Sus movimientos eran vacilantes, como si no hubiera estado acostumbrado a su nuevo tamaño.

Cuando se puso en pie, lo que quedaba del palacio se desprendió de sus hombros, y a sus espaldas vieron el telón de fondo de una ola azul tan alta como el mismo cielo.

Shan gritó:

—¡No podemos luchar contra él aquí! ¡Tenemos que hacerlo salir de la ciudad!

—¡MADRE! —gritó de nuevo el Terror, mientras cerraba los puños sobre el aire, frente al pecho.

Keema miró hacia todos lados. La ciudad tenía trazado de espiral y estaban en el centro. Provocarían daños parecidos con independencia de la dirección en la que huyeran. Le preguntó a Shan hacia dónde convenía atraerlo. La muchacha señaló al sur.

—Por allí no viven tantas personas, siempre que lo hagáis avanzar en línea recta.

—Nos está viendo —dijo Jun.

Los ojos de lobo se ensancharon. Tendió sus manos sorprendentemente humanas.

Su lengua purpúrea colgaba entre gruesos y brillantes colmillos.

Jun retrocedió hasta Shan y cargó con ella sobre sus espaldas.

El hombre sin nombre quedó estrujado entre ambos.

La joven no se quejó, porque sabía que en aquel momento no tenían tiempo para el orgullo.

Keema se metió el saco de huesos bajo el brazo y levantó la lanza.

Se llevaron el uno al otro hasta la cúpula más cercana, y esta vez aterrizaron de pie, al mismo tiempo que el gigante destrozaba la mansión sobre la que se habían hallado momentos antes.

La casa se abrió cual flor de verano de pétalos desparramados.

Un trozo de su tejado dio vueltas por la curva de la calle hasta estrellarse contra el delicado alero de una casa de té en un distrito alto. Resonaron gritos entre los escombros.

—Recordad, en línea recta —insistió Shan.

Saltaron otros dos tejados, que se encontraban más abajo por la pendiente. Keema hizo un gesto con la cabeza y silbó al hombre-lobo. Dejó la lanza y sostuvo el saco en alto.

—¡La tienes aquí!

La bestia, medio envuelta en luz grisácea, volvió la cabeza.

—KEEMA —dijo, mientras daba otro paso al frente.

Pero todavía avanzaba con paso inseguro, lo que se veía dificultado todavía porque la ciudad entera se asentaba sobre una pendiente y tenía que andar cuesta abajo. Calculó mal dónde bajaría el pie derecho. Se le dobló el tobillo.

Se cayó hacia delante.

Tres estómagos se hicieron un nudo. No había tiempo para saltar lejos de allí.

El cuerpo se cayó colina abajo, agitando ambas manos en un intento por frenarse, y se estrelló contra el palacio de justicia donde ellos se encontraban.

El impacto arrojó a Jun por un lado y a Shan y al hombre sin nombre por el otro.

Jun atravesó las contraventanas de papel de un balcón cercano.

Shan y el hombre sin nombre se precipitaron en el remolino de polvo y escombros que giraba más abajo.

Keema había llegado a otra azotea, en una torre de coral, y por unos instantes se había asombrado ante la destrucción: la ciudad parecía una pendiente sobre la que un niño se hubiera echado a rodar.

Los edificios estaban aplastados y hundidos en la tierra como briznas de hierba.

Habían quedado huellas visibles del cuerpo sobre la superficie del distrito alto.

Gigantescas plumas purpúreas revoloteaban por los callejones.

El cuerpo del Terror había quedado atrapado entre los escombros.

Profirió un fuerte gemido, al tiempo que sacudía las piernas, en busca del apoyo necesario para incorporarse.

Los dedos de sus pies recorrieron calles enteras.

Keema buscó a los demás, pero lo único que descubrió mientras bajaba deslizándose del tejado era que había perdido la lanza.

Había quedado clavada entre las tablas del piso.

Mientras se precipitaba hacia el fondo del palacio de justicia, Shan Araya pensó que aquello sería el final.

Aquella caída tan libre le producía una sensación extraña...

tan rápida y tan lenta. Tuvo tiempo suficiente para pensar en su madre.

En todo el tiempo que habían perdido al estar separadas.

Pero aquello no fue el final. Shan había aterrizado de espaldas, pero por el motivo que fuera estaba bien.

Y, como por milagro, todavía tenía al hombre en sus brazos.

Había quedado inconsciente, pero aún respiraba.

Se había quedado sin resuello. Mientras recobraba el aire, en pugna con la polvareda, empezó a darse cuenta de que había aterrizado sobre algo blando, flexible...

estaba extrañamente húmedo, como la piel después de correr...

y cuando la criatura que se encontraba debajo de ella se hinchó de aliento, un escalofrío de repulsión le hizo hervir el estómago, porque se dio cuenta de que estaba sentada sobre el hombro derecho del Terror.

Se puso en pie con rapidez, con excesiva rapidez, y perdió el equilibrio, resbaló por la curva del músculo de su brazo hasta estrellarse contra el suelo, protegiendo por puro reflejo al hombre que sostenía.

Gimió y miró hacia lo alto. La mayor parte del techo había desaparecido, pero dos tercios de las paredes seguían en pie.

Un cuervo graznó desde una viga de madera caída.

Tropezó entre las nubes de polvo que aún no habían terminado de asentarse y se cortó el pie con una roca aristada.

El largo edificio. Y entonces, al entrecerrar los ojos para ver mejor, distinguió a través de las nubes de polvo algo grande y de color blanco que iluminaba la oscuridad en ruinas, y pensó, en un instante de deslumbramiento, que aquello era la Luna, que había regresado con todos ellos.