DÍA QUINTO. en el que ofrecemos nuestra mejor danza #13
Shan escuchó. Más allá del remolino de aire a la entrada del agujero —ese murmullo débil y vibrante—, oyó a lo lejos un leve golpeteo de rápidas pisadas.
Como si alguien hubiera echado a correr a gran velocidad al otro extremo de una casa muy grande.
Oyó unas puertas que se abrían de golpe.
Oyó que las pisadas cobraban mayor volumen.
El hombre que llevaba en brazos se echó a llorar y murmuró:
—Tengo tanta hambre...
Y un temor genuino, que llegaba hasta la médula de los huesos, echó raíces en Shan.
La joven soltó la antorcha, para poder empuñar la lanza con una mano y sostener al hombre con la otra, y echó a correr de nuevo hacia el laberinto.
Llevada por el pánico, fue hacia la izquierda, y luego hacia la derecha, y después se decidió de nuevo por la izquierda, al azar. De cabeza hacia la oscuridad.
—Está en la casa... está en la casa —seguía el hombre. Shan trató de hacerlo callar. Le rogó que guardara silencio.
Alguien saltó adentro del agujero.
El estrépito de la caída resonó por las cavernas espejeantes. Shan contuvo la respiración y se apretujó en un hueco poco profundo de la pared. Estrujó contra el hombro el rostro del hombre, que lloriqueaba, e indudablemente lo dejó sin resuello, pero tenía que conseguir que se callara.
Lo que fuera que se había arrojado al agujero empezó a olisquear. Con sorbos de aire fuertes, vibrantes.
Shan se alejó con sigilo.
El niño olisqueaba la tierra.
Sus dedos aferraron roca húmeda, mientras su hocico rastreaba el aroma a sudor, a piel, a tierra. No le costó encontrarla entre el resto de los aromas. La muchacha olía a tierra dulce. Olía a cabello fresco. A trigo. Aceleró el paso.
—Está aquí... —gimoteaba un hombre a lo lejos—. Está aquí...
Enderezó los oídos.
El Terror echó a correr y dobló la esquina. Vio al final, desplomado contra la pared, al hombre sin extremidades, abandonado.
—Tengo tanta hambre... —susurró el hombre sin miembros.
Y lo mismo habría podido decir el Terror.
En aquel instante podría haberse comido el mundo entero.
Pero, por muchas veces que hubieran engatusado y atrapado al Terror, quizá hable en favor de su carácter —aunque con voz débil y enferma— el que no hubiera aprendido nunca la lección.
Que conservara su ingenuidad hasta el final.
Porque el hombre abandonado en el suelo no estaba del todo abandonado, como pronto descubrió, cuando Shan salió del oscuro receso y atacó con su lanza.
No le hizo más que un rasguño. Una línea superficial que le atravesaba el hombro, no más larga que la palma de una mano, y brillante al llenarse de sangre.
Una herida que un guerrero habría menospreciado sin más...
La propia Shan tenía docenas como aquella por todo el cuerpo, de aquel mismo día.
Pero lo que ni ella ni el Terror sabían era que el padre de Shan, al forjar la lanza, había bendecido su punta con un puñado de polvo lunar sagrado...
una magia que ejercía un profundo efecto sobre dioses y demonios.
Aquel corte hizo que retrocediera chillando en la oscuridad, sin mirar atrás.
En el corazón de Rocalegre, se estremeció.
Se aferró la herida, la lamió, sintió el sabor ácido de la sangre sobre la lengua, pero ninguna cura habría podido aliviar el ardiente dolor que emanaba de su hombro.
Se sentó en el suelo, al lado de unos grilletes rotos, mientras la sangre le corría por la espalda.
Mientras el dolor hallaba el camino hacia su corazón, sintió que la oscuridad del laberinto lo rodeaba, que caía sobre él.
Había llegado tan lejos, tan solo para terminar de nuevo allí, solo.
Poco a poco, se echó sobre un costado, y se estremeció.
Quería a su madre.
Eructó.
Su mano se hinchó.
Su pierna se sacudió, la piel se le desgarró hasta el hueso.
Mientras el Tercer Terror se transformaba, Shan echó a correr.
Doblaba las resbaladizas esquinas del laberinto, sin atreverse a mirar atrás para ver si la perseguía... Respiraba desesperadamente, hasta que torció la última esquina y vio el halo de luz en el alto techo.
Las paredes empezaron a temblar. Fragmentos de roca cayeron a su alrededor.
Bajo sus pies, la tierra sufrió una fuerte sacudida, y estuvo a punto de perder el equilibrio.
Soltó la lanza y se agarró justo a tiempo para no aplastar con su propio peso al hombre que llevaba en brazos.
Con una mueca, se incorporó, agarró la lanza y reanudó la marcha.
Se dirigió al agujero. No veía razón alguna para conservar la esperanza de salir con vida de allí, pero ¿qué otra opción le quedaba, aparte de intentarlo?
Aunque tuviera que hacerse añicos las uñas para salir de aquel pozo, iba a intentarlo.
Y lloró de alegría al ver que los dos guerreros, como en respuesta a una plegaria, estaban a la luz de la entrada y le tendían la mano.
EL FINAL DEL DÍA
Escucha la respiración
En los muelles de la cala que se encontraba al pie de los Acantilados de Verano, los vientos del oeste aullaban sobre los trabajadores que contemplaban sin esperanza los barcos zozobrados.
Sabíamos que arriba se libraban combates, casi se distinguían los sonidos a pesar del viento, casi...
pero aquel enfrentamiento apenas nos importaba.
Ya nos podíamos dar por muertos. Su abatimiento se debía a que no tenían noticia alguna de que el emperador había muerto, y habían supuesto que el dios-rey impondría Sus castigos a cada uno de ellos, por no haber sido capaces de rescatar Sus preciados navíos, que eran caros y de creación laboriosa, y estaban todos volcados, inservibles. Podíamos darnos por más que muertos.
Se sentaron en torno al muelle y compartieron un licor.
—Quizá Él lo comprenderá —bromeó uno de los hombres. Los demás se rieron. Su jefe, sentado sobre un barril de cara a la orilla, bajó de donde estaba y arrojó el porro a un lado.
—¿Habéis visto eso? —dijo.
Los trabajadores se juntaron a su alrededor y siguieron la dirección que señalaba con el dedo, hacia el horizonte de donde se había retirado el mar.
En lo alto, tras las murallas de la Ciudad Divina,
en uno de los extremos superiores de los aposentos de la nobleza, un grupo de niños se reunió en torno a la ventana del salón.
La niña sostenía un catalejo y sus hermanos trataban de arrebatárselo.
Los criados servían té a sus padres, que hacían lo posible por ignorar el fragor que se oía fuera y la barricada de muebles erigida frente a su propia puerta.
Entonces la madre, con la taza temblándole en la mano, se dio cuenta de que los niños se comportaban de manera extraña.
—Ya os he dicho que no vayáis a la ventana —dijo, acercándose a ellos—. Y ya que estamos, ¿qué es lo que miráis?
Su hija le puso el catalejo en la mano.
—Hay una muralla —le respondió—. Mira.
—Por supuesto que hay una muralla.
—No, detrás de la muralla. Hay otra muralla. Allí.
La madre, que tan solo una hora antes se había quitado de la cabeza un mechón de pelo que se le había desprendido por culpa del estrés, resopló con lo que le quedaba de paciencia, y le siguió la corriente a la niña. Miró a la muralla de la Ciudad Divina. Y entonces miró más allá.
—Ah —dijo sin resuello.
A sus espaldas, la criada y el padre intercambiaron una mirada de complicidad, porque hacía ya varios años que eran amantes y creyeron que el respingo que había dado la madre no era más que un nuevo ejemplo de su histrionismo.
Pero el vendedor de bagatelas, debajo de su carro, lo oyó.
Estaba agarrado a su tablilla pornográfica favorita, en la que aparecía una mujer con una túnica holgada y las piernas abiertas para el espectador, dándole la bienvenida con los ojos, y entonces, con la oreja pegada al suelo, oyó por debajo de los cascos de los caballos, de las pisadas y de los cuerpos que se desplomaban un rugido lejano, como un ejército de leones a muchos cerros de distancia.
Y supo que lo peor estaba por llegar.
Así es como todo empezó para quienes observaban y escuchaban: como una curiosidad, demasiado lejana como para importarles y demasiado grande como para alcanzar a comprenderla.
Probablemente la franja azul que se divisaba en la lejanía era un simple efecto visual, y nada más, y aunque no lo hubiera sido, seguramente no iría hacia ellos.
Pero a quienes seguían observando no les cabía ninguna duda de que la franja se elevaba más y más, ganaba en amplitud, y el estómago se les volvía del revés, porque el cuerpo comprendía la verdadera relación entre sus respectivas proporciones.
Los catalejos se agrietaron al escaparles de los dedos y estrellarse contra el suelo.
No pasó mucho tiempo hasta que se oyeron los primeros gritos, desde los distritos más altos de la Ciudad Divina hasta los más bajos:
¡Viene una ola! ¡Viene una ola!
Su cresta no tardó en engullir el sol. Una extraña penumbra cubrió la tierra.
Un crepúsculo incoloro que suavizaba todas las sombras y hacía que el mundo pareciera sumergido en una cuenca de espectros.
Las gentes que se habían rendido, las que aguardaban en el acantilado que daba a la orilla, observaban con sombría resignación la ola que se acercaba.
Hasta había tenderos que regalaban la comida, aunque fueran bien pocas las personas que aún tenían ganas de comer brochetas de carne.
No éramos capaces ni de levantar las manos para ahuyentarlos.
No hicimos más que ignorarlos y ellos siguieron con lo suyo, tan aturdidos como nosotros, y deambulaban a lo largo de la hilera cada vez más larga de personas que se habían dado por vencidas y ya no sentían ningún hambre.