La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) DÍA QUINTO. en el que ofrecemos nuestra mejor danza #12
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DÍA QUINTO. en el que ofrecemos nuestra mejor danza #12

—El viaje que lo llevó hasta ese momento en el que saludó a Keema en las escaleras de la Residencia de Verano —dice tu lola— fue largo.

Tras escapar del laberinto vivió unos breves meses de libertad en los que se transformó en muchas criaturas distintas.

En oso. En tigre. Disfrutó de la carne fresca de los peces de los ríos.

De la tierra, de los árboles, del cielo abierto, en el que se sentía caer.

Pero siempre volvía a su forma original, y con hocico ensangrentado olfateaba el aire en busca de Su aroma.

Bajo el sol abrasador y la negra noche donde Ella había morado antaño, se dirigió al oeste en busca de su madre...

su misión más verdadera y su mayor error.

Poco imaginaba que su padre se había enterado de su fuga y le buscaba.

No tuvo que pasar mucho tiempo para que la trampa se cerrara...

en una encrucijada, no muy lejos de Ciudad Palacio, el Tercer Terror quedó atrapado en pleno vuelo bajo el hechizo de una poción somnífera que hizo que su menudo cuerpo de ave se precipitara sobre el polvo.

Al despertar, estaba en una jaula en los aposentos de su padre, con un sello mágico en torno a las patas que le impedía abandonar aquella forma, y el hombre que despreciaba por encima de todos los demás le sonreía a través de los barrotes.

»Las variadas torturas que soportó durante aquel cautiverio fueron leves y estúpidas.

Comida que le dejaba justo más allá de su alcance.

Agua que le servía en cantidades insignificantes.

Invectivas e insultos que le caían encima como babas, porque su padre descargaba sus frustraciones y fracasos en la patética criatura.

Ambos habían quedado atrapados en posiciones que no eran capaces de abandonar.

El niño trataba de huir, pero la jaula no cedía.

Vio a su hermano, el Primero, y le graznó para que lo salvara, pero su hermano le miró tan solo con abstraída curiosidad, le pasó los ojos por encima sin prestar atención ni interesarse por quién pudiera ser aquella ave.

—Fue una coincidencia lo que al final lo salvó —añadió tu granjo—.

Una vez que se hubo adueñado de la red de tortugas, Luubu descubrió todos los secretos de su padre, incluida la identidad del ave que se hallaba en la jaula dentro de Sus aposentos reales.

Como anhelaba el poder que habría podido conseguir devorando a su hermano menor, organizó un complot para que le robaran el ave y se la entregaran.

Y lo habría conseguido, de no ser por Keema de la tribu Daware.

—Cuando la tapa se levantó en el fondo del carro —te dice tu lola— y aquel joven lo agarró con amable confianza, y deshizo sin darse cuenta los hechizos que le sujetaban las patas, el niño descubrió una gentileza que apenas había conocido en su vida.

Y aunque él mismo no dispusiera del vocabulario preciso para explicarlo, se quedó prendado.

—Nos enamoramos con tanta facilidad... —dicen tus hermanos.

—Estaba prendado del guerrero —explica tu lola—. De su cálido roce. De su rostro... la luz que se colaba por la solapa de lona hacía que pareciera nacido de un río de oro.

—En Rocalegre —dicen tus hermanos— había bien pocas cosas que fueran bellas.

—El niño había experimentado una limitada variedad de necesidades. Hambre. Sed. Madre. Padre. Hermano.

—Pero el deseo... —dice tu padre—. El deseo era algo nuevo.

Tu lola te sonríe.

—Primero trató de herir a Keema en la cara, pero luego recapacitó.

Siguió los pasos del joven que lo había salvado y, a pesar de su carácter animal, lo auxilió en su viaje hacia el este para saldar su deuda.

Derribó al mensajero que llevaba un mensaje de advertencia al puesto de control de la Puerta del Conejo.

En los Mil, exploró el río antes de que lo recorrieran.

Sabía que su bote pasaría por una aldea repleta de hombres y mujeres que solo con ver la tortuga que llevaban y sus insignias imperiales los habrían asesinado. Así, los asesinó primero a ellos.

—Un ataque preventivo —explica tu padre.

—El niño hizo todo lo posible por ayudarlos en el camino.

Cuando llegaron a una bifurcación en el río, que por un lado los conduciría a la emboscada y por el otro los obligaría a pasar por el lado de un Daido, para después continuar por un río en el que no había nadie, el Terror batió las alas y graznó, y se le partió el corazón al ver que no le hacían caso.

Pero de todos modos acudió a ayudarlos, como niño con mal de amores que era.

Regresó una vez más durante el asedio del Cuenco, y rescató a Keema y a la emperatriz del artillero que manejaba la balista giratoria.

Al ver que los hombres de Induun habían capturado a Keema, destripó al propio Induun, a Yinn, a Maada y a los Panjet-Waag.

Y también habría matado a Jun, de no haber sabido que a Keema le gustaba.

Lo sabía y no paraba de darle vueltas en su cabeza, mientras veía cómo se batían en duelo durante toda la semana, abrasado de celos.

—¡Tendría que batirse en duelo conmigo! —grita tu padre, remedando al Terror.

—Sí, él sabía que Jun le gustaba a Keema —dicen tus hermanos—. Por el momento.

—Pero el momento había llegado —añadió tu lola— en el que bastaría con que Keema lo viese tal como era, y sin duda agradecería todo lo que había hecho por él.

—Mira.

El Tercer Terror le mostró la cabeza de Djove Induun.

La mandíbula de Induun colgaba exánime, sus ojos hundidos y entornados parecían los de un sacerdote mártir.

El Terror sujetaba la cabeza con las mandíbulas, mientras sus brazos y piernas humanos corretearon hacia Keema como lo habría hecho un perro, y depositó la cabeza a sus pies.

Un regalo. La criatura levantó los ojos hacia él, jadeando.

—Él te ama —dijo el ama de llaves desde lo alto de las escaleras. Lloraba con un llanto desgarrado ante aquella escena, con la mano contra el pecho—. ¡Qué día este! Ha vuelto y está enamorado. Mi hijo.

En cuanto Keema inspiró y bajó la mirada hacia el hombre lobo, en cuanto los ojos de ambos se encontraron, se creó un vínculo, y el Terror, a través del encuentro silencioso de sus mentes, compartió su historia con él.

Keema supo del laberinto, de su fuga, de todo lo que aquella criatura había hecho por él a lo largo de su viaje.

Supo del deseo que aquella criatura sentía por él, su deseo de estar con él, su deseo de batirse en duelo con él.

Y tal vez todo se debiera a algún residuo de sentimiento que había heredado de la emperatriz, pero en cuanto Keema contempló las plumas purpúreas en el hocico de la criatura, en su pelaje y en sus orejas con mechones, sintió compasión.

Compasión por el cuerpo de un hombre ya crecido, encorvado y simiesco.

Por sus nudillos que arañaban el suelo. Por cómo olfateaba los pies de Keema en busca de aceptación.

Pero aquella compasión se desvaneció en cuanto la criatura se incorporó sobre sus piernas temblorosas.

Mírame, Keema. Cuando se puso en pie, con una estatura que sobrepasaba en varias cabezas a la de cualquier humano.

Con su cuerpo musculoso y fibrado. Gruesas venas por las que se bombeaba la sangre recorrían su amplio pecho y descendían por sus brazos esculpidos, como si hubiera tenido sus propios Caminos de Arriba y Abajo a título privado.

Cada una de las partes de su cuerpo parecía respirar y latir con fuerza.

Hasta el órgano que tenía entre las piernas, y que estaba plenamente erecto, cual martillo de piedra. Mírame.

Y Keema retrocedió, abrumado y repelido.

«Le fue negado», dijo con tristeza tu lola.

—La criatura, al negársele el abrazo, se encogió, avergonzada, abochornada, y se escondió tras las piernas del ama de llaves, mientras aquellas nuevas emociones ardían como piezas de metal candente en sus entrañas.

Observó con desesperación que el Pavo Real Rojo empuñaba su hacha, y que Keema, tras recomponerse, se ponía al lado de su amigo, y el Terror no comprendió qué era lo que había hecho mal.

Había salvado una y otra vez a aquel guerrero.

Le había entregado a modo de obsequio la cabeza del hombre más poderoso en todo el país.

Había hecho todo lo posible, lo que fuera, con tal de ganarse el afecto de aquel guerrero.

Y aunque jamás había pensado en sí mismo como príncipe, en aquel momento creyó que le habían negado lo que le correspondía.

«¡Y tienen el descaro de negarse a ti!», espetó el ama de llaves.

—¡Eres fuerte, y eres hermoso, y ahora te toca a ti negarles algo a ELLOS! —gritó, como enloquecida—: ¡Ve a Rocalegre! ¡Una mujer se ha metido en tu cubil! ¡Una mujer por la que estos putos imbéciles sienten un gran aprecio! ¡Mata a la mujer y así les amargarás la victoria!

El chico-lobo tembló de furia. Subió a toda velocidad por la escalera y desapareció dentro de la mansión.

Keema y Jun echaron a correr detrás de él y dejaron atrás al ama de llaves, que no paraba de farfullar.

En la entrada de Rocalegre, Shan suspiró.

Tenía la escalerilla de cuerda a sus pies, pues alguien había cortado con un cuchillo los cabos que la unían al gancho.

El hombre que tenía en sus brazos levantó la vista hacia el agujero sin decir nada.

Parecía que gozara con el calor del cuerpo de Shan, con la suavidad de la piel de sus hombros.

La muchacha no hizo caso de la extraña manera con que le restregaba los morros por el cuerpo y se preguntó cómo podrían salir de allí.

Pero sí se preocupó al darse cuenta de que el hombre dejaba de toquetearla con la nariz y temblaba en sus brazos como un pajarillo aterido de frío.

Las palmas de las manos de Shan se cubrieron de humedad.

El hombre se estaba meando.

—Está en la casa —susurró este.