La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) DÍA QUINTO. en el que ofrecemos nuestra mejor danza #11
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DÍA QUINTO. en el que ofrecemos nuestra mejor danza #11

—El Tercero podía transformarse en lo que quisiera, pero había vivido una vida tan resguardada, tan limitada, que apenas si quedaban opciones en el reducido espacio de su imaginación.

Le habían arreado buenas palizas por sus pálidas y rabiosas imitaciones de sus hermanos, de su padre, de cualquier humano.

Y había visto bien pocos animales, y no durante el tiempo suficiente como para tratar de volverse como ellos.

Tus hermanos murmuran:

—Vivió en las cavernas durante varias décadas e hizo lo que le habían enseñado y le pedían que hiciera. Torturaba a los blasfemos. Los devoraba. Y a veces, cuando se fatigaba de aquella vida, trataba de salir trepando por el agujero.

—Se caía adentro —explica tu lola.

—Volvía a intentarlo —te cuentan tus hermanos.

—Al cabo de treinta años tenía las garras destrozadas.

—No tenía más amigo que una mujer que se detenía al borde del agujero y le miraba. Una sirvienta que a veces le cantaba por la noche, mientras el niño profería patéticos aullidos desde el fondo del agujero, y por todo el laberinto los blasfemos corrían y chillaban.

Shan tocó los grilletes sujetos a la pared.

Casi todos los cuerpos que encontró estaban no solo muertos, sino también resecos. Hacía mucho tiempo que no se había prestado atención a nada ni nadie que estuviera allí.

Se encontraba ya en lo más profundo del laberinto e iba haciendo figuras con los huesos para marcar los lugares por donde había pasado.

La luz de la antorcha relucía sobre las uñas incrustadas en la roca.

Clavábamos las uñas en todo lo que podíamos.

Sobre los cabellos y los dientes que estaban por el suelo.

Todo terminaba por caerse. Cuanto más avanzaba, mayor era la sensación de que ella misma se estaba descomponiendo.

Los gritos con los que llamaba a su padre se volvían más desesperanzados.

Más roncos. Su respiración tenía un techo contra el que sus pulmones se estrellaban sin cesar.

No le bastaba con las sales aromáticas. El mundo entero se vertía en sus fosas nasales y olía a muerte.

—Radle Araya —decía—, ¿estás aquí?

No dejó de gritar.

—¡Padre!

Cuando apenas si le quedaba esperanza alguna, una voz le respondió en la lejana oscuridad.

«¿Hay... alguien ahí?»

Tu granjo vuelve los ojos hacia ti.

—Antes de meterlos dentro, los marcaban.

Una marca de hierro en la mejilla. Un número que indicaba al Tercer Terror durante cuántos años tenía que mantenerlos con vida antes de devorarlos.

Llegó a ser bueno en esa tarea. En hacer que el cuerpo siguiera funcionando durante más tiempo del que hubiera debido.

Aunque aún lo dominara la tendencia animal, con el paso de los años aprendió a preparar vendajes y detener el sangrado.

Daba agua a los presos encadenados, y los alimentaba con carne y con todo tipo de cosas rancias que el ama de llaves le arrojaba por el agujero.

De vez en cuando soltaba a alguno. Los desencadenaba.

Y luego los perseguía. Chillaban en la negrura.

Tus hermanos niegan con la cabeza.

—No se daban cuenta de que solo quería jugar.

—Se transformó en cuidador y torturador, todo en uno —te explica tu padre—. Una combinación en la que es muy fácil caer.

—Había días —explica tu lola— en los que se volvía amoroso, y masticaba y regurgitaba las piezas de carne más duras para dárselas.

Había días en los que se enfurruñaba y no lo veían, y pasaban hambre.

Había días en los que se enfurecía. Se sentía frustrado.

Atrapado. Agarró una piedra y me la estrelló contra la cabeza.

Me había mantenido con vida durante cinco años y le puso fin de repente, y le estuve agradecido por ello.

Y había días en los que se quedaba sentado bajo el agujero y miraba hacia arriba.

Era capaz de decir tan solo una palabra, como una especie de ladrido.

—Esa palabra —te aclara tu padre— era «madre».

—El ama de llaves que le cantaba —te cuenta tu lola—, el ama de llaves que le quería como si hubiera sido suyo, sabía que no era a ella a quien llamaba, pero de todos modos fingía que sí.

Y cuando respondía a su llamada y le echaba golosinas por el agujero, el niño aullaba sin cesar, anhelando una madre que no estaba allí, una madre que estaba lejos de aquel lugar espantoso. La necesitaba.

Nuestros padres nos atraen como sirenas.

Shan se agazapó sobre el hombre que no era su padre.

Estaba echado en el suelo, envuelto en vendajes.

No le quedaba ningún miembro y tenía los ojos vidriosos a causa de las cataratas.

Habría resultado imposible decir cuántos años tenía.

Pero Shan sabía que no era él. Había viajado hasta tan lejos en busca del hombre que había creado los mitos de mi vida...

en busca de aquel hombre que, según me habían contado, era maravilloso, y gentil, e inteligente, y habría sentido un profundo amor por mí nada más verme.

Había viajado hasta tan lejos, y durante tanto tiempo...

había llegado al punto más bajo de este país, buscándolo.

Y al final, había encontrado tan solo un hombre.

Uno entre tantos.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí abajo? —preguntó vigilando de no alzar la voz.

Con una delicadeza que hizo que el hombre se estremeciera, Shan le tomó por la cabeza y se la hizo girar. La marca de su mejilla ardía con el número 20.

El labio inferior le temblaba. Brotaron lágrimas de sus ojos hundidos.

—Tienes una voz tan hermosa... —dijo, con la garganta húmeda. Abrió la boca y la muchacha vio que no tenía dientes—. ¿Cómo es que esta hermosa arkana alada de los Muchos Cielos ha descendido hasta aquí, a este lugar?

Shan Araya se enjugó los ojos.

—He venido en busca de mi padre —explicó.

El hombre sonrió, sucio de lágrimas también.

—Muchos padres han pasado por aquí.

—Se llamaba Radle Araya. —Soltó una risilla huera—. No creo que lo hayas visto por aquí.

El hombre levantó los ojos. Miró más allá del lugar donde se encontraba Shan.

—Pienso que soy el último.

Shan suspiró.

—Lo siento, arkana mía —añadió el hombre envuelto en vendajes—.

Pero este sitio lleva mucho tiempo en silencio.

A veces el niño no logra controlarse. A veces no presta atención a los números.

—Los labios del hombre se acercaron el uno al otro, vacilantes—.

¿E... el niño está cerca? Tengo tanta hambre...

En un primer instante, Shan no le respondió. Se quedó en silencio, sentada al lado del hombre, que había sufrido lo que ningún hombre debería sufrir.

—Deberías marcharte —le dijo el desdentado— antes de que regrese.

Shan miró por la celda. Le pesaban las espaldas.

—Lo sé —respondió a media voz.

Shan levantó del suelo al hombre, que dio un pequeño respingo.

La muchacha lo llevó por el cavernoso pasadizo, siguiendo los huesos que había ido dejando para que le indicaran la salida.

Lo sostenía como podría haber sostenido a un bebé.

Había pasado mucho tiempo desde la última vez que alguien había tomado en brazos al hombre.

Shan sintió las lágrimas de sus mejillas contra el hombro.

—No lo entiendo —decía—. ¿Por qué me salvas? Soy un pecador. Un blasfemo. —El hombre sollozaba—. No soy nadie.

Tal era la identidad de todos los que moraban en Rocalegre.

—Y ninguno de ellos era menos hombre que el demonio que consideraba que aquellas cavernas eran sus dominios —te dice tu lola—.

El niño era una criatura nacida sin nombre, que con el paso de los años se desesperó cada vez más por escapar de aquel infierno a donde lo había arrojado su padre.

Los aireados pasillos de la Residencia de Verano se llenaban de su dulce y lastimero aullido cuando soñaba con salir de allí.

El ama de llaves escuchaba apenada su llanto cuando se recogía al caer la noche.

Era lo único que aquel niño tenía en el mundo y no se tomaba a la ligera semejante responsabilidad.

El sufrimiento del niño le pesaba sobre los hombros.

—No mucho tiempo después —te cuenta tu granjo—, llegó a la Residencia de Verano la noticia de que el emperador iba a abandonar el país, y que antes de marcharse quería cerrar Rocalegre.

Las gentes del lugar se regocijaron, porque creyeron que iba a soltar a las personas que estaban encarceladas allí, pero el ama de llaves recibió la noticia con dolor en el rostro.

Tuvo muy claro que el emperador iba a matar a su propio hijo.

Y por eso mismo pensó que no le quedaba otra opción que soltarlo por fin.

—Le echó la escalerilla de cuerda —te dice tu lola—. Y lloró y se alegró cuando huyó de la casa y salió al mundo.

—La primera criatura que devoró fue un ave —te cuenta tu granjo.

—Se volvió una criatura de plumas purpúreas, y libre —dicen tus hermanos—. Voló en el cielo de la medianoche.

Tu padre niega con la cabeza.

—Y no tenía ninguna intención de regresar.