DÍA QUINTO. en el que ofrecemos nuestra mejor danza #10
Pensó en ir a parar de nuevo al escenario del que acababa de salir con tanto valor, donde os confesaría la magnitud de su fracaso a vosotros, el público, al tiempo que trataba de mantener en su sitio la mandíbula desencajada.
Fue una visión extraña y repentina de un futuro que no se haría realidad jamás, pues una sombra enorme emergió de golpe en el marco de su visión y se llevó por delante al hombre de la maza, como un gran viento enviado por el dios de la buena fortuna.
La maza se cayó y agrietó la piedra sobre la que se precipitó.
Y entonces Keema se incorporó; se apoyó primero sobre un codo y luego se puso en pie, respirando con dificultad, como si el aire tuviera que filtrarse a través de una roca, y se dio cuenta de que el fragor del combate se desvanecía.
Que por cada entrechoque de aceros se oía un sonido gutural —el sonido que haría un hombre al caer de pronto en un agujero que no esperaba encontrar— y un silencioso chorro de líquido, como de fuente que se rompe, cuando el agua se libera de pronto de la presión.
Esos sonidos le aportaron un extraño consuelo.
Eran como una liberación. Un suspiro de primavera.
Parpadeó, al tiempo que avanzaba con pasos tambaleantes, con el pie resbalándole sobre la alfombra de sangre, hasta que halló a un desconcertado Jun en el centro de aquel parque de piedra pintado de rojo.
Jun, con ojos desorbitados, le preguntó a Keema si lo había visto.
Yo le pregunté a Jun qué había visto él.
Su amigo señaló al pie de los escalones que conducían a la Residencia de Verano.
Señaló al ave de plumaje purpúreo que se había posado allí.
Fue como si los tobillos de Keema se volvieran de líquido.
—Eres tú —dijo.
El ave se acicaló las plumas con el pico.
Batió las alas, pero sin despegarse del suelo, como si quisiera exhibir su plumaje.
Levantó el ala derecha, como si saludara, y luego se cubrió los ojos y el pico con esa misma ala, como haría una seductora experta con un abanico desplegado.
Y entonces, como en un truco de feria, el ave retiró el ala y se transformó ante sus ojos en su verdadera forma.
Lo que vieron Keema y Jun al contemplar los ojos de luna llena de la criatura fue nada menos que la historia de su creación.
Escucha bien esta historia.
La Historia del Príncipe Demonio
—Para conocer la historia de este muchacho —te cuenta tu lola—, tienes que empezar por conocer su nacimiento, que, igual que el de todos los príncipes del Trono, tuvo lugar en las entrañas de la montaña occidental, al otro lado de la legendaria Puerta del Lobo.
—El granjo le enciende el cigarrillo mientras habla—.
Al recibir el cuenco de semillas del emperador, la Luna quedó obligada por las leyes del Primer Deseo a darle un heredero.
Pero llevaba tanto tiempo cautiva que ya no quería seguir la ley del Primer Deseo al pie de la letra.
Y así, por primera vez en el largo linaje de los gobernantes del Trono Lunar, le dio a Magaam Ossa no un heredero, sino tres.
Fue un pequeño, pero significativo acto de rebelión.
Apuró la semilla amarga y permitió que arraigara en su cuerpo, y al llegar el momento la dividió en trillizos, y a continuación repartió entre ellos los dones que hasta entonces se habían concedido a uno solo.
Así que el Emperador Magaam regresó a la Puerta del Lobo presa del furor, tan solo para encontrar a tres bebés llorando en el cuenco donde había residido Su semilla, y entonces, al mirar a Sus hijos, sintió horror, porque comprendió qué era lo que había hecho exactamente la Luna.
Tu lola suelta una risa leve y triste.
—Al primero de los nacidos se le dio poder sobre los elementos.
Igual que la Luna había hecho danzar al Viento y al Agua durante su reinado en el Cielo, también Saam Ossa jugaba con los materiales naturales del mundo y los manipulaba.
Al segundo se le dio poder sobre el pensamiento humano.
Así como la Luna había inspirado a quienes se deleitaban con Sus rayos y se había ganado la alabanza y la devoción de las gentes de la tierra que la admiraban, así también Luubu Ossa gozaría de la reverencia y la fe que le otorgarían quienes escucharan su Palabra.
En cuanto al Tercero... al Último... el Olvidado con mayor frecuencia... recibió un don de lo más inusual.
—Sí, desde luego, inusual —gruñe tu padre—.
Al detenerse frente al cuenco de bebés que lloraban, como un padre primerizo a punto para contemplar a Sus hijos, el emperador sacó Su preciado cuchillo de su vaina y presionó la hoja contra la garganta del niño con cabeza de lobo...
y en el punto donde el pelaje se unía a la piel, derramó una perla de sangre exquisita y real.
Tu lola suspira.
—Al tercero en nacer se le concedió el don de transformarse —te dice—.
Igual que la luna crece y mengua cual sombra que va cambiando de figura, así también Ossa el Sin Nombre podría mutar de forma.
Sería por siempre capaz de transformar su apariencia, haciéndose pasar por la criatura que deseara, aunque su forma básica sería siempre la de un muchacho con cabeza de lobo.
—¿Qué fue lo que detuvo la mano del emperador aquel día?
—añade tu padre—. ¿Sintió un fugaz atisbo de amor por su deforme descendencia?
El niño maldito no lo llegó a saber. Durante toda la juventud del Tercer Terror, Magaam no tuvo para con él nada más que desprecio, avergonzado como estaba de que Su simiente hubiera producido una criatura tan fea y carente de todo refinamiento.
Y mientras el emperador dirigía su ira contra aquella criatura salvaje, la emperatriz, tras la Puerta del Lobo, en la oscuridad de su prisión, sonreía.
»El niño había nacido como bestia y vivió como bestia —sigue contando tu padre—.
Apenas había nada en su conducta, en su proceder, que apuntara a un linaje humano.
Se rasgaba los ropajes. No quería saber nada sobre los modales en la mesa, ni sobre esteras, ni platos.
Comía en el suelo, en un rincón. Orinaba donde le apetecía.
No había manera de domar a semejante criatura.
—Tu padre te mira, disculpándose—. La historia del niño rechazado, inadaptado, es la misma en todos los tiempos.
Es la misma ahora que entonces. Ya conoces el argumento y los personajes.
El patriarca que lo despreciaba. Los hermanos que hacían como si no existiera, por temor de ganarse la ira del padre si actuaban de otro modo.
Tus hermanos se agolpan a tu alrededor.
—A veces —te dicen—, el niño miraba al patio por las celosías de su habitación oscura, y veía como sus hermanos practicaban el combate con sus amigos y sus entrenadores.
Miraba cómo sudaban, y se reían, y se daban golpes.
Veía cómo jugaban. Y jadeaba, y arañaba las maderas, y aullaba, desesperado por ir con ellos.
—Lo tenían a raya con un látigo —te dice tu padre.
Tu lola asiente con gesto sombrío.
—Los residentes del palacio que tenían la mala fortuna de cruzarse con él sentían horror al verlo.
Durante unos pocos años, el emperador toleró la presencia del niño, el olor del niño, las muchas y graves decepciones que le causaba el niño.
Un día se hallaba en una habitación escondida en los aposentos reales.
Al siguiente lo trasladaban al sótano. Y luego lo encerraban en los establos.
«Donde no sienta su olor», decía Su Sonriente Sol a sus criados.
Pero el día en que lo encontraron agazapado sobre el cuerpo hecho jirones de un sirviente del rey —azoté al cachorro sin darme cuenta de que a pesar de su pequeño tamaño podía contraatacar— , Su Sonriente Sol ideó una manera en que Su hijo podría servir al Trono.
Tu padre agacha la cabeza.
—Nuestros hijos tienen que encontrar un lugar en este mundo. Si no tienen un lugar, están perdidos.
—El laberinto que hay bajo la Ciudad Divina —dice tu granjo, al tiempo que indica un lugar en el plano—.
Antaño lugar de diversión para aristócratas, había caído en desuso con el paso de las décadas, ya no servía como escenario de los juegos de verano de la corte...
y eso no importaba. El laberinto tenía un nuevo propósito.
Tu lola suspira de nuevo. Ha terminado el cigarrillo.
—Cuando tenía ocho años, lo arrojaron por el agujero.
A las madrigueras que se hallaban bajo la tierra.
El Tercer Terror había vivido la mayor parte de sus más de cuarenta años en las oscuras y resbaladizas cavernas por donde Shan Araya avanzaba antorcha en mano.
La muchacha se sentía las palpitaciones en las sienes.
Sentía el Ritmo en todos los poros. Las sales aromáticas no alcanzaban a ocultar el hedor de aquel matadero.
—¡Radle! —gritó en aquella negrura sin igual—. ¡Radle Araya!
Su grito no obtenía otra respuesta que el eco de su propia voz. El nombre de su padre se le escapaba tan pronto como lo decía.
Pasó sobre una costilla rota. Un montón de huesos roídos.
La luz de su antorcha alumbraba estancias donde alguien había arañado repetidamente una luna sobre la pared.
Descubrió un gran número de pequeños obsequios apilados ante un mural torpemente grabado con la figura de la emperatriz.
Objetos sustraídos a las personas que habían arrojado allí dentro.
Un brazalete. Un anillo. Un bolsón ensangrentado.
Iba en busca de indicios que apuntaran a su padre, cualquier cosa que hubiera podido llevar encima. Pero no encontró nada.
No se dio cuenta de los arañazos que había en la pared justo debajo del agujero. Los arañazos de desesperados intentos de fuga.
«El laberinto era una prisión tanto para los hombres como para el monstruo.»
Tu lola suelta humo.