La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) DÍA QUINTO. en el que ofrecemos nuestra mejor danza #9
87%

DÍA QUINTO. en el que ofrecemos nuestra mejor danza #9

Keema soltó un «ummf», como si hubiera tropezado con un mueble.

Se miró al vientre. El pincho que llevaba en el abdomen le devolvió la mirada.

La cuerda a la que estaba atado el pincho le salía del cuerpo como un cordón umbilical mal puesto.

La tocó con la mano que sostenía la espada.

El choque fue tan fuerte que en un primer momento apenas si sintió nada.

Una sensación de que algo no estaba donde tenía que estar. Casi le cosquilleaba.

—Jun —dijo, como para enseñarle algo divertido y extraño a su amigo.

Y entonces el hombre tiró de la cuerda y Keema se fue escaleras abajo.

—¡No! —rugió Jun, al tiempo que corría tras él.

Keema rebotó hasta el final de la escalera y se quedó echado allí, sin moverse. Los guerreros de armadura purpúrea surgieron desde detrás de gruesas columnas, desde puertas oscuras. Jun bajó cinco escalones de un salto, diez, hasta quedar agazapado sobre el cuerpo arrebujado de Keema.

—Estoy bien —masculló este. Ya se había arrancado el pincho. La sangre se le escapaba por entre los dedos—. De verdad —dijo, con mano temblorosa—. Estoy bien.

Los Alces Purpúreos estrecharon el círculo en torno a ellos, como buitres.

Los dos jóvenes guerreros miraron escaleras arriba, donde estaba la que había sido su compañera por poco tiempo.

—Lo siento —soltó Shan, y luego echó a correr escaleras arriba sin ellos.

Las puertas principales se abrieron de golpe.

La luz del día irrumpió en un salón umbrío, resguardado por cortinajes, de la Residencia de Verano. El ama de llaves contempló desde las sombras, con mirada desapasionada, a la muchacha alta, presa de un frenesí, que abría de golpe las puertas corredizas y murmuraba:

—¿Dónde está?, ¿dónde está?

—¿Es la entrada de Rocalegre lo que buscas?

Shan se quedó helada... se dio la vuelta.

El ama de llaves entró cual ratón en la franja de luz. Shan dio un codazo involuntario a un jarrón colocado sobre un pedestal. El jarrón, decorado con gran número de figuras de Alces Purpúreos, se tambaleó, pero no llegó a caerse.

—Por aquí —dijo el ama de llaves.

Se echó a andar por el pasillo lateral, arrastrando su sombra alargada tras de sí. Shan se dirigió a la entrada de aquel mismo corredor. A sus pies, una alfombra Induun, del rojo de la tierra profunda, indicaba el camino del infierno.

«Siguió a la mujer, por supuesto.»

Tu lola te mira y se encoge de hombros.

—¿Qué otra cosa habría podido hacer?

«Es agradable tener visitas.»

El ama de llaves hablaba con la reserva de una esposa a la que han dicho que habla demasiado alto cuando está con personas con las que conviene quedar bien.

—Hace mucho que el emperador no viene de visita. Es una lástima. Se han invertido tantos esfuerzos en la decoración... hay tantas vistas maravillosas... ahora ya solo las disfrutan los condenados.

Shan sentía por todas partes la gelidez de los espectros.

Recuerdo al ama de llaves. Cuando me arrastraron a la Residencia de Verano por haber ensuciado Su nombre inscrito sobre las paredes de un templo de Shisha, fue ella quien me recibió a la puerta.

Me trató con gentileza. Me sirvió té en el salón real que tiene vistas a la mar verdosa.

Me dijo que bien estaba que se disfrutara de aquello, aunque fuera tan solo una vez.

Lo llamaban la Última Gentileza. Esos últimos momentos de paz antes de que te metieran dentro.

Y desde luego que fue gentileza, porque lloré al escuchar el suave chapoteo de las olas.

—¿No te preguntas a qué he venido? —dijo Shan mientras el ama de llaves le abría la puerta—. ¿No sabes lo que ocurre fuera?

El ama de llaves se rio, con una risa seca, como el roce del papel sobre el suelo de un desván.

—Llevo más de treinta años aquí. He oído un montón de ruidos. Yo ya no hago caso de ninguno.

—¿Pero sabes que el emperador ha muerto? ¿Que dos de Sus hijos han muerto?

El ama de llaves se detuvo.

—¿Cuáles hijos?

—Saam y Luubu.

—¡Ah! —El ama de llaves siguió adelante. Abrió la última puerta, al final del rojo pasillo, con su llave blanca como hueso—. Pues entonces está bien.

Se oyó un chasquido en la cerradura y las puertas se abrieron con un fuerte crujido.

Antes de ver siquiera lo que había al otro lado de la puerta, Shan sufrió arcadas al sentir el hedor. El ama de llaves volvió a chasquear la lengua, tomó el rostro de la muchacha entre dos manos sorprendentemente fuertes y le frotó con el pulgar una potente pasta de sales aromáticas bajo la nariz.

—Ya está.

Sostuvo en alto la cara de Shan y le miró a los ojos con una expresión que casi era de amor. Shan se apoyó en el brazo del ama de llaves y se puso en pie con dificultad, con las piernas como de gelatina. Cada uno de los instintos reactivos de su cuerpo le exigía que se alejara de aquella sala.

La entrada de Rocalegre era sencilla y sin adornos.

Cuatro paredes empapeladas con papel blanco terminaban en agradables vigas de madera negra.

No había muebles, ni adornos. La sala estaba vacía, salvo por el agujero en su centro.

El agujero era un círculo perfecto, lo bastante ancho como para dejar pasar una roca, y era de ese agujero de donde brotaba el olor.

El olor a vísceras, a sangre, y a mierda, rancia y antigua.

Un olor que trazaba formas en el aire a través de las que había que pasar por fuerza; eso fue lo que hizo Shan mientras seguía al ama de llaves hasta el borde del agujero.

—A la mayoría de los blasfemos los dejaban caer —explicó el ama de llaves, sin mucha emoción. Señaló a la escalerilla de cuerda enrollada que colgaba de un gancho en la pared—. Pero para todos los demás, para los buenos, está eso.

Con ayuda del ama de llaves, Shan desenrolló la escalerilla de cuerda, sujetó uno de sus extremos a un gancho que estaba en el suelo y la arrojó al agujero.

La escalerilla desapareció en la oscuridad, pero no tardaron en oír como el nudo del otro extremo golpeaba el suelo, lo que dio a entender que aquello era mucho menos profundo de lo que Shan había imaginado.

No podía ser profundo. Había que evitar que se rompiera nada importante.

Al fin y al cabo, el demonio tenía que poder perseguir algo.

—Fuera hay dos guerreros —observó Shan—. Puede que hayan muerto, pero, si aún vivieran y vinieran en mi busca, ¿podrías decirles a dónde he ido?

El ama de llaves la escudriñó con la mirada. Y aunque Shan no creyera del todo a la mujer cuando asintió y dijo que sí, le dio las gracias de todos modos, y contuvo la respiración mientras miraba dentro del agujero.

—He oído historias —dijo con voz débil y aflautada. Al sentarse en el borde del agujero y apoyar el pie en el primer escalón, las piernas le empezaron a temblar—. Historias de que el Tercer Terror no mataba a todos los que arrojaban al agujero. A veces los mantenía con vida. A veces, durante años.

El ama de llaves la miró con ojos vidriosos. No confirmó ni negó lo que acababa de decir.

Shan miró hacia dentro del agujero por última vez.

—Hará unos catorce años metieron ahí a un hombre llamado Radle Araya —dijo—. ¿Tú lo recuerdas?

—Los recuerdo a todos —respondió el ama de llaves—. Visto lo visto, era un hombre gentil. —Sonrió—. Fue uno de los pocos a los que permití usar la escalerilla.

Shan no alcanzaba ya a ver a la mujer. Todo su cuerpo estaba en la escalerilla. Más abajo se abría el abismo. Parecía que tirara de sus pies. Cerró los ojos y presionó con la frente contra la fría piedra del borde.

—¿Tú crees que es posible? —preguntó—. ¿Es posible que el hombre que busco siga con vida?

A lo que el ama de llaves respondió:

—He conocido toda mi vida al hombre que tú llamas Tercer Terror. He visto de lo que es capaz. Y en ocasiones, a mí misma me resulta difícil predecir sus acciones.

Una pequeña sombra pasó a toda velocidad por el paseo ensangrentado,

sin que la vieran los combatientes que danzaban entre las columnas, cuyas armas salpicaban sangre sobre los escalones de mármol.

La vida se escapaba por la herida que Keema tenía en el abdomen.

Tuvo que sacudir la cabeza para volver a concentrarse, porque una vez más un Alce Purpúreo le venía por un lado con una espada asesina.

Oyó que Jun gruñía en algún lugar del paseo, pero los arbustos de coral le impedían verlo.

Pensé, para que él lo oyera, que no podríamos luchar con tantos hombres a la vez.

Y él, por su parte, pensó para mí: lo sé.

Una amargura se abatió sobre él, porque en aquel momento el fracaso le parecía inevitable.

Hundió la espada en un cráneo. Y mientras trataba de arrancarla, algo lo golpeó en el costado y lo derribó al suelo...

el dolor de la herida que le había abierto el pincho le recorría todo el cuerpo.

Apenas lograba llenar los pulmones de aire.

Se quedó echado de espaldas y la visión se le empañó.

Entrecerró los ojos ante el hombre de túnica purpúrea y rostro velludo que sostenía una maza en alto con el brazo.

Y Keema, en los extraños hervores de su cerebro, se imaginó lo que sentiría cuando el plano de la maza le golpease la cara.

Pensó en Vogo Sugo, ni más ni menos. En la destrucción del cráneo.

En su esencia que se hundiría en la tierra hasta volver a salir en el País Inverso.