La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) DÍA QUINTO. en el que ofrecemos nuestra mejor danza #8
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DÍA QUINTO. en el que ofrecemos nuestra mejor danza #8

Jun se aferraba al brazo de una estatua y rezaba al cielo, mientras que Keema estaba a horcajadas sobre el toldo curvo, con los ojos cerrados y los oídos atentos a las voces inaudibles que se alzaban desde el torrente de cuerpos de más abajo.

Tenía frío, tanto frío, me salía de dentro del cuerpo, y tenía tanto frío...

AL DIABLO CON TODO, ya lo tenía, casi lo tenía, pero no vi el cuchillo, salió tan rápido de entre sus ropas, me lo clavó en el costado, y tuve muy claro que había llegado el final, adiós a esta puta vida, VEN AQUÍ, le chillé, ESTOY A PUNTO, pero no estaba a punto...

Tratábamos de retirarnos, pero las flechas seguían cayendo sobre nosotros, Therin, él, él, se veía en sus ojos, como una flor, y me sonrió como si de nuevo estuviéramos en el catre, abrazados el uno al otro, me sonrió como si todo hubiera estado bien...

vuelve, vuelve... maricón de la puta mierda...

sí, me tomaba mi tiempo, ¿sabéis lo bien que se siente uno cuando sale deslizándose del vientre del cabrón, como un cuchillo que se arrastra por el barro, y gime debajo de ti, mientras saca afuera como una riada todo lo que lleva dentro de sí y yo casi había terminado pero me ensució con sus sacudidas...

No, nonononono, NO... era demasiado tarde...

Un ave pasó volando sobre el tejado y vi la luz y el humo que batía con las alas y bajé el arma, porque ¿qué otra cosa vas a hacer cuando todo es tan hermoso?

Estaba cerca, un distrito más y habría llegado, iba a ser el orgullo de mi madre.

Los ojos de Keema se abrieron de pronto.

Señaló con su lanza a la penúltima revolución de la Gran Espiral.

—¡Allí!

La joven no los vio venir.

Shan corría por entre las bellas torres de alga congelada y los edificios compuestos de coral cerebro, azules como jerín recién rociado, y los crustáceos ahuecados de tamaño ancestral, los objetos que los antiguos emperadores habían sacado del mar para componer sus palacios de verano, cuando los dos jóvenes se estrellaron contra el suelo enfrente de ella.

Una lanza rebotó por tierra. Un saco cayó al lado de sus cuerpos despatarrados. La joven miró al cielo en busca de una explicación, mientras los dos jóvenes gimoteaban.

Uno era Pavo Real Rojo. Al ver el tatuaje en su rostro, la asaltó una repentina y violenta imagen de su madre atravesada por el Príncipe Rojo Sangre.

Cargó contra ellos con la espada desenvainada.

El Pavo Real sintió que se acercaba y se incorporó de un salto.

Levantó ambas manos, desarmado, y entonces agarró el saco que estaba en el suelo y lo usó para cubrirse el pecho.

El otro hombre se interpuso entre ellos.

Sostuvo la lanza con un solo brazo, con fuerza suficiente para atravesar a cinco.

—¡Shan! —gritó—. ¡Espera!

La espada estuvo a punto de escapar de las manos de la muchacha.

Sus pies resbalaron sobre los guijarros del suelo, las sandalias se le quemaron con la fricción.

El joven la miró como si hubieran sido viejos amigos que llevaran mucho tiempo sin verse.

Shan se aseguró de tener la espada bien empuñada.

—¿Cómo sabes mi nombre? —preguntó—. ¿Quién eres?

El joven no dijo nada, porque sabía que sus palabras no harían justicia a lo que simplemente podía enseñar.

Le mostró el arma que llevaba. La lanza, tallada en madera de korga y minerita.

Su punta brillante, como un guiño dirigido a Shan.

Y mientras el muchacho le ofrecía la lanza, todos los sonidos de la ciudad, las voces de los moribundos, los gritos roncos, el chaparrón de la retirada, todo pareció desvanecerse, hasta que tan solo quedó su aliento y el susurro con que los dedos de Shan tocaron aquel objeto, que la muchacha conocía únicamente por las historias de su madre.

—¿Quién eres? —preguntó sin apenas voz.

—Keema —respondió él—. De...

Calló.

Lo que venía después no era su verdadera historia.

—Trabajé para ella —dijo—. En la Puerta del Tigre.

Shan se llevó la lanza a la mejilla. No sabía por qué. Simplemente le pareció que era eso lo que tenía que hacer. La madera acanalada era cálida y compacta. Era real.

—Lo siento —añadió Keema, porque para entonces ya sabía que aquella muchacha era la hija de Uhi—. Ella... era... —Una vez más, las palabras se le deshacían en los dedos.

Dile unas palabras gentiles.

—Esto es para ti.

A la Muchacha de los Induun le tembló la boca, y empezó a llorar a lágrima viva. Shan respiró hondo.

—Viene una ola —explicó Keema—. Amenaza con llevarse por delante todo este país. Trataremos de detenerla, pero puede que engulla esta ciudad. Márchate, antes de que sea demasiado tarde.

Shan se enjugó los ojos. Su día aún no había terminado.

—No, mientras no llegue a Rocalegre.

—Por tu padre... —repuso Keema.

El asombro se pintó en los ojos de Shan, porque no entendía cómo podía saberlo. La muchacha asintió.

—Puede que no regreses de esta —observó Jun.

—Eso ya estaba claro desde el principio, Pavo Real —replicó Shan con voz emponzoñada.

Añadió para Keema—: Tú has venido hasta muy lejos para entregarme esta arma.

Te lo agradezco. De verdad. Pero yo misma he llegado demasiado lejos como para detenerme aquí.

—Contempló la lanza con renovado empeño—.

Tengo que tratar de liberarlo. Aun cuando haya... tengo que intentarlo.

—Está bien —respondió Keema. No se lo iba a discutir—. Entonces iremos contigo. Igual que tú, nosotros también tenemos algo por hacer en Rocalegre.

—¿Qué es lo que podéis hacer en ese lugar maldito? —preguntó Shan, mientras se ponían en marcha—. ¿También queréis liberar a alguien?

En cierto sentido, sí.

—Queremos matar al Terror.

MEDIODÍA

En el cenit de la Ciudad Divina reinaba el silencio.

En lo alto del caparazón de la bestia marina, dentro de las entrañas de la Residencia de Verano, trabajaba el ama de llaves, indiferente a las explosiones y a los gritos.

Ya había oído todo eso y mucho más durante el tiempo que llevaba al servicio del Trono.

Para mí todo aquello ya era tan solo ruido.

Continuó con la limpieza de los muchos suelos de aquella gran mansión, que se hallaba en el punto más elevado de la ciudad, sin prestar atención a lo que ella llamaba «el Alboroto», esto es, todos los asuntos que no tuvieran nada que ver con ella, el edificio y el lugar donde se alzaba.

La menuda mujer recorría los imponentes pasillos, desiertos de gente y de vida.

Era pequeña y tenía el cabello canoso, pero nunca me habían importado las canas.

No hacían más que darme un aspecto más distinguido.

Procedía de manera meticulosa, sin vacilaciones.

Conocía los susurros de cada una de las linternas que alumbraban los oscuros pasillos de la Residencia de Verano, el sonido de todas las pisadas.

Con una facilidad que era fruto de la práctica, limpiaba las columnas de coral y los marcos de las puertas que antaño habían sido las fauces de gigantescas criaturas marinas territoriales, y desempolvaba las lujosas alfombras que se alargaban varios metros por pasillos interminables, alfombras que limpiaba ella sola durante los largos días en los que nadie más se ocupaba del majestuoso edificio.

Sus pasos resonaban, pero no cesaban, el trabajo continuaba mientras fuera la ciudad se venía abajo.

Dejó sus productos de limpieza y se decidió a mirar por la ventana, tan solo por mirar. Contempló la ciudad desde los altos ventanales del segundo piso. Sus ojos bizquearon bajo la intensa luz.

Se le escapó una breve risilla al ver a los tres guerreros que se acercaban.

—Que tengáis mucha suerte —susurró.

El paseo se abría frente a ellos.

Era el único lugar que no se había visto afectado por los combates.

Un anfiteatro de piedra blanca y pasmosos arbustos y árboles de coral, y estatuas ornamentadas, obra de los escultores más expertos.

Ocho emperadores, tan altos como las mismas puertas, se erguían en círculo y presidían sobre los siglos, cada uno más fornido, más poderoso que el anterior.

Por orden de Su Sonriente Sol, tuvimos que esculpir su estatua más alta que las demás.

Mientras los tres pasaban bajo la mirada de aquellos emperadores de ojos muertos, Keema sintió un hormigueo en la nuca, como si alguien los observara.

Se aferró a la espada que Shan le había dado a cambio de la lanza.

Había sido un gesto amable y Keema se lo agradecía, sin embargo echaba de menos aquella vieja arma; se sentía extrañamente expuesto, como si se hubiera despojado de sus ropas.

Trató de concentrarse para que no lo abrumara la belleza de aquel paseo, que no se parecía a ningún otro que hubiera visto, ni las impresionantes vistas del horizonte costero que atravesaba el espacio entre los imponentes edificios, ni el lecho marino desnudo, que le traía a la memoria el poco tiempo que les quedaba.

Las gaviotas graznaban en lo alto. Mientras subían los cien escalones que conducían a la magnífica Residencia de Verano, el balbuceo de una fuente anunció su llegada.

Arriba, en el segundo piso que tan lejos les quedaba, vio movimiento en la cortina de una ventana, como si alguien hubiera desaparecido tras ella.

Había alguien en la casa.

—¡Keema! ¡A tus espaldas!

Un pincho atado a una cuerda surcó el aire.

Nosotros, los últimos de la guardia de honor del Alce Purpúreo, las Púas del Asta, defenderíamos el hogar de Aquel a Quien Juramos Proteger.