DÍA QUINTO. en el que ofrecemos nuestra mejor danza #7
Se detuvo justo antes de entrar en la tienda.
Su asistente volvió los ojos hacia él, preocupado.
Y Djove tensó la mandíbula, y aspiró aquel aire atribulado, y entró.
La solapa se cerró tras él. Y allí estaban sentados en la larga mesa, los cuatro: sus rivales, sus enemigos, sus amigos más íntimos.
El señor Waag aún sonreía, aunque bastante más borracho, mientras seguía disfrutando del éxito de sus explosivos.
El señor Maada y su esposa, Zusa, se mantenían apartados en el otro extremo de la mesa, porque a ninguno de los dos les gustaban las bravuconadas de Waag ni la teatralidad de Yinn.
Ninguno advirtió la entrada de Djove, salvo la señora Panjet, quien se fijó en su extraño aire abatido.
—¿Qué ha ocurrido, señor Induun? —preguntó.
Pero antes de que Induun pudiera responder, el señor Yinn, que jamás había sido hombre con sentido de la oportunidad, le interrumpió con una risita sorprendida.
—¡Parece que has venido con un visitante, señor mío!
Una pequeña ave había entrado volando en la tienda después de él.
Un ave de un insólito color púrpura regio.
Los criados que se alineaban en los costados de la tienda emprendieron una frenética persecución, porque trataron de capturar al ave y sacarla de allí.
Y mientras los otros señores, entusiasmados con los éxitos del día, se reían y bromeaban sobre el inesperado huésped, Djove contempló el ave, el llamativo tono de su plumaje, y de pronto, sin más, toda la pesadez que sentía se esfumó.
Sus fracasos y sus victorias, y todos los amores y odios de su vida.
Se marcharon hacia lo alto, a través del techo de la tienda, y desaparecieron en el cielo.
Porque Djove sabía que aquella ave no era una simple ave.
La reconoció antes que ningún otro... ya antes de que volara hasta la esquina de la tienda y saliera de detrás del biombo, transformada en algo que ya no era ave, que tenía una silueta con un hocico largo y muchos dientes.
Pero Djove Induun no necesitaba indicios tan claros.
Tan solo con ver aquellas plumas purpúreas, había sabido la verdad, en la fosa más vil que albergaba dentro de su propio ser, donde la verdad se daba a conocer al instinto, y tan solo al instinto.
—¿Qué demonios es eso? —gritó el señor Yinn, que se irguió torpemente de su asiento.
El ojo de luna llena de la criatura los contempló a todos ellos, y luego abrió la mandíbula.
Djove sonrió, elegante en su derrota.
Y di la bienvenida a la muerte.
«Así empezó la carrera hacia el centro.»
Tu granjo despliega un plano sobre la mesa. Una visión a escala de las afueras y de la propia ciudad.
—Entre los dos guerreros y la Residencia de Verano del Terror se extendía un tumultuoso campo de batalla, una muralla impenetrable y una ciudad entera. Más de cuatrocientos guerreros peleaban por las calles y en el campo que se extendía más allá.
—La puerta se atragantaba de muerte —te cuenta tu lola—. No había manera de atravesar el humo ni las espadas que se cernían sobre él.
Tu padre está de pie al lado de la ventana.
Las sombras de sus hijos se sientan a su alrededor y le ponen las manos sobre sus hombros abatidos.
—Tú mismo puedes oírlo —le dice, con el oído pegado al aire.
Los gritos.
El vendedor de bagatelas oprime la frente contra el polvo, mientras los guerreros luchan con furia a su alrededor.
Conoce los estandartes; ha vendido sus tablillas pornográficas a casi todos ellos en un momento u otro.
Garra de Gallo. Los Dragones Negros. Tempestad.
Las Serpientes de Río. Los Hombres Hacha.
Mansión Quebrada. Asesinos de Dioses. Promesa de la Fortuna.
Luna de Sangre. Fin del Verano. Los Demonios de Piedra.
Se enfrentaban a las fuerzas lealistas de los Alces Purpúreos y los Monos Plateados, mientras las gentes que se interponían entre unos y otros chillaban y huían.
Entre miembros amputados y chorros de sangre, el vendedor logró llegar al carro, con la respiración entrecortada.
Busqué con desesperación al cochero. Tan solo quería volver a ver a aquel gandul.
Tan solo quería asegurarme de que todavía respirara.
La mitad de un cuerpo humano cayó a su lado, sobre el polvo, y el vendedor gimoteó.
Un contingente de soldados lealistas emergió de la puerta meridional.
Aquellos soldados hicieron frente en el campo a los guerreros contratados por las Familias.
Los hombres y mujeres de las Serpientes de Río cantaban entre los torrentes de sangre que ellos mismos derramaban sobre los campos.
La lucha, por su propio ímpetu natural, se cerró sobre las multitudes a las que hasta entonces había circundado.
La muchedumbre se abalanzó hacia la puerta principal.
Las gentes caían bajo la avalancha, aplastadas.
No podía respirar. Tenía pies sobre el pecho, sobre el cuello.
Los puños golpeaban el rastrillo de la puerta.
Gritamos para que nos dejaran entrar. Gritamos hasta que no pudimos gritar más.
Los guardias de honor, que se habían apostado fuera para recibir a un emperador que no llegaría, formaron en línea entre las bandas libres y los civiles, en un intento por mantener la paz.
¡Nos habían dicho que nos quedáramos atrás, pero no teníamos armas!
¡Pensaron que éramos soldados! Los masacraron.
La guardia de honor gritó a las bandas libres que pararan de luchar, que se retiraran, pero las órdenes que daban, al no estar respaldadas por ningún poder visible, caían lastimosamente en el vacío, hasta que un miembro de la Promesa de la Fortuna se acercó a ellos y dejó caer su martillo sobre la cabeza de un hombre tembloroso.
Saltaron trozos de cráneo por los aires.
Al instante, el hombre de la Promesa de la Fortuna perdió contacto con el suelo.
La guardia de honor lo ensartó con un gran número de puntas de lanza.
El olor a hierro de la sangre se mezcló con el hedor de la piel y de la mierda.
El miedo ascendía desde aquel lugar como una niebla tóxica.
El vendedor de bagatelas seguía los acontecimientos desde la cárcel de sus dedos, con un niño desconocido acurrucado a su lado.
Todo él temblaba, y toda su obstinada historia se desprendió de sus hombros temblorosos a medida que se iba familiarizando con la delgada línea que separa la respiración de la absoluta quietud.
Fue entonces, cuando había caído en el miedo más abyecto, cuando vi a los dos guerreros que corrían hacia la refriega.
Y con ojos desorbitados los vi acercarse a la gran muralla de la Ciudad Divina y presencié cómo obraban su segundo milagro.
Tu granjo hace un cálculo con la mano.
Mueve la mano de un lado para otro y luego la detiene a la altura de la cabeza.
—Tan alto como un puesto de control, algo más alto.
Se encogió de hombros.
—Un humano no habría podido escalarlo.
Saltaron.
El vendedor, escondido bajo su propio carro, los vio: dos cuerpos que salían disparados por los aires, como si los hubiera arrojado una catapulta.
La lanza estuvo a punto de escapar de la mano del hombre de mala fortuna, mientras subía hasta arriba y pasaba al otro lado.
Dos arqueros que se hallaban en la muralla contemplaron boquiabiertos el arco que trazaban con sus cuerpos, como pájaros que hubieran escapado de una jaula cerrada.
Ni siquiera se les ocurrió tirar contra ellos.
Ni tan solo ellos habrían querido echar a perder aquel instante.
Y Keema y Jun desaparecieron en silencio al otro lado de la alta muralla, y el vendedor elevó una plegaria con todo su corazón, y entonces el cuerno de los cerros del noroeste dio su estentórea señal.
BOOOOOOOOOOOOOOOOOO.
La señal resonó sobre la abarrotada ciudad, proveniente de los cerros del oeste, donde el campamento de las Familias llamaba a retirada.
Todos los Hombres de las Familias, todos los jinetes de las bandas libres, se detuvieron donde estaban.
Nuestros líderes habían muerto, y de acuerdo con la última orden de Djove teníamos que regresar con nuestros guerreros.
Los Hombres de las Familias fueron los primeros en abandonar la escaramuza, pues eran los más leales y los mejor dispuestos a seguir las órdenes de sus señores; los de las bandas libres eran más reacios a dejar de luchar, su sed de sangre estaba en su momento álgido, y entonces los Monos Plateados surgieron de las sombras y les cortaron la retirada.
Un cuchillo rebotó sobre la espada que Shan empuñaba. Se encontraba en la entrada del penúltimo distrito. Casi había llegado a la cima.
—¡Primera Protectora! —clamó uno de los hombres de Shan, mientras el aullido de barítono del cuerno de retirada quebraba el aire—. ¡Debemos retroceder!
Pero estaba demasiado cerca.
Durante años, había aguardado aquel momento.
Toda una vida.
—Yo sigo adelante —respondió a los seis guerreros ensangrentados que le quedaban—. Los que quieran ir conmigo, que vayan conmigo. Los que quieran regresar, que vuelvan al campamento y les digan que Shan Araya cumple sus promesas.
Los seis guerreros se miraron unos a otros.
Aquel día, como mínimo, se ganó nuestro respeto.
Se inclinaron frente a Shan y se marcharon, y a ella le quedaron energías suficientes para reírse antes de reanudar su camino hacia el centro de este mundo.
Desde la azotea de un palacio de justicia, presenciaron la retirada.