La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) DÍA QUINTO. en el que ofrecemos nuestra mejor danza #6
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DÍA QUINTO. en el que ofrecemos nuestra mejor danza #6

Los Hombres de las Familias, armados, dividieron la tienda en dos mitades: Djove, bien protegido en uno de los extremos, y los dos jóvenes demonios, flanqueados por lanzas y espadas, en el otro.

En un primer momento, Djove se maravilló de que sus hombres se asustaran.

Aquellos cautivos estaban polvorientos, con la ropa hecha trizas tras algún combate encarnizado, con semblante demacrado y lleno de fatiga.

Le recordaban a los pilluelos que venían a mendigar por los caminos que recorrían las propiedades de la Familia.

Creyó reconocer a uno, el más bajo de los dos, que tenía el tatuaje del Pavo Real Rojo marcado sobre su rostro anguloso.

En cuanto al otro, Djove lo vio como una criatura heteróclita, un muchacho que más bien parecía una daga de hueso desenterrada de debajo de un peñasco antiguo y olvidado.

Tomó nota de que le faltaba el brazo izquierdo y por un instante temió compartir la tienda con un leproso, pero el temor se desvaneció cuando vio la lanza que sostenía el muchacho. Tragó saliva con dificultad.

Una vez al año visitaba a Araya en su puesto de control.

Tomaban juntos una infusión y sostenían una conversación educada, aunque tensa, sobre el tiempo transcurrido desde el último encuentro.

Djove no hacía ningún comentario sobre el mal estado de la fortaleza, ni sobre las generosas cantidades de vino que se servía la comandante.

Pero en cada una de sus visitas le preguntaba si quería recuperar el nombre de la familia, y en cada una de las visitas ella se negaba con toda amabilidad.

La disputa estallaba tan solo cuando Djove se fijaba en la condenada lanza que aún colgaba en la pared del dormitorio de la mujer.

—¿No te ha bastado con que tu comportamiento casi nos llevara a la ruina? —preguntaba Djove—. ¿También tienes que exhibir tu falta ante todos tus invitados? ¿Esa parodia de amor?

—Es todo lo que tengo de él —respondía Araya. Y añadía, con desprecio—: ¿Y qué sabes tú sobre el amor?

Al ver la lanza en la mano de aquella criatura manca, recordó todas las triviales peleas entre ambos. Todas las maneras en que le parecía que se habían fallado entre sí.

Esa chica estúpida...

—¿Quién eres? —preguntó tan bajo que casi no se le oyó.

—Yo soy Keema de la tribu Daware —respondió el joven—. Serví a las órdenes de la comandante Uhi Araya hasta el ataque de la brigada del Primer Terror, que andaba en busca de la emperatriz fugitiva. Araya me dio esta lanza antes de morir y me encargó que la entregara a una soldado llamada Shan.

Djove encajó la noticia.

Les creí.

—¿Cómo murió mi hija?

Por la manera como el joven se desencajó, se hizo evidente que este no sabía que Araya era familiar de Djove.

—De la manera en que todo el mundo querría morir —respondió—. Con bravura.

Por un momento que se hizo eterno, Djove se quedó inmóvil. Se había transformado en una tormenta lejana y silenciosa. Sus guardias le miraron. Le preguntaron si estaba bien.

—Había tenido noticia de la huida de la emperatriz —dijo por fin—. Me imagino que vosotros seréis los dos guardias que conducían Su caravana.

—Sí, así es —respondió el hombre de Daware.

—¿Dónde está Ella? —preguntó.

—Ha muerto —contestó Jun.

—Ha muerto... —Djove lo repitió con toda la credulidad de la que disponía—. La Eterna Madre de Emperadores, la Luna Encarnada, la Señora de la Noche, ha muerto.

—Consumió todas las energías que le quedaban para matar al Primer y al Segundo Terrores.

Esto era nuevo para Djove.

—¿Y Su cuerpo?

—La devoramos, porque Ella misma lo había pedido.

La hilera de guardias dio un paso atrás.

Una de sus espadas temblaba. Djove, cuyo cuerpo no expresaba jamás miedo ni angustia, sintió que las palmas de ambas manos se le habían puesto pegajosas.

Keema avanzó. Les miré a todos ellos y les dije, con estos mismos pensamientos, que era cierto.

A medida que mi voz penetraba en sus mentes, les presenté la prueba de que nos habíamos adueñado de Su Don, mientras Jun hacía que los postes de la tienda temblaran y las esteras de paja se elevaran del suelo.

Fue puro espectáculo, como el que había hecho la emperatriz ante el almirantazgo.

Los guardias, todos hombres de fe, cayeron rendidos ante ellos y besaron el polvo.

Djove miraba con ojos desorbitados, pero se mantuvo en pie.

Pero oímos ese pensamiento y no nos importó quién se inclinaba ni quién se mantenía erguido.

Les contamos que la ola se acercaba y que habíamos ido hasta allí para detenerla, si bien antes acabaríamos con el Tercer Terror.

Que, si tenían en estima su propio aliento, reagruparían sus fuerzas y escaparían hacia el oeste, porque no sabíamos hasta dónde llegaría la ola antes de que pudiéramos detener su avance, y que queríamos que el número de personas aplastadas bajo su peso fuera lo más pequeño posible.

Ni siquiera el propio Djove podía negarse a escuchar esas palabras, porque traspasaban sus oídos dañados y penetraban en el mismísimo templo de sus pensamientos.

Que alguien osara entrar en aquel lugar, en su yo más íntimo, era una transgresión que no podía dejar pasar sin castigo.

Llegó a tener en la punta de la lengua una orden para que sus guardias dieran muerte a aquellos cachorros.

Pero oímos su pensamiento y le dijimos que no le recomendábamos aquel curso de acción.

Djove Induun se mordió la lengua, porque no confiaba en su propia capacidad de contenerse. Se le hinchó una vena de la frente. En el momento de inclinarse ante ellos, parecía que le palpitara a fuerza de disgusto, de frustración.

Ni Keema ni Jun lo habían esperado.

—Os doy las gracias —dijo Djove entre dientes prietos— por vuestra paciencia.

Por no masacrarnos, porque me imagino que ahora no os costaría mucho.

Pero si lo que decís es cierto, si una ola se acerca para arrasar este país, entonces no puedo deciros que valore mucho vuestra capacidad de priorización.

Se puso en pie de nuevo. Pasó frente a la fila de guardias hasta el extremo de la tienda donde estaban los dos muchachos. No parecía que su furia se hubiera apaciguado.

No me gustaba perder.

—Mi señor... —musitó uno de los guardias.

—Si Shan vive todavía —explicó—, en estos mismos momentos debe de estar atravesando la ciudad.

Se dirige a la Residencia de Verano que hay en lo alto del cerro...

a Rocalegre. Le dimos las gracias. Y le dijimos que, si quería vivir, tendría que tocar a retirada sin esperar más.

Nos miró con rabia. Me reuniré con las otras Familias —dijo con voz pausada—.

Pero creo que Shan no regresaría aunque hiciéramos sonar el cuerno.

Está convencida de que su padre sigue vivo en Rocalegre y temo que prefiera morir antes que cejar en el intento de liberarlo.

—Se inclinó de nuevo ante ellos—. Por favor.

Encontradla. —Tragó saliva—. Mandadla de vuelta conmigo.

Dentro de la ciudad amurallada, Shan suspiró.

Se sacudió la sangre de la espada, mientras el hombre decapitado rodaba por la pendiente.

—¡Conmigo! —gritó, y Shan y su partida se lanzaron a la carrera por la Gran Espiral que recorría la ciudad.

Atravesaron distritos poblados por aristócratas que se acurrucaban detrás de puertas cerradas a cal y canto, y regimientos imperiales que venían por los callejones, por detrás, hasta por los balcones y tejados.

Los hombres iban en círculo en torno a la joven.

—¡Escudos en alto! —gritó Shan.

Alzaron sus escudos de madera en una formación de tortuga que interceptaba las flechas en pleno vuelo.

Afiladas puntas de piedra se clavaban en la madera cual enjambre de aguijones de abeja.

Toda duda que hubiéramos tenido antes de seguir a la Muchacha de los Induun al combate se desvaneció cuando pasó entre los soldados como un cuchillo que corta tela barata.

Shan, por su parte, sentía pavor, pero los mejores le habían enseñado a ocultar toda emoción que pudiera interponerse en su camino e impedirle conseguir lo que quisiera, y lo que ella quería era su padre.

Una flecha le hizo un corte en el brazo. La joven le echó un rápido vistazo y luego avanzó a la carga pegando gritos. La sangre salpicaba los costados de los edificios de adobe. Chapoteaba en el camino empedrado.

Le resbalaba por la mejilla, húmeda y cálida.

Los demonios se habían marchado.

Djove miró mientras se alejaban a toda velocidad por los campos, hacia los fuegos de la batalla.

—Mi señor —le dijo su asistente con prevención—... ¿qué querrías que hiciéramos?

Me habría gustado que me hubieran devuelto mi certidumbre.

—¿Dónde están los otros señores? —preguntó.

—En la tienda de descanso, almorzando.

—Quiero que, una vez que haya hablado con ellos, toques retirada.

Esta última palabra fue como bilis en su lengua.

Cerró los ojos. Estaba a punto de hacer algo a lo que se había resistido durante toda su vida: rendirse.

Sabía que a partir de aquel momento los jefes de las otras Familias no le iban a mirar con los mismos ojos.

Sabía que, a efectos prácticos, estaba renunciando a su poder.

Qué extraño final.

Su séquito lo escoltó hasta una zona segura, en el claro, protegido por un círculo de sus mejores guerreros.

Anduvo pesadamente hasta la entrada de la tienda.

Desde muchos puntos de vista, se sentía como un niño al que llevan a sufrir un castigo.

Retirada. A no dudarlo, el señor Maada trataría de arrebatarle su posición después de aquello.

O si no, los Panjet-Waag. De momento le dirían que la retirada era el mejor curso de acción. Y luego irían por su proverbial cabeza.

Pero entonces pensó en la lanza.

Pensó en Araya, pisoteada contra el polvo.

Pensó en Shan, abatida por una espada.

¿Qué sabes tú sobre el amor?