La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) DÍA QUINTO. en el que ofrecemos nuestra mejor danza #5
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DÍA QUINTO. en el que ofrecemos nuestra mejor danza #5

Mientras el cochero meditaba sobre la futilidad de servir a un señor implacable, otro cliente descontento había ahuyentado al vendedor de bagatelas.

Este regresó al carro con los hombros hundidos, con ganas de desfogarse con el cochero por lo difícil que era vender sus mercancías a lerdos e idiotas, y al ver que el carro estaba vacío pasó por un breve instante de reflexión, pues a la vista de todas las calamidades que había sufrido en su vida, se preguntó si él mismo podía tener alguna culpa.

No fue un día feliz. Se decidió por regresar a la puerta y ver si había salido alguna noticia de dentro.

Los caballos, que no estaban acostumbrados a que fuera él quien llevaba las riendas, no se pusieron en marcha hasta después de que hiciera grandes esfuerzos.

Pegaron sacudidas a izquierda, a derecha, y se encabritaron, con tal de esquivar sus furiosos golpes.

Pero todo fue en vano... cuando llegó, la puerta seguía igual, y la cola de carros se había alargado todavía más.

Se dio cuenta de que, en uno de los carros de la puerta, cubierto por completo con gruesos pliegues de lona, no había ningún comerciante ni cochero.

Imaginé que al cabo de una semana como aquella alguno de nosotros sencillamente se habría dado por vencido.

Se habría marchado en busca de una vida más fácil.

Al ver el carro donde no iba nadie, yo mismo sentí la tentación de marcharme.

Esa era la situación en el trecho que ocupaban los peregrinos cuando el día empezó de verdad.

—Por los cinco cielos, ¿qué es eso?

El grito resonó en medio de la multitud. El grito de la mujer y el dedo con el que señalaba hicieron que la muchedumbre se volviera hacia el oeste, hacia el horizonte delineado por los cerros y la luz que se abría paso entre las nubes amontonadas.

Una línea negra había cobrado forma sobre las crestas de los cerros.

La distancia era tan grande que los detalles se volvían borrosos e indistintos.

El vendedor de bagatelas pensó que parecía un sedimento duro y compacto, como los que se acumulaban en el fondo de su carro si descuidaba la limpieza.

Pero aquel sedimento parecía de un tipo más peligroso que los que estaba habituado a raspar.

Con manos temblorosas agarró un viejo catalejo de su arcón de mercancías y vio lo que era la línea negra: un ejército con cientos de soldados, que enarbolaba los estandartes de las Cinco Familias y de las bandas libres que luchaban por ellas.

Y lo único que se me ocurrió era que había sido un desperdicio viajar hasta allí por nada.

Entonces, una formación de jinetes se separó la línea principal haciendo ondear los colores de la casa Induun, y el vendedor de bagatelas empezó a sudar, y vio con el catalejo que la mujer que iba a la cabeza de la formación levantaba la mano y capturaba la luz del alba con una pieza de cristal.

Era una señal. Estaba mandando un mensaje.

El vendedor lo sabía, pero no sabía qué significaba la señal, ni a quién se dirigía.

—¿Es el emperador? ¿Ha llegado por fin? —preguntó alguien que estaba allí cerca.

El vendedor de bagatelas bajó el catalejo. Tenía práctica en huir de situaciones difíciles. Sabía cuándo tenía que escapar de la pelea, y cuándo prepararse para los puñetazos. Se volvió hacia la mujer, con la boca seca.

Quería decirle que había llegado el momento de esconderse, pero se había equivocado al juzgar la dirección por la que vendría el peligro, porque al cabo de un momento estaba echado en el suelo y le zumbaban los oídos, y llovían trozos de madera y piedra sobre él y sobre todos los demás que habían caído por tierra junto con él.

Le sangraban los oídos. Las gentes chillaban, pero él no las oía.

Mi esposo... estaba de pie a mi lado... ¿alguien lo ha visto?

Era como si la misma fuerza que lo había arrojado al suelo también lo hubiera sumergido bajo el agua.

Y mientras las costuras del mundo se deshacían, el vendedor de bagatelas halló dentro de sí una reserva de sentimiento por lo sagrado, y mientras se tambaleaba como drogado y buscaba a su cochero en medio del humo y el desorden, surgió una plegaria de entre las hebras de su mente deshilachada, sin que él se lo hubiera propuesto...

pidió salvación, de parte de cualquiera que pudiese escuchar.

MAÑANA

Las puertas de la Ciudad Divina se hundieron hacia dentro.

Desde los cerros circundantes donde los señores observaban la carnicería, aquello no pareció tanto una explosión como una súbita bocanada de humo negro, y cuando la gran losa de piedra se vino abajo sin más ceremonia, no oyeron más que una sucesión de impactos lejanos.

Djove no oyó nada de nada. Su atención estaba puesta en las fuerzas de primera línea que cargaban a caballo contra la muralla donde se había producido la brecha...

y se abrían paso entre la multitud de peregrinos que huían y chillaban.

Aquello había empezado. Hubo felicitaciones para el señor Waag, que había supervisado la preparación de los explosivos, hechos con materiales extraídos de sus canteras, y el señor Waag les sonrió, radiante, y dijo a los demás que estaba orgulloso de que su trabajo sirviera a aquel fin superior.

Los señores se retiraron a las tiendas militares plantadas detrás de los cerros, mientras Djove se detenía un instante y observaba por el catalejo como el primero de sus guerreros desaparecía entre el humo y los escombros de la muralla.

Se dio la vuelta.

De camino a la tienda principal, se cruzó con un joven guerrero que venía jadeando.

—¡Demonios, señor mío! —exclamó el guerrero—. ¡Hay demonios que desean hablar con Shan!

Aguardaban en una tienda oscura.

La unidad de reserva que los había capturado estaba en el exterior de la tienda de detención, en silencio.

Ninguno sabía muy bien cómo expresar con palabras lo que acababan de experimentar en la encrucijada que se hallaba no muy lejos del campamento.

Estábamos de patrulla, porque queríamos asegurarnos de que el enemigo no se hubiera valido de ninguna estrategia secreta, ni hubiera refuerzos que trataran de atacarnos por la espalda, cuando aparecieron los Daidos.

Uno de los Hombres de las Familias miró al interior de la tienda.

Tan solo un instante, tocando la solapa de la lona como si quemara, temeroso de mirar mucho tiempo adentro.

Más Daidos de los que ninguno de nosotros hubiera visto en su vida.

Cientos de Daidos. En un abrir y cerrar de ojos, sin emitir sonido alguno...

aparecieron allí, de repente. Cada uno de un tamaño distinto, algunos tan grandes como un oso, otros como piedrecitas del suelo.

Las estatuas espíritu cubrían la entrada a un camino lateral que conducía quién sabe a dónde.

En cuanto advertimos que algo se acercaba, aprestamos las espadas, los arcos y las flechas.

—¿Qué es lo que hacen ahí dentro? —preguntó uno de los hombres.

—Pues están ahí, sin más —respondió otro— Están... esperando.

Contábamos con que llegara alguna criatura con muchos dientes y ojos crueles.

Contábamos con que llegara nuestra muerte repentina.

Pero lo que emergió de la puerta de los Daido fueron tan solo dos seres humanos...

o por lo menos eso fue lo que pensamos en un primer momento.

Varones, casi de nuestra edad. Uno era manco.

El otro llevaba en el rostro el tatuaje del Pavo Real Rojo.

Pero no tardamos en darnos cuenta de que no eran simples humanos.

Parecía que el aire se sacudiera sobre ellos como la sangre sobre una espada cruel.

Con armas desenvainadas, les ordenamos que nos entregaran las suyas.

Les exigimos que nos dijeran de dónde venían y qué pretendían hacer.

Y nos miraron, y luego se miraron entre sí, y aunque no hablaran, estaba claro que se comunicaban, pues al cabo de poco uno de ellos asintió brevemente, y dijo que querían hablar con la soldado llamada Shan.

Entregadnos vuestras armas, les dijimos una vez más, pero entonces... pero entonces...

Los oímos. Con la mente.

Como un susurro que surgiera de una roca.

Llevadnos con Shan.

A continuación, llegó nada menos que el señor Induun con sus guardias personales, y los soldados hicieron una reverencia, con gran alivio.

—Ten cuidado, señor mío —dijo el más valiente, tras explicar a Djove en qué situación habían hallado a ambos cautivos—. No sabemos de qué son capaces esos demonios.

Djove hizo un gesto a la unidad de reserva para que se marchara y sus guardias entraron en la tienda en fila.

Trataron de convencer a su señor de que dejara en sus manos el interrogatorio, de que correría un peligro demasiado grande si entraba, pero Djove Induun no permitió que lo disuadieran de encontrarse con los presuntos demonios que buscaban a su nieta.