La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) DÍA QUINTO. en el que ofrecemos nuestra mejor danza #4
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DÍA QUINTO. en el que ofrecemos nuestra mejor danza #4

Shan no gustaba de discutir. Prefería perder las discusiones y terminar en seguida, antes que ganarlas al cabo de una prolongada batalla, y por eso dijo:

—De acuerdo. Elijo la muerte. Siempre y cuando ambos tengamos claro lo que sucede hoy —y se dio media vuelta. Pero el hombre la detuvo.

—Espera. Todavía tengo que hacerte una pregunta, Primera Protectora.

Shan se preparó para oírla.

—Ese hombre. Ese hombre al que jamás has visto. Ese hombre que quizá haya muerto, o que, si no ha muerto, habrá enloquecido a causa de las torturas. Ese hombre que tal vez ni siquiera sea tu padre... lo arriesgas todo con tal de sacarlo sano y salvo de Rocalegre.

—Sí, mi señor Induun.

—Al menos, dime por qué.

La muchacha cerró los ojos.

—¡Qué país vamos a ser! —respondió Shan—, si nos guía un hombre que tiene que plantearse semejante pregunta.

En cuanto la muchacha hubo salido, Djove se reunió con sus generales.

Durante el tiempo en el que repasaron una vez más las tácticas de asedio, les ofreció el espectáculo de un hombre que controla su destino, impasible y firme como las montañas occidentales.

A ese gran hombre le mostramos la certidumbre de nuestra inminente victoria.

Vestía una túnica sencilla y resistente, y llevaba en el rostro, pintados con delicadeza, los colores verde y plateado de su casa.

No manifestaba en ningún sentido los turbadores pensamientos que en aquel momento regían en su interior.

Nos dijo que todos lo habíamos hecho bien, que nos deseaba buena suerte en aquel día de buenos augurios.

Por dentro, echaba humo. La manera como su nieta lo había insultado, después de que él le hubiera dado todo lo que podía necesitar en esta vida, era demasiado.

En un arranque de furor le había dicho que se marchara, que se marchara a hacer lo que quisiese, que su vida era suya.

Y en ese instante, mientras observaba a los hombres de guerra que lo rodeaban, sus expectativas para el futuro, su entusiasmo, se envenenaban con el lamento con que había terminado aquello, pues a pesar de toda la frialdad con que manejaba sus asuntos, había cosas en este mundo que amaba desde lo más hondo, y una de ellas era Shan.

Se decidió a ordenar que la llamaran, para arreglar las cosas y tal vez convencerla, con mayor gentileza —como había hecho a menudo cuando Shan era muy joven e igualmente testaruda— para que no desperdiciara su vida por aquel antojo.

Pero su mensajero, al regresar, le dijo que la muchacha se negaba a tener trato con él, y que había decidido echarse a cabalgar junto con sus hombres hacia los cerros que rodeaban la Ciudad Divina.

En el exterior de la ciudad se congregaban los peregrinos.

Los carretones tirados a mano se juntaban en mercados improvisados: tablas de madera sostenidas por ganchos y tejidos de colores deslumbrantes dispuestos en abanico para que las gentes pudieran palparlos y pasar de uno a otro.

Telas baratas, collares y anillos. Grandes ollas hervían y salpicaban.

Una pata de pollo gangrenosa sobresalía de una de ellas, hasta que un cucharón la empujó hacia el fondo del abundante guiso.

Ollas que, con la colaboración de una prudente cantidad de especias, se transformaban en faros que, con sus aromas sabrosos y florales, atraían a las multitudes que deambulaban por los mercados de tiendas con el estómago vacío.

Al crecer la aglomeración, se colocaron ollas de polvo de jerín para refrescar el aire.

Nos reímos mientras abríamos nuestras túnicas a las brasas azules.

Por algún lugar se oían gritos sobre un robo.

Una tienda de campaña en la zona oeste se había incendiado por un accidente culinario.

Pies calzados con sandalias chapoteaban en excrementos humanos.

Algunos niños deambulaban, perdidos. No los encontraron a todos.

El vendedor de bagatelas y su cochero formaban parte de los miles de personas que se agolparon aquel día en el campo.

Había metido el carro entre las varias docenas que se apretujaban en torno a la Puerta del Mazo, con la esperanza de ser de los primeros que podrían entrar en la Ciudad Divina, para pregonar sus mercancías a la opulenta élite que vivía al otro lado de aquellas altas murallas.

Resultaba algo inquietante que la puerta siguiera cerrada, a pesar de que el día ya había comenzado.

La ciudad estaba ocupada, alcanzábamos a ver en lo alto las cabecitas de los arqueros, que nos miraban como si fuéramos hormigas , e igual como habían hecho en la Puerta del Cisne, los mercaderes trataron de gritar para ganarse su atención, pero nadie les respondió ni una sola palabra desde la lejana balaustrada.

Cuando hubo quedado bien claro que las puertas tardarían en abrirse, los mercaderes volvieron los ojos hacia los peregrinos de aquella ciudad de tiendas y carros.

El vendedor de bagatelas hizo pasar su vehículo por los estrechos senderos que quedaban entre las estancias de lona y se plantó en un terreno por el que transitaban muchas personas a pie.

—¡Fuegos artificiales! —gritó—. ¡Piedras nacaradas de las orillas del Inverso! ¡Tabletas del deseo lascivo!

Trataba de llamar la atención de la multitud, al tiempo que hacía todo lo posible por ignorar la extraña sensación que tenía en la nuca, de que había algo en el mundo que andaba tremendamente mal.

Se esforzó por no pensar en las noticias que corrían sobre la extraña bajamar que se había producido en la costa, ni en las puertas que no se abrían, ni en los dos jóvenes dioses con los que había viajado el día anterior, y que se habían esfumado sin darle las gracias por haberles ofrecido su carro.

Trató de no pensar en el rumor que corría de que el emperador no iba a venir.

En los rumores de que el emperador estaba herido.

De que el Cuenco Celestial había caído en el desorden, pues, aunque sintiera bien poco amor por el dios-rey y por las Familias, no tenía ningún deseo de que lo arrojaran a Rocalegre por blasfemia.

Si había llegado tan lejos no había sido a base de revolver el avispero.

No meterse en asuntos ajenos. No meterse en líos.

No perder la vida. Ese era el camino. Trató de pensar tan solo en su carro repleto de bagatelas y en la gente lo bastante estúpida como para comprarlas.

Se había despellejado la garganta a base de gritar sus historias inventadas sobre objetos robados a los dioses y había abusado del buen carácter del cochero pegándole gritos para aliviar sus frustraciones, diciéndole que le ayudara o desapareciera de su vista, hasta que el cochero hizo lo que le pedía, se puso en pie y se marchó, lo que provocó la furia del vendedor.

—¿A-a dónde te marchas? —preguntó en su impotencia.

El cochero quería ver con sus propios ojos lo que se decía sobre el mar.

Siguió a un grupo que iba hasta el borde del acantilado y vio que, efectivamente, era como le habían contado: el océano se retiraba.

Todo lo que había estado oculto bajo el agua quedaba a la vista.

No solo los peces, y los tiburones, y las anguilas, y las algas de seda, sino también el muro de coral en la lejanía, como una hilera de coloridos tiestos.

Y en el lecho marino, justo al pie del acantilado, los barcos del emperador.

Ocho juncos, las gigantescas bestias de madera de Su Sonriente Sol, Su aventura en las nuevas tierras aún por conquistar, hundidos en el limo.

Siete habían volcado: el Maada , el Induun y otros que llevaban nombres de familias estaban de costado, como juguetes derribados en el suelo, y un único barco seguía en pie, el Jorro , algo ladeado, sujeto tan solo por las últimas cuerdas atadas a los ganchos de piedra que se alineaban en el borde del muelle real.

El cochero del vendedor de bagatelas y varios otros que compartían su curiosidad observaban a los hombres que estaban abajo y trataban de rescatar el barco ladeado.

Años de trabajo se habían desvanecido casi por completo al bajar la marea...

jamás habíamos visto nada igual. Nuestra única esperanza era enderezar los barcos y reparar los daños que hubieran sufrido sus cascos antes de que la marea volviera a subir con fuerza.

Un puñado de curiosos les vitoreaba, se reía y gritaba instrucciones sin sentido alguno desde lo alto del acantilado, mientras los diminutos hombrecillos que estaban abajo arrojaban cuerdas por encima de la baranda de estribor del Jorro y tiraban —ya eran treinta hombres y mujeres los que lo hacían—, en un intento por impedir que el octavo barco, irremediablemente, también volcara.

Pero el Jorro , cual gato cansado, no se dejó llevar la contraria. El enorme barco volcó de costado y su mástil se partió por la mitad como un hueso. Los hombres, con las cuerdas en las manos, contemplaron a la bestia caída en atónito silencio.

—Pobres gilipollas... —murmuró el cochero.