La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) DÍA QUINTO. en el que ofrecemos nuestra mejor danza #3
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DÍA QUINTO. en el que ofrecemos nuestra mejor danza #3

—Era la víspera de la victoria —dice tu bisabuelo—.

No tenía ninguna cabida la introspección, ni la atención a las emociones de los subordinados.

Tan solo se prestaba atención al movimiento de las figuras por el mapa.

A la férrea determinación de los líderes y al coraje inquebrantable de los hombres de armas. Y al redoble de los tambores de guerra.

Tan solo había humo y susurros.

—No se prestaba atención a las señales del mundo devastado —dice tu lola—.

Nadie dedicó ningún tiempo a preocuparse por la marea baja en la costa, ni a escuchar la atribulada danza del viento.

La única preocupación era la de los mortales, que tan solo sabían lo que tenían enfrente, no lo que les venía por la espalda. Aquello no tenía freno.

Solo contaban el orgullo y la gloria.

—Todos aguardaban incomparables recompensas —dice tu padre—. No hubo tristeza. Ni momentos de reflexión. Solo pensaban en avanzar, en dar con la recompensa que les aguardaba al otro lado del cerro, al otro extremo del tiempo.

Y solo había espectros.

—Cuando los dos guerreros regresaron del mundo de los espíritus para detener la ola —cuentan tus hermanos-sombra—, la mujer que era la sombra de Induun quedaría bien pronto entrelazada con las hebras de Jun y de Keema.

Tus hermanos te miran.

—Se llamaba Shan. Nieta de Djove Induun e hija de la comandante Uhi Araya. Y tenía una sola cosa en la cabeza. Una única misión.

La visión se esfuma... el escenario reaparece.

La luz del sol-brasero, atizada, cobra nueva vida.

—Rescatar a su propio padre.

ALBA

Ella despertó antes que todos los demás.

En las docenas de campamentos, donde los guerreros contratados de las bandas libres y los Hombres de las Familias emergían de su letargo, nadie se sorprendió de ver a Shan Araya andando por los campos con firme resolución.

Inclinaban la cabeza a su paso y le deseaban una buena mañana, brindándole el respeto que su linaje exigía, presentamos nuestros respetos a la joven de los Induun , pero cuando estaba lo bastante lejos como para no poder oír, o al menos para poder negar que hubieran dicho nada —habrá sido cosa del viento—, murmuraban sus diversos apodos, aunque la mayoría la llamábamos la Gigantona.

Ella sabía muy bien que la llamaban así; aquel nombre la había perseguido toda su vida, porque siempre había sido más alta que la mayoría, y de espaldas más anchas. Algo extraño en una persona tan joven.

A sus quince años, Shan Induun no era una anomalía tan solo por el prodigioso desarrollo de su cuerpo, sino también por su rango.

No nos íbamos a creer jamás que se lo hubiera ganado.

Había dedicado su vida a la esgrima. Participaba todos los años en los juegos de los aristócratas y todos los años quedaba segunda en los duelos, siempre dejaba ganar a su oponente en el último enfrentamiento, a instancias de su abuelo, quien buscaba el favor de las otras Familias y quería reforzar sus alianzas.

Hacía tan solo unos meses que la habían nombrado Primera Protectora del señor Induun, un título que apenas si significaba nada, pero que de todos modos enojaba a los otros guerreros, que no creían que se hubiera ganado de verdad su lugar en la mesa...

por no hablar de los rumores sobre su linaje.

Incluso aquella mañana, mientras andaba por los campos rumbo a la tienda principal, los susurros la seguían.

Sabíamos de su madre. La mujer que se casó por amor.

Shan iba a preguntarse toda su vida por qué su madre, Uhi, había rechazado la próspera unión que tenía concertada con un primo del Trono y se había fugado en su lugar con un hombre de mala fortuna cuyo nombre no figuraba en ningún libro reputado.

El escándalo fue delicioso. Todos nosotros, menos el propio señor Induun, disfrutamos mucho difundiendo aquella vergüenza.

La fuga, escrita en sudorosos relatos en diarios y cartas, terminó con rapidez, porque los hombres del emperador descubrieron a los amantes en su escondite en el norte y, como castigo por aquella blasfemia, mandaron al hombre de mala fortuna a las entrañas de Rocalegre, donde iba a pasar el resto de sus torturados días.

Tan solo a costa de la humillación del señor Induun ante toda la corte se permitió a Uhi que siguiera con vida, consagrada a servir a la seguridad del Trono, donde al cabo de los años, y gracias a la influencia de su padre, llegó a comandante de la destartalada fortaleza de la Puerta del Tigre.

Pasó su vida preguntándose si el hombre de mala fortuna aún viviría en aquel abismo al pie de la Ciudad Divina.

Nadie logró convencerla para que volviese a llamarse Induun.

Iba a ser por siempre Uhi Araya, en recuerdo del hombre al que amó y perdió.

Shan creció separada de su madre. Uhi y Djove estuvieron de acuerdo en que la niña no debía cargar con el peso de aquella historia.

Viviría con su abuelo, a quien tal vez sucedería algún día.

Pero estaban las cartas. Cartas de las que no tenía noticia ni siquiera el señor Induun, ocultas en un compartimento secreto bajo la cama de infancia de Shan.

Y en esas cartas le hablé a Shan sobre su padre.

Le hablaba del hombre llamado Radle Araya...

el artesano de las forjas del señor Waag, que tenía los ojos del color del té bien vertido y una sonrisa más brillante que el sol del mediodía.

Le hablé de un hombre humilde y gentil. Un hombre que se reía con facilidad, y de cuyo amor por mí jamás dudé, ni siquiera una sola vez, durante los días demasiado breves que pasamos juntos.

Un hombre que me hizo una lanza de madera de korga rojo y minerita.

Una lanza que, según me contó, atravesaría todas las fronteras que algún día pudieran separarnos.

En los solitarios períodos de juventud en los que se formó su personalidad, Shan releía aquellas cartas con el fervor de un monje que estudia las escrituras.

Como el señor Induun no recorría nunca el Camino de Abajo, y mantenía ocupada a Shan con los numerosos deberes de su puesto, la muchacha no tuvo nunca ocasión de visitar a su madre en la Puerta del Tigre.

Todo lo que tenían eran las cartas que ambas se enviaban en secreto, transmitidas por sirvientes de confianza.

En su imaginación, el Radle Araya que aparecía en las cartas de su madre se transformó en una figura tan mítica como los gigantes que antaño se habían erguido en el horizonte meridional de aquel místico país.

Jamás le dijo nada a su abuelo sobre las cartas.

Jamás le dijo nada sobre los sueños en los que se le aparecía su padre, tan desesperados y reales como su anhelo por su madre.

Jamás le dijo nada sobre sus planes para liberar algún día a Radle Araya de la fosa de Rocalegre, si aún vivía...

ni que sus motivaciones, desde el principio, no eran las de la Familia, sino el obstinado fruto del amor.

Que, a pesar de los deseos de su abuelo, tenía la intención de cabalgar con la primera carga y liderar un contingente de guerreros predilectos hasta la mismísima Residencia de Verano.

No le había contado nada de todo esto, hasta aquel día.

En la tienda principal, apartados del cuarteto de generales que se hallaba en torno a la mesa de los mapas, mientras nos poníamos de acuerdo sobre el cierre de las rutas y sobre cuáles serían las mejores vías para infiltrarnos en las casas altas de la ciudad , al fondo, más allá del último cordón, donde a pocos se les permitía entrar, abuelo y nieta compartían su última conversación en este mundo.

Djove Induun a duras penas se había vuelto mientras su nieta le hablaba y le contaba sus planes.

No llegó ni a enarcar una ceja mientras el asistente terminaba de vestirle.

Se limitó a exhalar un suspiro y hacerle un gesto al criado para que saliera, y entonces su voz se apagó como un susurro.

—Lo que has elegido es la muerte, Shan —le dijo—. ¿Te das cuenta?

—La muerte no es segura.

—Hoy lo será para ti —le respondió—. El número de guerreros que sobreviven a la primera carga es ínfimo.

Esos supervivientes cuentan con el favor de los dioses o con una habilidad sobrehumana, y yo te conozco desde que tu vida empezó, Primera Protectora.

Eres hábil con la espada, más que la mayoría, pero ni siquiera tú cuentas con la divina destreza que se necesita para tentar a la Muerte.

—La miró como si la desafiara a responder.

Shan no respondió—. Y eres alta, lo que significa que serás un blanco fácil para los arqueros.

Échale las culpas a tu padre, si quieres, pero la cosa es así.

Tan claro como el agua: una flecha saldrá volando desde la muralla y te derribará antes de que empiece el combate.

—Miró a la muchacha y negó con la cabeza, fatigado—.

No es el final más interesante que puedan consignar los escribas en tu breve e insatisfactoria biografía.

—Nunca me he propuesto como objetivo una biografía satisfactoria —contestó Shan.

La amargura de su voz despertó en Induun una severidad que por lo general reservaba para las mesas de negociación más acaloradas.

—Tienes dos caminos ante ti, Shan. Uno, el de la sabiduría, en el que te quedas con los generales en retaguardia bajo los paraguas defensivos, te conducirá a la vida.

Te conducirá a un mañana en el que estarás disponible para guiar la creación de un nuevo orden en este país.

El otro camino, el camino del orgullo, te llevará frente a los soldados que aún no se han cansado de la batalla, y de los arqueros a los que todavía no se les ha agotado la munición, y a las puertas que nadie ha derribado todavía.

Es el camino que conduce al conflicto más duro.

A tu probabilísimo final. El final de tu relato.

—Levantó una mano, como habría podido encogerse de hombros—. Elegirás la muerte.