La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) DÍA QUINTO. en el que ofrecemos nuestra mejor danza #2
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DÍA QUINTO. en el que ofrecemos nuestra mejor danza #2

—Las señales eran muchas —te dice. Da una calada y exhala una nube de humo en el aire—.

Los pendones se agitaban sin descanso bajo el viento terrible, y el aire olía a cobre húmedo, y hasta sus propios cuerpos casi les gritaban que algo andaba mal...

El vello que se les erizaba aquí y allá como antenas de radio.

—Te toca en el antebrazo, en la nuca. Sientes que se te pone la carne de gallina—.

Pero las gentes no escucharon los augurios de la tierra.

Miraron desde el borde del acantilado oriental y se percataron de que el océano había retrocedido, de que el lecho de limo había quedado al descubierto, pero creyeron que aquello no era más que una de tantas peculiaridades de una semana muy peculiar.

Las dunas, las ondas en la arena cual sábana de seda beige sobre un suelo contraído, sobre el que millares de peces viscosos boqueaban y morían.

No prestaron atención a cómo el Agua hacia acopio de sus fuerzas aquel mismo día.

—La niña suspira y aparta a un lado sus espesos rizos—.

Las mareas habían subido y bajado. Olas grandes y pequeñas se habían estrellado contra los acantilados rocosos de la costa oriental, pero jamás, en toda la historia de los emperadores, en ninguna de sus crónicas, se habían retirado las aguas por completo.

Podría parecernos asombroso que, ante pruebas tan abrumadoras, no hicieran ningún esfuerzo por salvarse.

Pero, aunque no puedo evitar el deseo de que cuando el mundo se vuelve extraño y se estremece seamos capaces de escuchar, yo misma no puedo negarte que a veces es difícil aceptar que hay que cambiar de rumbo para sobrevivir.

—Y entonces, como para subrayar sus palabras, toma una larga calada, hasta que el cigarrillo que tiene en las manos se transforma en ceniza.

Suspira de nuevo.

—Hace mucho tiempo que el Agua añora a la Luna. Siglos de anhelo que se manifestaron como una ola que crecía más allá del horizonte oriental. No se detendría ante nada con tal de honrar Sus huesos. Cuando llegara el mediodía, hasta el sol desaparecería en sus inmensas fauces.

La luz que brilla al otro lado de la ventana empieza a oscurecer.

—Se acercaba el final.

Entonces los dos oís unos pasos torpes y agitados en el despacho que se encuentra al final del pasillo, y tu lola se reclina en la silla, y por un instante vislumbras el espíritu de la anciana tras el rostro de la niña, envejecida y fatigada, y entonces asiente con la cabeza, como para invitarte a ponerte en pie.

Sabes cuál es tu próximo destino.

Tu padre frunce el ceño frente al tapiz.

Cuando entras en su despacho, ni siquiera te mira.

Tiene los ojos entrecerrados frente a una lupa de joyero, con la que revisa el tapiz colocado sobre su escritorio en busca de defectos, antes de enviarlo a su comprador en ultramar.

Nadie me dio ningún tiempo. Todo recayó sobre mis hombros y nadie me dio ni una puta pizca de tiempo.

Sientes un perverso placer al darte cuenta de que tu padre no para de trabajar ni siquiera en esta mágica visión que estás teniendo...

que te da la espalda, igual que aquella última vez que lo viste, mientras iba camino de la guerra por aquel oscuro callejón.

Pero termina por volverse hacia ti y te das cuenta de que no es más que un niño, un adolescente de ojos ávidos que siempre trata de probar su valía ante los que considera sus superiores.

Y cuando te miro, me asaltan tantos sentimientos, tanto orgullo, tanta preocupación, tanto remordimiento, que me resulta más fácil apartar los ojos.

Me resulta más fácil fingir que no nos conocemos.

—Vamos a centrarnos en los detalles —te dice, con la cara pegada al tapiz—.

Vamos a centrarnos en los Induun. —Te sientas a su lado, mientras él examina las almenas, las caras espejadas.

El fractal infinito—. En la víspera del Quinto Día, el señor Djove Induun observó como se encendían las hogueras en el campamento de su ejército, con una satisfacción que raras veces se permitía.

Durante meses había visto como el emperador, presa del miedo y la locura, se encerraba más y más en Su palacio, Su control sobre el país se debilitaba por Su rechazo a toda acción que lo comprometiera.

Induun, hombre perspicaz, sabía que era tan solo cuestión de tiempo el que alguien ocupara el trono que su gobernante había abandonado, y les resultaba obvio a él y a sus asociados que el hombre más cualificado para la posición era él.

Y entonces, al cabo de mucho planear, estaba allí, a punto de conseguir cuanto su corazón anhelaba.

Pero, debido a la antigua lesión que se había hecho en su niñez, en cuanto se alejó del campamento y regresó a la tienda principal dejó de oír los cánticos que se iban oyendo por las hogueras, la trémula melodía de los hombres y mujeres que pelearían en su honor, y que cantaban las gloriosas muertes por venir.

»Aquella noche, el señor Induun ofreció un banquete a los demás señores y a los generales, un generoso banquete de pescado, arroz y cordero, y una inagotable fuente de vino de arroz y licores más fuertes, pues había mucho que celebrar.

—Tu padre deja la lupa un momento y mira por la ventana.

El anhelo se pinta en la mirada del joven—.

Estar en esa tienda y festejar con las cinco personas más poderosas del país debió de ser un privilegio excepcional.

Comerciantes del mundo entero habrían dado todas sus riquezas por sentarse a aquella mesa.

Por cenar con los grandes hombres y mujeres que no tardarían en gobernar el país. Escucha.

Tu padre carraspea y saca una hoja de papel, un registro de todo lo que se dijo aquella noche en la tienda de comandancia, y la lee como si fuera el guion de una obra de teatro, te recita el discurso que el señor de la flota textil dirigió a sus compatriotas la víspera de la batalla.

Un brindis.

—Que mañana sea el último día que tengamos que padecer bajo el yugo de la tiranía del Trono.

A partir de mañana, no tendremos ya que responder a los volubles caprichos de un líder desquiciado.

No gobernará ya un hombre solo, sino muchos...

todos nosotros decidiremos juntos el rumbo que tiene que seguir este país, por el camino de riqueza y prosperidad que ahora va a empezar.

Sí, amigos míos. Los lealistas aún controlan la capital y hemos perdido el Cuenco Celestial.

Pero estos son sacrificios necesarios, piezas pequeñas en nuestro juego, que va mucho más allá.

Ellos se aferran a los vestigios del pasado.

Una vez que tengamos la Ciudad Divina y el gran puerto, el futuro se hallará en nuestras manos.

Los tímidos pasos que dio el emperador en el escenario mundial se transformarán, bajo nuestro poder, en una variedad de rutas comerciales y nuevas alianzas.

Nuestro té, nuestro arroz, nuestro pescado, nuestras espadas y nuestros tejidos se difundirán como el bosque indómito por el fértil valle.

Nuestras escasas propiedades se volverán tan vastas como las arcas de los dioses.

»Y así, con este espíritu, alzo mi copa con todos vosotros.

Os doy las gracias a todos por vuestra participación.

Me inclino ante vuestra fiereza y vuestra lealtad.

Y ruego que nuestra prolongada amistad se mantenga firme y fuerte durante los días, los meses, los años que vendrán, mientras construimos nuestro imperio. Ninguno de nosotros será olvidado.

Tu padre sonríe al cielo, hasta que se da cuenta de que las sombras que tiene detrás se están moviendo. Su sonrisa se esfuma cuando hablan las sombras.

«Siempre hay alguien a quien se olvida.»

Tus hermanos carecen de rostro. Son nubarrones oscuros que se mueven y cambian de forma. Ya no tienes por qué hacernos de testigo. Sus voces se arremolinan en tus oídos, como humo en una botella, mientras hablan al unísono y te dicen:

—El hombre llamado Induun estaba tan absorto en ese discurso y en el festín de después que no dedicó ningún pensamiento a quien se hallaba detrás de él.

—Poco a poco, las sombras se apartan de ti.

Son huecos en el aire. No sangran nada, salvo humo—.

Tú la conoces. Fue ella quien, en el Segundo Día, transmitió la orden de abatir al Terror del Cuenco Celestial.

Había pasado su vida al servicio de aquel hombre, dirigiéndose a los poderosos. Su vida era la sombra de Djove.

Los hermanos-sombra sueltan unas risillas tristes.

—Estaba de pie en esa tienda, en la víspera del combate, y escuchaba tan solo a medias las palabras que se decían durante el festín.

No sentía ningún interés por la charla. Dominaba el verso de las florituras retóricas de Induun hasta el punto de que ella misma podría haber hecho el discurso ante la multitud, si así lo hubiera deseado aquel hombre.

Y tenía otros asuntos en la cabeza, que no eran los discursos ni las felicitaciones prematuras.

Una visión del mañana y del papel que ella misma representaría en todo ello...

pues el propio Djove le había prometido un puesto en el frente.

Sintió que se le ponía mal el estómago al imaginar la carnicería que pronto iba a contemplar.

Su mano se crispó sobre el puño de la espada.

Sentía miedo, pero no quería volver atrás.

Llevaba demasiado tiempo en aquel camino que le había marcado su madre.

Si se hubiera detenido en aquel punto, la vergüenza habría sido demasiado grande.

Habría sido su fin. —Tus hermanos suspiran—.

Aquella noche no se reservaba ni una mirada para la luchadora que tal vez se dirigiera a su propia muerte.

Ni para los soldados que triunfarían para ellos.

Ni para los peregrinos atrapados en medio de todo aquello.

Solo había té y risas.