La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) DÍA QUINTO. en el que ofrecemos nuestra mejor danza
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DÍA QUINTO. en el que ofrecemos nuestra mejor danza

DÍA QUINTO

en el que ofrecemos nuestra mejor danza

Los tambores redoblan con furia.

Y la cosa empieza. El mismo aire cruje con el golpeteo de baquetas y la vibración de las pieles tensadas de animal.

Los bailarines saltan desde los bastidores y este cuerpo iluminado por la luna, al frente del escenario, alza las manos, y los susurros de los antiguos y los muertos inundan de nuevo la sala — nuestro relato toca a su fin, nuestra larga semana se acerca a su fin —, el ornato ya familiar de este teatro te reconforta mientras te instalas de nuevo en la historia.

Han pasado cuatro días y tan solo queda uno.

Pero esta vez, entre los muertos susurrantes que entonan cánticos desde la oscuridad, oyes otras voces, nuestras voces , voces cuyo tono y timbre están cosidos a tu memoria, no importa cuánto tiempo haya pasado desde vuestro último encuentro...

porque esa, al fin y al cabo, es la naturaleza de tu familia.

Nunca estamos lejos. Y aquí estamos, dispuestos a ayudar a que se termine esta historia.

Se te aparecen de repente en una visión...

al cabo de un instante, sigues hasta el techo la mirada de ese cuerpo iluminado por la luna, y adviertes que no es un techo, sino el hueco dentro de una gran torre, de altura tan ilimitada que sientes que el vacío que se halla sobre ti te aplasta contra el asiento.

Estás con los ojos enrojecidos, debido a las varillas de incienso que los acomodadores llevan por los pasillos, con los ojos surcados por lágrimas, y empañados...

y de pronto ya no estás en el teatro, sino en la sala de estar de la casa de tu familia, donde un hombre al que conoces muy bien, de pie junto a la ventana iluminada por el sol, con las manos entrelazadas a la espalda, se vuelve y te mira con ojos de acerado color gris.

«Todo empezó aquí», te dice tu bisabuelo.

Tu granjo ya no es el viejo arrugado de ojos vidriosos arrebujado sobre el sillón.

Ya no tienes que cuidar de mí. En esta visión es más joven, un hombre de mediana edad con el cabello entrecano y cara de halcón, vestido como un general a punto para la batalla.

Arroja un papel sobre la larga mesa, un mapa, y dibuja con trazos claros y confiados las posiciones de los ejércitos, las facciones que compiten por el poder en el Quinto Día.

Aquí estaban los nobles. Allá los lealistas.

Acullá las fuerzas reunidas de las Familias.

Te habla con franqueza y sin emoción, muy distinto del hombre amargado y voluble que tu lola, según ella misma te contó, había conocido en su niñez, y de la criatura babeante que tan acostumbrado estabas a alimentar con cuchara, casi irreconocible, salvo por esos gruesos pelos blancos que le salen de la nariz, que se le erizan de emoción al contarte el estado de las cosas.

—La situación era precaria —te cuenta—. El Trono Lunar estaba prácticamente acabado antes de que amaneciera el Quinto Día, porque casi toda la familia real había muerto.

—Tamborilea con los dedos sobre sus propios antebrazos—.

En ese vacío de poder, el país se había vuelto presa fácil.

Muchos lo intentaron. Los Sabios de palacio habían tratado de hacerse con el control poco después de que la emperatriz pintara las paredes con la sangre del emperador, pero el golpe no llegó muy lejos, porque cayó bajo la espada de los lealistas que aún quedaban.

—Sobre el mapa de la mesa, pone de costado la pieza en forma de castillo de la frontera occidental, y su dedo se desplaza hasta el centro del país—.

En el Cuenco Celestial, la Rebelión de los Pescadores alcanzó un mayor éxito.

Muchas de las embarcaciones que seguían a flote tras la destrucción del Tercer Día cayeron en manos de la Reunión, que apenas si halló resistencia, pues muchos habían creído que las olas que brotaban en cascada del Cav-Meer eran obra de los propios pescadores.

Las únicas embarcaciones donde no pudieron tomar el control fueron las barcazas de tejedores que aún les quedaban a los Induun, porque las protegían sus fuerzas privadas, que no eran leales a Luubu, sino a las Familias.

—Una sonrisa... ese viejo belicista no se cansa de esto—.

Pero la situación iba a resolverse de verdad en la escaramuza que tenía lugar en la costa oriental.

—Su dedo toca la pieza que se encuentra en la frontera oriental del mapa.

Tiene forma de caracola y se halla junto a los acantilados desde los que se contempla el mar Grande e Interminable—.

La Ciudad Divina. El bastión de los últimos lealistas y residencia del Tercer Terror.

Da un golpecito sobre esa zona con dedo firme.

—La Ciudad Divina surgió en tiempos del Cuarto Emperador como Residencia de Verano, lugar de vacaciones para la familia real y receso donde podían escapar de los problemas políticos capitalinos.

Se construyó con el caparazón de una gigantesca bestia marina, abatida por el guerrero Handa de la tribu Yabare, a cambio de que el Trono detuviera las incursiones en sus tierras tribales.

Se retiró la cima del caparazón y la ciudad se edificó a lo largo de sus paredes interiores, con una calle mayor que ascendía en espiral por sus distritos hasta llegar al punto más elevado, la Residencia de Verano propiamente dicha, desde donde se podía contemplar todo el conjunto.

La nobleza, protegida por dos grandes puertas labradas en jaxita casi impenetrable, se escondía en sus hogares, mientras la guardia de honor patrullaba por los callejones, y los últimos Monos Plateados del Segundo Terror y Alces Purpúreos del Tercer Terror también se habían retirado allí.

Llamaron a la puerta de la Residencia de Verano con la esperanza de ganarse el auxilio del Mismísimo Tercer Terror...

pero nadie respondió. Al fin, lo único que pudieron hacer fue prepararse para la batalla, y sacar ventaja de que lucharían en su propio terreno, antes de que llegara el ejército.

El tiempo se agotaba. —Traza un círculo concéntrico en torno a la pieza—.

Fuera de las murallas, los peregrinos que aún creían que el emperador seguía vivo acudían a despedirse de Su Sol Sonriente, antes de que emprendiera Su viaje por mar.

Los había a millares. Habían acampado con tiendas y carros en torno a las murallas de la Ciudad Divina, sin saber que estaban formando un muro de carne en beneficio de la nobleza, porque se interponían entre esta y los ejércitos que venían del oeste.

Tampoco sabían nada sobre el carro repleto de explosivos que, llegado el momento, se estrellaría contra las puertas de la ciudad y despejaría el camino para las fuerzas de los Induun.

—Traza un círculo más grande en torno al anterior, un círculo que los envolvía a todos—.

Los ejércitos de las Cinco Familias se componían de las brigadas leales que ellas mismas habían creado, de soldados del Trono a los que habían logrado apartar de sus unidades y de bandas libres de mercenarios contratadas con monedas de las propias Familias.

Su objetivo era simple: conquistar la ciudad costera y hacerse de una vez por todas con el país, bajo la bandera de las Casas de la Industria.

Se prepararon tras los cerros que había al noreste de la ciudad: los jinetes, los piqueros, los espadachines murmuraron sus últimas oraciones antes de marchar hacia lo que sabían que era una victoria segura.

—Apoyó ambas manos en torno a la pequeña e imprescindible sección del mapa—.

Este era el estado de las cosas al amanecer el Quinto Día.

El aire se cargaba de electricidad ante la perspectiva de la guerra y los peregrinos que se interponían entre la proverbial espada y la pared cantaban sus oraciones matutinas.

La voz de una anciana llama desde la sala de al lado.

—Pero ninguno sabía que la ola se acercaba —dice.

Tu granjo asiente y se aparta a un lado. La puerta batiente de la cocina te invita a entrar.

Entras en la nube de humo.

Toses y agitas ambas manos, y por fin el humo de tabaco se aclara y tienes la sensación, mezclada con la sorpresa, de que esto era inevitable: tu lola te sonríe tras la mesa de la cocina.

Ya no tienes por qué extrañarme. Es una niña pequeña, no mayor a tu parecer que una cría de diez años, con mejillas suaves como madera lacada, y ojos antes empañados que ahora brillan con inesperada claridad, como un vaso viejo recién enjuagado.

Su manita da unos golpes ligeros para hacer caer la ceniza en una taza de té de porcelana vacía, mientras la otra acaricia su preciado temporizador amarillo, lo pellizca, lo palpa, amenaza con darle cuerda, pero sin comprometerse nunca.

Le dirías que te alegras de verla de nuevo, pero en esta visión hay algo que te niega la voz, como un recordatorio de que esto aún forma parte de la función, y de que tú, a despecho de la confianza en ti mismo que ahora sientes, no eres más que el público.

Pero de todos modos te sonríe, como si te hubiera oído, como si nunca me hubiera ido del todo , y te sorprendes al darte cuenta de lo mucho que extrañabas su pícara sonrisa.