DÍA CUARTO. en el que ofrecemos nuestra mejor arma #19
A veces, le dices. Durante la mayor parte de tu vida ha sido poco más que una curiosidad...
esa raíz que ha quedado prendida en tu talón.
Hablabas a la gente sobre ella para llamar su atención, si eran del tipo de persona que podía interesarse en ello.
A veces la ocultabas —y podías ocultarla, igual que la sangre de tu madre— si querías integrarte en el grupo.
A veces te burlabas de ello. A espaldas de tu lola, imitabas el elástico deje de tu lengua materna frente a tus amigos —no, lo exagerabas, lo volvías ridículo, absurdo— y les hacías reír. No lo pensabas dos veces.
Keema te mira y eres incapaz de saber lo que piensa.
Le cuentas que la mayor parte de los días no piensas para nada en el País Antiguo.
Que mentirías si le dijeras que lo llevas en el corazón, que tus ancestros te hablan con profundos susurros en el espíritu.
Le dices que todo lo que tienes son algunas historias, algunas alfombras.
Un Daido que tu padre esculpió en roca y que tu hermano trató de vender, sin suerte, a un hombre a quien no le interesaba.
Le dices que ahora vives en una casa vacía, apartado de tu granjo.
Tu lola falleció y tus padres ya no forman parte de tu vida.
Si lo que cuenta la radio es verdad, la guerra va a terminar dentro de poco, pero lleva ya varias décadas terminando y tus hermanos ya no están.
Algunos han ido a la guerra. Otros se han mudado a sitios mejores, para vivir mejor.
Algunos han muerto.
Piensas a menudo en ellos.
Le dices que has vivido una vida difícil.
Fácil en algunos sentidos, difícil en otros.
No duermes por la noche porque tienes una persiana que traquetea y no sabes cómo arreglarla.
Hay días en los que estás tan solo que crees que te transformarás en una roca dura y compacta.
Le dices que desearías que las cosas fueran distintas.
Que te sientes como si llevaras un saco al hombro, un saco pesado, penoso de acarrear, pero que no tienes ni idea de lo que hay dentro del saco ni de quién te lo dio.
Está ahí, sin más. Es tuyo, sin más. Y lamentas tantas cosas...
has hecho daño a otras personas, las has avergonzado, te has avergonzado a ti mismo.
Te has equivocado tantas veces de camino que es un milagro que aún camines.
Ha sido una vida extraña. Lo repites una y otra vez.
Y entonces, tras escuchar tu discurso, Keema de la tribu Daware medita tus palabras, y al final te hace una pregunta sencilla, una pregunta que va al meollo de la cuestión: te pregunta si querrías seguir con vida.
Aunque nada cambiara. Aunque todo siguiera igual.
¿Querrías esta vida?
Te inclinas.
Le tiendes la lanza de Araya.
Se la ofreces.
Y le dices que sí.
A tus espaldas, las gentes caen de rodillas.
Uno tras otro. Como una oleada. El mar de descendientes se prosterna frente a Keema al mismo tiempo que tú.
Y cuando te das cuenta de que está tomando la lanza de tus manos, levantas los ojos hacia él y ves que se siente abrumado una vez más.
Está de pie allí, en la parte frontal del escenario, y sostiene la lanza cubierta de surcos e incisiones realizados por la magia del mar Durmiente, y asiente en dirección a Jun, que con el pecho henchido se pone a su lado.
Y la narración de sus vidas resuena en este lugar que se halla en suspenso.
Vamos a detener la ola.
—Entonces, escucha bien a este cuerpo. La Gran Ola llegará en el Quinto Día, al caer la tarde. Se estrellará contra todos los valles y montañas, a menos que antes le entreguéis a Ella y le deis al Agua lo que busca.
Nosotros hicimos un juramento a la señora Luna. Poner fin a su linaje real. Ante todo, teníamos que acabar con el Tercer Terror.
Kaara/Tak-Lina se mofa de ellos.
—Jugáis con el tiempo como solo los mortales lo hacen. Con imprudencia. Podemos dejar el Terror para más tarde, pero la ola no.
Hicimos un juramento. Vamos a detenerle, con Ella a nuestro lado. Ese es el juramento que hicimos y pensamos cumplirlo.
—Pues entonces os espera un día muy ajetreado a los dos —responde este cuerpo iluminado por la luna, y Kaara/Tak-Lina delata cierta admiración por ambos jóvenes al esbozar una breve sonrisa—.
Os vamos a ofrecer toda la ayuda que sea posible.
Pero tenéis que saber que llegará un punto sin retorno que la ola cruzará.
Cuando eso ocurra, no podréis hacer nada por detenerla.
Engullirá el mundo entero, a pesar de todos vuestros esfuerzos.
En cuanto el sol desaparezca del cielo, a la hora del anochecer, será demasiado tarde.
—Este cuerpo iluminado por la luna sonríe—.
Así que no perdáis tiempo. No os demoréis.
—Y no la caguéis —añade Kaara/Tak-Lina.
Salen de este teatro. Todos los descendientes de Araya seguís inclinados hasta el último instante, silenciosos y reverentes, hasta que desaparecen tras la cortina de la salida.
No sabes qué más hacer para honrarlos. Albergas la esperanza de que con esto baste.
Y cuando ya no están, te pones en pie y regresas a tu asiento.
Las luces se apagan. Este cuerpo iluminado por la luna y sus bailarines ocupan el escenario.
Y contemplas el final.