La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) DÍA CUARTO. en el que ofrecemos nuestra mejor arma #18
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DÍA CUARTO. en el que ofrecemos nuestra mejor arma #18

Todos vosotros comprendéis la elección que tiene lugar en vuestra presencia y os preguntáis si el muchacho que está en el escenario comprende que tiene que decidir entre su propia vida y la vuestra...

que, si la tierra es engullida por las aguas, las gentes del País Antiguo serán exterminadas, la raíz de su estirpe quedará cortada, y ninguno de vosotros habrá nacido.

Vuestra vida no habrá sido más que un sueño, una fugaz espiral de humo que escapó de los labios de algún misterioso narrador, que desaparecerá cuando vuelvan a soplar los vientos costeros.

En este lugar que está fuera del tiempo, en la incognoscible y misteriosa inflexión de este Mundo Inverso, de este Deshilachado del Tapiz, podría nacer cualquier Patrón nuevo que sustituyera al antiguo.

Nadie habla. Desde el otro lado del escenario, Jun contempla a Keema sin expresión alguna en el rostro. Kaara/Tak-Lina se cruza de brazos. Los ojos del público están puestos en el joven de Daware, que siente que está a punto de vomitar.

—Ponédmelo... ponédmelo fácil —dice. Parece derrotado. Habla como un hombre que se resigna a medias a su destino—. Lo haré. Lo... lo haré... pero ponédmelo fácil.

El cuerpo iluminado por la luna se inclina ante él.

—Como desees.

Y luego te mira a ti.

A ti.

Al ver el gesto de este cuerpo iluminado por la luna, comprendes que tu destino es salir con ellos al escenario, pero las viejas inseguridades te mantienen clavado a tu asiento... hasta que la alta sombra que se sienta a tu lado te da un codazo para que te pongas en pie.

Adelante , te dicen.

Todos los que están en la platea y en los numerosos pisos te observan, mientras sales al pasillo y empiezas el largo recorrido hasta el escenario.

Oyes que alguien tose a tus espaldas. Otro, a tu derecha, murmura al oído de su compañero de asiento.

Das pasos leves e inseguros. Eres un ratón en una catedral.

Hasta tu respiración se oye desde todos los extremos del teatro cuando te acercas a la escalera.

Subes con expresión atónita, avergonzada, y pasas por el lado de Kaara/Tak-Lina, y de Jun, y de este cuerpo.

Pero tu vergüenza no se desvanece hasta que te detienes frente a Keema, porque cuando ves su rostro a la luz de los braseros lo ves tal como es, tal como fue.

Y cuando te preguntas cómo es posible que una misma persona se vea tan joven y tan vieja, no piensas en ti mismo, sino en él.

Sus ojos te examinan. Examinan la lanza que sostienes.

Se abren de par en par.

—Sí —dice este cuerpo iluminado por la luna—. Esa es la lanza de Araya. La misma que perdiste en las aguas del Cuenco Celestial.

—No lo entiendo. ¿Cómo es que la tiene esa sombra?

—Es descendiente de Araya. Uno entre muchos.

Como todo el mundo en este teatro. Todos los que están aquí esta noche tienen una raíz que llega muy hondo, que se puede seguir hasta el interior de la tierra, hasta el lugar donde el sepulcro de la familia de Araya nutre el suelo.

Araya no llegó a decirte que tenía una hija.

Keema niega con la cabeza, atónito.

—No la mencionó ni una sola vez en el poco tiempo que la conocí.

—No juzgues al padre o la madre que calla ante el llanto de su prole. Son demasiadas las razones que existen en el cielo y en la tierra para defraudar a quienes amamos.

Este cuerpo iluminado por la luna retrocede.

—Pero este momento es entre vosotros dos.

Hace una reverencia.

—Di lo que tengas que decir.

Te mira.

Keema de la tribu Daware. Tiene ojeras. De un fatigado color grisáceo.

Este día se ha cobrado su tributo en él, pero te mira con tal atención que te impide moverte.

Durante un rato, ninguno de los dos habla, porque no acabáis de saber qué es lo que tenéis que deciros el uno al otro.

Él empieza por preguntarte qué es lo que sabes de Araya.

Confiesas que no sabías de su existencia hasta esta noche.

Que no sabías que eras de su linaje hasta este mismo momento.

Él te pregunta qué es lo que sabes de tu ascendencia.

De las personas que había habido antes que tú.

Le respondes que sabes bien poco. Que solo sabes el nombre del barco que trajo a tu lola hasta el nuevo continente, y nada sobre lo que había ocurrido antes.

—¿Pues entonces quién eres? —te pregunta con impaciencia.

Se lo dices. Le hablas de la localidad portuaria donde creciste.

De que tu padre era comerciante en el ramo textil hasta que se fue a la guerra.

De que tu madre se había ido. No había muerto, tan solo se había ido.

Le hablas de tu lola, que fumaba, que te contaba las historias, y de tus hermanos, los nueve, y de que los amabas a todos ellos.

A algunos más que a otros. A pocos los conociste de verdad.

De tu granjo, que vivía en su butaca y no quería morir.

Keema te pregunta por esa guerra. Quiénes eran los que la libraban y por qué luchaban, pero lo único que recuerdas son los carteles de propaganda que se despegan de las paredes de adobe y son arrastrados por los tortuosos callejones.

Les das nombres que recuerdas a medias, nombres de lugares, de reyes.

El habla se te traba al recordar cómo empezó todo —un disparo que resonó en un templo—, pero hablas con tanta vaguedad que Keema cierra los ojos para tratar de entenderte.

Tú prosigues. Te pregunta si en tus tiempos aún se habla sobre el País Antiguo, y dudas antes de responderle que sí, pero que sobre todo se habla de él en vagos rumores.

Que, igual que ocurre con la mayoría de lo que hubo en el mundo antes de un cierto tiempo, está casi olvidado.

Te sorprende con la pregunta de si te enorgulleces de pertenecer a esa estirpe. La pregunta parece surgir de la nada, pero la manera en que la formula te da a entender que no es frívola. Exige respuesta. Tu instinto te llevaría a mentir, pero la verdad te sale antes de que puedas detenerla.