La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) DÍA CUARTO. en el que ofrecemos nuestra mejor arma #17
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DÍA CUARTO. en el que ofrecemos nuestra mejor arma #17

—Ahora mismo el Agua retrocede y se prepara para alzarse —dice este cuerpo iluminado por la luna—.

En una gran ola, un gigantesco Muro... y pronto caerá sobre las costas de vuestra tierra.

Lo destruirá todo en su ciega y airada búsqueda de Sus restos mortales.

Los mismos restos mortales que ahora tenéis en vuestras manos.

Los restos mortales que lleváis en el corazón.

La tierra por la que viajáis, que estaba tan cerca de librarse del yugo del Trono, perecerá aplastada bajo el Agua en sus últimos y tempestuosos estertores.

¿Lo entiendes, Keema? ¿Lo entiendes, Jun?

Estáis aquí porque sois vosotros quienes podéis impedirlo.

Bien , dicen los jóvenes guerreros, ansiosos por lanzarse al combate. Acabaremos con el Tercer Terror y evitaremos que el Agua devore la tierra.

Pero la propia Kaara/Tak-Lina, que los contempla a ambos con tanto desdén, no tiene otro remedio que apartar los ojos con que los miraba, con que miraba a esos dos necios llenos de orgullo, para decirles:

—No va a ser tan sencillo.

No la comprenden. Piensan que su afirmación tiene que entenderse en el sentido más literal.

Que no se puede ir de cabeza a la batalla.

Que el coraje no triunfa por sí solo. Que el guerrero que no traza planes los traza para el fracaso.

Frases trilladas sobre la gloria ya obtenida, y sin apenas valor alguno en tan funesta situación.

Su fuego guerrero chisporrotea, pero se apaga cuando este cuerpo iluminado por la luna niega con la cabeza y les anuncia sin ambages lo que va a ocurrir.

—Detener el Agua será vuestra muerte.

Se quedan en silencio.

Ahora Keema mira al suelo, con expresión aturdida, mientras que Jun mantiene el cuerpo erguido y afronta la noticia de cara.

El público guarda silencio, mientras este cuerpo iluminado por la luna y Kaara/Tak-Lina les explican que la Luna es parte de ellos, que está unida a su carne, y que además de los huesos de la Luna, también habrá que sacrificar los cuerpos de ellos dos al hambre del Agua si quieren frenar su devastadora furia.

Este cuerpo no permitirá que se hagan ilusiones: si se prestan a seguir estas últimas instrucciones, su fin podrá darse por inevitable.

Por muy poderosos que sean ahora, por muchas puertas que sean capaces de abrir con el pensamiento, son más humanos que no humanos, y sus cuerpos humanos no sobrevivirán cuando el Agua los aplaste.

Tienen que realizar esa labor con las ideas claras, porque si no, fracasarán.

Y una vez que hayan cumplido su tarea y el agua haya regresado a su estado de reposo, nadie les va a recordar.

Su martirio no tendrá otra recompensa que el que se cuente su historia a un público que la va a olvidar en cuanto despierte.

Si esto les parece aceptable, este cuerpo les abrirá un pasaje, un pasaje que los llevará al Quinto Día con toda la seguridad que sea posible.

El resto será cosa suya.

—Este lo lamenta —les dice este cuerpo—. Este lamenta no poder ofreceros ninguna otra posibilidad. Y este lamenta que tenga que obligaros a tomar la decisión frente a todas estas personas. Pero esto también forma parte del relato.

Hace una reverencia.

La acogida que hallan sus palabras no es uniforme.

Al escuchar la propuesta, Jun sonríe... una sonrisa de incredulidad y de resignación.

Por supuesto que esto es así. Por supuesto.

Y cuando este cuerpo hace la reverencia, y Jun y Keema tienen que pensar en las consecuencias de sus futuras acciones, de pronto se borra toda la duda que pudiera albergar Jun, mucho antes de que Keema haya empezado incluso a digerir la idea.

Lo haré.

Keema levanta la cabeza de golpe, conmocionado.

Incluso Kaara/Tak-Lina y este cuerpo iluminado por la luna dudan y le preguntan si está seguro.

Jun asiente. Empecé este viaje convencido de que no llegaría al final.

—No mira a Keema ni a nadie que se halle sobre el escenario...

se mira a sí mismo—. La emperatriz lo dejó claro desde el principio.

No contaba con que ninguno de nosotros dos lo lograra y a mí me pareció bien.

Me dijo que no iba a llegar jamás el día en el que equilibrara la balanza de mi vida, que todo lo que yo había hecho a los demás restaría como cicatrices en este mundo, por siempre, y que lo mismo valdría para Ella.

La redención no estaba a nuestro alcance, pero por lo menos podíamos dar pasos hacia ella y, si moríamos en el largo camino, tanto mejor para todos.

Me dijo que hacíamos más daño que bien al compartir esta tierra con quienes sí la merecían.

Dijo que era hora de hacernos a un lado.

La sonrisa que dibuja ahora Jun es genuina.

Sus ojos brillan a la luz de los braseros.

Mi familia no existe ya. Una vez que haya terminado todo esto, no tendré ya ningún sitio aquí.

El tatuaje de mi cara me marcará por siempre como mancha de mi padre.

Así que, en verdad, no importa cuándo me haga a un lado, ocurrirá de todos modos, con o sin mi ayuda.

Así que más valdrá que ese momento sea de alguna utilidad.

Jun mira a este cuerpo iluminado por la luna, a Kaara/Tak-Lina, a vosotros, el público, y dice que será un honor entregar la vida por detener la ola.

Mi vida es vuestra. No habla para nada sobre la única pena que resta en su corazón.

No le da voz. Dice que detendrá la ola y se vuelve hacia Keema en busca de apoyo.

Pero Keema dice que no.

Retrocede. Trata de levantar a Jun, que sigue inclinado en reverencia, pero este lo aparta, al tiempo que se disculpa.

No. La voz de Keema se hace oír por toda la oscura sala de espectáculos.

No. No, no, no. ¡NO! Su voz es de niño. Es como la de un niño.

Llena de furia. De confusión. De más furia todavía.

Esto no tiene ningún sentido. El lenguaje de otro tiempo se filtra en él, lo infecta.

Esto es una PUTA MIERDA. No. No voy a sacrificar mi...

no vais a tener mi cuerpo. ¡NO! Jun, ponte en pie...

Jun, ¿por qué te inclinas ante esta gente?

Son... somos... y entonces calla, porque el recuerdo del río Comosa y de la cueva inunda su mente y recuerda la vida, la descarga estática que le producía el roce a lo largo del espinazo, y la sensación enardecedora de dos cuerpos que están de pie en la negrura, que se oyen respirar.

Se aleja de todos los demás, apoya el talón sobre el borde del escenario.

Le ves la espalda. La cicatriz en la carne que ocupa el lugar del brazo que perdió.

La voz se le quiebra. La voz... se le llena de humedad.

Sabes que han brotado las lágrimas, pero estás demasiado lejos para verlas.

Empequeñecido, dice de manera que se hace oír:

—Estaba tan cerca...

Mientras dice esto, mira a Jun. Este se niega a devolverle la mirada. Sabe que, si le mirara, cambiaría de opinión. Keema mira a Jun y llora.

Estaba tan cerca...

Mira a la oscuridad.

¿Por qué tiene que ser esta mi historia?

No tiene por qué ser esta.

—Keema —dice este cuerpo iluminado por la luna, al tiempo que se aventura a dar un paso hacia el muchacho, y luego otro—.

El relato que se va a contar sobre ti, sobre tus hazañas, se decide aquí.

Nos hallamos en el lugar donde se decide el Ritmo, y desde el que se despliega el Patrón.

Si quieres salir de esto, serás tú quien lo decida.

Y de todas las cosas que este ha visto y comprendido entre estos cielos, puede decirse que ha presenciado y narrado historias de crímenes de magnitud mucho mayor que el de un muchacho que se resuelve por seguir con vida.

Keema se aleja un paso de este cuerpo iluminado por la luna, pero no más.

No se marcha.

Está escuchando.

—Puedo hacer una puerta que os llevará a Su palacio real.

A Sus reales aposentos. Es el único lugar lo bastante elevado como para que la ola no lo destruya.

Si esa es la elección que tomas, el Ritmo cambiará...

una nueva danza tomará su lugar. Pasarás el resto de tus días en ese palacio de montaña, mientras el Agua se revuelve y lo destroza todo a tu alrededor.

Podrás vivir allí arriba, durante años enteros si tú quieres, pero el agua seguirá agitada y aguardará por ti.

Y llegará el día en el que estarás a punto y te ofrecerás a ella. Eso es casi seguro.

»Hay otra puerta —añadió el cuerpo—. A otro mundo. A otro tiempo. Podrías escapar por completo del País Antiguo y vivir una vida tan plena y tan larga como la de toda alma afortunada, bendita con la buena suerte de la Luna.

Keema le daba vueltas a todo aquello.

—Pero mi antigua tierra será engullida —dice.

El cuerpo asiente.

—De eso no se puede escapar. La ola se acerca.

Y los elementos constitutivos de esta vida son tales que este puede ayudarte tan solo hasta cierto punto.

Pero, suceda lo que suceda, hay un camino que puedes recorrer y que no te llevará al final todavía.

—Este cuerpo iluminado por la luna le toca en el hombro—.

Puedes decidirte por vivir. Y ninguna de estas personas que están aquí puede decirte lo contrario.

—Basta —replica Keema, exhausto—. Por favor. Basta. —Se enjuga los ojos.

No mira a nadie.