DÍA CUARTO. en el que ofrecemos nuestra mejor arma #16
Y, a simple vista, no ocurre nada. La criatura continúa andando sin prisas; el Mono Plateado y el pavo real le siguen el ritmo, y por un momento Keema piensa que les han jugado una mala pasada, porque lo único extraño que ha notado es que por unos instantes se le encogía el estómago, como si su cuerpo se hubiera sobresaltado por algo de lo que su mente aún no era consciente, y surge de ellos una especie de reverberación, como si se hubiera producido un débil impacto... pero apenas nada más.
Las hierbas altas se mecen. Tan solo cuando se vuelve hacia Jun para compartir una mirada inquisitiva, para compartir la extrañeza del movimiento, lo asalta el pensamiento de que su amigo parece distinto.
Se ve distinto. Jun oye ese pensamiento.
Le digo a Keema que él también se ve distinto...
pero de una manera que no puedo nombrar; el mismo sentimiento me turba.
Pero como siempre, la respuesta se da a conocer en el gran número de pequeños detalles.
Keema lo ve en la cicatriz en forma de gancho sobre el labio de Jun, que se ha invertido.
Jun lo ve en la raya invertida que atraviesa los cabellos de Keema. En el brazo que le falta.
Antes era el izquierdo, ahora el derecho.
Todo se ha vuelto del revés.
Keema mira al agua y se da cuenta de que han entrado en su propio reflejo. Y al darse cuenta, el Mono Plateado les dice que están aquí y separa en dos la pared de hierba, y es así como detrás de esta divisan su destino.
Es aquí donde el mono y el pavo real se separan...
han cumplido con su papel. Keema y Jun les hacen una reverencia de agradecimiento a ambos, mientras el alce se los lleva más allá de la frontera que marca la hierba.
Sus pezuñas pisan la superficie del lago como si fuera el cristal más fino.
El único sonido que se oye en este lago apacible y silencioso es el ligero chapoteo de sus pasos, cuando lleva a los dos guerreros por el camino de braseros encendidos que flotan suspendidos sobre el agua oscura y conducen a la boca de la edificación que se encuentra en medio de este lugar interior.
El centro de esta existencia en jirones.
El Teatro Inverso.
Se te eriza el vello de la nuca. Un murmullo recorre a la multitud. Un cuestionamiento. No pueden ser... ellos no... no me lo creo.
Pero todos vosotros sabéis que es cierto. En este lugar fuera del tiempo y del espacio.
Están aquí.
Les dicen que aguarden en el vestíbulo.
Los acomodadores desaparecen tras una puerta corredera.
El alce bebe de una de las fuentes, mientras los dos guerreros caminan por el vestíbulo en un silencio reverente, un silencio aterrador.
Contemplan los tapices que cuelgan sobre las paredes y los caños labrados que arrojan ríos de agua, y no se les escapa que se acercan a un momento más enorme de lo que ellos están preparados para soportar.
Está en el entumecimiento de las yemas de sus dedos.
En el agitado ritmo de sus pasos. No hablan entre sí.
Keema es incapaz de soportarlo más.
No hay ninguna tribu Daware , dice de pronto.
En el otro extremo del vestíbulo, Jun frunce el ceño.
¿Qué quieres decir?
Keema niega con la cabeza, para sí mismo, más que para ningún otro.
Las Madres me contaron que mis padres habían muerto con el nombre de su tribu en los labios.
Cuando les preguntaron de dónde provenían, creyeron oír el nombre de Daware.
Pero a saber a qué se referían. Ese nombre no significaba... nada.
Pero era todo lo que yo tenía. Las gentes me preguntaban de dónde era y yo les respondía que de Daware. Con el tiempo le di más cuerpo. Añadí detalles de tribus de verdad para darle mayor peso. Pero no había nada en todo ello que fuera real.
Simplemente... me lo inventé.
Jun clava los ojos en él.
¿Y esos juramentos inquebrantables?
Keema aparta la mirada.
Me los inventé... los copié de unos pueblos del norte que hacían rituales de ese tipo.
Jun no lo entiende.
¿Por qué? ¿Por qué copiaste eso?
Porque le hace sentir especial. Le hace sentir más grande de lo que es en realidad.
Como si formara parte de una constelación de ideales más grande que su propia supervivencia.
Porque era la única manera de que los demás se tomaran en serio su palabra.
Porque de otra manera, yo soy tan solo... yo. Un hombre de mala fortuna.
Mi nombre no estaría ligado a ninguna historia.
Jun se toma un momento para asimilarlo.
¿Estás enfadado conmigo? , pregunta Keema.
No, la verdad es que me da igual. Más bien estaba pensando en que ahora mismo somos unos mortales en el mundo de los espíritus.
Eso tiene sentido.
Por si te sirve de algo, dice Jun, el hecho de que pertenezcas a la tribu Daware es lo menos interesante que hay en ti.
Keema se echa a reír.
Jun, contento de que sus palabras lo hayan ayudado, se ríe también.
Las puertas no tardan en abrirse. El telón se retira.
Kaara/Tak-Lina está en pie frente a ellos.
No responde con palabras a la sorpresa que ambos sienten por su aparición, tan solo con una expresión severa y un gesto para que la sigan.
Y entonces los conduce adentro, y esto termina, termina este momento entre dos almas, una óptima manera de pasar los últimos diez minutos que van a vivir en paz.
Los ves entrar por detrás.
Se ven algo distintos de lo que cabría esperar; ambos algo más bajos, Jun es el más bajo de los dos.
Se encuentran a dos pasillos de donde tú te sientas, y las sombras y la luz del teatro son tales que te cuesta distinguir los detalles más precisos, pero reconoces a Jun por el tatuaje, que arde en este lugar sagrado como un sello demoníaco.
Se desprende de su tinta un fulgor bermejo que no es de este mundo, porque reacciona a las corrientes de espíritu que soplan por este teatro.
Vosotros, el público, guardáis un silencio sepulcral, mientras conducen a los dos jóvenes guerreros hasta el escenario, donde este cuerpo iluminado por la luna los espera.
Kaara/Tak-Lina, una vez finalizada su labor, hace una reverencia y se adentra en las sombras que hay al fondo del escenario, y deja a Keema y a Jun a plena luz.
Keema, que no está acostumbrado a sentir tantas miradas sobre sí, tanta atención, está abrumado y no aparta los ojos de las tablas negras y pulidas del suelo.
Jun ha vuelto a su carácter imperioso del pasado; está de brazos cruzados, con el mentón erguido.
Esto le da confianza en sí mismo cuando formula la única pregunta que ahora mismo le importa.
¿Por qué estamos aquí?
Todas las miradas se posan en ese cuerpo que se les acerca. La luz de la luna se mueve sobre su piel cual tatuajes vivientes.
—Estáis aquí porque el Ritmo os ha traído hasta aquí —explica este cuerpo con voz serena y franca—.
Estáis aquí porque el Patrón ha dictado que estaríais aquí.
Estáis aquí porque elegisteis seguir a esos animales antiguos, el alce, el mono, el pavo real, por el imposible corazón del mundo.
Estáis aquí porque siempre habéis venido aquí, siempre vendréis aquí.
—Este cuerpo levanta la mano y señala las vigas.
Las luces de los braseros cobran fuerza y las profundidades de la sala de espectáculos quedan a la vista—.
Este lugar, que se halla entre vuestro mundo y el siguiente, es el teatro donde se cuentan historias como la vuestra.
Keema parece dudar.
¿Nuestra historia?
—Las historias de tiempos antiguos. Las historias de héroes, Keema, de valerosas hazañas y tristes tragedias. El público que tenéis ante vosotros os ha seguido desde el primer día de vuestro largo viaje y, con el tiempo, verá lo que ocurre al final.
Jun, con una mirada de desagrado, porque no le gustaba la idea de que lo observaran, preguntó ¿Y cuál es el final?
Este cuerpo iluminado por la luna sonríe con gentileza.
—Este cuerpo no sabe. El tiempo se mueve por este sitio en corrientes que cambian sin cesar. Ahora mismo, en este instante, solo sabe que vuestro camino os ha traído hasta aquí, para que este pueda daros una advertencia, así como las instrucciones finales.
A pesar de las dudas y recelos que puedan albergar ambos guerreros, esto último despierta su atención.
¿Qué advertencia?
—Sabéis del viento funesto que envuelve la tierra.
Lo habéis sentido. —Este cuerpo iluminado por la luna camina entre ambos—.
Que el viento se vuelve hacia el este, hacia la costa, como aire que va a los pulmones.
Keema, tú habías soñado un presagio de ese viento.
Tu Araya te habló del portento. —Le ves confuso al principio, luego se aviva poco a poco, a medida que recuerda el sueño de la noche anterior.
Iba montada sobre una tortuga en el límite de la realidad —.
Pero, aun cuando ella no te hubiera advertido, ambos habéis sentido por vosotros mismos la gran inhalación.
La extraña manera en que los árboles se torcían.
El viento que sopla hacia el mar, porque el Agua toma aliento antes de la gran expulsión.
El Agua sabe que su amor ha muerto. Sabe que la Luna ha dejado de vivir.
Siente Sus huesos y Su esencia en algún lugar de la tierra.
En ese saco con el que cargáis. En esos corazones que tenéis encerrados en vosotros.
—Este cuerpo iluminado por la luna retira el dedo del pecho de Jun—. Y quiere recuperarla.
Lo ves en el decorado del fondo.
Una pintura móvil de una ola cubierta de blancas espumas que recorre el continente. Ves la ola, que abre sus fauces cual lobo hambriento, que engulle el País Antiguo. El mar Grande e Interminable, que se alza hacia el cielo.
Kaara/Tak-Lina, la mujer que te había preguntado por tu lanza, sale a la luz.
—Estáis aquí —dice— porque ambos habéis quebrantado la alianza entre dios y mortal. Habéis comido la carne de la Luna. Habéis cruzado una frontera que ningún humano debería cruzar.