La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) DÍA CUARTO. en el que ofrecemos nuestra mejor arma #15
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DÍA CUARTO. en el que ofrecemos nuestra mejor arma #15

—No tengo nada que temer, porque no me voy a ninguna parte —masculló.

Le pasaste un pañuelo para que se secara las lágrimas, pero como no hizo caso de tu ofrecimiento, te resolviste a enjugarle las mejillas, mientras ella, con un susurro delirante, te insistía en que su camino estaba despejado y que no se marcharía mucho tiempo.

Te miró con ojos grandes y húmedos.

—No tengo ningún miedo —te dijo.

Personas como tu padre, personas que siempre buscaban un propósito en todo, y creían en la noción de que todo se regía por un Patrón inmutable, lo llamaban Deshilachado del Tapiz.

Veían la vida, tanto en su pasado como en su futuro, como una obra ya terminada.

Apaciguaban su propia conciencia de culpa diciéndose que sus actos estaban inscritos en el tejido del mundo antes de que ellos mismos llegaran a él.

La responsabilidad moral cedía ante las necesidades del destino.

El mundo y sus cronologías estaban ya trazados y el Deshilachado del Tapiz era la frontera de aquella gran obra.

El borde inquieto y el dobladillo inflexible que preservaban la composición de la imagen.

Al morir tu lola, tu padre te dijo que no había motivos para estar triste.

Que su muerte ya era de esperar. Que la vida seguía ciertos esquemas y que tu lola había terminado ya de representar el papel que tenía en ella.

«Su parte en el Tapiz ha terminado.» Como si con eso hubiera dado respuesta a todas tus preocupaciones mortales.

Por lo que respecta a ti y a tus hermanos, raro era el día en el que pensabais en ese lugar suspendido bajo el mundo conocido, porque teníais preocupaciones cotidianas que os llevaban en todas las direcciones, salvo hacia vuestro interior.

Pero se hizo presente al caer tus hermanos uno tras otro: uno murió en la guerra, otro mientras estaba solo en su apartamento, con un trozo de cristal ensangrentado en la mano.

Se hizo presente cuando acercabas una cucharada de sopa tibia a los labios resecos de tu granjo, y mientras pasabas frente al reloj muerto del pasillo principal.

¿Cuál es el lugar a donde vamos cuando se acaban los últimos segundos de nuestra vida?

Quizá tu hermano mayor era el que lo había resumido mejor con las palabras que grabó en la corteza del árbol del patio cuando eras pequeño, antes de huir.

El Fin.

Eso fue lo que respondió el Alce Purpúreo cuando Keema le preguntó a dónde iban.

En otra criatura, esas palabras podrían haber parecido simplistas, desdeñosas, pura reticencia a hablar claro a una mente mortal, pero al provenir de aquel alce, Keema vio bien claro que aquella era la única descripción verdadera del viaje en el que se hallaban.

Estaban muy por debajo de la superficie de la tierra, en un lugar donde el aire era fresco y los huesos de antiguos viajeros, tanto humanos como animales, sobresalían de la roca como dientes, y los cinco atravesaron la red de puentes que cruzaba el Primer Abismo.

Sin vacilación, el alce pasó por los delgados puentes de piedra suspendidos sobre la más oscura y profunda de las fosas, y a pesar de las horrendas profundidades que engullían las rocas sueltas que hacían caer, Keema se sentía a gusto al seguir a aquella criatura, a pesar de que acababa de conocerla.

Alguna parte abyecta de su ser confiaba en los pasos y en la mirada del alce, igual que esa misma parte abyecta confiaba en el Mono Plateado, que guiaba a toda la cuadrilla, y esparcía semillas en las ramificaciones del puente a fin de descubrir cuál de los caminos existía y cuál no era más que un engaño para los ojos, por el que se caía en la nada.

Habían cruzado más de la mitad del abismo cuando Jun se bajó la máscara y husmeó en el aire.

—Huelo flores —dijo.

Tan solo había querido hacer una observación inocente...

le habían cosquilleado en la nariz notas de lila, de narciso, algún rastro de perfume, y pensó que sería una manera agradable de romper el silencio.

Pero entonces sintió que el alce se crispaba bajo su cuerpo y se dio cuenta de que aquel detalle tenía más implicaciones de las que probablemente iba a conocer.

El Mono Plateado se detuvo. Le preguntó en qué dirección olía las flores y Jun señaló a la derecha y, sin decir otra palabra, el mono los llevó por el camino que tendía a la izquierda, lejos de aquel olor dulce y repulsivo.

Keema preguntó al alce de qué se alejaban, y el alce le respondió que había seres que se sentaban en el borde del cielo, nacidos de las más negras fisuras de la tierra, que pasaban la vida a la espera de que alguien siguiese su aroma, a la espera de que alguien se presentara y cayera en sus brazos.

El alce les contó que harían bien en temer tales aromas y que, si querían sobrevivir a aquel viaje a lo profundo, tendrían que prestar atención a las palabras del mono, del alce y del pavo real, y permanecer bajo su atenta protección.

Los dos jóvenes no tenían ningún problema con esto último.

Y ante los ojos agudos, brillantes y depredadores que brillaban en la negrura, el Pavo Real Rojo abrió de golpe el abanico de su cola, y los ojos de sus plumas fueron como pequeñas monedas de fuego que ahuyentaban a todos los posibles atacantes.

El camino iba cambiando a medida que avanzaban.

Keema y Jun, privados de toda palabra, sin dirigirse a los animales ni hablar entre sí —ninguno de los dos quería hablar de la desgarrada extrañeza de aquel momento en la cueva—, observaban los cambios que se producían a su alrededor con asombro tenso y silente, y se les hacía cada vez más obvio que iban de viaje al corazón del reino de los espíritus, a un sitio al que ningún mortal se le permitía acceder.

Lo que en otro tiempo había sido una galería, excavada a profundidades cada vez mayores, se transformó en umbrío sendero en la selva, denso en maleza y follaje, y la cornamenta del alce iba apartando las enredaderas que se le metían en los dientes.

La emoción de Keema por lo que iban a encontrar luego adoptó una forma más pura que la de Jun, que había advertido el desdén del Pavo Real Rojo por el tatuaje que llevaba en la cara y no podía evitar el temor de que lo condujeran a su ejecución.

Acamparon en un pequeño claro. El Mono Plateado entregó a cada uno semillas que eran de brillante color dorado y tenían una textura aterciopelada.

Las semillas escondían un meollo gelatinoso y frío que sorprendió a Keema al morderlas, pero una vez que se hubo acostumbrado a la sensación en la boca, descubrió que era uno de los manjares más deliciosos que hubiera tenido el placer de probar.

Dio las gracias al mono, quien hizo un breve gesto de reconocimiento y luego se subió al lomo del alce, que descansaba, y a darle tirones en el pelaje.

Siguieron adelante. El sendero de la jungla se transformó en mechón de cabello.

Un largo mechón moreno, tan ancho como el Camino de Abajo, y que se curvaba en su descenso hasta un tapiz de estrellas.

Más estrellas de las que Keema hubiera contemplado en toda su vida, y más mundos de los que él tuviera noticia.

Mundos donde la energía brota y se descompone.

Aquel mechón de cabello zigzagueaba por las profundidades del supuesto Tapiz, donde las raíces de las flores surgen y se enroscan en torno a las lunas de canícula y teas en el cielo, y en las estrellas está grabado el panteón de felinos, de lobos, de osos gigantes, que observaban con ojos voraces a los cinco que pasaban, como si hubieran aguardado un permiso para saltar desde la oscuridad y devorar a los pequeños intrusos que habían ido a donde ningún mortal debería aventurarse.

Recorrieron el mechón de cabello hasta desaparecer en el cuero cabelludo de aquel gigante que había muerto hacía tanto tiempo, cuyo nombre aún está escrito con letras grandes en la sangre de los culpables.

Y en aquel nido de cabello, el sendero se transformó en un río apenas profundo, encerrado entre las hierbas más altas.

Allí, el mundo cobraba vida con el cascabeleo de los bichos, el aire se impregnaba con los chasquidos y zumbidos de los insectos que revoloteaban entre los tallos, evitando las lenguas de los sapos que saltaban desde la oscuridad.

Las pezuñas del alce repicaban sobre el curso de agua.

La superficie del río estaba tan quieta que su reflejo en ella era como el de un espejo, nítido y articulado.

Aquella zona le recordó a Keema el Segundo Día, en el que habían navegado en barca por los Mil, en un tiempo que le parecía ya muy lejano, y el recuerdo de aquel día le infundió un extraño y desesperado sentido histórico.

Tanto él como Jun pensaron en la tortuga y en el juramento que le habían hecho de llevarla al este protegida de todo peligro.

Tú no mereces esto , salmodiaban las voces dentro de la cabeza de Jun.

Keema sintió como Jun se encerraba en sí mismo.

Pero no sabía qué decirle para sacarlo de ahí.

Y aun cuando hubiese existido una combinación de palabras que hubiera ofrecido algo de paz, algo de concordia a su nuevo y único amigo, no habría tenido tiempo de pronunciarlas, pues fue entonces cuando el Mono Plateado se detuvo y el alce bajó la cabeza, y se volvió hacia ellos y aconsejó a los dos guerreros que se agarraran con fuerza a su pelaje.

Keema y Jun se aferraron a él, pensando que la criatura estaba a punto de lanzarse al galope.

Pero el animal no fue a ningún lado... no hizo más que estremecerse.

Se estremece.