DÍA CUARTO. en el que ofrecemos nuestra mejor arma #14
La piedra tembló, dividida entre dos polos que la atraían con fuerza, y ninguno de los dos se daba cuenta de que en sus esfuerzos por hacerse con aquel diminuto objeto provocaban reverberaciones a su alrededor, leves vibraciones que iban en cascada desde sus hombros al suelo, y hacían que la tierra y el polvo se desprendieran de las paredes de la cueva y de la superficie de las rocas, dentro de una circunferencia que abarcaba un campo entero en torno a su enfrentamiento.
Las gentes miraban hacia los techos de sus respectivas cuevas.
Pensamos que se trataba de un terremoto.
Un terremoto pequeño, pero de todos modos no podíamos evitar el preguntarnos qué habríamos hecho para merecer aquello.
Keema estaba desesperado como nunca por aquella piedra, aunque había llegado un momento en el que ya no estaba seguro de por qué, por qué aquella búsqueda trivial de la gloria, y pensó que tal vez por ello la quisiera tanto, porque no tenía ninguna importancia.
Y entonces tiró con tanta fuerza que pensó que el espíritu se le desgarraría del espinazo, pero funcionó: la piedra salió disparada hacia él, a tal velocidad que le habría atravesado la cabeza y la pared que tenía detrás si no se hubiera apartado a tiempo.
Se rompió en gran número de pequeños trozos, sus fragmentos salieron volando cual repentino chaparrón, y le hirieron en el lado de la cara.
Un único fragmento le cortó la mejilla derecha, que se cubrió con la mano, mientras retrocedía tambaleándose. Jun corrió hacia él.
—¿Te encuentras bien?
—Sí —respondió Keema. Apartó la palma de la mano, teñida de color rojo, que parecía negro en la oscuridad de la cueva. Tuve miedo de que me hubiera dejado una marca de por vida.
—No es grave —dijo Jun.
—No duele mucho —terció Keema.
—Te la puedo limpiar.
—Ya te he dicho que estoy bien. — No me miraba... aquello debía de tener mala pinta.
—No tienes por qué preocuparte por tu cara —añadió Jun, con una sonrisa burlona.
—No es que me preocupe.
Jun se alejó, riéndose.
No debería haberse preocupado.
De todos modos, me parecía agradable.
El pensamiento se escabulló cual ratón que se mete en un rincón de la estancia, a tal velocidad que habría pasado inadvertido a Keema si no hubiera estado tan atento.
Se volvió hacia Jun, que miraba en dirección opuesta y se alejaba en dirección a los fardos.
Jun arrancó un jirón de tela de la boca deshilachada de un saco y lo empapó con agua de la cantimplora.
Keema se quedó inmóvil, sin decir nada, mientras Jun le limpiaba la herida.
El escozor era agudo, pero no le provocó un especial sufrimiento, y se dio cuenta de que Jun también lo sentía, por la tensión en su rostro, la contracción de dolor en el ojo derecho mientras presionaba la tela contra la mejilla de Keema.
Los latidos de ambos volvieron al frente del escenario, mientras estaban el uno enfrente del otro en la oscuridad, lo bastante cerca como para sentir la corriente de sus respectivos alientos.
Fuera, el viento aullaba. Un escarabajo que había en la pared de la cueva huyó. Keema arreó un puñetazo a Jun, y Jun, tras retroceder para esquivarlo, soltó una carcajada de sorpresa.
—¿Y ahora qué coño haces? —preguntó.
—Pelear. Quiero pelear —dijo Keema, con los colores en la cara y la voz entrecortada. Se abalanzó sobre Jun—. ¡Venga!
Jun accedió a la petición. Se dieron de golpes.
Pero no tardaron en ver que ninguno de los puñetazos lograba su objetivo.
Ambos conocían demasiado bien las reacciones del otro.
Keema sonrió. Veía con absoluta precisión lo que iba a hacer Jun.
Jun resopló. Y veía cómo sería el contraataque.
Evitaban a duras penas los puños del contrincante.
Los nudillos les resbalaban sobre el hombro.
Volvían a la carga. Saltaban el uno alrededor del otro.
Poco les importaba la dificultad de acertar.
Pero no se daban cuenta de algo más profundo que estaba sucediendo en los circuitos de sus cuerpos...
de que, a la vez que se agarraban el uno al otro y se zafaban el uno del otro, la lucha se iba transformando.
De que su ritmo cambiaba cuando el puño de Keema alcanzaba el pecho de Jun y Jun se retorcía para acomodar su presencia.
Ambos estaban demasiado absortos en el movimiento como para darse cuenta de que la pelea se transformaba en danza, a medida que saltaban, se aferraban, y tiraban el uno del otro por abajo y por arriba.
Una danza extraña, más allá del tiempo, de un lugar totalmente ajeno, con piruetas y deslizamientos laterales, ajenos a cualquiera que pudiese haberlo presenciado.
Pero estaban completamente solos en la oquedad, no había nadie que pudiera preguntarles, ni preguntarse; solo estaban ellos dos, en movimiento, la mano de Jun que se asomaba por detrás, que se retorcía sobre el pecho de Keema cual serpiente hasta detenerse junto encima del corazón y sentir sus latidos.
Los labios de Jun respiraban en la nuca de Keema, y se quedaron allí, así, uno contra el otro. Sin hacer nada más que respirar.
Keema apretó la espalda contra el pecho de Jun. La respiración de Jun se entrecortó. Ninguno de los dos hablaba, ninguno de los dos se movía. Jun estrechó a Keema con mayor fuerza.
Tú no te mereces esto.
Y luego soltó a Keema.
Retrocedió.
Tú no te mereces nada de esto.
—Buena pelea —dijo Jun, con una voz sin cuerpo—. Por ahora, mejor que lo dejemos ahí.
—Yo... —empezó a decir Keema.
Jun se volvió y se encogió de hombros.
—Dejémoslo ahí.
Keema le miró con ojos abiertos de par en par.
He hecho algo mal. Trató de llegar a la mente de Jun, pero lo recibió una pared sin puertas.
Una superficie sin fricción e impenetrable.
Y mientras Jun se retiraba al otro extremo de la cueva, una frialdad se abatió sobre Keema, y pensó: Bien, está bien .
Igual que antes, como cuando Raami lo había rechazado, las puertas de su yo se cerraron de golpe.
Dejó que la emoción se esfumara de su rostro.
Y se quedó sentado contra la pared de la cueva, y contempló la tormenta de polvo que se hacía jirones frente a la entrada.
Me encontraba bien.
El viento aullaba.
Ellos mismos no sabían cuánto tiempo habían pasado allí escuchando el polvo...
En un momento dado, Jun trató de bromear sobre la relación del vendedor de bagatelas con el cochero, y provocó un seco gruñido de Keema...
pero al cabo de un rato oyeron sonido de cascos y pensamos que la tormenta ya había pasado y que el vendedor de bagatelas había vuelto.
Pero el polvo seguía pasando con la misma fuerza.
La única diferencia era que había la silueta de una criatura plantada a la entrada de la cueva.
Ambos muchachos se pusieron en pie. Le pregunté a Keema si veía lo mismo que yo. Le respondí a Jun que sí.
Era un alce. Durante un tiempo, se quedó allí, impasible ante los vientos de papel de lija, y Keema y Jun, sin decir nada, retrocedieron cueva adentro.
Apareció otro animal, en este caso un mono, que se abrió paso con los nudillos para ponerse al lado del alce.
Le dije a Jun que tal vez hubiera por allá una caravana que transportaba animales, que se les habría roto alguna jaula.
Pero con eso no se explicaba la indiferencia que aparentaban aquellas siluetas animales frente a la tormenta de polvo...
y al ver que después del mono aparecía nada menos que un pavo real contoneándose, los dos jóvenes tuvieron muy claro que se habían metido por accidente en un sueño, que de algún modo se habían dejado inconsciente el uno al otro durante la pelea y que asistían a las espasmódicas alucinaciones que un cráneo sangrante podría inspirar.
Su certidumbre creció aún más cuando los animales entraron en la cueva y vieron sus verdaderos colores.
El Alce Purpúreo.
El Mono Plateado.
El Pavo Real Rojo.
«Criaturas del mito.»
Tu lola suspiró el día antes de morir.
—Los he visto —te dijo—. Desde esa ventana.
Tú le preguntaste a quiénes había visto.
—A los Tres Pastores del alma —repuso, con una tímida sonrisa—. Han venido a llevarme al bendito mar Durmiente.
ANOCHECER
Lo llamas de muchas maneras.
Es un lugar que se encuentra por debajo de lo que conocemos.
Tu lola te dijo que se llamaba mar Durmiente.
Te dijo que es el sitio a donde nosotros, los del País Antiguo, miramos cuando estamos perdidos, porque es el sitio de donde hemos venido, y el sitio a donde tendremos que regresar al final.
Muchas personas de su edad lo llamaban por ese nombre, el mar Durmiente...
Preferían ese título que evocaba a un tiempo el misterio y una abundancia de vida. Era un nombre que los reconfortaba.
—Es un lugar sagrado y bello —te había dicho tu lola desde su lecho, en estado de frenesí, mientras te estrujaba la muñeca hasta causarte dolor—.
Voy a dejar este cuerpo, y así como el agua se absorbe en el suelo, mi espíritu se absorberá en la tierra.
Y con el tiempo encontraré el camino que me llevará hasta allí, hasta ese mar subterráneo, y después regresaré a esta tierra, cuando nazca de nuevo. ¿Me comprendes, niño?
Por supuesto que lo comprendías, la mujer había expresado exactamente la misma idea el día anterior, al pie de la letra.
E igual que el día anterior, y el día anterior al día anterior, le respondiste que sí, que lo entendías...
esta vez con mayor mordacidad de la que habías pretendido, pero no dio señales de darse cuenta de que se te agotaba la paciencia.