DÍA CUARTO. en el que ofrecemos nuestra mejor arma #13
Avanzaban sobre roca. Las espaldas de ambos entrechocaban. Y en el estado de intensificación en el que se hallaban, semejante contacto era como el roce de dos cables pelados.
Keema se aferró al borde trasero del carro.
Se avergonzaba de la felicidad que sentía al ir sentado al lado de alguien.
Trataba de esconder su alegría, pero era demasiado intensa.
No estaba acostumbrado a ese roce. Se desbordó de su alma y se derramó por el suelo.
Jun, que no estaba tan falto como Keema del alimento que proporciona el contacto físico, se dio cuenta del placer que irradiaba de su amigo.
Le dio un suave apretón en el costado. Keema apretó a su vez.
Iban sentados el uno al lado del otro y sus hombros se tocaban, y sentían un relámpago en la piel.
Observaron a dos niños que se peleaban por una merienda.
Un hombre que iba en otro carro golpeaba dos palos entre sí para marcar un ritmo, mientras una mujer preguntaba en voz alta a su amiga cuánto tiempo habían caminado y cómo era posible que un cuerpo pudiera llegar a cansarse tanto y aun así continuar.
De vez en cuando, el vendedor de bagatelas dejaba solo al cochero en el carro y caminaba al lado de los dos jóvenes, conversaba sobre frivolidades, señalaba cosas que iban viendo y que se explicaban por sí mismas.
—Por ahí está la cantera Corcova —dijo, señalando al sur—. La mayoría de la roca lunar que se encuentra en el país proviene de allí.
Y luego:
—¡Ah! Un geco del escalofrío. ¿Han oído hablar ustedes de una princesa de tiempos antiguos que envenenó a sus hermanas con la sangre de gecos como esos? ¿Quieren que se lo cuente?
Keema y Jun habrían querido decirle que no se molestara, pero se lo habría contado de todos modos. Iba a quedar bien con aquellos extraños dioses, aunque fuese lo último que hiciera. Toda la suerte que les sobrara sería mía.
Pero, fuera cual fuese la suerte que poseyeran aquellos jóvenes dioses, parecían reacios a desprenderse de ella, por mucho que me esforzara en amenizarles el viaje, y por ello los dejaba solos la mayor parte del tiempo y me iba a sentar con el tonto de mi cochero en la parte de delante del carro.
Mientras el vendedor y su atribulado cochero discutían a gritos, Keema y Jun continuaban sentados en silencio.
A cualquiera que los hubiese visto le habrían parecido dos viajeros cansados que apenas se conocían, pero que habían decidido compartir asiento en la parte de atrás del carro de un tercero por mera conveniencia, lo cual no era del todo mentira.
Pero al mismo tiempo que contemplaban los paisajes que iban cruzando, las formaciones rocosas burbujeantes que se arqueaban sobre el camino cual dedos de anciano, ambos se dedicaban a pasear por la mente del otro.
Pasaban frente a las puertas abiertas y frente a las cerradas.
Y fue al final de un corredor largo y poco visitado donde Keema, con el labio tembloroso, le mostró a Jun un recuerdo que nunca había compartido con nadie, porque sabía que si no lo compartía en ese instante iba a quedarse encerrado por siempre dentro de él, y esa posibilidad se le hacía demasiado insoportable como para planteársela siquiera.
Así fue como Jun se enteró de la historia del brazo izquierdo que Keema había perdido.
Y al conocerla, miró a Keema a través de su máscara, con unos ojos que lo valoraban de manera distinta, y no dijo nada, pues hay recuerdos que no precisan de comentarios.
Quizá os preguntaréis qué es lo que vio Jun detrás de aquella puerta de la memoria.
Cuánto dolor y cuánto derramamiento de sangre que se habían mantenido ocultos a lo largo de tantos años.
Pero esa historia estaba destinada a Jun, y solo a Jun, y tiene bien poca relevancia para el desarrollo de la historia que representamos esta noche sobre el escenario, así que este cuerpo iluminado por la luna la va a dejar donde está.
Si con esto no quedáis satisfechos, imaginaos lo siguiente:
Imaginaos una gran batalla en el patio de una imponente fortaleza. Imaginaos una espada que sale de golpe de su vaina y un torrente de sangre, mientras Keema, con ojos desorbitados, ve volar su brazo por el campo de batalla.
Imaginaos la mentira que más os guste.
—El viento arrecia —dijo Jun, con una mano en el aire.
No tardó en llegar una tormenta de polvo.
Las plegarias de las gentes quedaron sin respuesta.
Tal era la voluble naturaleza del viento en aquellos días, y nadie la vio venir.
Mientras el aire azotaba el polvo de las rocas en fuertes vendavales, las gentes buscaban refugio.
Hubo quien halló consuelo bajo amplias formaciones en forma de sombrilla, hubo quien lo encontró en las oquedades que salpicaban las laderas del cañón como poros en una hogaza de pan bien leudado.
El vendedor de bagatelas corrió hacia la parte de atrás del carro y, tras deshacerse en disculpas, les dijo que ellos también tendrían que refugiarse, pues los caballos se negaban a avanzar contra corriente.
—A menos que tengan ustedes fuerza suficiente para detener la tormenta, jóvenes señores.
Le respondieron que no la tenían. El vendedor de bagatelas y su cochero, profiriendo maldiciones, llevaron el carro a una oquedad en la roca, mientras Keema y Jun corrían hasta otra que se encontraba algo más adelante por el camino.
Estaba vacía, aún no se había metido en ella ninguno de los viajeros.
Mientras aullaron los vientos cargados de polvo, se sintieron confortables en su oscura cueva, a resguardo de la tormenta.
Al relajarse con la espalda contra la suave curva de la pared, Keema se dio cuenta de que estaban los dos solos, y el recuerdo del río no tardó en despertar.
Keema sabía que Jun sabía lo que estaba pensando, pero parecía que Jun estuviera decidido a no hablar de ello.
El hombre enmascarado colocó una pequeña piedra en el espacio que los separaba.
—Deberíamos entrenarnos —dijo—. Ahora que nadie nos ve.
—¿Qué vamos a hacer con una piedra?
—Ver cuál de los dos consigue atraerla primero hasta su propio cuerpo. Pon la mano detrás de la espalda —le instruyó— y yo llevaré las mías detrás de la espalda también. A ver si podemos moverla sin necesidad de hacer ningún gesto.
—¿Y así veremos cuál de los dos es más fuerte?
—Desde luego.
—¿Apostamos?
Jun sonrió.
—No sabía que tuvieses ningún dinero que pudieras apostar.
Keema le respondió con un gesto grosero.
Mientras los vientos cargados de polvo rugían y aullaban, tomaron posiciones en extremos opuestos de la oscura cueva.
Con las manos a la espalda. Jun, con mirada concentrada, levantó en el aire la piedra, que era grande como un puño.
Keema sintió como lo hacía, de la misma manera en que sentimos como se abre una flor.
La piedra levitaba en el centro de la cueva como un pensamiento oscuro.
—Bien —dijo Jun, apretando los dientes—. Empieza a tirar.
Igual que había ocurrido antes, Keema sentía que la piedra era parte de sí mismo, igual que la cueva, los vientos de fuera e incluso el cuerpo que se encontraba frente a él.
Tirar de la piedra era como ejercitar un músculo que no había conocido hasta aquel día.
La piedra empezó a moverse hacia él. La estaba llamando.
Pero, a diferencia de antes, se resistía.
Era como si tirara de la piedra a través del barro.
Como si luchara contra una corriente contraria.
Y por encima de la piedra vio que Jun arrugaba con fuerza el entrecejo y recordó que luchaban por el dominio sobre aquella piedra y por ello hizo fuerza contra el suelo con los pies descalzos y tiró aún más fuerte con la mente, y la piedra empezó a dar sacudidas en ambas direcciones, incapaz de elegir quién sería su dueño, quién sería el vencedor en aquella improvisada competición entre niños a quienes el mundo había engañado para hacerles creer que eran hombres, y ese viejo y ruin espíritu de lucha amistosa surgió cuando ambos empezaron a burlarse el uno del otro. Jun gritó casi roncando:
—¡Ya sé que tienes un solo brazo, seminiño, pero por favor...! ¡Tira! ¿También tienes solo medio ánimo?
La piedra parecía decantarse por Jun. Pero entonces Keema, cuyos talones callosos empezaban a sentir el ardor de clavarse tan hondo en el suelo agrietado, pensó El único tullido vas a ser tú cuando triunfe y te destroce la piedra contra las piernas. La piedra dio una nueva sacudida hacia Keema.
—¡Hay que ser valiente para hablar así al hijo del Primer Terror!
—gritó Jun. No me pareció que diera tanto miedo cuando le corté la cabeza — .
Por lo que recuerdo, estaba a punto de matarte antes de que yo lo distrajera.
¿Tienes por costumbre buscarte excusas cuando estás a punto de perder?
No. ¡Tan solo razones para mi espectacular... remontada!