DÍA CUARTO. en el que ofrecemos nuestra mejor arma #12
Pero los centinelas no estaban por la labor, porque pensaban que hacer tal cosa equivaldría a entrometerse con lo divino.
Pensábamos que sería una blasfemia. Y, además, el giro de la rueda era tan seguro y firme, tan inexorable, que no habría manera de oponerse a él.
Así que empujamos en la misma dirección.
Un grupo de centinelas se agolpó en torno a la rueda y ayudó al poder divino en su evidente voluntad de que aquella puerta se abriera al pueblo, a despecho de la situación en la que estuviera la tortuga, y con gran furia por parte del comandante.
La puerta se había levantado lo bastante como para que los primeros pudieran pasar, por mucho que los arqueros les gritasen que no entraran.
El comandante ordenó a los arqueros y a los soldados de infantería más leales que lo siguieran y juntos avanzaron en fila por el patio, donde los aguardaba la multitud de civiles confusos que emergía de la puerta que aún se estaba abriendo.
Ninguno de los civiles sabía por qué la puerta se había abierto así de repente, y sintieron una confusión aún mayor al encontrarse con que el comandante y sus arqueros los hacían detenerse de nuevo.
Un hombre de cuerpo escuálido que no había tenido ninguna intención de peregrinar a la Ciudad Divina, pero que había terminado por ir bajo el chantaje emocional de sus progenitores —mi madre me advirtió de que, si no iba a vitorear a nuestro emperador, mi primogénito sufriría una maldición— y de hecho no quería saber nada de todo aquello, había terminado por casualidad al frente de la turba, y al cabo de un largo instante en el que ninguno de los dos grupos avanzó ni retrocedió, una mano lo empujó adelante, y él, renuente portavoz del pueblo, dijo con su voz nada efectiva al formidable comandante:
—Por favor, dejadnos pasar.
—Daos la vuelta —masculló el comandante—. Todos vosotros. Esta puerta está cerrada hasta nuevo aviso.
El hombre escuálido volvió los ojos hacia la multitud en busca de ayuda. Una mujer mayor le miró y negó con la cabeza.
—¿No? —dijo el hombre—. No. Dejadnos pasar. Por favor.
—Arqueros, preparad las flechas.
Así lo hicieron, y la muchedumbre retrocedió.
—Todos vosotros estáis entrando sin autorización en suelo sagrado. Si valoráis vuestras vidas, dad la vuelta y regresad más tarde, cuando se haya restablecido el funcionamiento normal.
—¡A tomar por culo! —gritó alguien entre la multitud. Un niño, sobre los hombros de su padre.
Y entonces la puerta oriental empezó a abrirse también. Pero esta vez no eran Keema ni Jun quienes tiraban de ella, sino los propios centinelas. El comandante se dio la vuelta y les gritó:
—¡Deteneos! ¡Deteneos, si no queréis que os haga ejecutar por insubordinación!
No se detuvieron. Teníamos que seguir la voluntad del mundo. El mundo quería que aquellas puertas se abrieran.
—¡Arqueros! ¡Tirad!
Algunos de los arqueros bajaron sus arcos, pero tres incondicionales arrojaron flechas contra sus compañeros centinelas.
Una atravesó el espinazo de un hombre, que se desplomó sobre la manija de la rueda.
¡Asesino!, le gritamos. Y una piedra rebotó en la cabeza del arquero y le rompió la nariz, y la cosa quedó decidida, aquello ya no tenía freno, las gentes se abalanzaron y el comandante fue relevado de sus funciones, golpeado por cinco de nosotros hasta que dejó de defenderse, y entonces lo llevamos adentro del edificio y lo atamos.
Mientras tanto, los arqueros y soldados se rindieron, y la rueda giró; el camino final a la Ciudad Divina quedó expedito al finalizar el constante e inexorable acceso de la puerta de jaxita.
La Puerta del Cisne había quedado abierta de nuevo al tránsito.
«¡Perdónenme, perdónenme!»
El vendedor de bagatelas se inclinó hasta que su cabeza besó el camino.
—¡No sabía que fueran ustedes unos dioses! ¡Por favor, perdonen a este humilde proveedor de pequeños goces!
A su alrededor, las gentes avanzaban, la multitud se agolpaba en la entrada.
Algunos viajeros los miraban de reojo al pasar.
Le dije que seguramente era un viejo al que le gustaba que unos jóvenes caballeros lo humillaran.
Yo no quería saber nada del asunto, eso lo tenía muy claro, ¡vaya panda de degenerados!
—¡Eh, oye! —exclamó Keema, que había captado el comentario. Luego le dijo al vendedor—: Está bien, incorpórate, ¿quieres? No somos dioses.
—Ah, no, no, de acuerdo, no son ustedes dioses —respondió el vendedor de bagatelas, y luego les dirigió un aparatoso guiño—.
Pues muy bien, jóvenes señores que no han tenido nada que ver en absoluto con que la puerta se abriera sola, veo que cargan ustedes con un gran número de fardos y, aunque no me quepa ninguna duda sobre lo ilimitada que es su fuerza, a todo el mundo le viene bien de vez en cuando alguna comodidad, lo que es tanto como decir que me sentiría honrado en extremo si me agraciaran ustedes con la cortesía de viajar en mi carro en el camino hacia la Ciudad Divina.
Keema volvió los ojos hacia Jun. ¿A ti qué te parece?, le pregunté. ¿Aceptamos la propuesta?
Jun le devolvió la mirada. Le dije que eso era lo que teníamos que hacer. Estaba harto de caminar.
—Está bien, mercader de bagatelas —le respondió Keema—. Iremos contigo.
—¡Albricias!
Volvió corriendo a su carro y ordenó a gritos a su cochero dormido que hiciera andar a los caballos.
—¡Por aquí, jóvenes señores!
Arrojaron los fardos dentro del carro. El vendedor hizo una mueca al ver que su mercadería quedaba aplastada bajo su peso.
Jun colocó Sus huesos sobre un cojín del fondo.
Como no tenían mucho espacio dentro, ambos se sentaron en el escalón trasero del carro, mientras que el vendedor y su cochero ocupaban el asiento de delante.
Las ruedas empezaron a girar y Keema sonrió.
Pasaron bajo el marco de la última puerta. Le pregunté a Keema por qué se reía.
—Porque parece que volvemos al punto de partida —dijo— en este carro.
Jun asintió. Le respondí que me sorprendía que aún se acordara, porque habían pasado mil años.
La Puerta del Cisne se perdió de vista a sus espaldas.
Le dije a Keema que ya estábamos cerca del final.
Ya casi habíamos llegado.
Keema se apoyó contra el reborde del carro. Iba mirando el camino que dejaban atrás mientras avanzaban hacia la entrada del fracturado cañón.
Casi.
TARDE
Avanzaron entre las rocas.
La procesión de peregrinos, de cientos de personas, avanzaba con gran bullicio por el camino que atravesaba aquel cañón.
Rezábamos por que no se levantara ninguna tormenta de polvo que nos retrasara.
Rocas estriadas, desgastadas por milenios de vientos salobres, se cernían sobre ellos y los protegieron del fulgor del sol durante muchos de sus benditos pasos.
Las gentes no salían del camino principal, excavado en la roca por las suelas de los numerosos y valientes viajeros que los habían precedido.
En ocasiones, el camino se bifurcaba en direcciones tentadoras, con carteles que indicaban los accesos a las canteras cercanas, y aunque hubiera entre nosotros algunos que trabajaban en las minas del señor Waag y en sus forjas del norte, no nos desviábamos de nuestro camino.
Muchos de nosotros queríamos despedirnos del emperador antes de que emprendiera Su viaje.
Otros querían ver a quién indultaría de la prisión de Rocalegre.
Y había algunos que no tenían nada más que hacer, aparte de seguir adelante.
Durante aquellas horas monótonas, en las que apenas si ocurría nada digno de mención, salvo algún geco que correteaba por las rocas polvorientas o una extraña familia de murciélagos que salía de un hueco en las paredes del cañón, Keema observó a las gentes que marchaban tras el carro del vendedor de bagatelas.
Las familias silenciosas. Los comerciantes y sus escoltas.
Las caravanas en las que viajaba media aldea.
Si les prestaba atención, sentía su agotamiento.
Su confusión ante el aterrador silencio en el que se habían encerrado las tortugas por todo el país.
Su vana esperanza de que, en cuanto llegaran a las afueras de la Ciudad Divina, todo volvería a ser como antes...
esperanza de regresar a la normalidad, aunque esa normalidad fuera el miedo, la desconfianza, el hambre, porque al menos el miedo, la desconfianza, el hambre les resultaban familiares.
Durante el viaje, Keema iba mirando a Jun.
No había nada en concreto que quisiera decirle.
Mis ojos se volvían por sí solos hacia su rostro enmascarado.
Y a veces Jun miraba atrás y Keema sentía una leve patada en el estómago, que acogía con una especie de placer fatigado.
—Cuando todo esto termine —preguntó Keema—, ¿qué vas a hacer?
—Quieres decir si todavía estamos vivos.
Keema sonrió.
—Si todavía estamos vivos.
Jun pensó en Mira, de la Reunión, y en la promesa que le había hecho, la promesa de entregarle su vida. No quiso agriar el momento con ese pensamiento y por ello no se lo reveló a Keema, que veía tan solo una cara de mujer desdibujado en la memoria de Jun.
—¿Tienes a alguien que te espere? —preguntó Keema, vacilante.
Jun se rio quedamente.
—No. No, no tengo a nadie. —Suspiró—. A decir verdad, no creo que pueda darte una buena respuesta. Apenas si he pensado en lo que voy a hacer, más allá de nuestra misión. Me costaba imaginar que hubiera un «después». ¿Y tú? —preguntó Jun—. ¿Qué vas a hacer?
Keema tragó saliva e inclinó la cabeza a un lado, para fingir que lo pensaba bien.
—Yo tampoco tengo planes.
—¿Así está la cosa?
—Sí, así está.
—Pues entonces, cuando todo esto termine —dijo Jun, con la mirada vuelta hacia un lado, hacia la nada—, quizá podríamos ayudarnos el uno al otro. Estaría bien poder contar durante un tiempo con un compañero de viaje, mientras nos aclaramos con nuestra vida.
Keema se encogió de hombros con indiferencia.
—No es mala idea.