DÍA CUARTO. en el que ofrecemos nuestra mejor arma #11
Keema se crispó.
Bilis negra que se extendía por el suelo a sus pies.
—Ya no viaja con nosotros.
—Lo lamento mucho, señor..., disculpe, no recuerdo el nombre de ninguno de los dos. ¿Usted se llamaba...? —preguntó a Keema.
Keema cuadró los hombros.
—Muerte.
—Ah.
Jun negó con la cabeza y continuó con el tema que tenían entre manos.
—Así, ¿nadie ha contado nada más que eso? Yo tenía la esperanza de que estuviera usted más al caso, con lo sociable que es.
El hombre empezó a sudar.
—Una observación muy amable por su parte, joven señor, pero en verdad, los guardias de la puerta manifiestan la hostilidad habitual.
Responden a las preguntas con advertencias, que a su vez suscitan gritos, a los que se responde con nuevas advertencias.
—Entonces el vendedor de bagatelas miró a la multitud con sorprendente seriedad—.
No aguantarán mucho más, vamos, no creo...
—Se encogió de hombros y su bigote se agitó bajo el viento cada vez más fuerte—.
Y por eso he decidido esperar. A una revolución, o una masacre, me da igual.
La puerta terminará por abrirse... aunque he oído que el comandante de la Puerta del Cisne es especialmente reacio a ceder terreno.
Dentro del puesto de control,
el comandante intentaba en ese preciso instante aferrarse a todo el terreno que pudiera.
Se había plantado frente a la obstinada tortuga y trataba de convencerla de que volviera a trabajar, y mientras tanto oía a la muchedumbre que se había amontonado frente a la puerta.
El griterío cobraba fuerza por momentos.
Su asistente personal hacía lo posible por ocultar su exasperación, pero apenas si podía hacer nada para evitar que le temblara el labio —mi padre me dijo que ponerse a trabajar en esto era mala idea— y sus centinelas empezaban a amedrentarse ante todas las personas enfurecidas que se encontraban al otro lado de la muralla.
Sabía que sus soldados estaban atemorizados, pero era un hombre del Trono, yo era el puto comandante y no permitiría que pasara ni un civil más sin que se llevara a cabo el procedimiento de inspección correspondiente, porque si se abandonaban los procedimientos, se abandonaba todo.
El país que no tiene seguridad total no tiene seguridad alguna.
—Así que vamos a ver, tortuga —dijo, al tiempo que se cubría la nariz con un pañuelo perfumado—, esa turba de millares de personas que está ahí fuera, al calor de este día, sedienta y fatigada, espera a que obedezcas.
Escúchame bien, lo que yo intento es protegerte de ellos.
Tendrán que culpar a alguien por sus problemas. Se van a fijar en ti.
La tortuga no se molestaba en levantar la cabeza.
—Esta no obedecerá. Esta ha terminado su tarea.
—No puedes terminar. No vas a terminar jamás. ¡El deber para con el propio país no termina nunca!
—Este no es el país de esta —replicó.
—¡Blasfemia!
—No puede haber blasfemia alguna cuando la divinidad contra la que se blasfema ha muerto.
Y no se refería tan solo al rumor de que el emperador había sido asesinado, pues lo que el comandante desconocía era que la tortuga, todas las tortugas, habían sentido la muerte de su propia divinidad.
Como Luubu había muerto y la red que las unía a todas ellas se había desmoronado, las criaturas se habían transformado en faros distantes entre sí en medio de la negrura, capaces de enviar y recibir tan solo la información y las imágenes más básicas.
Y fue en semejante oscuridad donde recibieron, desde algún lugar, de parte de una de ellas que ya no existía, la imagen de una mañana que se había consumido en navegar por un río calmo y soleado.
Una mañana que había pasado sola, sin más compañía que la de ella misma, sin centinelas, sin diplomáticos, sin generales.
Sin husmear a seres humanos a los que no quisiera husmear.
Sin leer pensamientos, ni emociones, sin sorprender traiciones teóricas ni reales.
Tan solo existía el río. El cielo. Y ella misma.
Y con eso había bastado para que las criaturas se replantearan las ataduras que las ligaban a sus lamentables torres de vigilancia.
Las gentes habían empezado a arrojar objetos contra los arqueros por encima de la muralla. Una bolsa de cecina le dio a alguien en el cogote. El comandante frunció el ceño. Le dijo a la tortuga que estaba poniendo a prueba su paciencia. El animal ni se inmutó.
—Esta ha terminado —dijo.
Volvió a volar comida sobre las murallas.
Gritamos a la gente de abajo que se detuviera antes de que la situación se disparara.
Aquello no era lo que las gentes querían oír.
¿Antes de que la situación se dispare?, grité a mi vez a aquel hombre.
¡Yo te voy a disparar esta roca por el culo si no abres la puerta!
—¡Ay, Dios mío! —dijo el vendedor de bagatelas mientras la muchedumbre se revolvía.
Dejaron de arrojar comida y empezaron con objetos más contundentes.
Los arqueros gritaban maldiciones. ¡Me dieron con un puto cucharón!
Los arqueros prometieron a la multitud que, si no paraban, serían ellos quienes no tardarían en empezar a lanzar sus propios objetos, que serían mucho más afilados y puntiagudos.
El comandante oyó todo aquello, pero no le importó.
Lo único que quería era volver a controlar a la tortuga.
Pero Keema y Jun sabían cuál iba a ser el sangriento desenlace de aquella disputa.
Sabían que la puerta no tardaría en llenarse de cadáveres.
—El año pasado esto no habría ocurrido —apuntó el vendedor—. Parece que el mundo entero se haya puesto patas arriba durante esta última semana.
—Deberíamos hacer algo —le dijo Jun a Keema— antes de que esto empeore.
—¿Qué podemos hacer? ¿Quieres que tratemos de abrir la puerta?
Jun asintió.
—Eso no haría ningún daño.
Keema pensó en ello.
Sentía curiosidad por ver si seríamos capaces de hacerlo.
Con esto último, Jun estuvo de acuerdo.
El vendedor de bagatelas había oído las palabras «tratemos de abrir la puerta», pero no había entendido lo que querían decir.
La puerta sumaba las estaturas de diez guerreros de buena talla, y pesaba diez veces más que todos ellos.
Cuando el tipo raro con la máscara y el tullido dijeron que querían abrirla, me pareció que se habían vuelto locos.
Y si de verdad habían enloquecido, podía temer ya por mi propia vida.
—Bien está que temas por tu vida, si sigues llamándome tullido —le dijo Keema antes de marcharse con Jun. El vendedor de bagatelas se quedó en su carro, estupefacto.
Ambos tomaron posiciones al final de la creciente muchedumbre, sin que nadie se diera cuenta. Los presentes eran lo bastante numerosos como para que los arqueros no se dieran cuenta de su presencia, perdidos como estaban en el ruido de fondo visual de aquel tumulto.
Ambos cerraron los ojos. Ambos acallaron sus respectivas mentes.
Ambos escucharon el Ritmo. Ambos sintieron la fuerza de las maderas de las que se componía la imponente puerta.
De las cuerdas que la sujetaban y los poderosos engranajes que se hacían girar con la rueda.
Sintieron las horas, los días, las semanas que se habían dedicado a construir aquella puerta.
Sintieron el pulso y el dolor de los árboles que se habían talado en el bosque del norte.
La eterna luz del sol que antaño había quedado impresa sobre sus ramas.
Sintieron los años y la vida de aquel objeto, que, para ellos, en su estado de concentración, respiraba con la misma hondura que los humanos que se encontraban encima de él.
La madera tenía músculo y tensión. Sangraba energía.
Fue en medio de ese profundo estudio, que habían emprendido cada uno con un brazo tendido hacia la puerta, cuando sintieron que la resistencia cedía.
Tomaron los sonidos del griterío, la crepitante decepción de la multitud, y se sirvieron de toda esa fuerza contra las vigas de madera.
Teníamos sed, estábamos fatigados, y no nos decían nada.
Pero sabíamos lo que había ocurrido en el Cuenco.
Sabíamos que era posible derribar sus defensas.
Dejaron que las dos energías se hablaran la una a la otra.
Y desde mi carro de bagatelas sin valor, vi cómo lo hacían.
Vi cómo sucedía.
La puerta empezó a subir.
En cuanto el comandante oyó el sonido que hacían los dientes de madera al subir —un sonido que le gustaba oír tan solo dos veces al día: temprano por la mañana y a finales de la tarde, antes del anochecer—, maldijo y bajó de la torre de vigilancia de la tortuga.
—¡¿Quién está haciendo eso?! —gritó—. ¿Quién hace girar la rueda?
Sus centinelas acudieron, desconcertados. Le dijimos al comandante que no había nadie que lo hiciera. Que no había nadie en la rueda.
—¡Pues entonces explicadme cómo es que la puerta se va para arriba!
Corrió hacia la muralla, pero vio con sus propios ojos que la rueda giraba por sí misma, y en ese mismo instante se sintió rodeado de magnitudes mundanas que no comprendía.
Como hombre que dejaba los misterios del mundo en manos del emperador y de los eruditos del Mundo Inverso, se enfrentó a ese momento inexplicable con miedo, ira y un deseo irreprimible de ponerle fin.
—¡Parad la rueda! ¡Vosotros tres, agarrad las manijas!