La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) DÍA CUARTO. en el que ofrecemos nuestra mejor arma #10
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DÍA CUARTO. en el que ofrecemos nuestra mejor arma #10

Ambas puertas eran lo último que se interponía entre el resto del país y las casas nobles de la costa oriental.

Las Cinco Familias, celosas de la cuna entre montañas sobre la que Su Sonriente Sol afirmaba su señorío en el oeste, se habían esforzado por sufragar y edificar sus propios símbolos ornamentales de poder.

La Puerta Trina y la del Cisne sumaban tan solo un pequeño porcentaje del gran número de construcciones imponentes que salpicaban el extremo oriental del país, posibles todas ellas —al menos en parte— gracias a una de las Cinco Familias.

El señor Waag había encabezado los trabajos de construcción de las estructuras opalescentes y con remates alados de que se componía la Puerta del Cisne, los materiales que en aquel momento brillaban a lo lejos bajo la luz del mediodía, extraídos de sus canteras más preciadas.

El efecto sobre las gentes era inmediato y potente.

Detuve de pronto los caballos y dije a los demás que salieran a mirar.

En cuanto la Puerta del Cisne quedaba a la vista, uno tenía que detenerse, aunque fuera tan solo un instante, para apreciar su abrumadora presencia.

Sostuve a mi hijo por encima de mi cabeza para que pudiera ver por encima de las gentes.

«Mira —le dije—. ¡Mira lo que se ha podido hacer gracias a nuestros señores!

» Las suaves alas de roca blanca se alzaban sobre la puerta propiamente dicha, que era una losa con bisagras de sólida jaxita verde.

Mi padre murió mientras ayudaba a construir ese horror.

Le dijo a su superior que el andamiaje era débil y él no se lo creyó.

Tardaríamos demasiado en reconstruirlo, dijo su superior.

Continuad con el trabajo, dijo. Veinte hombres y mujeres murieron aquel día, porque el bambú se salió de su sitio y los postes de madera se rompieron. Mi padre quedó aplastado debajo.

Los nuevos sentidos de Keema capturaron el breve relato, aunque sin saber de dónde provenía, mientras Jun y él mismo cabalgaban con las gentes hacia la majestuosa puerta.

Al otro lado de los colosales muros se hallaban las Fisuras, donde la tierra, agrietada por Su Impacto, estallaba en un laberinto de quebradas, túneles y formaciones de otro mundo.

Aquella era la línea divisoria, donde los campos de Soma se encontraban con aquellas santas quebradas.

Más allá de las quebradas estaban las fincas residenciales.

Entre ellas, Su Palacio de Verano.

Estaban cerca.

Se alzaba un viento.

Se advertía en el balanceo de los árboles que les rodeaban, en el juego de las hojas.

En cómo se amasaba el pelo de las personas.

En el constante aleteo de la solapa de lona del carro.

Gracias al estado de dilatación de sus nuevos sentidos, ninguno de esos detalles pasaba inadvertido a Keema y Jun, que veían el viento casi como un objeto físico, como un cepillo que se hundía en el aire y arrastraba con sus cerdas todos los elementos del mundo que se podían mover.

Era el viento del presagio que se arrastraba hacia el este, hacia las fincas, hacia la costa.

Que arrastraba a las gentes a una puerta que estaba misteriosamente cerrada.

Las pesadas fauces de jaxita de la Puerta del Cisne se habían hundido en la tierra. Nadie podía trasponerlas. Una multitud de cientos de personas había empezado ya a apelotonarse frente a aquella puerta y gritaba que le dieran paso.

Aquello era excepcional.

Nos la habían cerrado sin avisos, sin explicaciones, y los condenados arqueros de la muralla no nos dijeron cuándo la abrirían de nuevo.

Estábamos atrapados fuera, en el calor, sin tener ni idea de si sería mejor volvernos atrás o esperar.

Keema y Jun se abrieron paso entre la multitud —y yo que pensé: pues claro que me pasa esto, primero Jela me abandona y ahora, pues bueno, ya lo ves— , se colaron entre los carros atascados y las plataformas con ruedas que llevaban atadas sobre su superficie estatuas talladas a imagen del emperador —me había esforzado en ello durante meses para recibir su bendición— y los carretones cargados con artilugios y obras de arte que se iban a presentar en las celebraciones a la divinidad.

Ambos trataban de acercarse, por si podían descubrir el motivo de que todo se hubiera detenido.

Escuchaban en el corazón de la multitud, y aunque no todo lo que oían fuera a servirles, lograron filtrar lo bastante en medio del ruido de fondo como para saber qué había ocurrido con la puerta durante aquel día.

Me pregunto si será cierto. Es un motivo bien estúpido para mantenerla cerrada, si es que es verdad.

No necesitan una tortuga para hacernos pasar inspección.

¡A nosotros qué nos importa que ya no quiera trabajar para ellos! Keema y Jun entrecruzaron miradas.

—¿La tortuga no trabaja? —preguntó Keema.

Jun asintió y le dijo:

—Vamos a ver qué más descubrimos.

Pero apenas si se podía extraer información alguna de la creciente irritación de quienes se veían obligados a esperar.

Tan solo que la puerta llevaba un buen rato cerrada, probablemente por la deficiente cooperación de la tortuga que había dentro, pero tal vez no, y los centinelas que estaban arco en mano en lo alto de la muralla se negaban a hablar.

Algo más adelante oyeron que en algún lugar más a la derecha alguien pensaba:

Ya llevo cinco putas horas de espera frente a la Puerta del Cisne.

He venido desde Ciudad Palacio para encontrarme con esto.

He arrastrado la carreta cargada de putas bagatelas sin valor hasta el culo del país tan solo para sacar un provecho que podría haber sido el doble si me hubiera quedado con mis antiguos socios.

He echado las culpas al cochero. He echado las culpas a mi exmujer.

Me he preguntado si serviría de algo encender los fuegos artificiales...

si conseguiría que los gilipollas malnacidos que están al otro lado de la puerta la abran.

Jun y Keema sintieron un mismo escalofrío al reconocer aquella voz pretenciosa.

El vendedor de bagatelas.

El hombre que aquella misma semana los había distraído mientras otra persona trataba de pegar fuego a su carruaje.

No tardaron nada en reconocerlo entre la multitud asfixiada de polvo.

Era el mismo caballero de aires elegantes, que miraba a los ojos de Keema de manera no muy distinta a la de un pájaro que se pavonea.

El día no había sido propicio para el vendedor.

Tenía magulladuras, arañazos e incluso un moretón que le subía del cuello a la mejilla, y que el propio hombre explicó con facilidad.

Podrían haberme dicho simplemente que no querían cerrar el trato.

No tenían ninguna necesidad de acusarme de estafa.

No tenían por qué echarme abajo desde la condenada plataforma.

—Ese hombre... —murmuró Keema.

—No lo mates —dijo Jun—. Hablemos antes con él.

—Los Pavos Reales Rojos os pasáis de misericordiosos.

Jun reprimió una risa.

Al ver que los dos jóvenes se acercaban, los recorrió con la mirada y luego evitó el contacto visual, porque pensé que eran mendigos que venían a pedirme limosna y la caridad nos lleva a todos por el mal camino , pero cuando tosieron para llamar su atención los evaluó de nuevo, se fijó más que antes en su porte confiado, y se preguntó si tal vez se trataría de posibles clientes.

Me enorgullecía del buen criterio con el que determinaba a quién iba a recibir.

Yo era un excelente juez de caracteres. Estaba a punto de empezar un discurso publicitario para explicarles por qué motivo aquel trozo de roca atado al extremo de una cuerda era en realidad de origen divino, cuando de pronto reconoció sus caras, el recuerdo emergió con el resplandor de un claro entre nubes, y dijo:

—Ay, mierda.

—Buenos días, compañero de viaje —repuso Jun.

Iban a matarme. Era así como iba a morir. ¡Por prestarme a seguir el plan de un crío estúpido!

—Miren, caballeros, aquello no fue idea mía.

Fue... fue... —Parecía que mirase en derredor en busca de alguien a quien pudiera echar las culpas—.

¡Fue una broma! ¡Nada más que una broma!

Espero que no sufrieran ningún daño grave.

El caso es que... no sabían que ustedes eran de los buenos, ¿saben?

Vieron el carruaje real y olieron la tortuga, y las gentes son tan temperamentales, querían desahogarse y me pidieron que participara en su jueguecito, pero es que no hubo nada más que eso, tan solo, tan solo un jueguecito, de verdad.

—¿A ti qué te parece? —le preguntó Keema a Jun.

—Que todo esto son gilipolleces —respondió Jun—. ¿Qué quieres decir con eso de que no sabían que éramos de los buenos?

El vendedor de bagatelas levantó los ojos, sin abandonar su ademán obsequioso, y dijo casi cuchicheando:

—Ustedes son rebeldes, ¿verdad? De la Reunión...

—Entonces se explicó—: Pasé por la Puerta del Conejo no mucho después que ustedes.

Oí la historia sobre el carro en el que iban dos jóvenes que se correspondían con su descripción y una tortuga renegada, perseguidos por el Primer Terror en persona.

Ustedes dos se han convertido en tema de conversación en las rutas de mercaderes.

—¿Ah, sí? —preguntó Jun.

Recé por que me creyeran. ¡Era casi la verdad! Aunque lo que me habían dicho era que los que conducían el carro eran un tullido y un tipo raro con una máscara... pero no tenían por qué enterarse.

—Sí, así es, mi joven señor.

—Quizá vaya a creerte, si nos cuentas alguna historia que sí nos sirva para algo.

Ah, gracias a los dioses, pensé.

—¡C-claro, como gusten ustedes! Solo tienen que preguntar, por favor, estoy aquí para servirles.

—¿Por qué está cerrada esa puerta?

El vendedor de bagatelas hizo un breve gesto de desdén.

—Por un tema de política interna, según he oído. Tienen una tortuga rebelde que no quiere husmear a nadie. —Entonces miró a uno y otro joven—. ¿Y qué fue de su tortuga renegada? ¿Encontró ya un nuevo hogar?