La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) DÍA CUARTO. en el que ofrecemos nuestra mejor arma #9
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DÍA CUARTO. en el que ofrecemos nuestra mejor arma #9

Su sorpresa se transformó en carcajadas.

El pezón se recuperaba del ataque. No podía decirse que estuviera dolorido, pero casi.

Se había vuelto sensible y receptivo a su tacto.

La otra mano se deslizó hacia atrás, hacia su firme trasero, y Keema tenía los ojos abiertos de par en par, se restregaba a través del faldón, mientras Jun reseguía su propia curva con el dedo índice...

pero antes de que aquello pudiera continuar, hicimos que nos viera tal como nos había visto la última vez , Jun retiró la mano mientras su mente se abarrotaba de imágenes que se esforzaba por alejar de sí mismo: la mano carbonizada que emergía de las llamas, el niño erizado de flechas en los campos, el río henchido de cadáveres a donde él mismo arrojaba uno más, el muchacho inerte debajo de su cuerpo con la espalda cubierta de heridas de cuchillo.

Hicimos que lo viviera. Olió los cuerpos envueltos en su propio hedor.

Olió la podredumbre que se cocía bajo el sol.

Le vinieron arcadas. Keema se apiadó de él, pues, aunque no viera lo que veía Jun, sí sintió su repentina angustia, e incluso percibió en el aire el leve olor a madera quemada.

Ambos recogieron sus pertenencias. Keema se puso en pie.

Jun cruzó el río con los fardos sobre la cabeza.

Y nosotros le decíamos con mayor fuerza que nunca que aquel era el destino que se merecía.

Nosotros éramos su culpa e íbamos a despojarlo de toda intimidad.

Se vistió con gran agitación, se echó los fardos al hombro y recogió el saco donde llevaba Sus huesos, algo avergonzado por haber hecho tan cerca de Ella lo que había hecho.

Una embarcación fluvial pasó por detrás.

Los pescadores hicieron un leve gesto de saludo, mientras él se ponía la máscara de pavo real que había sido de su hermano y, a modo de respuesta, inclinaba la cabeza con cortesía, con el rostro oculto una vez más.

Las mujeres que iban a bordo conversaban entre sí y se reían, abstraídas con los chismes que corrían por el lugar sobre un borracho, su sobrina y sus tres perros.

Aquella era la vida que Jun viviría por siempre.

Y con los hombros hundidos, la cabeza llena de estruendo y el agradable recuerdo de un cosquilleo en las yemas de los dedos, siguió adelante, y lo mismo hizo Keema, que para entonces había perdido ya de vista al ave purpúrea.

Ninguno de los dos estaba ya muy lejos del camino que conducía a la Ciudad Divina.

El Camino del Cisne.

Keema oyó el camino antes de verlo: las ruedas que giraban y los crujidos de las maderas de los carros.

El bramido de las bestias de carga. Las gentes que hablaban a gritos en medio de una conversación animada por las expectativas, por las circunstancias.

Era el penúltimo día antes de que terminara el Peregrinaje y todo el mundo se dirigía al este para las celebraciones finales.

Cientos de carros tirados por caballos y bueyes, cientos de grupos a pie descendían por aquel ancho canal de tierra.

Hasta había puestos de venta a ambos lados del camino, a cargo de tenderos que habían olido una oportunidad en las gentes que irían a pie.

Le pregunté si había oído el rumor de que el emperador había sido castrado por su amante en el Día del Pescador, pero él dijo que lo que había oído era que habían castrado al Primer Terror y que era el emperador quien lo había hecho.

Lo olía, el sudor de la gente — no fui capaz de encontrar a mi madre —, los excrementos de caballo y los aromas de los palitos de comida que se vendían en los puestos de la carretera.

Hacía un calor infernal y yo vendía palitos de pan-pan a precios desorbitados.

Sí, fue el mejor día de mi vida. Cuanto más se acercaba, más fuerte se oía.

Y sabía muy bien que no todas las voces que escuchaba provenían de Jun.

Recuerdo que gimoteamos al ver que el tullido se acercaba al camino desde los campos.

Tratamos de apartarnos. Daba mala suerte encontrarse tan cerca de alguien como él.

Empujé a mis niños hacia el otro lado. No quería que lo olieran.

Se le veía... castigado. Nos inspiró lástima. Pensé que deberíamos darle unas monedas.

Pero no queríamos correr riesgos.

Lo oía todo.

Al unirse a las personas que transitaban por el camino, sintió que todas las voces lo inundaban a la vez.

Llevábamos DOS DÍAS de viaje y ella no paraba de hablar.

Habría querido tomarme un veneno y morir frente a ella, pero sabía que ni con eso se iba a callar.

Pensó que se le iba a agrietar la cabeza.

Mi hija había muerto el día antes, pero yo era leal, así que no iba a perderme las celebraciones del emperador, pero no podía quitarme de la cabeza sus labios hinchados, porque la encontraron en el río, la encontraron en el río y no saben quién la puso allí.

Trató de seguir adelante. Seguía las palpitaciones de Jun.

Jun se encontraba más adelante, en algún lugar.

Y entonces vi que aquella criatura pasaba a toda prisa por mi lado y todo mi cuerpo se estremeció porque solo tenía un brazo y temí que me hubiera pasado alguna enfermedad.

Y ya solo me faltaría eso —DIJE ¡OYE, CUIDADO!

— no encuentro a mi madre — métesela, métesela hasta el fondo, hazla gemir — los pies machacados y sanguinolentos por haber practicado toda la noche anterior y me arranqué la uña del dedo gordo del pie como si hubiera sido una costra —me tosió en la cara y quise vomitar— Olor, olor por todas partes se me sube por dentro —no volveré a sentir esta misma satisfacción—, moriré de este modo al calor bajo el sol rodeada por esta panda de gilipollas —VENGA VENGA VENGA VENGA— ahí, un muchacho lisiado, yo había tenido uno como ese en la Sala de los Juguetes en la embarcación de recreo de los Induun; hice que me amara —Cómo debe de ser eso de tener un solo brazo si hasta resulta mono— Pero deberíamos estar pendientes de guardar las distancias —Guarda las distancias— No te acerques a él —¡EH! ¡ESTÁ DEMASIADO CERCA!

Una mano lo empujó por detrás y avanzó a trompicones, mareado por el calor y el ruido, y perdió el equilibrio y empezó a caerse; el impulso de la caída hizo que el estómago se le subiera hasta los labios, el sudor se le acumuló sobre la frente, y una vez que hubiera caído, aquel mundo abrumador lo mataría a patadas, y a él ya le parecía bien, porque así terminaban siempre quienes eran como él, pisoteados por personas a quienes no importaba una mierda y pensé: Quizá si aterrizo de cara y la nariz me atraviesa el cráneo tendré un poco de descanso por fin.

Pero entonces alguien lo agarró.

Dos manos volvieron a ponerlo en pie y entonces vio los ojos con que le miraba el muchacho enmascarado, y pensó que iba a derretirse de alivio.

Por la fuerza con que le agarraba los hombros, adivinó que Jun también lo pasaba mal con aquel estruendo Dos zumbados que cerraban el paso a todos los demás, sí, por supuesto que les dijimos que anduvieran con paso más vivo Nuestros cuerpos aún se pudrían dentro de la mente de aquel malnacido, una criatura como un gusano salía de la cuenca del ojo, pero sucedió algo que ninguno de los dos esperaba.

Mientras se encontraban en medio de aquella vía abarrotada y se miraban el uno al otro, las voces empezaron a perder fuerza.

Perdí el arriendo y luego ese hijoputa piojoso no podía dejármelo...

no he podido seguir adelante. Y en la maraña de miembros en la que se habían convertido cuando Jun le había dado alcance, el uno con las manos sobre el pecho del otro, o cerca de este, se sentían mutuamente los latidos del corazón.

Su ritmo. Me dejó una flor en una de mis sandalias y quemé la nota sin leerla, y luego me comí la flor, porque no lo iba a perdonar jamás.

Y Jun, con la barbilla perlada por inmensas gotas de sudor, le dijo:

—Ella me habló de esto. Del Ritmo. Está en todas partes.

Keema asentía con silenciosa admiración.

Su palma presionaba el pecho de Jun, y la de Jun oprimía el de Keema.

Les dije a esos dos pervertidos que se encerraran en una habitación.

No me oyeron. Y los ritmos de ambos cuerpos se sincronizaron.

El bucle de retroalimentación se aflojó.

Se relajó. El sonido se fue apagando hasta que tan solo quedó el sordo fragor de una costa lejana.

Tan solo unas pocas voces conseguían llegar hasta ellos.

Quería irme a casa, quería irme a casa. Y Keema se dio cuenta de que no era sudor lo que resbalaba por la barbilla de Jun, sino lágrimas, porque por fin, en la calma de aquella síncopa, quedamos en silencio, los cuerpos desaparecieron del río, el cuchillo ya no estaba en la espalda del niño y una lluvia fina se precipitó sobre la casa en llamas, hasta que la mano en la ventana se desvaneció y tan solo quedaron rescoldos.

MEDIODÍA

La Puerta del Cisne.

En el País Antiguo no había muchas puertas hermosas. Aquellas construcciones no estaban destinadas a ser bellas. Pero la Puerta del Cisne y su puesto de control gemelo en el Camino de Arriba, la Puerta Trina, eran la rara excepción.