La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) DÍA CUARTO. en el que ofrecemos nuestra mejor arma #8
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DÍA CUARTO. en el que ofrecemos nuestra mejor arma #8

Dejó los sacos, las sandalias, y se plantó ante el árbol.

Al inclinarse frente a este, trató de recordar los patrones tejidos que Ella le había mostrado antaño en la negrura y se sorprendió de la rapidez con que brotaba el recuerdo, como si respondiera a su petición.

Hizo todo lo posible por seguir las instrucciones.

De cara al árbol, se puso en cuclillas abiertas, con las manos sobre los muslos.

Dio dos palmadas. Saltó y aterrizó con el pie derecho adelante, el izquierdo atrás.

Su mano derecha acariciaba el aire. Las transiciones eran torpes, los movimientos rígidos.

Pero persistió y, a fuerza de echar atrás los hombros, saltar y cambiar la posición de las piernas, empezó a sentir que el mundo experimentaba un cambio gradual.

Oía las pulsaciones, lejanas, débiles, cada vez que sus pies conectaban con el suelo.

La mano izquierda estaba extendida y acariciaba.

El pie derecho atrás, atrás, dando toquecitos.

Empezó a sentir la respuesta del árbol. Sintió como las finas ramillas que trepaban por su tronco hormigueaban y se hinchaban.

Sintió que el árbol se combaba, como si hubiera tirado de él con la gravedad de su danza.

Y cuando el joven aterrizó una vez más en posición de regreso, y sus pies golpearon el suelo en cuclillas abiertas, con las palmas de ambas manos para arriba, un fruto de tajeline fue a parar a sus manos, y el muchacho gritó.

Keema se maravilló del hormigueo que sentía en las palmas.

Como si algo duro y liso las hubiera golpeado.

Se zafó de aquella sensación a fuerza de flexiones y siguió adelante mientras su amiga, el ave purpúrea, volaba sobre él.

Y mientras caminaba, sentía en la tierra las tenues pulsaciones del ritmo de Jun.

Como si hubiera sentido los pasos de alguien en el suelo que pisaba.

Se daba cuenta, gracias a aquella cadencia, de que Jun se había puesto a bailar.

No seas tímido, gatito , susurraba la voz de su amiga del pasado.

—Yo no bailo —había dicho Keema, a ella, a nadie.

Pero, gatito..., esto no es un baile ordinario.

Esto es la vieja magia.

Mientras caminaba, sus pasos empezaron a ajustarse al ritmo. Lo hizo sin darse cuenta. Era un pedazo de madera a la deriva sobre las ondas que recorrían el agua.

Saltó sobre otro arroyuelo fangoso que también quedaba oculto.

Jun sintió que Keema aterrizaba sobre ambos pies.

Partió el tajeline contra una roca y bebió de una de sus mitades.

La fruta aún no estaba madura; por dentro era más líquido que crema.

El fluido lo abrumó con su dulzura, pero también era frío y refrescante.

Se relamió los labios y se los limpió con el dorso del brazo.

Las mitades de la dura cáscara cayeron al suelo y se marchó, con pasos sincronizados con la cadencia con que su amigo recorría el país.

Al cabo de poco, Jun se detuvo... escuchó... sonrió.

Oyó el sonido del agua corriente.

El río Comosa serpenteaba por las llanuras.

A lo largo de sus orillas había árboles de tajeline de hojas caídas.

Como aún tenía las manos y la cara pegajosas debido al fruto de tajeline, se decidió por darse un rápido baño.

Resbaló por un inesperado surco en la tierra y se deslizó hasta la orilla limosa del río.

Dejó los fardos y se acercó al agua. Se arrodilló junto a la frescura de su corriente y sumergió las manos en ella.

Un pececillo pasó entre sus dedos y siguió adelante, y él se rio.

Ahuecó las manos y se llevó el agua a la cara, y frotó con creciente vigor, como si hubiera querido arrancarse el tatuaje de la piel.

Pero ¡ay!, lo único que se desprendió de su cuerpo fue el jugo.

Se olió a sí mismo. Miró alrededor. No vio a Keema, pero sabía que no podía estar lejos; su palpitación era débil, pero seguía presente.

Jun, solo junto a aquel río, se resolvió a bañar el resto de sí mismo.

Se quitó el jubón y las venas que le cubrían el vientre, y se sacó los pantalones que Keema le había conseguido en la Reunión, así como la ropa interior. Se metió en el agua.

Un escalofrío recorrió las piernas de Keema.

El ave purpúrea le miró con curiosidad mientras aminoraba el paso, confuso ante las sensaciones de su cuerpo.

Notaba frío, pero un frío placentero, como si se estuviera tomando un baño que se había hecho esperar demasiado.

No tenía ningún miedo de lo que sentía, porque una parte intuitiva de él mismo le hizo saber que la causa era Jun.

Mientras caminaba, se concentró en las sensaciones que lo asaltaban, que eran ajenas a su experiencia actual de andar sobre la tierra compacta y la hierba de las llanuras bajo un sol abrasador e imperturbable.

Era un escalofrío que recorría toda la extensión de su cuerpo, hasta el cuello, y luego descendía de nuevo, hasta parecerle que el frescor se le asentaba por toda la cintura.

Y rio mientras Jun se lavaba las axilas.

Había algún truco en la transmisión. Keema sentía un cosquilleo más intenso que el que se lavaba.

Y luego aquella sensación tan extraña mientras Jun se frotaba los brazos y Keema notó que su brazo izquierdo fantasma se humedecía y se enfriaba, aliviado por el tacto del otro hombre.

Había extrañado el brazo, pero de eso hacía mucho tiempo.

Lo que sentía en aquel instante no era nostalgia, sino tan solo una curiosidad distante y enervada.

Luego se produjeron sensaciones más placenteras.

Mientras andaba, sintió que le masajeaban el cuero cabelludo.

Se le escapó un pequeño respingo, porque un dedo le rozó el pezón mientras el brazo caía a un lado.

Sintió que algo cobraba dureza en su cuerpo.

Jun ensanchó los ojos.

Sabía que no estaba solo. No del todo. Sabía que Keema le percibía, porque él mismo percibía a Keema.

La puerta entre ambos era a la vez una salida y una entrada.

Así como Keema experimentaba las reacciones físicas de Jun al bañarse, Jun también experimentaba las de Keema: el pulso acelerado, el flujo sanguíneo, la erección.

Y se estableció un bucle de realimentación de otro tipo.

Para Jun, el acto de bañarse pasó de ser una cuestión práctica a algo totalmente distinto.

Y pensé: esto no ha estado mal.

Recordó que, cuando aún era Pavo Real, les habían asignado asientos especiales a él y a algunos de sus hermanos para un recital de canto, a cargo de una de las hijas del señor del lugar.

Acudieron en representación de su padre, que aquella noche no podía ir.

Fue uno de los primeros espectáculos a los que asistió Jun.

Recordó que no le había gustado mucho el canto de la joven.

Sus hermanos tenían mejor voz. Pero la alegría que sentía la muchacha al actuar para un público era contagiosa.

Y aquella noche se produjo un toma y daca entre ella y sus oyentes; el estado de ánimo del público había transformado la inflexión de su canto, su manera de abordar la melodía, lo que a su vez levantaba el estado de ánimo del público y lo entusiasmaba.

Lo uno se entrelazaba con lo otro. No había principio ni fin.

Una voz vulgar por completo, y sin embargo Jun no la había olvidado.

Y se encontró con que hacía esa comparación al meterse en las aguas apenas profundas de aquel río tan frío.

Que de algún modo Jun era como ella en aquel momento.

Aquel baño se había transformado en una actuación, con una sola persona como público.

Era un público para el que se alegraba de actuar.

Sus manos se sumergieron bajo la superficie del agua, y habría jurado que oía el aliento de Keema en el oído.

Los recuerdos de la semana se borraron de su mente a la par que se tocaba con las manos el hueso de su propia pelvis.

Mientras recorría los contornos de los músculos, el tenue mapa de las venas, las líneas de los tendones que se arqueaban hacia abajo.

Para entonces, Keema había dejado de andar.

Estaba apoyado en un árbol, con la mirada perdida, y sentía esas manos, esos dedos que recorrían el borde de su vello púbico, que tiraban de un mechón, que lo retorcían.

Keema sonrió de una manera que era casi la de un maníaco.

Sentía que las manos iban a todas partes excepto a donde él quería que fueran.

Entre las piernas, en el hueco entre el muslo y la entrepierna.

Un dedo lo recorrió por su base, de una manera que hizo que las piernas se le volvieran de gelatina y se deslizara hasta el suelo con un gemido que casi era una risa.

Jun sonrió, complacido consigo mismo, hasta que Keema respondió.

Entonces aquello se transformó en algo muy parecido a sus peleas.

La mano de Keema se deslizó bajo la camisa y trazó círculos alrededor del pezón.

Un repentino y fuerte pellizco interrumpió el vertiginoso placer.

Keema sonrió con malicia, mientras en algún lugar, demasiado lejos como para oírle, Jun gritaba al río:

—¡Hijo de la gran PUTA!