DÍA CUARTO. en el que ofrecemos nuestra mejor arma #7
—Solo con que termine lo que empezamos — dijo, mientras se subía a una roca —, me daré por satisfecho.
— Sabíamos que no hacía más que representar el papel de mártir.
Sabíamos que quería sobrevivir — . Por supuesto que sí.
— Sabíamos todo lo que ni siquiera él sabía sobre sí mismo.
Lo que no había tenido tiempo de meditar a lo largo de su viaje, pero que de todos modos existía en los espacios secretos ocultos bajo su corazón.
No iba a amar jamás. Así se lo dijimos. Una lágrima resbaló de su ojo izquierdo y se la enjugó mientras pensaba sobre ello—.
No he llegado hasta aquí a base de esperar amor.
Se nos acababan las maneras de ponerlo contra sí mismo. Nos enfurecimos. Tiramos de las cortinas. Le dijimos que el hombre de Daware no confiaba en él y que tampoco le gustaba. Esto último arrancó una risilla a Jun.
—Yo pienso que sí le gusto. Al menos un poco.
Y nos dimos cuenta de que habíamos perdido la partida.
Luego se hizo el silencio. Llegó sin que nadie lo llamara, pero lo recibimos bien —al silencio—, y Jun tuvo ocasión de suspirar ante la belleza del valle, ante los reflejos del sol en la hierba y las risillas de las arboledas cuando se desataba la brisa del norte.
Miró en la dirección por donde había venido, a la elevación de tierra que lo separaba de Keema.
No circulaba ninguna señal entre ellos. A tanta distancia, no.
Las voces habían acertado por lo menos en una cuestión.
En efecto, estaba solo.
Igual que Keema.
El joven de Daware se empequeñecía en la vasta extensión de campos que lo circundaba.
Tras perder de vista a Jun, su intelecto se había deslizado hacia un lugar que no había querido.
Pensó en la muerte. En algunas de las casas de té menos respetables se encontraban mercenarios que, entre trago y trago, hablaban sobre cómo querían morir, cuál era la manera más honorable de que acabaran contigo...
y a veces el propio Keema daba vueltas a tales ideas, sobre todo cuando bebía, y pensaba que bien estaría si el arduo camino que había sido su vida terminaba en la punta lacerante de mil lanzas.
Una muerte digna de un cantar. Pero la cosa no solía ser así.
Los mercenarios que profetizaban su propio e imponente final eran a menudo los mismos que morían en callejones oscuros, destripados, tratando de retener las entrañas con las manos.
Keema había visto a algunos pegando alaridos con el cuerpo en llamas.
Los había visto morir de hambre al borde del camino.
Descuartizados en público por traición. Su cuerpo había echado fuera todo lo que tenía.
El olor del meado, de la mierda, del vómito. Él mismo había hecho morir así a otros.
Recordó al mensajero que había atravesado con su lanza.
Chillé.
No había podido hacer otra cosa.
Chillé.
Tenía que morir.
Keema tropezó en uno de los arroyuelos que la hierba ocultaba y se golpeó la barbilla contra el suelo, y se la partió.
Lejos de allí, sin que Keema lo supiera, Jun hizo una mueca de dolor, sin entender por qué esas punzadas en el extremo del mentón.
Keema soltó una maldición y se puso en pie.
Se tocó la sangre de la cara. Dejó las bolsas y se lavó la cara en el arroyuelo.
La sangre no tardó mucho en detenerse, quizá unos minutos, y cuando volvió a tocarse la barbilla, no sintió ya ningún dolor.
Su cuerpo se curaba con mayor rapidez y lo hacía sentir poderoso y monstruoso a un tiempo.
Sacudió la cabeza, recogió los fardos y empuñó la lanza. Se echó a andar de nuevo.
Los llanos se extendían en torno a él. Retrocedió a los tiempos anteriores a todo aquello, en los que había viajado solo por los rincones más remotos de aquel país.
Un muchacho que escalaba una montaña.
Que tomaba asiento dentro de una cueva y escuchaba la lluvia.
Que tarareaba mientras seguía el camino serpenteante de un arroyo en el bosque.
Jamás le había molestado estar solo, sin más compañía que la suya propia. Le gustaba poder atenerse a sus propios planes. Valerse por sí mismo. Tan solo cuando se cruzaba con familias, o grupos de viajeros amigos entre sí, recordaba que no tenía a nadie que velara por él durante las noches.
Las noches oscuras.
A veces todo aquello cobraba un aire salvaje, como si hubiera podido advertir las palpitaciones de los árboles, y en semejantes momentos sentía el ansia de pasar la lengua por la espalda de un hombre y hacerlo aullar.
Se retorcía sobre sí mismo sin decir palabra, hasta que lograba dejar para otro momento aquella sensación de que se estaba perdiendo algo vital en el mundo.
Mientras maniobraba por los parajes rocosos que habían sucedido al llano, pensó en lo extraños que son los pensamientos del hombre que está solo, incluso cuando se dirige a la batalla.
¿O era al revés? ¿Era la perspectiva de la batalla que se avecinaba lo que inflamaba su sangre?
¿Su propia muerte inminente? Miró en la dirección que había tomado Jun.
Al cielo azul interrumpido por súbitas elevaciones de tierra.
Sentía un cosquilleo al pensar que tenía cerca a alguien a quien gustaba.
Pero a esas alturas ya sabía que en tales situaciones no debía esperar lo mejor.
Estaba demasiado quemado por el pasado como para dar el primer paso.
Y sabía que Jun estaría demasiado acongojado por todo lo que había perdido como para pensar siquiera en el deseo.
Mejor sería dejar que las cosas siguieran su curso y ver cómo se desarrollaban, o no se desarrollaban por el camino.
En cualquier caso, eso era lo que pensaba.
Pero aún sentía gozo por saberlo. Y no había nada que deseara tanto como arrojarse sobre Jun y empezar a forcejear.
Quería pelear con él. Quería que lo pateara contra la tierra y luego ser él quien derribara de espaldas al otro.
Quería luchar. Quería trepar sobre él. Mirarle desde arriba y decirle con toda exactitud qué era lo que le iba a hacer.
Cerró los párpados con fuerza, como para hacerlos explotar de pura presión, avergonzado de sí mismo, sin darse cuenta de que con ello había hecho que una roca saliera disparada por los aires a sus espaldas y desapareciera en el cielo despejado.
Se sentía como un idiota.
Su autocrítica cesó al oír un canto de ave sorprendentemente desagradable, y el ave purpúrea que lo había seguido desde el principio se hizo notar desde la rama de un árbol cercano.
Y Keema, con todos sus sentidos agudizados, olió al ave incluso desde cierta distancia, y se sorprendió del olor acre que emanaba del pequeño cuerpo de la criatura.
Entretanto, Jun escuchaba el mundo.
En las extrañas conversaciones que había compartido con la emperatriz durante los seis meses que había pasado junto a la Puerta del Lobo, en las que había quedado firmemente establecida su antagónica relación, Ella le había hablado sobre el Ritmo.
Recuerdas el dedo de tu lola, que marcaba una cadencia en el lateral de la mesa de cocina.
—Todo se mueve al compás —había dicho.
El Ritmo marcaba ese compás.
Ahora mismo lo oyes.
El tambor que marca la cadencia.
Los bailarines, que siguen la cadencia con los dedos de los pies.
Hace mucho, las gentes escuchaban el Ritmo con mayor facilidad que ahora. Sus cuerpos estaban en sintonía con la tierra. La emperatriz había dicho que era probable que Jun no pudiera oír jamás el Ritmo. Que tan solo era humano. Lo había dicho con una mueca de desprecio.
No hay palabras lo bastante precisas como para describir una pieza musical, ni tampoco para describir lo que oyó Jun al andar descalzo sobre la tierra.
Las plantas de sus pies, sucias de sangre, crujían sobre terrones resecos y almohadones de hierba cálida y mullida.
Sentía en el suelo los peñascos del sur, su débil cadencia, pero la cadencia estaba allí y la oía con mayor claridad al concentrarse; aún no se había acostumbrado a sus frecuencias.
Siglos de erosión y paredes desconchadas.
Mil años de espera. Pero un trecho de cadencia que aún tardaría décadas en darse a conocer.
Jun era pequeño.
Estaba en el extremo del mundo.
Entró en la sombra de un árbol de tajeline.
En lo alto, entre las hojas de palma recorridas por hebras, se hallaban las duras cáscaras repletas de cremoso néctar.
La boca se le hizo agua, pero no tenía ni las necesarias herramientas ni ganas de trepar por aquel árbol estrecho y sin ramas.
Se le ocurrió que podría usar de Su poder, practicarlo allí...
golpear un fruto para que cayera. Al tiempo que sentía picazón en la piel de ambos brazos, una voz que parecía provenir tanto del interior de su oído como del saco de huesos que llevaba con gran cuidado bajo el brazo susurró Aquí están los escalones.
—De acuerdo —respondió él.