La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) DÍA CUARTO. en el que ofrecemos nuestra mejor arma #6
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DÍA CUARTO. en el que ofrecemos nuestra mejor arma #6

Pero sabes, como todos los culpables, que no existe un pensamiento que esté solo.

Que hay una ciudad dentro de ti, habitada por creencias, exclamaciones, plegarias y desvaríos, tanto nobles como mezquinos.

Una vez pensaste en apretarle el ojo a Jadi con el dedo hasta reventarlo.

No lo pensaste por malicia, sino por curiosidad, como un extraño juego, que se te marchó de la cabeza con la misma rapidez con que había venido, inofensivo, salvo por el hecho de que no tenías control sobre semejantes pensamientos, lo que ponía en cuestión tu dominio sobre ti mismo.

Y a veces, incluso ahora, te preguntas si tu mente tiene su propia mente dentro de sí.

¿Qué habría pensado Jadi si hubiera visto, junto con tu disculpa, la imagen de ti mismo dejándolo ciego?

¿Con cuánta caridad habría respondido a tales pensamientos?

No mucho después de emprender el viaje, Keema y Jun tuvieron que enfrentarse a un problema como ese.

Bajo la luz de la mañana, no tenían sombras donde esconderse.

Cruzaron los llanos que se extendían más allá del Cuenco, a plena vista, por anchurosas extensiones de pastizales interrumpidas aquí y allá por vetas de agua ocultas entre la maleza, lo que significaba que habría muchas ocasiones de torcerse un tobillo si no pisaban con cuidado.

Esto dio a Jun y a Keema una excusa para no hablarse y concentrarse en sus propios pasos.

Ambos albergaban la esperanza de que el silencio pusiera fin a las filtraciones que provenían de sus respectivas mentes.

Pero yo no podía apartar de mis pensamientos la sangre en la corte de Luubu.

Un mar de sangre de mis hermanos. Su acre olor a hierro se me había quedado preso en la nariz.

Y mientras Jun pensaba en la violencia que había presenciado el día anterior, Keema la saboreaba, el hierro, el sudor, el tuétano gelatinoso sobre la lengua.

Miró a Jun. Me pregunté si estaría oyendo mis pensamientos...

yo oía lo que él pensaba. Le oía pensar lo que yo pensaba.

Le oía pensar lo que yo pensaba que él pensaba.

Los pensamientos eran destellos de un fuego fragoroso y sin límites.

El fuego se extendía bajo los árboles de sus bosques interiores.

Keema trataba de controlarlo. Hizo un juego con los pies.

Yo era una serpiente que serpenteaba entre la hierba, mis pies iban uno por delante del otro, sobre el agua y entre las rocas —pero Jun se sentía molesto por la interrupción de sus propios pensamientos—, estaba solo mi familia había muerto estaba solo y con eso le arrancó una sonrisa burlona a Keema.

¿Tú estás solo? Yo he estado solo toda mi puta vida.

A veces se trataba de imágenes directas, que su mente disparaba como flechas.

El cadáver de un buey repleto de gusanos.

Mi mano que amasa los gusanos como si fueran arroz.

Un hombre que se sube la camisa para mostrar un pezón endurecido...

que se lo pellizca hasta sacar sangre. Una anciana que se ríe con una pipa en la boca.

A veces no era más que ruido. El ruido fuerte, furioso, informe que juguetea bajo la mente y pocas veces aparece tal como es, si es que llega a aparecer. Nunca.

Nunca nunca nunca nunca nunca nunca...

Saltaron sobre una angosta corriente de agua.

Nubes bajas se cernían sobre las menudas colinas que había más adelante.

Keema recordó lo que había oído junto a la fogata, cuando las voces que hablaban en la cabeza de Jun habían dicho el hombre que te gustaba .

No había querido recordarlo, no quería avergonzar a Jun, le vino a la cabeza sin querer, cuando saltaba sobre el arroyuelo, y me pregunté de qué iba aquello.

Creía saberlo, pero no estaba seguro; no estaba seguro de haberlo oído bien, porque en aquel momento todo era muy extraño.

Y cuando se volvió, vio que Jun no había cruzado el arroyuelo con él.

—No —dijo Jun—, no significaba nada.

Le mentí.

—¿Me estás mintiendo?

Sí.

—A la mierda.

Esto fue todo lo que dijo Jun mientras saltaba sobre el arroyuelo y se alejaba de Keema. Este, hasta cierto punto, se divirtió con ello. Su corazón también se había acelerado. Había dicho que mentía.

Jun detuvo el paso y luego se echó a caminar aún más rápido, sin mirar atrás.

Se separó.

La distancia física bajó el volumen. Los pensamientos privados, destinados tan solo a la persona que los piensa, se volvieron más difíciles de oír.

Se habían alejado ya bastante el uno del otro, por lo menos un campo entero, cuando Jun pensó las palabras era un tullido...

ni él mismo supo por qué. Fue un murmullo totalmente casual que, sin embargo, llegó como susurro envenenado a Keema.

Y Keema recordó como por arte de magia —lo cual tampoco fue de ayuda— la vibración que le había recorrido el hueso de brazo al hundir el hacha en el cuello del Primer Terror.

Jun sabía que no era por malicia por lo que Keema recordaba los detalles de la muerte de su padre.

Pero, aun así... Se alejaron el uno del otro cada vez más.

La amarra divina que los unía se aflojó a medida que la colina, la roca y el río se fueron interponiendo entre ellos.

Y cuando Keema buscó a Jun, este ya era un punto al otro extremo del campo, casi silencioso, salvo por el lejano crujido de una casa en llamas...

las maderas de construcción que se quebraban por la mitad en su memoria, con un chasquido repentino y desgarrador, el niño que miraba con sus ojos grandes el techo que se venía abajo, mientras Jun pasaba a través de un cúmulo de bruma bajo y ondulado que lo transformó en sombra.

Ambos, por fin, estaban solos.

Tú sabes lo que es estar solo. Caminar por los pasillos de una casa vacía, sin más sonido que el de tu propio aliento y el del tráfico que se oye fuera.

En estos tiempos eres el único que cuida la casa que antaño perteneció a tu padre.

Tus hermanos se han ido, o han muerto, y tu trabajo en la taberna no te permite pagar a alguien que barra las escaleras y sacuda las alfombras.

Nadie da cuerda al gran reloj del pasillo, sus inmóviles manecillas siempre te hacen creer que es más tarde o más temprano de lo que es.

Por asombroso que sea, tu granjo todavía vive, hundido en la silla de ruedas que está en la sala, mirando con ojos vacíos por el ventanal.

Le das de comer, lo bañas, todo tú solo, y de vez en cuando se mueve, únicamente para darte un cachete en las manos y apartarlas.

La guerra aún continúa, pero la radio sigue apagada.

Todavía está en el estudio de tu padre.

A veces, cuando vas a trabajar, te parece que ves al soldado tuerto de años pasados.

Vuelves a mirar y te quedas de hombros caídos, porque te has dado cuenta de que la persona que se sienta sobre el murete de la taberna es otra.

El resto del día lo pasas bajo una nube, mientras recuerdas cómo era que te tocaran.

Tu hermano pequeño llama a menudo desde el extranjero.

—¿Qué haces? —te pregunta. Y—: ¿Cuándo vienes?

Ya te has inventado tantas historias para contarle, que no te cuesta inventar más.

Le cuentas historias de todos tus amigos y de noches llenas de luz, y él tiene la gentileza de creerlas.

Y aunque tu granjo ya no se mueve, a menudo, cuando le das de comer, te parece que ves la luz del entendimiento en sus ojos, junto con la pregunta que te has hecho todas las mañanas desde hace mucho.

¿Qué haces aquí todavía?

Pero sigues adelante. Vives todos los días y duermes todas las noches con movimientos automáticos. Tú sabes lo que es estar solo.

Tenías demasiado miedo como para estar de otra manera.

Es por eso por lo que Jun siguió adelante él solo.

Cuando salió de la bruma, su cuero cabelludo estaba algo húmedo.

Se lo sacudió como un perro, y cuando el sol se dejó ver, bizqueó y siguió el camino de luz que bajaba al valle.

Gigantescas rocas se elevaban sobre la tierra, y en la cima de una de ellas vio a una familia de zorros negros durmiendo bajo el calor.

Dos de los más jóvenes se peleaban por un hueso que, por la forma, parecía humano.

Al recordar cómo había limpiado Sus huesos en el río, el estómago le rugió, y siguió adelante.

Estaba solo, como si su destino hubiera sido desde siempre estar solo, como si todos hubiéramos sabido desde siempre que estaría solo.

—Está bien —dijo, mientras se deslizaba por un pequeño desnivel de tierra—. Ahora podéis hablar. Únicamente no quería que él lo oyese.

Le enseñamos la mano carbonizada que salía de la ventana en llamas y no hizo más que suspirar. Le dijimos lo que pensábamos de él, pero él ya se sabía las palabras y hasta las repitió con nosotros, hasta que nos hartamos de que jugara con nosotros y buscamos otra línea de ataque. Encontramos una.

Le dijimos que el hombre de Daware no confiaría jamás en él.

Porque llevaba aquel tatuaje en la cara.

Se estremeció. Y vimos que habíamos dado en el clavo.

—No contaba con que confiara en mí —respondió—. Yo tampoco confiaría en mí mismo. Estoy hablando solo, ¿verdad?

Sí, hablaba solo. Se estaba volviendo loco. La Graciosa Luna se había encargado de ello. Había empezado a deshacer su maraña y lo único que iba a quedar de él era una cuerda hecha un montón.