DÍA CUARTO. en el que ofrecemos nuestra mejor arma #5
La expresión de Jun se ensombreció al recordar la muerte de la criatura, y para Keema fue como si las nubes hubieran cubierto el sol; ambos se hundieron en el abismo de sí mismos, porque lo recordaron como si hubiera estado sucediendo en aquel mismo instante: los proyectiles que fulguraban en la negrura, que atravesaban carne y madera, que vibraban como un afinador, la lengua que colgaba de la boca yerta, unos ojos en los que se apagó el fuego de la vida, una bilis negra que brotaba de su...
Jun vomitó.
Gachas a medio digerir y oscuros grumos de carne salpicaron el suelo.
Era el olor más rancio que Keema hubiera sentido en toda su vida.
De algún modo, era aún más fuerte e insoportable que el de las letrinas de la Puerta del Tigre.
Jun, conmocionado, se limpió la boca con el dorso de la mano, y tras patear algo de tierra sobre el vómito se recompuso.
Me pregunté si estaría bien.
Yo estaba bien.
—Estoy bien.
Quise cambiar de tema.
Cambió a otro tema que siempre le reconfortaba. Planes de futuro.
—Es gracias a Ella que ahora disponemos de medios para acabar con el último de los Terrores —explicó Jun, con un leve temblor en las manos—. El Tercero vive en la Ciudad Divina, en la costa oriental, dentro de una fortaleza palaciega amurallada.
—De todos los Terrores, es del que menos cosas sé.
Keema hizo una mueca al oler el vómito. ¿Cómo demonios podía oler tan mal?
Jun se rio, sin saber qué decir al respecto. Prosiguió:
—Me sorprendería que supieras nada sobre el Tercer Terror. El emperador se esforzó mucho por no exponerlo a los ojos de los ciudadanos. Yo mismo no lo he visto jamás.
—¿De verdad?
Jun asintió.
—De verdad. Mi padre...
Se le trabó la voz.
Padre.
La palabra era como un palo atravesado en mi garganta.
Keema tragó saliva con dificultad. Aguardó, sin prisa alguna, a que Jun continuara, y después de que este tomara aliento, conteniendo las lágrimas — no iba a llorar, yo era fuerte, yo era fuerte —, aplastado contra Luubu como una moneda, con los huesos destrozados por el impacto, muerto...
se tocó la garganta, se serenó y dijo entrecortadamente:
—Mi padre apenas si hablaba sobre su hermano menor. Eran bien pocas las personas vinculadas al Trono que lo mencionaban, y mucho menos si el emperador podía oírlo. Ni siquiera sé qué don divino heredó de la emperatriz, aunque sí sé que ya era extraño al nacer.
—¿Extraño?
A mí me habían llamado extraño anteriormente.
¿Era bueno ser extraño?
—Monstruoso —aclaró Jun—. Un demonio. La Aberración entre los trillizos. —Jun se volvió hacia un lado, taciturno una vez más—. Aunque me parece que, en definitiva, todos eran una Aberración.
Me odiaba a mí mismo porque su muerte me hacía sentir mal.
Me odiaba a mí mismo por echarlo de menos.
Me encontraba más allá de toda redención.
—No es extraño que eches de menos a tu padre —observó Keema.
—¿Qué?
Keema, sorprendido, le respondió con otro «¿qué?».
Los ojos de Jun eran cuchillos afilados.
—No paras de hacer eso.
¿De hacer qué?, me pregunté.
—Eso... hablas como si yo hubiera dicho algo.
¿Qué tipo de broma trataba de contarme aquel tío?
—Esto no es ninguna broma —explicó Jun—. Eso te lo aseguro. Ahora, para ya. Haces que se me ponga la carne de gallina.
—Yo no he dicho que bromearas.
—¿Me tomas por idiota o qué? Sé muy bien lo que he oído.
—¿Qué es lo que has oído? —preguntó Keema, molesto, con los nervios en carne viva.
Jun soltó una risa desagradable. Estaba jugando conmigo. El hombre de Daware jugaba a un juego. Yo no lo entendía, pero no me gustaba.
—Esto no es ningún juego —le espetó Keema.
Jun le miró con ojos desorbitados.
—¿Cómo has...?
—Yo...
Keema dejó el cuenco. La mano le temblaba. Tenía miedo. ¿De qué tenía miedo? De la acusación. Él también la sentía. Pero había algo más, que empezaba a cobrar forma vagamente en su consciencia, y se sintió un completo idiota por no haberlo visto antes.
La manera como se miraba a los pies. Me di cuenta de que se sentía tan confuso como yo. Lo... lo percibí. Empecé a sentirme menos seguro de que estuviera haciendo a propósito nada de aquello.
—Yo no hago nada de esto a propósito —dijo Keema.
Otra vez volvía con eso.
—Y lo mismo te ocurre a ti.
A Jun se le crispó la espalda.
—Nos ocurre a los dos.
Tenía razón.
—Nuestros pensamientos... —dijo Keema.
—Ambos oímos los pensamientos del otro —repuso Jun.
Casi.
Las historias están por todas partes, no es posible evitarlas.
Todos los días te cuentas una historia a ti mismo.
Los detalles del día se vuelven parte de tu mito.
Se reordenan. Cobran sentido. Tu lola contaba historias sobre el país de donde había venido.
Tu padre te contaba historias sobre sí mismo, sobre su destino de grandeza.
Son historias privadas, narradas en escenarios que se hallan tras gruesos telones, contempladas tan solo por el narrador, y nadie más.
Pero lo que ocurrió en aquel momento, en el Cuarto Día, fue que el telón se apartó.
Se les ocurrió tanto a Keema como a Jun, mientras se miraban el uno al otro desde ambos lados de las cenizas de la fogata.
Se había abierto una puerta, se había traspasado un umbral.
Ambos oían la historia del otro. Esa narración interior.
La misma narración que puedes oír en este mismo teatro.
Cuando Keema se dio cuenta de ello, se le erizó la piel.
Sintió como si su sangre no fuera ya suya.
Se miró el brazo, la mano. Y me pregunté: ¿Qué ha pasado con mis moretones?
—Probablemente se te han curado —le respondió Jun—. La capacidad de resistir era uno de sus... dones. Así fue como mi padre pudo seguir vivo una vez decapitado. El padre al que tú cortaste la cabeza.
El pensamiento, descuidado, accidental, abofeteó a Keema en la mejilla.
—Él quería matarnos —le recordó Keema.
—Lo sé. Le dije que se fuera a tomar por culo. Lo sé. Le dije que se fuera a tomar por culo.
—¡Vete tú a tomar por culo!
Jun sostuvo ambas manos en alto.
—¡Para de leer mis pensamientos!
—¡Para de arrojarme tus pensamientos a la cara!
Y en ese punto regresamos.
—¿Quién anda por ahí? —preguntó Keema. La claridad había terminado, la paz había terminado, y estaba agitado una vez más... y así obtuvimos nuestra oportunidad. ¿Quién coño anda por ahí? —preguntó Keema, y miró alrededor.
Jun se llevó la mano a la frente, como si un intenso dolor de cabeza lo hubiera abrumado. ¡Asesino, criminal!, gritamos. Ardimos en vida y caímos bajo tus flechas ¿y qué tienes que decirnos ahora? ¿Cómo es que sigues con vida, MALNACIDO?
—Dame tan solo... —suspiró Jun—. Tan solo un segundo.
—Cayó de cuatro patas, respiraba con dificultad.
Si hubiéramos podido detenerle los pulmones, lo habríamos hecho.
Habríamos hecho que se asfixiara con sus propios pensamientos, porque no se merecía nada de todo aquello, ni aquella mañana, ni aquel desayuno, ni el hombre que le gustaba y que se encontraba al otro lado de la hoguera, aquel puto asesino pervertido al que ODIÁBAMOS y ARAÑAMOS y MORDIMOS y CHILLAMOS...
tan solo un segundo; lloriqueó Jun, y Keema lloriqueaba con él—.
Tan solo voy a necesitar un segundo — HASTA QUE sacó un paño frío y lo arrojó en el fuego que era él mismo...
y... nos detuvimos... por el momento. Sorbió por la nariz y se secó los ojos—.
Lo siento —dijo, haciendo el máximo esfuerzo por devolver la compostura a su voz... por recobrar el control.
«Lo siento.»
Los dos jóvenes dioses levantaron poco a poco la cabeza, abrieron los ojos de par en par cuando vieron el estado del campamento.
Los peñascos que lo circundaban se habían desplazado hacia fuera y habían dejado a su paso profundos surcos en la tierra, como si alguien los hubiera arrastrado.
Uno de los sacos de provisiones se había desgarrado y de su interior escapaban granos de arroz.
Todos los objetos se alejaban de ellos, como si hubieran sido el epicentro de un viento fuerte y poderoso.
—Han empezado a moverse sin más —decía Keema, aturdido—. Han empezado a moverse... sin más.
Jun se puso en pie.
—Nosotros sí deberíamos movernos. No tiene ningún sentido que nos quedemos y... y me vendrá bien caminar.
—A mí también —respondió Keema.
Llenaron los fardos con gran rapidez. Recogieron todo el arroz que les fue posible. Keema echó más tierra al fogón para asegurarse de que estuviera apagado. Miré a Jun para cerciorarme de que se encontrara bien y Jun masculló:
—Me encuentro bien — aunque estuviera muy claro que no se encontraba bien —.
Vete a tomar por culo, ¿cómo que está muy claro?
—murmuró Jun. No cabía ninguna duda de quién llevaría el saco de huesos.
Jun lo agarró antes de que Keema pudiese pensar siquiera en acercarse a él.
Keema se conformó con llevar aquella lanza, que era un mal sucedáneo de la que había perdido, y algunos otros sacos que cargó sobre el hombro.
Se echaron a andar hacia el este en silencio.
MAÑANA
Piensas en lo que pensaste.
Hubo momentos en tu vida en los que deseaste que te leyeran la mente, o que la sintonizaran como una frecuencia en un aparato de radio.
Momentos en los que no habrías querido representar tu papel.
Como cuando te peleaste con Jadi aquel día, poco después de que tu lola muriera, y acabasteis mugrientos, cubiertos de moretones, y después te diste cuenta de que la culpa había sido tuya, la culpa por la pelea, pero no supiste cómo disculparte con tu amigo.
¡Qué fácil habría sido todo si le hubieras abierto una puerta y lo hubieras dejado entrar y ver el desastre con sus propios ojos!