La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) DÍA CUARTO. en el que ofrecemos nuestra mejor arma #4
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DÍA CUARTO. en el que ofrecemos nuestra mejor arma #4

La voz, apenas un graznido fatigado, le llenó los oídos como agua fría y le inspiró un escalofrío de placer.

Al girarse hacia la persona que le hablaba, vio nubes grises y frías atravesadas por clavos de hierro negro —vio un mar tormentoso que giraba en torno a dos remolinos oscuros— y sintió un profundo vértigo, como si hubiera estado mirando al corazón de un abismo sin fondo, y fue como si se cayera, con el aire atravesado en la garganta, hasta que apoyó la mano en el suelo para frenarse, y se dio cuenta de que lo que veía era nada más y nada menos que la mirada de los ojos de Jun.

No podía mirarlo, no aquella mañana, aún no.

Recurrió al truco del orador y miró al puente de la nariz de Jun —las pecas solares esparcidas, el destello casi invisible del aceite— mientras le preguntaba qué tomarían como desayuno.

Aquel día íbamos a desayunar bien, porque resultó que el esquife del que me había apropiado en el Cav-Meer pertenecía a los Pavos Reales Rojos, que habían abastecido bien su embarcación.

Optaron por comer algo sencillo, gachas de avena, tal vez un poco de cecina.

Pero al abrir la bolsa para buscar algo de comida, Keema se detuvo, con una tira de carne seca en la mano.

De color rojo oscuro y rugosa.

Con el dedo pulgar, recorrió la superficie agrietada de la carne.

Las diminutas fisuras y los pelillos que en otro tiempo habían sido invisibles para el ojo.

Se la llevó a la nariz, olió la carne salada y acre, con un toque de hierro que le daba una pizca de sangre seca, lo que quedaba de los despojos de los muertos.

La vaca estaba muerta; Keema olió su historia, sus ancas pudriéndose en un campo que se encontraba más allá de una pequeña granja gobernada por un tirano al que no le importaba ya que su ganado enfermara.

La enfermedad había manchado aquella carne.

El blanco temor ante una muerte que llega sin avisar. Keema lloraba. No podía con aquello.

«Keema.»

Jun le había tendido la mano. Keema se secó los ojos, le arrojó el trozo de carne y se puso a masticar su propia tira.

Los músculos de su mandíbula trabajaban como brazos que amasan pan, la carne de vaca que la saliva había vuelto reluciente se derretía poco a poco sobre su lengua temblorosa.

Fue por la olla de mano... cálida y dura, como el brazo de un amante en el bosque que necesita algo, lo que sea menos esto , con el borde rugoso e irregular, obra de un hombre que iba a hacer millares de ollas aquel mismo día, deja que repose.

Keema llevó la olla a la hoguera recién encendida y empezó a preparar las gachas.

Tan absorto estaba con su propia experiencia sensorial del mundo que no vio a Jun en el otro extremo de su campamento.

Jun se palpaba la tela de los pantalones con el pulgar y el índice, como si fuera a descubrir en su costura la respuesta a un enigma olvidado tiempo antes, en la fricción entre la piel y el tejido.

«¿Te sientes distinto?»

Keema tarareaba, a la vez que vertía agua de una cantimplora en la olla.

El tarareo le provocaba un agradable temblor en la cima del cráneo.

Desde el otro extremo del campamento, Jun escuchaba, y observaba cómo vertía el agua.

Cuando Keema vertía el agua en la olla, me vertía a mí mismo con ella, y yo, al llenar el recipiente, me preguntaba cuánta nos quedaría para el viaje.

—Cinco garrafas llenas —respondió Keema—. No te preocupes, nos bastará.

Y cuando dijo esto, sonreí, porque se me habían pasado las preocupaciones.

Habría confiado mi vida a aquella persona.

Keema se sonrojó, porque Jun se había puesto en pie y se había ido a un sitio privado.

Detrás del peñasco, hizo sus necesidades.

El suspiro burbujeó desde el fondo de sus pulmones y arrojó al aire su aliento cargado de humedad y seco de toda baba, mientras salpicaba orina contra la roca y la tierra.

El sonido de la salpicadura evocó viejos recuerdos de los días de acampada, en los que él y sus hermanos habían cazado juntos, y cocinado juntos, y meado juntos en las zarzas.

Los lazos que nos unían no eran tan estrechos como habría querido nuestro padre.

Pero había días en los que solo estábamos nosotros.

Nosotros y todos los demás. Jun cerró los ojos.

Cuando hubo terminado, no regresó, no de inmediato.

Lo que hizo fue inclinarse adelante y oprimir la frente contra la frialdad de la roca, y se quedó allí, de pie, recordando el olor de la sangre en la estancia donde habían muerto todos sus hermanos, junto con su padre.

¡Qué extraño!, había sucedido un día antes, pero le parecía algo ya muy lejano, como una historia que otro le hubiera contado de pasada.

Dentro de él había algunos recuerdos que eran como agarrar una piedra afilada, pero no aquel.

Aquel era como una nota garabateada sobre un trozo de pergamino rasgado, ya desgastado por el tiempo que llevaba en el bolsillo, con un mensaje terrible, aunque de escritura suave y desvaída.

Bajó la mirada hacia las plantas de sus pies descalzos.

Se las había lavado anoche en el río, pero aún conservaban un leve color oscuro, una mezcla de suciedad y sangre seca que aún tardaría un tiempo en desaparecer.

Trató de quitarse un poco con el pulgar, pero apenas si logró limpiar el pie y en cambio consiguió que el pulgar también se le ensuciara.

Para entonces ya llevaba un rato lejos. Quería decirle que la comida estaba a punto, sin embargo me di cuenta de que necesitaba pasar algún tiempo solo.

Jun se estremeció y echó una mirada a sus espaldas. Un insecto se escabullía entre las hierbas.

—¿Keema? —gritó.

Desde el otro lado del peñasco:

—¡La comida está a punto!

Se calzó de nuevo las sandalias y volvió a echar una mirada a sus espaldas, seguro de haber oído algo...

un susurro en la brisa. Pero el momento llegó y se fue, y se dio cuenta de que después de hacer sus necesidades se sentía mucho mejor.

Regresó a la fogata a paso más ligero, y cuando vio a Keema agachado frente a la olla, meciéndose sobre las puntas de los pies mientras removía las gachas, se sintió invadido por el calor.

Se sentó junto a la llama y, mientras el estofado crujía y hervía, escuchó el gorgoteo de la olla...

y el gorjeo de los pájaros en lo alto, como un verde intenso que se enroscara en torno a una uña...

y se preguntó por la última vez que había disfrutado de una mañana tan apacible como aquella, sin prisas.

Sin horarios por cumplir. Sin peligro. Hasta las voces de su cabeza estaban extrañamente calladas.

Estábamos allí. Pero por dentro era distinto.

Algo había cambiado... había cobrado claridad.

Aún no podíamos hacernos con energía suficiente para perseguirlo.

No, mientras aspiraba el aroma denso y floral de las gachas.

¿Cuándo había sido la última vez que alguien le había hecho el desayuno?

¿Cuándo fue la última vez que me sirvieron el desayuno?

Nunca.

Keema sonrió. El placer de despertar con alguien, fuera amigo o amante, que te prepara la comida le había sido negado durante la mayor parte de su vida.

Había visto que otros lo hacían. En sus tiempos como guardia en la embarcación de recreo, cuando tenía los pies doloridos al cabo de las largas noches que había pasado en su puesto, veía a los clientes fatigados que abandonaban sus cuartos de alquiler a la hora del alba, con los cabellos revueltos y los ojos ensoñados, e iban en busca de un desayuno para servirlo a sus amantes que aguardaban en el lecho.

Fingía desinterés. Alimentaba una viva envidia.

Por eso le producía un placer tan peculiar ser él quien, por una vez, preparaba la comida de otro.

Puede que no fueran amantes, pero cuando Jun regresó de hacer sus necesidades y realizó un comentario sobre el delicioso olor, Keema sintió una alegría nerviosa al ver que Jun se alegraba, y se puso a servir la comida para ambos en pequeños cuencos.

Sus estómagos eran sendos carros vacíos a la espera de que los llenaran.

Esto no se le hacía extraño a ninguno de los dos, a pesar de la comilona de la noche anterior.

Tratábamos de no pensar en Ella... tratábamos de no pensar en Su sabor.

Se zambulleron en la comida y comieron en silencio.

Keema se dio cuenta de que Jun le miraba por encima del borde de su plato.

Sintió su mirada como aliento cálido en la frente.

Sonrió.

Jun no pudo evitar mirarle. Yo pensaba que habría muerto en el Cuenco, al llevárselo aquel potente chorro de agua.

Cuando lo vi de nuevo, con un bote que nos permitiría escapar de aquel barco que se hundía, el alivio me dejó casi sin respiración.

Sentí el deseo de abrazarlo. No podía dejar de mirarle.

Aquello era como estar en un sueño... compartir el desayuno con él.

Keema levantó los ojos que hasta entonces habían mirado al cuenco, sorprendido por lo que Jun acababa de reconocer. Aquello lo alegró.

—Esto es como un sueño, ¿verdad? —dijo—. Después de todo lo que ocurrió ayer, todavía estamos vivos.

—¿Acaso he...? —empezó a decir Jun, pero le pareció que sería absurdo preguntar—. Sí —añadió, y se hizo eco de Keema—, es como un sueño...

—Yo tuve un sueño anoche. Pero no lo recuerdo. En el sueño aparecía agua. Creo.

Keema había hablado con la boca llena. Se le cayó al suelo arroz húmedo, masticado, y Jun torció el labio.

Su padre, por lo menos, le había enseñado buenas maneras.

Me pareció repugnante.

Keema sintió la palabra como un cuchillo en el costado.

—Pe... perdona —dijo, al tiempo que se limpiaba los labios y terminaba de masticar—. El sueño que tuve —prosiguió—... es como si quedara una sombra, pero yo no consiguiera distinguir la figura que la arroja. —Arrugó el entrecejo—. Pero sé que la tortuga aparecía en él.