La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) DÍA CUARTO. en el que ofrecemos nuestra mejor arma #3
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DÍA CUARTO. en el que ofrecemos nuestra mejor arma #3

—Pues entonces tu humildad se ha hecho acreedora de reconocimiento.

—Siguió bebiendo sin dejar de mirarle—. Aunque tengo que decir que te envuelve un aura extraña.

¿No lo piensas tú también? —Volvió la mirada hacia la tortuga, que husmeó a Keema y cerró los ojos en señal de asentimiento—.

No sé cómo explicarlo —dijo entonces con cierta suspicacia—. ¿Cómo llegaste aquí?

—No lo sé —respondió él. Trató de recordar dónde había estado antes de aquello. La confusión que lo atenazaba hacía que le resultara difícil poner en orden los acontecimientos de su vida. Pero allá dentro, en algún lugar, se encendió una chispa—. Me comí a una divinidad —dijo.

Los ojos de Araya se abrieron de par en par.

—Acabamos de conocernos —dijo la mujer—, así que perdóname que te diga que no me parece una decisión muy prudente.

—Keema encogió los hombros como para darle la razón y no dijo nada más, mientras Araya se dirigía al borde del acantilado y miraba hacia el abismo Durmiente.

Se quedó en silencio. Sus ojos miraban al este, estaban fijos en el horizonte negro y azul, al tiempo que se levantaba un viento repentino que le alborotó el pelo—.

Sea cual sea tu situación —añadió—, parece que tienes preocupaciones más urgentes que atender.

—Sus cabellos ondeaban al viento cual algas negras.

Cual tinta derramada del tintero—. El Muro se acerca.

Llegará dentro de un día, si es que podemos fiarnos del saber de este temible viento.

Las palabras arrastraron consigo un mal presagio que pesó en el estómago de Keema, aunque este no conociera su significado. Le preguntó a Araya qué era ese Muro, pero ella no se lo dijo. Le interesaba más hablar sobre otras cosas.

—Esa lanza que te encargué que entregaras... ¿a quién se la tenías que entregar?

—A Shan —respondió Keema—. A una soldado llamada Shan.

—Shan —repitió ella, y miró al abismo.

—Eso es todo lo que me dijiste. Tan solo un nombre. Me dijiste que querías que le dijera unas palabras gentiles.

—¡Oh!

La mujer se volvió para que no pudiese verle la cara, pero Keema se dio cuenta de cómo se abatían sus hombros. Había llevado ambas manos al vientre.

—De acuerdo —dijo ella.

—¿Te encuentras bien? —Keema se le acercó.

—Es un nombre bonito, ¿no te parece? Shan. —Araya la Vagabunda suspiró y dejó caer las manos a ambos lados del cuerpo—. Si por casualidad la encontraras —añadió—, espero que le digas unas palabras gentiles. Creo que con eso bastaría.

Se encaramó de nuevo sobre su montura, con la jarra bien sujeta a un lado.

—Parece que ambos tenemos asuntos por atender —dijo—.

Mejor que nos pongamos manos a la obra mientras aún nos quede tiempo.

El camino no espera por una dama. —Le dio un golpecito a la tortuga con el talón y la criatura inició su lenta marcha por el interminable camino que recorría el aguzado filo de esta realidad.

Y entonces detuvo a la bestia, se volvió hacia Keema y le preguntó—: Pero ¿cómo te llamas?

El joven exhaló un suspiro que casi parecía carcajada.

—Keema —respondió—, de la tribu Daware.

La mujer inclinó la cabeza a un lado, como si el nombre le resultara familiar, de un lugar que aún no reconocía.

—Me gusta ese nombre.

—Lo sé —respondió el muchacho.

La mujer sonrió de nuevo y asintió.

—Así pues, que te vaya bien, Keema de la tribu Daware. Te deseo suerte en el día que vendrá.

—Voy a encontrar tu lanza —respondió él—. Y llevaré la noticia de tu muerte a tu familia. Tu espíritu descansará en paz.

La mujer se rio... era como si su risa llegara desde muy lejos. Como en un sueño, todo se aceleró. De algún modo, la mujer y la tortuga se veían ya pequeñas en la lejanía.

—¡No te preocupes por mí, hombre de Daware! —gritaba—. ¡El Muro viene a por ti! ¡Eres tú quien debe despertar!

¿Qué muro? , habría querido preguntar Keema. Pero no tuvo ocasión de responder.

El suelo cedió bajo sus pies.

Cayó.

Se precipitó por los cielos rojos como sangre, la pared del acantilado pasó frente a él como un pergamino sin fin, se le sacudían las ropas en su caída libre.

No gritó mientras se precipitaba en el abismo; todo sucedió tan rápido que no tuvo tiempo de gritar.

Su cuerpo surcaba la negrura como una flecha.

La realidad le reveló su extraña forma cuando cayó por la ventana abierta de una cocina de granja, hasta la boca de un niño que lloraba, y salió por la ladera de una montaña desde cuyas grandes alturas divisó los confines de este antiguo país: el Muro sobre el que le había hablado Araya, alto como el propio cielo, se hallaba ya a plena vista...

oscuro e impenetrable. Una burbuja en el foso de su estómago, mientras las cortinas del imponente Muro se separaban, y un ojo gigantesco, desesperado y hambriento, quedaba a la vista...

El grueso párpado del ojo se abrió de pronto y en su enorme pupila el muchacho vio su final.

Pero todas las caídas, por llenas que estén de visiones, tienen que llegar a su fin.

Todas las noches se funden al fuego del día.

Su viaje hasta los confines del paraíso y las palabras que había compartido con Araya estaban condenadas a caer en el olvido cuando despertara.

Pero lo que podría haber parecido un bucle sin sentido a lo largo de la prolongada línea de aquel viaje restaría en su texto no dicho cuando abriera los ojos, pues había participado en la manducación de una divinidad, y no existe mortal alguno en este reino terrenal capaz de resistir tales transformaciones todopoderosas.

Al aparecer los primeros alfileres de luz sobre el horizonte de árboles, sabría cuán lejos habían llegado él mismo y Jun.

ALBA

Oyes que alguien tañe una cuerda en el teatro.

Se oye entre bastidores. Te imaginas el dedo de una mujer que se cierra sobre una cuerda de seda y tripa, tensa y recién afinada, y que su pulgar presiona la cuerda con suavidad, y deja que el peso despreocupado de su dedo la doble hasta que el pulgar escapa cual amante que rueda hasta salir de la cama, y la cuerda libera la tensión acumulada.

Y al saltar esa nota mágica, los dos cuerpos sobre el escenario se alzan a una, como si salieran de un sueño profundo.

Desperté distinto. Tienes un leve sobresalto.

Aquello pilla desprevenido también al resto del público, porque todos vosotros os dais cuenta de que es la primera vez que oís la voz de Keema susurrando en este teatro.

No sabéis cómo sabéis que es él, pero lo sabéis.

Tiene la voz más áspera de lo que esperabas, sus inflexiones desiguales semejan una sombra que emerge de entre tus piernas, que te recuerda a los hombres jóvenes de tu localidad, que pasan el tiempo por las esquinas y los balcones con un cigarrillo en los labios, con miradas de reojo llenas de un cinismo tan impostado que cierran el círculo y se vuelven dulcemente serios, aunque de todos modos aceleraras el paso cuando pasabas frente a ellos de camino a casa.

El mundo olía distinto. Yo olía distinto.

El bailarín se mueve por el escenario como si no entendiera cómo está construido, abrumado por el suelo, el telón, el proscenio.

Se mueven sin mirarse el uno al otro, sin ser conscientes el uno del otro, con una extraña sincronización corporal que engaña a tus ojos, que te hace pensar que ves la imagen del mismo hombre en el espejo.

Los bailarines tocan, huelen, estudian el escenario.

Todavía no se dan cuenta de su conexión.

Todavía están cobrando consciencia del mundo, de sí mismos.

De un cambio al que no saben poner nombre.

Uno de los bailarines toca el aire, maravillado.

El otro se toca la mejilla. Sabía que me había vuelto distinto.

Lo sentía. Los bailarines se toman en brazos el uno al otro.

Sentía tanta hambre que podría haberme comido un pescado entero.

Un orook entero. Podría habérmelo comido con las plumas.

Un estómago ruge. El mundo, al parecer, se les viene encima desde todas las direcciones, tan vívido que es casi insoportable.

Una segunda nota brota de la lejana guitarra.

El sol ascendió con un sonido tan dulce y ácido como el de un limón azucarado.

La luz se derramaba por los valles al este del Cuenco, cual gruesas pinceladas de pintura dorada.

La hierba verde como el mar y amarilla como el heno se inundó de calor.

Una lluvia de mariposas se sacudió la luz de sus alas al apiñarse sobre un macizo de flores silvestres.

Keema olía el polvo perfumado de sus alas, el dulce néctar almizclado que bebían de poros coloreados a fuerza de éxtasis, pero él no sabía que era eso lo que olía, que su nariz se había vuelto tan sensible a tan nimio detalle de este mundo.

Tan solo era consciente de que había algo en el aire que olía con vaga dulzura y le hacía la boca agua, mientras se despertaba de un sueño que ya no alcanzaba a recordar.

—Buenos días, Keema.