La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) DÍA CUARTO. en el que ofrecemos nuestra mejor arma #2
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DÍA CUARTO. en el que ofrecemos nuestra mejor arma #2

La sombra alta te da con el codo y levantas los ojos. El escenario queda a la vista por completo y ves los cuerpos de dos bailarines echados sobre las tablas.

Sientes un escalofrío, porque piensas por un momento que están muertos...

y luego alivio, porque observas el sutil movimiento en el pecho de ambos y comprendes que tan solo duermen.

Ves que uno de los bailarines agita las piernas y tiembla.

Oyes que ambos gimotean. Y comprendes que, duerma como duerma ese hombre, es un dormir abismal, a muchas leguas por debajo de la superficie del mar Durmiente...

atrapado en un sueño inquieto como los lobos.

Un sueño tan real como el día.

Lo último en el mundo que recordaba Keema de los Daware era que estaba con Jun a orillas del río y le ayudaba a frotar Sus huesos en el agua hasta dejarlos limpios.

La carne de Ella que no hubieran comido, y que no se hubiera hervido en la olla, nutriría a los peces y las algas.

No hablaban mientras trabajaban... ¿qué habrían podido decir?

, pensó Keema con Su fémur en la mano. Ningún comentario parecía apropiado.

Sabía a cecina vieja, sin sal, estropeada por la humedad.

Tenía una textura áspera y fibrosa. No había una pizca de suavidad en Ella.

Les parecía que el ágape les había llevado varias horas, aunque en realidad no hubiera durado tanto; Ella no daba para comer mucho, menuda y anciana como era.

Keema no había comido nunca carne humana.

Había pensado que iba a tener que luchar para que Ella se le quedara dentro, pero la triste realidad era que había comido muy poco durante los últimos días y que, en muchos sentidos, era su primera comida de verdad desde hacía mucho tiempo, por mucho que se esforzara por no verlo así.

Trataba de recordarse a sí mismo que lo habían hecho por obligación, a petición Suya.

Miró de reojo a Jun, cuyas manos trabajaban en los huesos bajo el agua con febril concentración, y pensó que sería mejor no preguntarle cómo estaba.

Hablarían por la mañana. Eso fue lo que pensó Keema cuando finalmente terminaron y llevaron el saco con Sus huesos al campamento.

Y así fue como se acostó aquella noche cerca de la hoguera moribunda, sin pensar apenas en el funcionamiento interno de su cuerpo...

en la química del don y la herencia que se puso en marcha cuando los ácidos de su estómago se encontraron con la carne nudosa y llena de poder de una divinidad.

Así pues, que sea esto lo que explique su sueño.

Al cerrar los ojos, cayó de inmediato por las bandas celestiales, como una roca a través de interminables láminas de pergamino de colores, y su boca se abrió en un grito silencioso, hasta que de pronto se detuvo, y se vio a sí mismo en pie, en el extremo del Último Camino de su existencia.

Tú conoces este camino.

Lo recuerdas de las historias que ella te contaba.

Es el camino que marca la frontera entre este mundo y el siguiente.

Un camino en un alto acantilado desde el que se divisa la interminable agitación del mar Durmiente.

El Pescador de la Capa Roja se sentó una vez sobre el borde de este camino, con su taburete y su caña con el sedal hecho con un irrompible mechón de cabello arrancado de la cabeza de su verdadero amor.

El mismo camino que recorrerían los solemnes guerreros de la quinta banda celestial, abatiendo a toda alma cobarde que aún se aferrara al borde del acantilado, que no estuviera dispuesta a caer.

Era el camino de los vagabundos... de quienes no habían conocido jamás un hogar, ni siquiera dentro de sí mismos.

Ese fue el camino donde Keema se encontró por última vez con Uhi Araya.

El sueño era de tal naturaleza que no sintió ninguna sorpresa al verla, tan solo alivio, porque se le acercaba montada sobre una tortuga.

Cabalgaba sin riendas, como una divinidad sobre un corcel místico, y llevaba el atuendo de una persona que lleva mucho tiempo recorriendo el camino.

Ninguna de sus prendas combinaba con las otras, ni por el color ni por el corte; la tela estaba vieja y desgastada por la constante exposición a los elementos.

Tenía el aspecto de quien ha visto y pasado por muchas cosas.

Pero, aun así, se sonrió al verle y, después de dar un buen trago a una jarra que llevaba atada a la cintura —alcohol, Keema alcanzó a olerlo incluso desde donde estaba—, le habló:

—Hace mucho que mi camino no se cruzaba con el de otro vagabundo.

Keema se hincó de rodillas y besó el suelo con la frente, en señal de súplica.

—Comandante Araya —dijo, con voz estrangulada.

La mujer se rio entre dientes.

—No sé quién es esa comandante Araya, pero me gustaría saber qué es lo que ha hecho para que le manifiestes semejante humildad.

Al levantar el rostro, Keema vio en los ojos de la mujer que no lo reconocía. La vida que pudiera haber vivido le quedaba muy atrás en aquel lugar tan remoto.

—Me salvó la vida —dijo Keema.

—Desde luego que merecía la pena salvarla —respondió No-Araya, con el rostro serio.

El joven levantó los ojos hacia ella.

—¿De verdad que no me conoces?

La mujer negó con la cabeza.

—No. No te conozco. Tu cara no me suena de nada.

Pero no te quedes tan abatido, muchacho.

Todo lo que he conocido en este camino es este paisaje, estas ropas, esta criatura.

—Dio unas palmadas sobre el caparazón de la tortuga, al tiempo que miraba por el acantilado.

Se volvió hacia Keema y le dedicó una cálida sonrisa—.

Pero se te ve simpático. Si te apetece, puedes ir un tiempo con nosotras.

—¿A dónde os dirigís?

—Este es el Último Camino —respondió la mujer, como si Keema hubiera sido un chico guapo y tonto—. No nos dirigimos a ningún lugar. Ya estamos en él.

Ambos caminaron juntos por el camino, mientras la tortuga los seguía con movimientos lentos y pesados.

Keema le preguntó cuánto tiempo llevaba allí.

—Demasiado como para decírtelo —respondió ella con despreocupación, mirando a las nubes arremolinadas—.

Recuerdo mi primer momento de consciencia.

Estaba agarrada a la ladera de este acantilado y hacía todo lo posible por no caerme, y entonces apareció alguien, un guerrero con vestimenta extraña, de pie frente a mí, que me dijo que, si no me soltaba, él me cortaría los dedos.

Me dijo que aceptara el final. —La mujer se encogió de hombros—.

Desde luego, no estaba preparada para ello, así que intercambié mi lugar por el suyo y desde entonces que ando por este camino.

—Guardó un instante de silencio. Keema oía a lo lejos el romperse de ola contra ola—.

Aquí no hay días —explicó la mujer—, ni noches.

Tan solo se oye el batir del mar Durmiente y el viento que azota el acantilado.

Hay días hermosos. En otros me pregunto por qué sigo caminando.

Por qué no... me dejo ir, como me aconsejó aquel guerrero.

Pero no puedo evitar el sentimiento de que hay algo aquí que ha quedado inconcluso.

Así que aquí estoy. Araya, la Vagabunda, la que Recorre el Último Camino en Busca de Su Destino.

—Entonces, con cierta prevención, preguntó—: ¿Por qué pones esa cara triste?

—Porque creo que recorres este camino por mi culpa —dijo Keema.

—¿De verdad? —respondió ella, al tiempo que enarcaba una ceja.

—Falté al juramento que te había hecho —añadió Keema, y se prosternó una vez más ante la mujer—.

En vida me pediste que llevara una preciada lanza familiar a la costa oriental de nuestra tierra, para devolverla a quienes habrían cuidado de ella.

Pero perdí la lanza en mis viajes... desapareció por siempre en las aguas del Cuenco Celestial.

Te he fallado. Por mi honor, debería haber puesto fin a mi propia vida.

D-debería haber hecho lo que había que hacer, pero me aferro a la vida como un cobarde.

Y ahora tú estás aquí, por tus asuntos pendientes, condenada a recorrer por toda la eternidad este camino en los márgenes del paraíso. No me merezco tu perdón.

Las palabras le habían salido atropelladas, impostadas, forzadas. Parecía que hablara siempre de ese modo cuando estaba nervioso de verdad. Contaba con que la mujer se volviera contra él. Con que lo castigara de algún modo por su fracaso.

No había contado con que se riera.

—Los hombres jóvenes... —dijo entre llantos—.

Os lo tomáis todo tan en serio... —En cuanto hubo terminado de reír, lo agarró por el brazo—.

Venga, muchacho, ponte en pie, no soporto que la gente se arrastre.

Vamos, toma un poco, esto siempre alegra.

—Acercó la jarra de alcohol a sus labios entreabiertos.

El muchacho tosió sin parar hasta que terminó a cuatro patas una vez más, y la mujer se volvió a reír.

Se agachó a su lado—. Quizá tengas razón —añadió—.

Si eso que dices es verdad, tendría que estar furiosa.

Quizá debería perseguirte durante el resto de tus días, hasta arrastrarte aquí, donde estoy yo.

Pero, aunque no recuerde nada de lo que ocurrió en mi vida antes de llegar a este camino, cada vez que te miro tengo una sensación, y esa sensación no es de furia.

—Se encogió de hombros—. Así que dejemos atrás todo eso.

Keema se limpió la boca. Sabía que aquello era un sueño. O algo parecido a un sueño. Sin embargo, le ardía la garganta y sentía ya que el alcohol se le subía a la cabeza y lo enardecía.

—Haré cuanto pueda por localizar de nuevo esa lanza. Te juro que no cejaré en ese empeño hasta el fin de mis días.

—¿Te sentirás mejor si finjo que eso me importa?

—Sí —respondió él con seriedad.

La mujer dio otro trago.