La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) DÍA CUARTO. en el que ofrecemos nuestra mejor arma
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DÍA CUARTO. en el que ofrecemos nuestra mejor arma

DÍA CUARTO

en el que ofrecemos nuestra mejor arma

La historia de Ella ya está contada.

Cuando Su voz abandona el teatro, lo único que resta es el silencio.

Un silencio con tal peso que se siente sobre los hombros, que oprime al espectador contra su asiento.

Sobre el escenario, este cuerpo alumbrado por la luna, y los otros bailarines que han escenificado Su relato tal como Ella lo dispuso, se arrodillan ahora con la cabeza inclinada hacia el suelo, con una resolución en el movimiento que tan solo confirma que Su voz se ha ido y que es probable que no regrese jamás.

No sabes muy bien qué pensar cuando el telón se cierra por primera vez desde que comenzó la función, el pánico entra en tu pecho cuando ese cuerpo iluminado por la luna desaparece tras el apresurado encuentro de los cortinajes y el teatro se llena de luz.

Los cuencos de latón, que los espectrales acomodadores y sus varas chispeantes han encendido de nuevo, rugen una vez más llenos de fuego; los tapices que cuelgan de las paredes y los aleros brillan con toda la gloria de sus patrones fragmentados.

Parpadeas como si despertaras al cabo de un largo sueño, te sientes pleno, aunque todavía no satisfecho, estiras los brazos para librarte de los calambres que te provoca el sentarte demasiado rato sin moverte, hasta que te das cuenta de que las otras sombras han empezado a levantarse y salir del teatro.

Se marchan en fila india por los pasillos y todo lo que ha ocurrido durante el Tercer Día está presente en su manera de andar: fatiga en sus pisadas, estupor, y en algunos casos una especie de ímpetu, porque la historia forma ya parte de su cuerpo.

Y, mientras los ves marchar, estrujas contra el pecho la lanza de tu familia, y dejas sitio para que las sombras pasen frente a ti y se unan a la hilera que se dirige a la salida.

Preguntas a la sombra alta que está a tu lado por qué todos se marchan, pues piensas que la historia no puede haber terminado todavía —esperas que no sea así, por todos los cabos sueltos que todavía quedan—, y con cierta gentileza, y cierta condescendencia, la sombra se inclina hacia ti y te dice lo que ocurre.

«Es el entreacto.»

Como no tienes ningún otro sitio a donde ir, sigues con la fila hasta salir del teatro y entras en el ornamentado vestíbulo, que está adornado con aún más estandartes, farolillos flotantes y árboles, que nacen del suelo y sobrepasan el alto techo.

Te quedas contra la pared del fondo y juegas a observar, como tienes por costumbre en situaciones de este tipo, mientras un puñado de hojas de ala ancha cae sobre ti.

Unos hombres sapo iban por entre la multitud de sombras con bandejas y servían bebidas.

Uno croa al pasar frente a ti y le dices con toda educación que no tienes sed, pero de todos modos te pone una taza en la mano.

La taza está finamente tallada en madera oscura y un líquido de apagado color de oro chapotea en su interior.

Tiene el sabor que te imaginas que debe de tener la luz para una tímida flor.

Piensas en lo bien que se vendería esa bebida en la taberna donde trabajas.

Sonríes levemente. Estabas tan atrapado en esa historia que habías olvidado la tuya propia. Lo único que te espera al otro lado de este sueño.

No te apetece volver a agarrar esa fregona.

Con esa copa de luz en la mano, das una vuelta y escuchas las conversaciones entre el resto de las sombras.

Son charlas triviales. Nadie habla sobre la historia.

En cambio, se cuentan historias sobre sí mismos, sobre el lugar y el tiempo en el que estaban antes de que la marea del sueño trajera a sus espíritus hasta aquí.

Estoy echado entre otras cuarenta personas, en una sala con un techo tan bajo que hay que andar de rodillas para ir al baño.

Nos abrazamos a nuestros rifles de cerrojo como si fueran viejos amantes.

Otro dice duermo dentro de mi espada. Es la tercera noche y pronto perforaremos el velo del cuarto cielo, de camino a una batalla por el mismísimo sol .

Para ti no es más que un galimatías, pero cuanto más escuchas, más evidente te resulta que no solo procedéis de diferentes lugares, sino también de épocas diferentes, edades diferentes, y piensas que es digno de consideración, incluso especial, que estéis todos reunidos aquí, en este lugar fuera del tiempo.

Te preguntas si puede haber algún motivo por el que todos vosotros compartís hoy este espacio, si puede haber entre vosotros un vínculo más grande que la mera casualidad.

Acampé en el ramaje de un árbol grande. Ya no queda nadie en la tierra donde habito.

Desde las llanuras Rojas hasta el río Muerto, estoy solo.

Era joven cuando el arma cayó del cielo, era joven cuando mi país llegó a su fin, por el capricho de un malnacido.

No todas las historias eran tristes.

Me acaricia los cabellos mientras duermo.

Me siento segura.

Una mujer te llama.

Es difícil que te pase inadvertida, pues es una de las pocas personas de aquí que no es una sombra.

Es sólida, tiene piel, cabello y mejillas, y te resulta familiar, aunque no logres ubicarla.

Los detalles cobran mayor claridad a medida que te acercas.

Tiene la piel bronceada, como los pescadores que trabajan en los muelles de tu pueblo, y es muy delgada y fibrosa, como ellos, y tiene movimientos sinuosos, como si no hubiera conocido una línea recta en toda su vida.

Sus ojos son grises y penetrantes, la atención que te dedica —o más bien, la atención que dedica a la lanza que llevas— es tan intensa que retrocedes.

—¿Quién eres? —te pregunta.

De entrada, es una pregunta curiosa, porque es ella misma quien te ha llamado, pero tu empeño en proceder con cortesía te obliga a responderle.

Le dices que eres hijo de un comerciante, pero en cuanto empiezas a hablar, te das cuenta de que no parece tan interesada en ti como en la lanza que llevas.

Te pregunta si es la misma lanza que aparecía en la historia...

la misma lanza que Keema había jurado llevar hasta el otro extremo del país en nombre de Araya.

En un momento de orgullo y de timidez típica en ti, le respondes que crees que podría serlo.

Le cuentas que provienes de una época muy muy posterior a la del relato —de la época de los trenes y las radios— y que esa lanza ha ido pasando de generación en generación en tu familia.

Dices que la línea de herencia era larga y poco conocida.

Tu padre y tu lola tan solo podían rastrear la historia de la lanza hasta la travesía de tu bisabuelo por el mar Grande e Interminable. Nadie sabe de quién había sido antes.

Dices que te sorprendió el descubrir que la comandante Araya había tenido la misma lanza. Te preguntas si ambos estaréis emparentados por algún vínculo lejano.

Tatara, tatara, tatara, tatara, tatara, tatara, tatarabuelo...

La mujer te pregunta si podría estudiarla.

Le entregas la lanza tras un instante de vacilación, porque la resistencia a soltarla te llega hasta la médula.

La mujer se remanga. Extiende las manos.

Examina las ranuras y grabados. Hay algo íntimo en la manera como la examina, como si sus dedos hablaran el idioma de la lanza, y se hallaran enfrascados en una conversación profunda, sin dejar intacta ni una pulgada de su longitud.

La melancolía se pinta en su rostro. Tienes la sensación de asistir a una especie de reencuentro de viejos amigos, que vuelven a verse después de tanto tiempo, con tal emoción, que hasta te da algo de vergüenza estar mirando.

La mujer observa casi a gritos que los detalles de la lanza difieren de la descripción que se hacía de ella en el relato.

Señala las marcas que cubren el asta: una serie de protuberancias y ranuras que casi parecen una notación musical.

Asientes y le dices que no estás seguro de lo que significan las marcas.

Ni siquiera tu lola conocía una historia en la que se explicaran.

Pero la mujer se encoge de hombros y dice que sabe muy bien lo que son.

—Son pasos de baile —dice—. Es una notación antigua. Anterior incluso a la época de esa historia.

El fino vello de tu atención se eriza. Le preguntas qué clase de danza es.

La mujer parece haberse olvidado de ti.

—Las gentes grababan estas anotaciones en sus armas, en la cara interior de sus armaduras, para que los pasos de baile no cayeran en el olvido.

—Un hondo suspiro escapa de sus labios, al tiempo que examina la lanza una vez más, y luego te la devuelve—.

Pero jamás he sido capaz de leer esas marcas.

No sé cuál es el baile que anuncia esta lanza.

Gira sobre sus talones y se aleja. Tratas de seguirla, pero entonces suena una campana en la marquesina y el sonido atruena en tus oídos hasta el punto de que cierras los ojos y, cuando vuelves a abrirlos, estás en el teatro, de nuevo en tu asiento; la sombra alta te hace un gesto con la cabeza y todo el mundo se vuelve hacia el escenario.

Buscas a la mujer con los ojos, pero no la ves por ningún lado, y tu intento se vuelve imposible cuando las luces de los braseros se apagan y los tambores se adueñan de tu atención con su redoble rítmico y sonoro.

El telón se abre de nuevo, para la última parte de la historia, pero te das cuenta de que tu atención está dividida.

Escuchas los tambores, y también escuchas a la lanza, tu pulgar recorre los surcos y marcas del astil, tratas de imaginar quién talló esas anotaciones y qué movimientos describen.

Todavía no entiendes cómo es que tienes en tus manos ese objeto, las cuentas no te cuadran, porque si la lanza se perdió en el Tercer Día, si se hundió en las aguas del Cuenco Celestial, ¿cómo es que esa arma acabó siglos más tarde en la repisa de la chimenea de tu familia?

¿Y por qué la tenías contigo en ese momento?