La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) DÍA TERCERO. en el que ofrecemos nuestros tejidos más finos #12
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DÍA TERCERO. en el que ofrecemos nuestros tejidos más finos #12

Y así, mientras Luubu gruñía y rodeaba por fin con sus manos el cuello de Saam, junté mis propias manos y, con ellas, comprimí el aire que envolvía a mis hijos.

Lo plegué una y otra vez, como si hubiera sido una fina tela de Induun, hasta que cayeron el uno en brazos del otro.

Su último sonido fue un jadeo débil y aterrado de Luubu, y entonces junté las manos una última vez y los aplasté uno contra otro hasta dar forma a una pequeña moneda de carne.

A un copán real. Y en cuanto la moneda hubo caído al suelo, la recogí y me la tragué.

Las olas se apaciguaron. Los escombros que habían girado cual torbellino sobre la ciudad se precipitaron de nuevo en las aguas. El cráter se llenó con el sonido de un millar de breves chapoteos, y me desplomé en el suelo. Mi nieto corrió hacia mí.

ANOCHECER

Me sacó de aquel barco que se hundía.

Mientras perdía la consciencia, sentí que me tomaba en sus brazos.

Eran brazos fuertes, que agarraban a la manera del humano que lleva una carga preciosa consigo.

Esto último lo vi con buenos ojos, aunque mi sentido del decoro habría preferido que me llevara encima del cojín que se colocaba sobre la cabeza.

Al fin y al cabo, seguía siendo una divinidad, aunque fuera una divinidad moribunda.

Le oí que llamaba al hombre de Daware por su nombre. El hombre de Daware estaba en un esquife que había sacado del barco de Luubu mientras este se descuadernaba. El hombre de Daware, a su vez, lo llamó por su nombre a él.

Quien escuchara, se habría dado cuenta por su voz.

Se descubren muchas cosas, incluso en semejante estado, por la manera como alguien dice el nombre de otro.

Nos hallábamos en un bote que abandonaba el Cuenco.

Estaba echada de espaldas y contemplaba el cielo anaranjado y purpúreo del anochecer. Recuerdo haber pensado que pronto sería de noche. En mi delirio recordé que la noche había sido mía. Que yo misma había sido la noche. Mi dedo apuntaba hacia arriba.

Yo había estado allí.

En aquella Quemadura.

—No pasa nada —me dijo Jun, mientras acompañaba mi mano hacia abajo—. Descansa.

—Ya casi hemos salido —comentó el hombre de Daware, que empujaba con la pértiga.

El mundo se volvió de color negro mientras nos deslizábamos por el túnel y salíamos por la esclusa.

Recuerdo que bajé por un río.

Vi la pared del cráter que se encogía a lo lejos.

Recuerdo que Jun me miraba con una ternura que me sorprendió.

Recuerdo que lo miré y pensé que era hermoso.

Él era hermoso. El mundo era afortunado por tener a una persona tan hermosa dentro de sí.

Y me pregunté cómo se me podía haber ocurrido hacer daño a una persona tan hermosa, o al mundo en el que vivía.

Al mirarle, me pregunté por las cosas que había hecho.

El hombre de Daware nos explicó que más adelante había un obstáculo. Un puesto de control fluvial destrozado, destruido durante la rebelión. Era, de hecho, una presa.

Nos dijo que tendríamos que desembarcar.

Y entonces me quedé echada junto a una fogata.

Era una fogata pequeña, pero con un fulgor que parecía imposible en una noche sin luna.

Un campamento en tierras inhóspitas. Los dos se habían sentado, uno a cada lado de la hoguera.

En aquel momento me recordaron a los antiguos guardianes de la ciudad que hay bajo el mar Durmiente, que protegían la pira negra donde las flores brotan y se elevan al calor de la llama eterna.

Los vi aquella noche, se elevaban en el aire sobre el pequeño campamento. Vi que prendían fuego a las estrellas.

—Llegarás a la costa oriental —dijo Jun—. Tan solo tienes que volver a tu estado durmiente.

—No llegaré a la Ciudad Divina —le respondí. Me di cuenta de que no estaban acostumbrados a escuchar mi voz, mi verdadera voz, al natural. Debía de sonar muy extraña a sus oídos mortales. ¿Qué sonido tiene la voz del árbol más anciano? ¿Cómo es el canto de la Luna?—. Voy a morir aquí —les dije.

No me respondieron nada, porque sabían que era verdad, y tenía bien pocas razones para mentirles.

—No me has fallado —le dije a Jun.

No me respondió.

—Pero tengo una última cosa que pedir. Os la pediré a los dos.

Y los dos asintieron.

—No voy a llegar al este —dije una vez más—, y por eso quiero que devoréis este cuerpo.

—Me llevé la mano al pecho. Miraron con ojos desorbitados—.

Devorad este cuerpo y tomad el escaso poder que aún me queda por ofreceros.

Devorad este cuerpo y poned fin a la vida de mi último hijo.

El Tercero de los Tres Terrores, que aún gobierna la costa oriental de este país devastado.

Devorad este cuerpo y acabad con el Tercer Terror y, en cuanto lo hayáis hecho, ofreced mis huesos al mar, para que el Agua pueda devolverme al cielo y nazca una nueva Luna en la noche.

—Es una petición sencilla, entonces —bromeó Jun, tenso. El hombre de Daware esbozó una sonrisa lúgubre, y me permití una risilla nerviosa.

—Desde luego que no —respondí—. Pero os lo pido de todos modos. Juradme que lo haréis.

Ambos juraron sin vacilar, y eso me alegró.

Miré de nuevo al cielo.

Las constelaciones ardían.

El sueño se apoderaba de mí.

Les pregunté si conocían alguna nana. Extrañaba las viejas canciones.

Pero mis protectores habían vivido una vida de guerrero en aquella tierra sangrienta y me confesaron que no se sabían ninguna.

Tanto el hombre de Daware como Jun conocían tan solo canciones de guerra.

Conocían los cánticos de batalla. Los gritos de victoria.

El ensangrentado verso que entonan los mercenarios mientras toman alcoholes con una amante sobre el regazo.

Les dije que estaba bien. Que con una canción de guerra me bastaría. Que cantaran.

Y mi último pensamiento en aquella noche, en aquel mundo, en la totalidad de mis muchos años, fue sobre lo extraño que era mi final.

Aquellos dos jóvenes que me cantaban para que me durmiera con voces sin educar, que cantaban sobre todos los muertos que habían pasado bajo sus armas, y a todos los muertos por venir.

Las llamas saltaban, arrojaban sus sombras risueñas sobre las superficies de los antiguos peñascos que nos rodeaban, y ellos cantaban sobre conquistas.

¡Cuán extraños!, sus cánticos sobre batallas ganadas y perdidas.

¡Qué divertido!, cuando uno de los muchachos enseñaba las palabras al otro.

Una extraña emoción en sus ojos, mientras marcaban el ritmo pateando con fuerza en el suelo.

Ambos elevaron mi espíritu hacia la noche preñada de sangre con sus cantares roncos, feos, hermosos.

Pensé en lo raro que era que en alguna ocasión hubiera temido el final.

Que hasta hubiera tratado de evitarlo. Y así, sin más, todo terminó.

El puño en el que se había cerrado mi mano se abrió.

Había librado el combate. La vida se soltó de aquella vieja atadura.