La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) DÍA TERCERO. en el que ofrecemos nuestros tejidos más finos #11
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DÍA TERCERO. en el que ofrecemos nuestros tejidos más finos #11

Mientras Jun caminaba hacia nosotros, yo saltaba de embarcación en embarcación, perseguida por los tiros de las balistas.

Las maderas se quebraban y yo atravesaba paredes con el hombre de Daware; cruzábamos los sectores del Cuenco tan rápido como nos atrevíamos.

Rugía y saltaba, mientras Jun atravesaba con lentas pisadas el suelo ensangrentado y tomaba asiento en el cojín vacío junto a su padre.

—No sufras por todo este desorden, sobrino —le dijo Luubu, al tiempo que señalaba con un gesto la empapada estancia—. Todo esto forma parte del plan. Es lo que llaman... castigo divino. Di que es así, hermano.

—Es un castigo divino —repitió el Primer Terror.

—¿Lo ves? —añadió Luubu, jubiloso.

Entonces me tomó la mano y cortó otro dedo de un mordisco.

Me tambaleé.

Me estrellé contra el mástil. Me sentí como si me hubieran cortado por la mitad.

El hombre de Daware había tomado la lanza de otro soldado y se defendía y combatía con quienes intentaban acabar conmigo mientras trataba de recuperarme.

Gruñí y arañé las tablas del suelo con las garras, mientras pugnaba por incorporarme.

¡Sígueme, hombre de Daware! , rugí, y pienso que empezaba a comprenderme, porque me saltó sobre el lomo al instante y fuimos a asustar a los pasajeros de la embarcación siguiente. Ya casi habíamos llegado.

Oí unos labios que chasqueaban.

—Yo también habría podido tener hijos —dijo Luubu, mientras se limpiaba la sangre de los labios—.

Podría haber putañeado por todo el país, como mi hermano, y haber criado a mis propios hijos e hijas como fanegas de trigo.

Pero diríase que fui el único hijo que recordó las responsabilidades de su posición, la elegancia y el dominio sobre uno mismo que se exigen a un príncipe.

Tan solo una mujer digna de mis atenciones llevará mi semilla en su cesto.

Y ese niño heredará algún día todo lo que tengo por ofrecer.

No deberá competir por mi amor y mi atención.

Nunca deberá sentir celos ni preguntarse si la estima en que le tengo es mayor o menor que la que siento por sus hermanos, porque no tendrá hermanos. Solo estará él, y será feliz.

Luubu acompañó mi sangre con una taza de té. Tenía las pupilas dilatadas, como si estuviera drogado.

—Eso es lo que veo ahora —explicó—. Igual que las tortugas vieron los colores del mundo invisible, yo veo las hebras deshilachadas que os unen a todos vosotros.

Veo el veneno que se filtra de padre a hijo y la podredumbre que se acumula en el hijo extraviado.

Veo tu odio, Jun. Tu renuncia a todos los ideales de tu padre.

Por Ella, has dado la espalda al camino de la espada, e insistes en que jamás volverás a matar.

—Luubu negó con la cabeza—. Un final lamentable.

Tu hijo se ha echado a perder, hermano. Se ha extraviado porque tu misma atención se extravió. Le has fallado como padre. Dilo.

—Te he fallado —salmodió el Primero, con los ojos puestos en Jun.

—Dile que te ha defraudado.

—Me has defraudado.

Jun se encogía.

—Tú me ofrecías una muerte honorable —dijo Luubu al Primer Terror—.

Y ahora quiero ofrecerte similar gentileza.

Haré regresar a tu hijo de su sendero extraviado.

Volverá a ser un Pavo Real Rojo. —Se agachó y agarró un objeto alargado y reluciente que estaba en el suelo—.

Toma, Jun. Empuña esta espada. La conoces bien, ¿verdad?

Es la célebre espada de tu padre. La hallé entre tus efectos personales al capturarte.

Jun tomó en sus manos la espada, que era larga hasta lo grotesco. Sus brazos cedieron un poco bajo su sorprendente peso. La sangre aún manchaba el metal, pero en el brillo que se reflejaba sobre su superficie, Jun vio sus propios ojos confusos.

—Tú ya sabes lo que te pediré que hagas con esa espada.

—Por favor —le suplicó Jun—, no lo hagas.

Si había existido un día en el que Luubu se hubiera dejado influir por las palabras de otro hombre, ese día quedaba ya lejos en el pasado.

—El hombre que tienes frente a ti es el responsable de que seas lo que eres hoy —le dijo—. Él es la razón por la que tendrás ese tatuaje en la cara hasta el final de tus días, la razón por la que quedarás marcado como proscrito hasta mucho después de que todo esto termine. Lo odias, ¿verdad?

—Sí —respondió débilmente Jun—. Lo odio. Pero no quiero matarlo.

—Sí quieres. Lo huelo en ti. Es algo que sale de ti como un hedor. De la parte de ti más verdadera.

—No lo haré. —Se sentía la humedad en su voz—. Ahora soy diferente.

—¿Diferente? No. —Luubu frunció el ceño, comprensivo—.

Ninguno de nosotros llega a cambiar de verdad.

Nuestros padres hacen de nosotros lo que somos, y eso es todo lo que hay.

Hablas como si a fuerza de voluntad pudiéramos transformarnos en algo distinto a lo que somos.

Pero todo movimiento que realizamos, lo realizamos bajo la influencia de otros, Jun. Empuña la espada y prepárate.

Con movimiento experto, Jun agarró la empuñadura, como había soñado hacer con aquella misma espada en las añejas fantasías infantiles en las que se veía como sucesor de su padre. Pero le temblaba el labio inferior.

Rugí, al tiempo que corría por la larga cubierta de la última de las embarcaciones.

—Lleva la punta al pecho de tu padre. Al corazón.

El metal apartó las ropas mojadas y dejó al descubierto el pecho desnudo. El Primero miró a los ojos de su hijo y la nuez de su garganta se movió con violenta sacudida. Saam parpadeó, con los ojos lagrimosos.

—No hay nada que perdonar —dijo su padre.

—Jun —exclamó Luubu—, hazlo.

La espada retrocedió y se preparó para acometer.

Entretanto, yo saltaba de la última cubierta y aterrizaba con todo mi peso contra el casco del Cav-Meer ; mis fauces se cerraban sobre la cuerda que sostenía la trampa de roca lunar de mayor tamaño, y mi peso hacía que el saco cayera al agua y provocara un géiser, la barrera se rompía,

y quedé libre.

Y todo mi espíritu regresó a mi cuerpo, y antes de que Jun acometiera con la espada, lo agarré por la muñeca con mi mano de tres dedos, y abrí los ojos, y lo miré. El muchacho estaba aturdido, lloraba a mares, y yo negué con la cabeza y le dije:

—Ya puedes soltarla.

Sus manos se abrieron. La espada se precipitó al suelo ensangrentado. Luubu se incorporó de pronto y retrocedió dando traspiés.

—¡Madre! —gritó—, ¡cállate!

—Tendrás que comerte más de dos dedos si quieres que eso funcione, hijo mío —le dije.

Le dije.

¡Le dije!

Lo que sentí al hablar por mis propios labios, después de tanto tiempo, me resultó vigorizador y fatigoso a un tiempo.

Mis pulmones, esas viejas bolsas de tela, tenían dificultades para respirar, pero el aliento me sabía tan bien en la lengua...

Sabía que no me quedaba mucho tiempo, que tenía que ser parca en palabras.

—Hijo mío —dije—, te libero de su Palabra.

Y el Primer Terror plegó el cuerpo y se quedó apoyado sobre sus manos en tierra, y jadeó en busca de aire.

Soltó el grito que se había visto obligado a contener durante toda aquella tarde.

Gritó tan fuerte que la sangre del suelo tembló.

Los paneles rojos se partieron hacia fuera. Y se volvió de pronto hacia Luubu.

—¡No te muevas! —gritaba Luubu—. ¡No hables!

Pero yo ya había liberado a Saam, y había desbaratado toda la trampa, con lo que Saam apenas si tenía ningún problema en no quedarse quieto, en no callar.

Se puso en pie y le dijo a Luubu que iba a matarlo de inmediato, y antes de que Luubu pudiera decir nada, su hermano mayor corrió hacia él.

A cada paso que daba, sus sandalias chapoteaban en la sangre.

Con un giro de muñeca, hizo que la sangre de sus hijos se elevara y se concentrara en púas que se dirigieron hacia el rostro de Luubu.

Pero Luubu se había comido dos de mis dedos. Con eso le bastó para desviar los proyectiles de sangre. Sonrió, porque sabía que su fuerza se había vuelto mayor que la de Saam, sabía que aún podía triunfar.

Ambos chocaron en el centro de la estancia y la fuerza del impacto hizo que el techo saliera volando; la parte de arriba del crucero se salió de sus goznes, las vigas de madera, los adornos, las molduras, todo salió volando por los aires del Cuenco, y dejó que entrara el cielo quemado del atardecer.

En medio de aquella explosión de energía, mis dos hijos se buscaban el uno al otro con las manos, aferraban el aire con un deseo ferviente de estrangularse.

Cuanto más se acercaban el uno al otro, más poderosas eran las sacudidas que provocaban.

La embarcación se partió por la mitad, como cuando un hombre abre un tajeline.

Jun había retrocedido hasta el trono de cojines de Luubu, mientras yo me mantenía firme.

Grandes olas de agua se alejaron de la embarcación y recorrieron el Cuenco.

Las barcazas de apartamentos se elevaron a una altura por encima de lo que habían sido diseñadas para aguantar.

La flota carcelaria quedó aplastada contra la pared del cráter.

Una embarcación textil mal construida se astilló y arrojó al viento turbulento millares de reguerillos de tela de colores vivos, junto con las personas que habían ayudado a hacerlos.

Una niñita voló unos instantes por el cielo, con el cuello partido y los ojos muertos.

Sabía que había que detener a mis hijos antes de que el Cuenco entero y todos los que se hallaban en él fueran destruidos. Avancé hacia ellos, tambaleante, y vacilé tan solo un momento, creo que por nostalgia y por el amor que aún les tenía, hasta que Saam volvió los ojos hacia mí y dijo:

—¡Está bien! —Bruscamente, como ladrido de perro—. ¡Está bien! ¡Estoy a punto! ¡Hazlo ya!