La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) DÍA TERCERO. en el que ofrecemos nuestros tejidos más finos #10
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DÍA TERCERO. en el que ofrecemos nuestros tejidos más finos #10

Siempre me resultará interesante que el primer y único guardia al que por fin conseguí doblegar fuese un Pavo Real Rojo, y no uno cualquiera, sino uno de los más favorecidos.

Para entonces Jun ya era un asesino experimentado, que había destripado a gentes de toda suerte para ganarse la sonrisa enorgullecida de su padre.

Había asaltado al galope campamentos rebeldes, multitudes de guerreros de las compañías libres, hogares de asesinos e inocentes, con la espada, con el hacha sonriendo en su mano.

Su mente había transitado picos y valles de confusión, de arrepentimiento, que escondía tras una máscara casi perfecta de lealtad.

Así pues, imagino que tuve suerte, que fue un favor de la fortuna el que poco antes hubiera entregado a las llamas la casa de un cultivador de arroz y que el recuerdo, cuando menos, le pesara.

Advertí el hedor que llevaba consigo en cuanto entró en la caverna.

Emanaba de sus hombros caídos. El sudor de un joven que ha alcanzado los límites de sí mismo.

A partir de ahí el resto fue fácil: me bastó con tirar de un hilo para que todo se deshiciera.

Recordó el olor a melocotones quemados que salía por la ventana abierta del agricultor.

Recordó la mano carbonizada que salía de las llamas.

Recordó al niño que corrió a la casa a buscar a sus padres.

La viga de madera en llamas que se derrumbó sobre él.

El sordo impacto que mató en el mismo instante al crío.

Le hice vivir aquel momento desde el punto de vista de la madre que ardía en vida.

Se lo hice vivir desde el punto de vista del padre que trataba de salvarla.

Se lo hice vivir desde el punto de vista del niño que conoció tan solo el terror mientras la viga de madera lo aplastaba y lo mandaba al mar Durmiente.

Le hice revivir todos esos recuerdos y todavía más en la negrura de la caverna.

Colé el humo dentro de sus sueños, con algunas variaciones sobre el tema.

A veces las gargantas que cortaba eran las de sus propios hermanos.

A veces era su padre el que arrojaba por el barranco.

Y luego introduje las otras heridas. La pena inmensa y lacerante del amor no correspondido.

Hice que el amor oliera a sangre derramada.

Y él temblaba y lloraba en sueños, y en su sueño saltaba sobre sí mismo, y se apuñalaba a sí mismo por la espalda con aquel cuchillo ensangrentado que le había regalado su padre.

Cada vez que lloraba se convertía en una fea criatura.

En lo peor de sus lágrimas desbordadas, yo me preguntaba cómo era posible que aquel muchacho tuviera algún parentesco con las primeras personas que habían bailado a mi luz de luna...

cómo podía ser digno de su propio aliento aquel abyecto perro de pelea.

En cuanto estuvo a punto para recibirlos, empecé con los susurros.

Con las insinuaciones. Con la culpa. Me arrastré por el palacio de su cerebro hasta que no le quedaron secretos que ocultar.

Saqué a la luz sus perversiones y di relieve a sus sueños oscuros y sus momentos de vergüenza, que eran muchos.

Trató de contraatacar. Se defendió, puso excusas.

Lo predecible. Yo era más experta en asuntos de la mente y no me costó mucho echar abajo sus defensas, pared tras pared...

lo que no quiere decir que no hubiera aprendido la lección con los otros hombres a los que había destrozado.

No le destruí. Pero sí abrí la caja que hizo que enloqueciera un poco, de modo que oyera los susurros dentro de su cabeza, las voces de los que había matado, durante el resto de su vida.

Unos meses más tarde, él mismo me suplicó que le explicara cómo podía hacerse con una onza de salvación para las mancilladas líneas ley de su espíritu.

No todas nuestras conversaciones acarreaban tanto conflicto.

Había noches en las que él y yo hablábamos de asuntos de menor enjundia, porque nos quedaba mucho tiempo que perder hasta el día en que por fin pudiéramos pasar a la acción.

Una vez le hablé de las danzas y proyecté los recuerdos en su mente, y las vio igual que las había visto yo cuando estaba completa y radiante, y estuvo de acuerdo en que aquellas gentes habían sido muy hermosas.

Y en sus sueños, los sueños que yo no tocaba, la mano de una amante le acariciaba la mejilla y le despegaba el tatuaje rojo con suavidad, como si no hubiera sido más que un trozo de tela mojada, y Jun despertaba bañado en lágrimas, hasta que lo apaciguaba y le infundía sueños más agradables con los que pudiera dormir.

Explico todo esto porque es importante para entender el momento que sigue dentro de esta historia, en el que Luubu lo llamó para que fuera arriba.

Porque hubo algo que no preví durante los seis meses en los que me dediqué a corromperlo en aquella caverna.

Alguna suerte de apego cuyas coordenadas no podría precisar, pero que se manifestó en la punzada de preocupación que sentí en el pecho cuando Luubu atrajo al muchacho hacia una muerte segura.

Yo no quería a Jun. No porque tuviera un pasado repugnante.

En realidad, aquello no me importaba, había conocido a personas mucho mucho peores, y con todo las amaba.

No, yo no quería a Jun porque reconocía muchas cosas de mí misma en él.

Sentía frustración cada vez que le miraba.

El sonido lastimero de sus lloros me frustraba.

Era débil, era terco, su corazón estaba repleto de perversión.

Pero en aquella caverna me había dicho que no volvería a matar, y lo había dicho de una manera que me dio algo que no había conocido desde mucho tiempo antes.

Me había dado esperanza. Esperanza de que las cosas pudieran ser distintas.

Y así, mientras Jun subía por las escaleras hacia la cubierta donde se encontraba Luubu, erguí la cabeza de oso y rugí al cielo que la esperanza no iba a morir aquel día.

El hombre de Daware gritó cuando lo cargué sobre mis espaldas.

Me gritó pidiendo explicaciones, alguna pista sobre lo que planeaba, pero yo ya me había cansado de su extraña creencia de que en algún momento iba a darle una respuesta comprensible a través de mi boca de oso, así que rugí una sola vez para que se callara y eché a correr por el muelle con el muchacho agarrado al pelambre de mi nuca.

Mientras el joven murmuraba una ferviente plegaria para que no lo arrojara de encima de mí, busqué por los muelles una manera de cruzar el Cuenco y llegar hasta el crucero de Luubu.

El hombre de Daware no entendió cuál era mi plan hasta que subí al segundo nivel de los muelles, a fin de cobrar altitud, y me detuve al borde del embarcadero que se adentraba en las aguas, y observé la distancia que nos separaba de la embarcación más cercana, que se acercaba con rapidez.

Agarró un grueso mechón de pelo y entendí que era su manera de decirme que estaba de acuerdo.

Retrocedí desde el borde del embarcadero para tomar carrerilla y entonces eché a correr.

El hombre de Daware maldijo mientras nos acercábamos al borde de piedra y entonces salté, y atravesé un largo trecho sobre las aguas hasta que nos estrellamos sobre la cubierta superior de un junco que pasaba.

La violencia del aterrizaje hizo que se soltara de mis espaldas.

Los marineros que nos rodeaban huyeron en todas las direcciones, salvo los valientes, que se nos acercaron con los sables desenvainados.

Bastó un rugido para que se lo pensaran dos veces antes de acercarse aún más.

Una vez que el hombre de Daware se hubo encaramado de nuevo a mi lomo, corrí hacia la proa de la embarcación.

Esta iba en dirección opuesta a la del distrito real, pero de todos modos se acercaba al final de una larga cadena de navíos que nos permitiría llegar hasta allí si íbamos saltando del uno al otro.

En esta ocasión, el hombre de Daware se agarró a mí con más fuerza todavía, mientras yo corría, clavaba las garras en la madera y saltaba, esta vez hasta la pasarela lateral de un barco de apartamentos.

Un hombre que fumaba en su ventana nos miró con expresión indiferente mientras nos estrellábamos contra la pared.

El hombre de Daware salió del apartamento al que había ido a parar, con restos de papel y tela cayéndole del pelo, y me hizo señas para que entrara.

—¡Se puede pasar por aquí! —gritó. Pasamos corriendo por el lado de tres amantes que habían estado gozando en el lecho.

El hombre de Daware se detuvo brevemente, pero lo hice salir al corredor principal, por donde venían a la carrera unos guardias desde el otro extremo.

Con veloz movimiento, el hombre de Daware trepó de nuevo a mis espaldas.

«Bienvenido, Jun.»

Mi nieto había llegado a lo alto de las escaleras. Con ojos desorbitados, contemplaba la estancia, que se había teñido de color rojo casi por completo. Paneles rojos y suelos de color rojo brillante. En medio de los cadáveres estábamos sentados Luubu, el padre de Jun y yo misma.

Habían desplazado la mesa a un lado de la habitación.

Luubu había dicho que obstaculizaba la presentación dramática de la escena.

Hombre dado desde siempre al espectáculo, lo había dispuesto todo a la perfección.

Yo le daba la espalda a Jun. A mi izquierda se sentaba el padre de Jun —el muchacho alcanzaba a ver tan solo de perfil su rostro ensangrentado— y a mi derecha estaba Luubu, que sonrió al recién llegado como si se hubiera tratado de un huésped honorable que acudiera a tomar el té.

—Ven —le dijo—. No hay necesidad de ser tímido en familia.

Jun obedeció y anduvo por el matadero. Pasó por encima de cadáveres descabezados y miembros yertos de sus compañeros de lucha de toda la vida, de quienes habían matado junto con él.

Sintió el sabor de su sangre en el aire.